España, hacia el caos sin remedio (como el resto del mundo)

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Publicado en lapoliticaonline.es el 9 de noviembre de 2019

El titular de este artículo puede parecer exagerado si la palabra caos se interpreta en su sentido más coloquial. Pero yo la uso ahora como la utilizaba Immanuel Wallerstein para referirse a la situación en la que va a encontrarse dentro de poco el capitalismo de nuestra época.

El sociólogo estadounidense, fallecido por cierto el pasado mes de agosto, decía que nuestro sistema social y económico se dirige al caos porque desde la gran crisis de los años sesenta y setenta del siglo pasado se viene alejando constantemente de la «normalidad». Una deriva hacia la inestabilidad y el desorden que es consecuencia de la crisis estructural en la que se encuentra desde entonces y que se hace cada vez más visible a nuestro alrededor en conflictos de todo tipo, en el auge de los populismos, del deterioro ambiental, en crisis comerciales, de deuda y financieras, en la extensión de un auténtico imperio de la mentira, en el debilitamiento de las democracias y las libertades, en la desigualdad creciente y en el clima general de desconcierto y falta de soluciones en el que vivimos últimamente, entre otras manifestaciones.

Curiosamente, son los propios capitalistas quienes más rápidamente se han dado cuenta de ello y los que reclaman con más urgencia medidas de reforma que puedan hacer frente al caos y al desorden generalizado para evitar el colapso del sistema. La declaración que hizo el pasado verano una organización tan a favor del capitalismo como la Business Roundtable, que reúne a los ejecutivos de las 200 mayores empresas de Estados Unidos, es significativa: reconocía que el «sueño americano» se está «deshilachando» y, en lugar de seguir manteniendo la tesis tradicional de que la gestión empresarial debe tener como único beneficiario al accionista, afirmaba que las grandes empresas deben trabajar «para promover una economía que sirva a todos los estadounidenses». Puede parecer simple retórica, pero es un cambio muy significativo cuando en Estados Unidos se registra la etapa de crecimiento más larga de su historia mientras que la desigualdad, el empleo miserable, el deterioro ambiental y la pobreza crecen sin parar.

Lo que está ocurriendo en todo el planeta es una paradoja: el capitalismo neoliberal está entrando en crisis terminal como consecuencia de su propio éxito como sistema de dominación. Su problema es que ha garantizado la apropiación masiva del beneficio pero a costa de llegar a la exageración e incluso a la aberración, monopolizando las fuentes de la toma de decisiones y convirtiendo al uso del poder y de la información en la fuente de la ganancia en detrimento de la actividad productiva. Pero al concentrar en extremo el poder ha generado una correlación de fuerzas tan favorable a las grandes corporaciones que ha terminado destruyendo los equilibrios básicos e imprescindibles que precisa tener cualquier sociedad si no quiere arder en la hoguera que antes o después prenden quienes se quedan sin nada.

El capitalismo había conseguido mantener el orden social y la legitimación cuando permitía que una parte de los de abajo llegara arriba o, al menos, que se beneficiara también de buena parte de la riqueza que se creaba, y cuando permitió que existieran mecanismos de contrapoder. Pero, asustado por la gran crisis de los años setenta del siglo pasado, apostó tan fuerte y con tanto éxito por el beneficio y la concentración del poder que ha creado un mundo en el que millones personas, o incluso naciones enteras, saben que ya nada tienen que perder porque nada hay que puedan ganar. El capitalismo neoliberal es el del todo o nada, el capitalismo sin ningún tipo de bridas, y eso es lo que ha producido la «anormalidad» creciente que le lleva sin remedio al caos y al colapso.

España está inmersa en esa misma crisis, aunque sus manifestaciones sean diferentes. Y no deja de ser curioso que la única persona que en periodo electoral está hablando de los males del capitalismo y de la necesidad de reformarlo sea la presidenta del Banco de Santander, Ana Patricia Botín: «necesitamos un cambio. El capitalismo ha sobrevivido gracias a que ha sabido adaptarse a los cambios. Ahora debe volver a hacerlo. Y esta intención no debe quedarse en palabras».

Nuestro país, nuestra sociedad y nuestra vida política, también se vienen alejando progresivamente de la «normalidad» para dirigirse inevitablemente hacia el desorden y la inestabilidad permanente por una sencilla razón: las piezas que han venido sosteniendo al sistema dejaron de funcionar bien y son ya incapaces de mantenerlo en situación de equilibrio, mientras que todavía no hay otras de recambio que permitan devolverle el orden y la estabilidad.

El orden y la estabilidad del sistema político y, en general, de la sociedad española de esta etapa democrática se han basado en la existencia de dos grandes partidos, el PP y el POSE, que hace tiempo que perdieron la legitimidad y capacidad necesarias para mantener el  sistema en equilibrio, el orden de escuadra, por utilizar un término militar, que es preciso mantener para que las cosas no se desmanden y el sistema siga funcionando normalmente.

Cuando los dos grandes partidos entraron en crisis, transmitiéndola desde las más altas instituciones del Estado hasta la arquitectura territorial en la que se basa la cohesión básica de una nación, la propia sociedad creó los antídotos en forma de nuevos movimientos y partidos, pero ninguno de ellos ha sido capaz de constituirse en el cemento de un nuevo estado de cosas. Y así es como, casi desde 2011 y sobre todo desde 2015, nos venimos encontrando en un va y viene continuo que no tiene solución posible porque se está intentando dar solución a los problemas con las mismas piezas, relatos y lógicas que los han provocado.

Y es por ello por lo que ninguno de los escenarios posibles que puedan darse tras las elecciones va a poder proporcionar estabilidad.

Los enfrentamientos entre las fuerzas de izquierda han creado un clima que hace extremadamente difícil, por no decir imposible, que se de la armonía necesaria para gobernar bien y para poner en marcha con suficiente estabilidad y garantías un programa de transformaciones progresistas para España. Y, como la sociedad está rota y no cohesionada, si finalmente hubiera un gobierno de ese perfil, la derecha constituiría un frente de oposición brutal, dispuesto a incendiar lo que haga falta -incluido el conflicto civil como el que han avivado irresponsablemente en Cataluña en los últimos años- para acabar con las políticas de izquierdas, por moderadas que sean. Y el posible triunfo del bloque de derechas (no se olvide que Andalucía siempre ha marcado la senda estratégica de la política española) no haría sino reforzar los procesos y problemas que he mencionado y que han provocado la crisis estructural en la que nos encontramos en España y en todo el mundo.

Las fuerzas que nacieron para regenerar la situación política (Ciudadanos y Podemos) han mostrado su total inutilidad. Las novísimas, o son puros embriones como Más País, o peligrosas variantes del fascismo neoliberal que ya proliferan en otros países, como Vox. Y una entente entre el Partido Popular y el PSOE no sólo podría llevar a este último partido a la irrelevancia en la que se encuentran los que hicieron lo mismo en otros países, sino que daría lugar a que el sistema se quedara sin reservas a la primera de cambio, siendo, al final, sólo un paso más y más rápido hacia el caos.

España no tiene arreglo con los actuales sujetos políticos ni con el discurso de espectáculo que se utiliza para plantear los problemas sociales, ni con la lógica de enfrentamiento cainita que se ha generado como subproducto de la democracia de baja intensidad en la que vivimos, ni con una economía y unos medios de comunicación sometidos sin disimulo al dictado de los grupos oligárquicos. Y eso es grave porque los problemas que tenemos delante de nuestras narices no admiten soluciones de compromiso ni cogidas con hilo. Me refiero, entre otros, a desastres como la corrupción, la mentira generalizada, la ausencia de rendición de cuentas, la constante descalificación del adversario y la consideración como enemigo de quien simplemente no piensa como nosotros, la venta de España a los grandes intereses económicos, el poder desnudo de las grandes empresas y de los bancos, la desindustrialización, el desmantelamiento de nuestro sistema de servicios públicos y de ciencia y tecnología, la manipulación mediática o, sobre todo, nuestra incapacidad para entender que tenemos algo en común que se llama España y que no puede ser sólo de una parte de los españoles sino de todos por igual.

Es ingenuo creer que las elecciones del 10N puedan proporcionar algún tipo de solución estable. Los problemas sistémicos, estructurales, como los que estamos viviendo no generan pequeñas heridas sin importancia sino el colapso de los sistemas, y eso es lo que está comenzando a suceder en España y en el mundo. Las viejas orquestas dedicadas a difundir música de siempre no podrán evitarlo. Se necesitan otros proyectos. Las reformas que anhelan Ana Botín y los grandes dirigentes capitalistas pueden darle de nuevo un aire diferente al capitalismo pero nada ni nadie puede ser contrario a sí mismo, así que están condenadas a dar el mismo tipo de problemas a medio y largo plazo. Hay que hacer frente al gran expolio, de riqueza y de derechos, que han llevado a cabo, al mundo digital que se abre paso, a una naturaleza destrozadada y a una sociedad fragmentada, ensimismada y engañada. Y para eso hacen falta otros sujetos y un nuevo tipo de liderazgo, de lenguaje y de discurso político, nuevos mecanismos de representación y de control más genuinos y democráticos, nuevas formas de propiedad, de instituciones de gobierno y de relaciones sociales sociales, liberarnos de la dictadura de la mercancía, una nueva cultura política y un nuevo ejercicio de la ciudadanía, un proyecto socialista, o llámese como se quiera llamar, que quiera y sepa ir más allá del capitalismo. Y además, la capacidad de saber resolver con justicia y sostenibilidad los problemas del día, cada vez más difíciles de abordar en medio de tantas turbulencias.

La locura de las finanzas internacionales

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Publicado en Lapoliticaonline.es el 22 de octubre de 2019

Hace justo un mes, el Baco Internacional de Pagos publicó la Encuesta que desde 1986 viene realizando cada tres años sobre la magnitud del comercio de divisas, de sus productos derivados y de los llamados derivados de tipos de interés extrabursátiles (aquí). Sus resultados son una muestra más de la locura gigantesca en que se han convertido los mercados financieros y del daño que hacen al bienestar humano en nuestro planeta.

Para entenderlos hace falta conocer mínimamente algunos conceptos.

Las divisas son las diferentes monedas nacionales que sirven para realizar los pagos internacionales y se supone que su volumen en circulación debería ser más o menos proporcional al del comercio internacional para el que se utilizan.

Los derivados son productos financieros cuyo valor depende de otro previo. Por ejemplo, un seguro sobre la evolución de la cotización del dólar sería un derivado de esa divisa. Y los derivados de tipos de interés a los que se refiere la Encuesta son productos financieros cuyo precio depende del tipo de interés que tenga otro activo previo que se intercambia en los mercados monetarios. Pueden ser de diferente tipo, pero los principales son los que se contratan como permutas o swap (60% del total) o como forward o acuerdos sobre tipos de interés futuros (30% del total)

Un swap (en su versión más simple, pues se puede complicar extraordinariamente) es un contrato por el cual dos partes se comprometen a permutar dos cantidades de dinero entre sí en una determinada fecha futura. Y un swap de tipo de interés es el que tiene a este último como referencia. En este caso, la permuta se produce entre la parte que está comprometida a pagar a la otra a un tipo fijo preestablecido, y la que pagará a la primera en función de un tipo variable.

El acuerdo sobre tipos de interés futuros (forward) es un contrato por el cual las partes que lo suscriben acuerdan, en el momento de suscribirlo, el tipo de interés que se va a pagar en una operación financiera cuyo con vencimiento se producirá en una fecha futura determinada. Si cuando venza el contrato el tipo de interés supera al acordado, el vendedor paga al comprador la diferencia, y viceversa.

Teóricamente, tanto los swaps como los forwards se utilizan para cubrir el riesgo que llevan consigo la incertidumbre y los cambios en los tipos de interés cuando se han contratado préstamos o créditos y serían, por tanto, un instrumento útil. Pero lo cierto es que su uso conlleva un riesgo financiero muy grande y muchos daños. Primero, porque en su gran mayoría se utilizan (como han hecho los bancos españoles en los últimos años) con ventajas asimétricas entre las partes y provocando pérdidas millonarias a la más débil. Segundo, porque se suelen realizar como operaciones al margen del control de las autoridades monetarias (las llamadas OTC, over the counter que no están reguladas). Y, sobre todo, porque una gran parte están vinculados a las llamadas permutas de incumplimiento crediticio (credit default swap o CDS en inglés). Un producto financiero que el financiero Warren Buffett calificó como “arma de destrucción masiva” con toda la razón. Con ellas se permite asegurar lo que no se tiene, de modo que resulta rentable provocar el incumplimiento, la suspensión de pagos o la ruina del deudor para cobrar lo acordado. Si puedo «asegurar» (mediante un CDS) la casa de mi vecino y cobrar si arde, no me importará quemarla; y si he «asegurado» (con otro CDS) el valor de los bonos del Estado español, no me importará provocar el hundimiento de su economía si voy a cobrar una prima cuando se venga abajo.

La posibilidad de rentabilizar tan fácilmente estos productos financieros y el hecho de que este tipo de contratos se puedan realizar hoy día en milésimas de segundo es lo que ha propiciado que los derivados sobre divisas y tipos de interés no se dediquen realmente a dar mayor seguridad a las economías sino a todo lo contrario. Son instrumentos puramente especulativos que no cubren frente al riesgo sino que lo aumentan y extienden al conjunto de la economía.

Y lo que viene a demostrar la última encuesta del Banco Internacional de Pagos es que la locura en que se han convertido las finanzas internacionales crece sin cesar.

Según la Encuesta, la media de los intercambios diarios llevados a cabo en los mercados de divisas mundiales en el mes de abril de 2019 fue de 6,6 billones de dólares (millones de millones). Teniendo en cuenta que suele haber unos 250 días laborales al año, eso quiere decir que el volumen total del intercambio de divisas mundial en 2019 será más o menos de 1.650 billones de dólares. Y lo que es todavía más sorprendente es que en tan solo tres años ese comercio de divisas y sus derivados se haya incrementado en 1,5 billones de dólares diarios. Algo completamente desproporcionado con los movimientos registrados por la economía real, pues el volumen del comercio de divisas es unas 21 veces más que el PIB mundial y 65 más que el del comercio internacional de bienes y servicios.

Y algo parecido puede decirse del intercambio extrabursátil de derivados de tasas de interés. Su volumen medio diario en abril de 2019 fue de 6,5 billones dólares, frente a los 2,67 billones de 2016.

Eso demuestra que lo que crece y se multiplica sin cesar en la economía mundial son las finanzas inútiles, el papel que opera sobre el papel; y, por tanto, que el dinero y los recursos se dedican preferentemente a la especulación que no tiene nada que ver con la actividad productiva que satisface necesidades humanas. Pero que, eso sí, desestabiliza y arruina a las empresas y a los consumidores. Las finanzas internacionales viven de y para la locura de la especulación financiera.

Pero ni siquiera eso es lo peor. Todas esas operaciones a las que hace referencia la Encuesta del Banco Internacional de Pagos -por un valor anual conjunto de unos 3.750 billones de dólares- no están sujetas a ningún tipo de imposición.

Demos por aceptable que todas ellas fueran necesarias para el buen funcionamiento de la economía (lo cual es desde luego mucho suponer) y que no se debieran prohibir (que es lo que posiblemente habría que hacer). Si tenemos en cuenta que el gasto público mundial, el de todos los gobiernos del planeta, es de unos 30 billones de dólares anuales, resulta que con una sola tasa del 0,8% (80 céntimos de dólar por cada 100 dólares de los intercambios que cuantifica el Banco Internacional de Pagos) sería suficiente para financiarlo eliminando todos los demás impuestos que hay en todo el mundo.

Es evidente que eso sería técnicamente imposible hoy día, porque se ha permitido que la inmensa mayoría de ese tipo de operaciones queden precisamente fuera del control de las autoridades y porque quizá no tengamos todavía la tecnología que permita gravarlas. Pero es completamente ingenuo creer que eso no será posible a poco que se desee y en un plazo de tiempo realmente corto. A poco que se desee, se podrían ir estableciendo tasas que poco a poco fuesen gravando todo ese tipo de operaciones improductivas y peligrosas. Y así se podría disponer de todos los recursos precisos para satisfacer todas las necesidades de la población mundial y de la naturaleza que estamos destruyendo.

La mala noticia es que el loco desarrollo de las finanzas internacionales ha convertido a la economía mundial, como dijo el Premio Nobel de Economía Maurice Allais, en «un amplio casino». Pero la buena es que sabemos cómo se podría acabar con la locura para que el mundo funcionara de modo más justo, saludable, sostenible y pacífico. Faltan voluntad política y democracia y sobra avaricia.

Tercera reimpresión de Los amos del mundo. Las armas del terrorismo financiero

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Acaba de salir la tercera reimpresión de la edición de bolsillo de Los amos del mundo. Las armas del terrorismo financiero (Espasa, Barcelona 2019). Por sólo 6,95 euros se puede comprar (o pedir si no lo tienen) en todas las librerías para  conocer cómo funcionan las finanzas convertidas en un auténtico casino, qué instrumentos se utilizan para hundir a las empresas y a los Estados, por qué se puede hablar de terrorismo financiero y qué alternativas hay para hacer frente a toda esa locura.

¡No te digo adiós, Marcos, mi querido amigo, mi compañero y compinche! No te lo digo porque te quedas en mi corazón

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He tardado días en reaccionar. Me escribió su hija para decirme que lo sedaban y desde ese momento comencé a sentirme en una especie de nube. Los recuerdos me venían uno detrás de otro: desde los de hace tantos años, cuando era imposible terminar la conversación al llegar a la puerta de mi casa de Plaza Bib-Rambla de Granada donde me acompañaba cada noche, hasta nuestro encuentro último en Sevilla, en la presentación de su último libro de poemas, Al-Andalus, poesía contra el olvido, de donde extraigo todos los versos que siguen:

Guardé lo que pude del camino,
poco o nada, según se mire.
Pero me entregué sin guardar nada
cuando encontré la persona amada
o una causa justa para la lucha
(Del Rosal en el Jardín. XXII. En recuerdo de Ibn Gayy t. Poeta jerezano siglo XIII)

En medio, ¿cuántas horas de conversación? ¿cuántos proyectos? ¿cuántas utopías? ¿cuántas convocatorias? ¿cuántas risas? ¿cuántos fracasos? ¿cuántos desencuentros que no duraban ni medio minuto (nunca tuve contigo ni un solo momento feo)? ¿cuántas ilusiones compartidas? ¿cuántas empujones uno al otro para seguir amando, a pesar de todo? ¿cuánto tiempo, Marcos, cuánto tiempo? ¿cuánta cercanía estando, nos daba igual, unas veces lejos y otras cerca?

Te echo de menos ahora que por fin te has dejado llevar en los naranjos, estoy seguro que, como siempre, amando hasta los tuétanos:

Me dejo llevar en los naranjos que las acequias trasladan;
voy bajando a la ciudad. Parece que deseara ver en cada mujer tu cara
(Del Rosal en el Jardín. XIV. A la poeta andalusí al-Abbadiyya. Denia/Sevilla. Siglo XI).

Te echo de menos pero no te digo adiós, mi querido Marcos, porque te llevo dentro y te quedas en mi corazón y, sobre todo, porque te he tomado la palabra. Porque sé que vas a volver como nos habíais prometido:

Volveré a Sevilla.
Sobre mis propias pisadas.
como si nada hubiese cambiado allí,
aquí y en Granada.
Como si nada hubiese cambiado.
Del Rosal en el Jardín. XXVI. A al-Mu`tamid, rey de Sevilla. Siglo XI. Poeta andalusí).

Te espero, Marcos, y espérame tú también a mí. Nos quedan todavía muchas utopías que poner en marcha, muchas risas que echarnos, muchas cañas y tapas, y muchas juventudes para volver a enamorarnos de muchas más mujeres guapas mientras convocamos revoluciones.

 

Renta básica: las piezas de un debate ineludible

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Publicado en El Pais el 15 de octubre de 2019

Si se entiende en su sentido más amplio (como un ingreso mínimo destinado a quienes carecen de él o reciben algún otro insuficiente para sobrevivir), puede decirse que todas las corrientes ideológicas defienden la renta básica. El economista Milton Friedman, el mayor referente del liberalismo en la segunda mitad del siglo XX, fue el promotor del impuesto negativo sobre la renta, una figura cercanísima a la renta básica universal que defienden quienes están en sus antípodas. Y en España todos los grandes partidos defienden en sus programas electorales algún tipo de ingreso mínimo, renta básica o complemento salarial.

Es cierto que a partir de ahí surgen las diferencias. Desde quienes piensan que una renta mínima sólo se debe percibir si se está en situación de extrema necesidad y a cambio de algún tipo de contraprestación, hasta quienes la defienden como un derecho universal de ciudadanía, incondicionado y sin contrapartida alguna.

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Europa vuelve a equivocarse

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Publicado en lapoliticaonline.es el 26 de septiembre de 2019

Las autoridades europeas se equivocaron antes, durante y después de la crisis de 2008 y se vuelven a equivocar ahora.

Antes de que estallara no fueron capaces de prever lo que se estaba gestando. En gran medida, porque para ello tendrían que haber reconocido las fatales consecuencias de sus propios errores previos. Entre otros:

– Dejar que países como Alemania que acumulaban grandes superávit los dedicaran a financiar burbujas especulativas en la periferia europea.

– No regular convenientemente la actividad bancaria y permitir las prácticas fraudulentas y peligrosas de la banca.

– Establecer reglas de estabilidad presupuestaria equivocadas que en lugar de evitar los latigazos del ciclo económico los agudizan.

– No corregir un diseño del euro concebido para beneficiar a los países centrales de Europa y a Alemania en particular y que, precisamente por ello, incrementa la divergencia y produce continua inestabilidad y rechazo social.

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Lección de saludo y bienvenida a los nuevos alumnos de mi Facultad

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El decano de mi Facultad me pidió que diese una primera lección de saludo y bienvenida a los nuevos alumnos que se incorporan este año al centro. Ha sido un gran honor para mí y transcribo a continuación mi intervención.

Querido decano, querido equipo decanal, queridas compañeras y compañeros que veo que se encuentran ente nosotros y, sobre todo, señoras y señores alumnos: buenos días a todos.

Me ha pedido el decano que dirija unas palabras de saludo, como una especie de primera lección que sirva de recepción a los nuevos alumnos y alumnas que hoy se incorporan a nuestro centro, y lo hago con muchísimo gusto, aún sabiendo que seguramente yo no soy la persona apropiada porque hay otros muchos profesores que lo harían mucho mejor.

Lo que haré en los próximos minutos será transmitirles alguna de las experiencias que voy acumulando, ya más por viejo que por sabio, sobre la vida universitaria y, para que vayan entrando en materia, ponerles algunas tareas. Así que tomen nota desde el principio.

En primer lugar, me gustaría dedicar unas palabras al lugar a donde han llegado, la universidad.

Deben ser muy conscientes de que entrar en estas aulas es un privilegio. Quienes de todos ustedes lleguen a terminar la carrera formarán parte de un grupo selecto: de esos cuatro de cada diez jóvenes que tienen título universitario. No crean, por tanto, que aquí ha entrado todo el mundo y que todos los jóvenes españoles tendrán la misma oportunidad que tienen ustedes.

Y les diré más: acaban ustedes de recibir un regalo de la sociedad.

Incluso personas con menos renta y riqueza que sus familias han pagado impuestos para que ahora ustedes puedan estar sentados ahí.

¿Cuánto creen que costará cada año de sus estudios? Seguro que muchos responderían diciendo que lo que les ha costado la matrícula. Pero no. Por término medio, cada curso universitario cuesta en España unos 8.000 euros. Hagan la diferencia con lo que han pagado y obtendrán lo que les regala la sociedad. O, mejor dicho, no lo que les regala, sino lo que les ha prestado. Porque lo justo es que, con el paso del tiempo, ustedes le devuelvan lo que ahora les ha dado. Lo que ha hecho la sociedad es invertir en ustedes.

Y de esa inversión nace la obligación de devolver lo recibido. Se lo voy a decir muy claro: ustedes no tienen derecho a dilapidar el esfuerzo de los demás. Quien no esté dispuesto a esforzarse, que se levante y se vaya ya.

En segundo lugar, me gustaría hablarle de ustedes mismos.

Miren, la vida de cada ser humano es un misterio y cada trayecto vital es diferente al otro. Es verdad que nada está escrito, pero también lo es que sabemos algo muy importante: que los seres humanos podemos labrarnos nuestro futuro y que recogemos lo que sembramos.

Decía Albert Einstein que «hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad».

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Errores e irresponsabilidades ante la situación económica de España

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El pasado mes de mayo, justo después de las elecciones generales, publiqué un artículo titulado Una gran oportunidad en el que anunciaba que se nos echa encima una nueva crisis pero que ésta era diferente a la que empezó en 2007.

Decía en ese artículo que España se podía encontrar ahora en buenas condiciones para beneficiarse de la crisis que viene porque ésta iba a provocar que muchas empresas e inversores muy poderosos tengan que encontrar nuevos espacios económicos donde desarrollar los nuevos tipos de negocio y de estrategias productivas que se abren paso. Espacios con recursos endógenos adecuados para ayudarles a crear valor en las nuevas condiciones que se avecinan y dispuestos a ofrecer facilidades para que las organizaciones y empresas más rompedoras puedan ponerse contra la corriente y dar un salto hacia adelante para lograr ventajas en los nuevos marcos de competencia global.

La nueva crisis va a manifestarse -como explico con más detalle en un nuevo artículo que publicaré esta misma semana- en un desorden muy grande en la oferta de bienes y servicios, es decir, en las empresas que los producen. Y de él sólo van a poder escapar las organizaciones y economías más innovadoras y las que estén en condiciones y dispuestas para cambiar rápidamente de estrategia y de lógica productiva y financiera.

Vamos a vivir una nueva crisis global, porque se dará en economías de todo el mundo, pero que no va a dañar por igual a todas ellas. Sus peores efectos se concentrarán en las grandes empresas (que además sufrirán una crisis paralela de las bolsas de valores), en las mayores potencias económicas y en las periferias más dependientes. Pero las economías intermedias y con menos fortaleza en el marco productivo actual que entra en crisis (como la española) podrían tener más posibilidades de eludirla y de aprovechar los nuevos vientos que alentará el desorden. Aunque, eso sí, no podrán tomar vuelo limitándose a dejarse llevar por la inercia, sino que deberán ser capaces de adaptarse y de adelantarse a los acontecimientos.

Aunque no podemos confiarnos en exceso, porque una desaceleración profunda y generalizada y una crisis originada en el mundo empresarial, como la que va a producirse, es siempre algo peligroso para todos, España podría estar en unas condiciones excepcionales para hacer frente con éxito a la nueva crisis. Paradójicamente, nuestro lugar secundario, la relativa debilidad de nuestra oferta en el contexto global y la mala situación de otras economías que competirían con nosotros, como la de Italia, podrían ayudarnos en esta ocasión, si nos adaptamos con inteligencia a lo que se nos viene encima.

Pero esa oportunidad está en peligro porque se están cometiendo algunos errores de apreciación y, lo que es peor, graves irresponsabilidades.

No estoy de acuerdo con otros colegas académicos, de partidos o de organismos económicos que creen que la respuesta más adecuada ante la crisis que se aproxima es la de limitarse exclusiva o principalmente a aplicar políticas fiscales y monetarias expansivas. Yo no creo que estemos sólo ante una simple desaceleración que se resuelve aumentando el combustible y gastándolo en mayor medida. En esta ocasión creo que los problemas vienen de un desajuste productivo muy grave como consecuencia de una alteración profunda de los mercados, de tensiones comerciales estructurales, del cambio tecnológico traumático que se abre paso, de problemas energéticos, de la desigualdad extraordinaria y creciente, y de un divorcio ya insostenible entre la actividad económica y la naturaleza, la realidad física y material que precisa la economía para desenvolverse pero cuyos problemas no tienen adecuadamente en cuenta ni la Economía como conocimiento ni la política económica.

Es cierto que no podemos permitirnos que nuestra demanda siga debilitándose y que hay que sostenerla. Pero también hay que evitar alimentarla sin reajustar la oferta y, por supuesto, hacerlo sólo mediante deuda. Inyectarle más recursos sin abordar los problemas que van a afectar a la producción de los bienes y servicios no creo que ahora, en el corto plazo en el que por definición hay que aplicar terapias de choque a las crisis, vaya a ser útil ni posible sin crear problemas mayores. Entre otras razones, porque creo que esta crisis puede traer subidas de precios que provoquen alzas de los tipos de interés que harían estallar por doquier y antes de lo esperado numerosas crisis de deuda.

A diferencia de lo que se precisaba en la crisis de 2008 para frenarla, ahora son imprescindibles medidas de reajuste productivo, tecnológico y energético, cambios institucionales y legales, incluso nuevas culturas de producción y consumo. La crisis que viene no se va a producir porque falte gasto, por problemas en el lado de la demanda, sino por los que se han acumulado, como acabo de decir, en el de la oferta. Y no conviene olvidar que fue precisamente una crisis de este tipo, de oferta, en los años setenta del siglo pasado la que convirtió en completamente inútiles a las políticas keynesianas de demanda que tan exitosas habían sido hasta entonces.

Es lamentable que en España no se haya abierto un debate serio y plural sobre la naturaleza de la crisis que viene y sobre las mejores respuestas que conviene darle.

Irresponsabilidades más graves todavía se derivan del comportamiento de los grandes partidos políticos y del tiempo que se ha perdido desde que se celebraron las últimas elecciones generales.

La actitud de la derecha española antes los grandes problemas cuando no gobierna es bien conocida: impedir de cualquier forma y sin escrúpulos que salgan adelante las políticas de quienes no comparten su idea de España o los intereses que defiende. A esa estrategia irresponsable responde el decir, como ha dicho uno de sus principales dirigentes -Teodoro García Egea- que «España está en recesión». Pareciera que es lo que desean con tal de poder echárselo en cara al gobierno.

Pero la izquierda no parece que le ande a la zaga en cuanto a irresponsabilidad, al ser incapaz de conformar el gobierno con estabilidad asegurada que España necesita urgentemente y que hoy día sólo puede basarse en una mayoría parlamentaria que pivote en torno al PSOE y a Unidas Podemos.

Es una irresponsabilidad actuar -como está haciendo el PSOE- creyendo que unas nuevas elecciones le darán más ventaja dentro de unos meses. Podría ser que los socialistas salieran ganando, pero sería, sin lugar a dudas, a costa del bienestar de la inmensa mayoría de los españoles.

No se puede esperar más. Hacer frente a una crisis como la que viene con un gobierno en funciones, sin proyecto, en medio de la incertidumbre política y creando un clima de creciente desconfianza y de falta de cooperación y complicidad es suicida.

Los dirigentes del PSOE y Unidas Podemos tienen la obligación de dejar a un lado lo que los separa para poner sobre la mesa sus coincidencias, siendo conscientes de que no negocian para satisfacer a sus respectivas militancias y ni siquiera a sus votantes. Cuando se trata de formar un gobierno ha de pensarse en el conjunto de la población y en los intereses generales, tal y como se han decantado en las elecciones, el mejor sistema que tenemos para vivir en paz y con eficiencia, por muy imperfecto que sea.

Tanto el PSOE como UP tienen en sus respectivos programas electorales propuestas suficientes para poder enfrentarse a los problemas económicos que se avecinan con muchos menos costes sociales que los que provocaría un gobierno de los tres partidos de la derecha. Dejar a los españoles a la intemperie ante la tormenta que se está gestando es una gravísima irresponsabilidad.

No soy tan ingenuo como para creer que un gobierno de coalición como quiere Unidas Podemos, de colaboración como desea el PSOE, «a la portuguesa» como parece ser la preferencia de algunos dirigentes de Izquierda Unida, o de cualquier tipo que fuese con el apoyo de estas fuerzas, va a poder actuar sin costes sociales y sin necesidad de imponer sacrificios notables a la mayoría de la población. Se podrían aliviar, sin duda, pero lo que está en el horizonte es una ruptura muy profunda de las bases tecnológica y productiva que sostienen actualmente a la economía capitalista. Las costuras del capitalismo que hemos conocido se están rompiendo de nuevo y es imposible que eso suceda sin traumas y sin conflictos dolorosos, porque los grandes poderes corporativos (ya lo hemos visto otras veces a lo largo de la historia) no van a ceder fácilmente a sus beneficios ni a sus posiciones de privilegio.

Y de ahí procede, a mi juicio, la irresponsabilidad de Unidas Podemos. Desaprovechar la oportunidad de que en España haya un gobierno que se enfrente a la crisis que viene con la voluntad de minimizar sus costes sobre la población más indefensa y de aprovecharla para cambiar algo el rumbo de nuestra economía es -como acabo de decir- una irresponsabilidad. Pero poner todo el empeño en la gestión del corto plazo, cuando se van a tener las manos atadas y cuando habrá que tomar medidas impopulares, renunciando al diseño de estrategias de más largo alcance y a la presión que las haría viables en el futuro, tampoco es un signo de tener mucha más responsabilidad.

Y ahí es donde está la clave. Es irresponsable que las izquierdas españolas no sepan afrontar con inteligencia la gestión de lo inmediato, pero es peor aún que no estén haciendo nada por adelantarse al futuro elaborando el proyecto político y económico de largo alcance que es imprescindible para enfrentarse a los cambios que están empezando a producirse en el capitalismo. Y esa es la verdadera causa de que les resulte tan difícil llegar a un acuerdo. Pero de este último asunto escribiré en un próximo artículo.