A vueltas con una ilusión perversa: perfeccionar el mercado

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En Juan Torres López (coord.) “La otra cara de la Política Económica”. Los Libros de la Catarata. Madrid 1.994.

Lo que nos interesa no es tener dinero, sino ganarlo”. (Juan March)

Tuve la oportunidad de asistir en noviembre de 1.993 a unas jornadas sobre “La socialdemocracia ante la economía de los años 90” organizadas por las fundaciones Sistema y Jaime Vera en las que uno de los aspectos cruciales del debate fue el del papel del mercado en la crisis económica.

Creo que interpreto fielmente la opinión mayoritaria de los ponentes si resumo sus posiciones de la siguiente forma: a pesar de las imperfecciones que muestra generalmente el mercado en las economías occidentales, la izquierda no debe posicionarse negándolo rotundamente pues, si se consiguen corregir sus imperfecciones, puede jugar un papel muy positivo para alcanzar la competencia y la eficiencia que son necesarias para no bloquear el progreso económico, para generar empleo y para procurar satisfacción.

Uno de los ponentes, Manuel Escudero, utilizó literalmente la expresión de que “hay que domesticar al mercado”, Apolonio Ruiz Ligero (además de afirmar rotundamente que “la negación por principio del mercado se considera hoy día antidemocrático”) opinaba que el mercado es “de manera indiscutible” el mejor mecanismo de asignación; A. Zabalza, en una línea semejante, entendía, en fin, que el problema radica en que “hay que dejar al mercado hacer su labor”.

Todas las intervenciones de los ponentes se basaron, ciertamente, en poner de relieve las constantes imperfecciones del mercado en nuestras sociedades pero admitiendo, acto seguido, que sólo corrigiéndolas y sólo recuperando su protagonismo esencial en la asignación se haría posible hacer frente con éxito a los problemas graves que hoy afectan a las economías.

En suma, el discurso prevaleciente -que como es sabido suele autodefinirse como el más moderno y renovador- se basa en reconocer al mercado un papel tan imprescindible como positivo y en asignar a los gobiernos progresistas la tarea de corregir sus defectos, que se interpretan además como consecuencia del rechazo de la competencia que suelen generar quienes gozan de privilegios en el intercambio.

Sobre la naturaleza de estas tesis quisiera reflexionar brevemente en este comentario. A pesar de que nos movemos en el terreno de la abstracción quizá puedan ser útiles, pues no es novedad que de nada sirven las propuestas pragmáticas si no han sobrevivido antes en las arenas movedizas de las ideas.

Qué mercado reivindicar?

Ninguna de estas propuestas desea hacer suya desde luego la morfología de mercado que hoy conocen quienes se asoman a la realidad económica por muy escaso que sea su conocimiento teórico: oligopolios que gracias a estrategias diversas de colusión controlan los mercados y al imponer su poder sobre el precio impiden los equilibrios de eficiencia, competidores monopolísticos que provocan una extraordinaria dilapidación de recursos para lograr diferenciar artificialmente su producto y dominar segmentos de mercado en donde hacer valer igualmente sus condiciones bien lejanas a las de competencia perfecta; o, simplemente, monopolios o cuasi-monopolios, empresas que al dominar franjas muy elevadas del mercado se sitúan en el extremo de la deseada perfección de la plena concurrencia.

No hace falta sino hojear rápidamente cualquiera de los manuales de Economía más al uso para confirmar que, en el pajar de los mercados, los de competencia perfecta (los que son precisos para alcanzar la situación de máxima eficiencia que se desea), son efectivamente una aguja muy difícil de encontrar.

Las imperfecciones, las limitaciones o los “fallos” del mercado de competencia como gusta de decirse en la academia, son tan evidentes que hoy día nadie osaría negar su existencia.

Y naturalmente, nadie los reivindica. No he leído nunca que los liberales lo hayan hecho y no hay razón alguna para esperar que lo hicieran ahora, por mucha que fuese la furia de su conversión, algunos socialdemócratas.

El planteamiento, por el contrario, es algo más sutil. Puesto que la formulación teórica nos indica que allí donde hay competencia perfecta en el mercado se alcanza el mayor bienestar, lo que debe hacerse es procurar alcanzarla, evitar las imperfecciones (que generalmente se achacan a intervenciones exógenas de todo tipo) y reconducir (“domesticar”) el intercambio hacia la competencia.

Sin necesidad de entrar todavía en otras consideraciones de mayor alcance es oportuno realizar aquí una disgresión esencial.

Como he apuntado antes, los mercados de competencia perfecta -en su necesariamente estricto sentido- no pueden darse en la realidad. Constituyen, sencillamente, una ilusión formal. Son tales las condiciones que se requieren para que lo sean que es literalmente imposible que lleguen a ser un hecho -si no es en ámbitos tan particulares como carentes de significación social-. Y sobre este asunto me parece que no puede haber controversia alguna.

En consecuencia, si es deseable, como seguramente lo sea, alcanzar la mayor competencia posible y la eficiancia más generalizada en los intercambios necesarios para la satisfacción de las necesidades sociales, es puramente una quimera esperar que podamos encontrarla en una perspectiva que no puede llevar sino a la tierra de nunca jamás: la de la competencia perfecta.

Podríamos aceptar que es más eficiente poner límites a la actuación monopolista que no hacerlo; que se alcanza una mayor eficacia si limitamos todo aquello que impide que los precios no sean resultado de la confrontación directa entre los oferentes. Es decir, podríamos llegar a aceptar un planteamiento que se basara exclusivamente en el criterio de “lo mejor”; pero sería de todo punto inaceptable asumirlo como “lo bueno”, puesto que ésto -en la puridad necesaria- sólo se podría conseguir en las condiciones que nunca van a existir: las del mercado de competencia perfecta.

Lógicamente, esto debería llevarnos a poner sobre el tapete un asunto fundamental: la operatividad social y la intención verdaderas de las propuestas que tienden a orientar la dinámica de los intercambios en una linea que, porque no puede llevar a ninguna parte, tan sólo puede conducir al disimulo sobre la naturaleza real de las condiciones actuales y al sostenimiento de su inercia.

Un discurso operativo y más sincero debería partir de una base diferente: aceptar con realismo que ni la eficiencia, ni la competencia (tanto más otros objetivos deseables, como analizaré ahora) pueden alcanzarse como expresión de un mercado de competencia perfecta, puesto que éste no puede darse realmente. Si no se razona así, o es que verdaderamente no se desea alcanzarlas (lo que se corresponde con la evidencia histórica que muestra que las imperfecciones de los mercados no son “añadidos” de éstos sino que se han producido como resultado de una especie proceso ortogenético), o es que, como reconoce Ferguson, se consagra el discurso “como una cuestión de fe” en el modelo teórico, lo que no permitirá sino, a lo sumo, graduar la tonalidad de la competencia o la eficiencia en las economías, pero sin llegar a conseguir que éstas gobiernen realmente los intercambios.

El mercado como realidad virtual

Pero aceptemos por un momento que pudiera alcanzarse la deseada competencia perfecta. Supongamos que gracias a la acción gubernamental (ahora ya no podría ser de otra forma, aunque resulte ciertamente sorprendente) pudiésemos erradicar todos los corsés que impiden la competencia despojando a los ahora agentes más poderosos en el intercambio de todos sus privilegios, eliminar la asimetría en la información disponible garantizando un acceso igualitario de los agentes (aunque esto tampoco nos libraría de la incertidumbre), o desterrar todas las barreras de entrada a todos los mercados, sean naturales o estratégicas. Supongamos en fin que podemos garantizar que todos los oferentes y demandantes actúan en igualdad de condiciones en el intercambio eliminando toda posible capacidad de influencia de alguno de ellos sobre cualquiera de las circunstancias (políticas, psicológicas, sociales, etc.) que de alguna forma influyen en la determinación de precios y cantidades para que así se alcanzara un equilibrio de competencia.

Hay que tener en cuenta que para aceptar un supuesto de esa naturaleza debemos aceptar inevitablemente otros más drásticos: para que pueda darse concurencia plena en el mercado en esas condiciones sería preciso modificar la dotación desigual de derechos de apropiación inicial, lo que equivale a decir que deberíamos modificar no sólo la estructura de propiedad existente sino evitar que los derechos consolidados sobre lo que puede o no puede hacer cada agente en el mercado deberían quedar proscritos -puesto que ahora son desiguales- para hacer posible una presencia en el intercambio equilibrada y que impida que cualquiera de ellos -con su mayor influencia- modifique a su favor la pauta de concurrencia que es necesaria.

Por ejemplo, debería ser eliminada toda posibilidad de que una empresa transnacional imponga condiciones sobre precios y condiciones a otras de menor poder sobre el mercado, habría que generar un estado de tal transparencia que evitara cualquier fuga de información privilegiada sobre las condiciones del intercambio o habría que lograr una especie de re-dotación de los recursos para que todas las empresas fueran precio-aceptantes y los consumidores tan libres en sus elecciones como racionales.

En fin, aceptemos por un momento que es posible no ya alcanzar, sino tan sólo acercarnos suficientemente a la competencia perfecta.

Quienes entonces se propusieran sinceramente lograr mayores niveles de competencia en los mercados deberían comenzar por plantear la necesidad de abordar el hecho de que, en las economías mejor situadas para alcanzarla, entre el 1 y el 5% de la población dispone aproximadamente del 25% al 50% de la renta y la riqueza y que no más del 10% de las empresas controlan directamente más del 75% de los mercados en los sectores más importantes o estratégicos para la satisfacción humana que se pretende por intermedio de la eficiencia productiva. Parece evidente que estos son los principales obstáculos que presentan nuestras sociedades para que en ellas se pueda hablar de plena competencia. Luego por ahí debería empezar el discurso del mercado que se reivindica para lograr la competencia.

Pero el problema radica, sin embargo, en que ni tan siquiera si lográsemos ese estado ideal (que desde luego se correspondería con la utopía igualitaria más radical) llegaríamos a disfrutar de un estado general de satisfacción. En primer lugar, porque tan sólo habríamos hecho frente a un ámbito muy reducido de la provisión social de los bienes y los servicios que satisfacen las necesidades humanas. Dejaríamos fuera toda la provisión de bienes públicos y, por supuesto, toda la gama de actividades que no suelen ser consideradas (en una de las pruebas más flagrantes de que la economía convencional tiene muy poco que ver con la realidad de las cosas) ni tan siquiera como pertencientes al mundo medible de los hechos económicos (se ha calculado en Francia, por ejemplo, que tan sólo el trabajo doméstico genera actividad -que deberíamos considerar económica pues es de satisfacción de necesidades materiales e implica aplicación de factores e intercambio- equivalente a la mitad del producto interior bruto).

En segundo lugar, y esto también es bien sabido, porque aunque se podría lograr una situación de máxima eficiencia en los intercambios ésta sería compatible con cualquier distribución de las rentas. La optimalidad que puede proporcionar la competencia perfecta que hemos supuesto alcanzable sólo se refiere a las condiciones técnicas de la asignación, no de la distribución. Y esto es lo que provocaría que se pudieran alcanzar situaciones de desigualdad, que no son sino aquellas en las que un abanico amplio de agentes quedan excluídos del intercambio, imposibilitados pues para satisfacer sus necesidades.

Como es natural, este problema sólo es planteable si, junto al criterio técnico, se incorpora un juicio ético acerca de la bondad del equilibrio que proporciona insatisfacción y un criterio moral que la estime más o menos inaceptable. Su ausencia, su falta de planteamiento explícito siempre que se hable de mercado o de competencia en los términos en que ahora están de moda, debería ser también un elemento cardinal en el juicio de las propuestas que vengo comentando. Pues, que validez social debemos conceder a los discursos -sean “de izquierda” o “de derecha”- que no expresan previamente el juicio de valor que les merece la insatisfacción o el sufrimiento humano?.

Se nos diría enseguida que la corrección realizada de la desigualdad inicial evitaría un resultado de estas características o que la dinámica de “domesticación” del mercado propuesta implica precisamente una intervención (redistributiva) para evitar esas desigualdades.

Pero es entonces cuando debemos hacer referencia a una tercera cuestión.

Como sabemos, el mercado es un mecanismo de intercambio que permite proporcionar soluciones de precio y cantidad sin intervención exóguna alguna. En ese sentido, el mercado es al mismo tiempo una institución (pues comporta un conjunto de agentes y de relaciones-tipo entre ellos) y un proceso (pues implica tomas reiteradas de decisiones). Y eso quiere decir que para que pueda proporcionar dichas soluciones se deben dar determinadas condiciones en él, en las reglas que lo gobiernan como institución y en los citerios de los que se siguen las decisiones.

El mercado se caracteriza porque es un lugar (no en su sentido físico naturalmente) en donde se pueden definir las partes de lo intercambiado y la participación de los agentes en ellas sin necesidad de decisiones externas gracias a que en él se produce un “encuentro” entre los producido y lo deseado que garantiza una solución aceptable para las partes.

Pero para que eso ocurra es necesario que se den, básicamente, dos condiciones:

– un conjunto de normas que garantice la apropiación privada de los recursos, de manera que alguna de las partes pueda disponer lo más conveniente con aquello que “es suyo”; deben existir unos derechos de apropiación privada bien definidos y que permitan la recuperación del esfuerzo o la inversión realizados frente al azar o la incertidumbre.

– un sistema de incentivos que haga posible la aplicación del excedente logrado (sea de recursos o sea de trabajo personal) en actividades de intercambio cuyo resultado o rentabilidad no está previamente asegurada.

Dicho de otra manera, estas dos condiciones quieren decir que el mercado se vehicula por y para hacer posible la ganancia; la necesidad de garantizar el beneficio y de salvaguardar su búsqueda es el presupuesto consustancial y necesario para que se lleve a cabo correctamente la dinámica del mercado.

Esto es lo que implica que la acción redistributiva deseada tenga un límite esencial: el respeto al beneficio. En la medida en que le llegue a suponer un freno, todo el sistema de intercambio se resquebraja y se bloquea por falta de incentivo.

Y puesto que es literalmente imposible concebir una acción redistributiva que no implique una merma en los recursos o en los derechos en que se sostiene el incentivo del beneficio, es inaudito pensar que pueda hacerse frente a una posible (sólo posible?) exclusión o a la insatisfacción sin que esto no bloquee la dinámica del intercambio.

Por otro lado, no deben dejar de considerarse otras implicaciones importantes que tiene la asunción del mercado como lugar privilegiado de asignación bajo las condiciones de apropiación e incentivo a las que he hecho referencia.

La búsqueda del beneficio como elemento motor de los procesos de asignación de los recursos implica evidentemente que las referencias de la producción no sean las necesidades humanas sino la posibilidad de ganancia. Naturalmente, los productores han de tratar (pues esa es la esencia del intercambio mercantil) de ubicar sus excedentes en aquellas producciones que sean suceptibles de ser más demandadas. Y se nos podría decir que, puesto que hemos aceptado los supuestos de plena concurrencia, de libertad en la elección y de comportamiento racional de los consumidores, no habría razón para pensar que las preferencias mostradas en el intercambio (y que condicionarían la oferta de los productores) no fueran realmente las que mostraran realmente el grado de insatisfacción real de la sociedad. En consecuencia, se podría estimar como factible que el encuentro entre oferta y demanda y el objetivo común de “maximizar” las utilidades esperadas proporcionaría una solución aceptable en cuanto a la variedad de necesidades que se desea satisfacer.

Si además damos por buena también la información perfecta e incluso un reparto concurrencial de recursos y derechos, se nos insistiría en mostrar que no hay muchos argumentos para rechazar que la dinámica autónoma del mercado conduciría finalmente a un resultado aceptable.

Pero es que, aún aceptando esos supuestos sobre la bondad de la dinámica autónoma del mercado, lo que en cualquier caso no puede contemplarse es que ésta actúe completamente al margen de otras realidades sociales y que no imprima caracter a las propias relaciones humanas en que se desenvuelve y que, a su vez, le influyen.

Para que el beneficio sea un incentivo adecuado para el intercambio no debe quedar sujeto a límite alguno, pues es evidente que dejaría entonces de ser efectivo como motor de un proceso de cambio que se caracteriza por su caracter acumulativo. Eso implica, en primer lugar, que la dinámica del mercado conlleva una relación insostenible con el ecosistema social en que se desenvuelve. La búsqueda del beneficio implica economías de uso que tienden siempre hacia la sobreutilización de recursos y al rechazo de la variedad en sus aplicaciones, como ponen de manifiesto los análisis más modernos de la relación entre la evolución de las economías y su mundo (limitado) circundante.

En segundo lugar, eso quiere decir que la dinámica del mercado envuelve permanentemente una tensión determinante de los intercambios: el beneficio como detonante de las decisiones (que se convierte en un inexorable “cada vez más beneficio”) deriva inevitablemente en la ruptura de las reglas de competencia que por definición impiden los beneficios extraordinarios, o si se quiere la desigualdad entre precios y costes de producción. Si se salvaguarda la competencia, se limita la oportunidad del beneficio; si se limita el beneficio se paraliza necesariamente la acumulación.

En tercer lugar, el ejercicio de los derechos de apropiación deben garantizarse de forma absoluta, pues en otro caso se impide la recuperación de la inversión realizada. Tampoco entonces pueden establecerse límites sobre la disposición privada de los recursos (o lo que es igual, sobre su uso exclusivo en pos del beneficio), lo que implica que tampoco puede esperarse un uso de los recursos que no esté dirigido al lucro; es imposible, por ejemplo, disponerlos como remedio frente a la escasez (cuya generación, en una dinámica de oferta y demanda, no se olvide, es una estrategia para el beneficio) o tratar de que atiendan preferentemente la satisfacción puesto que en el mercado ésta sólo puede expresarse en términos de renta disponible; cuando esta no existe, no hay función de demanda que satisfacer.

Por último, habría que considerar la inevitable retroalimentación que se produce entre la dinámica del intercambio y el conjunto de las relaciones humanas. La búsqueda de la ganancia obliga a expandir permanentemente el ámbito de lo mercantil, pues sólo de esa forma se puede ampliar la perspectiva del beneficio. Más mercado significa más producción, porque se consigue mayor ganancia. Pero esto (que no necesariamente comporta mayor satisfacción general) debe leerse también como que existen cada vez más espacios humanos cuyo único sentido social es el convertirse en nichos del lucro.

Todo esto quiere decir que es el mismo mercado el que lleva consigo su propia imperfección, porque el sistema institucional que requiere y los incentivos que le son precisos pervierten el objetivo incial satisfacción a través del intercambio que termina siendo un mecanismo de exclusión a costa de la salvaguarda del beneficio que lleva a una competencia espúrea tan sólo dirigida a beneficiarse del desequilibrio, de la asimetría y de la desigualdad.

El mercado como abstracción, el capitalismo como desafío

Quien se tomara la molestia de buscar en los manuales de Economía más conocidos y ortodoxos qué se entiende por “mercado” comprobaría que las definiciones que se proporcionan no son iguales. En cada uno de ellos se entiende un fenómeno o una relación distinta e incluso con condiciones diferentes.

Esto no debería sorprender si se considera que el mercado, sin más adjetivaciones, es una simple abstracción. La prueba es que lo encontramos en diferentes épocas históricas -desde luego anteriores al capitalismo-, en distintas economías, con diferentes expresiones institucionales y con diversa morfología.

Parece raro entonces que se haya convertido en una pieza verbal tan aparentemente significativa y en un concepto que en el discurso convencional no admite prácticamente discusión alguna. Sin duda, no por lo que expresa sino por lo que oculta.

Se afirma que en nuestras economías debería predominar el mercado en la medida en que éste se asocia con la idea de eficacia y competencia, pero allí donde encontramos “mercado” aparece el despilfarro y, desde luego, una ausencia prácticamente total de la competencia que se supone debería acompañarlo, no la que se produce entre oligopolios o por la simple diferenciación del producto.

Y así, mientras se está reivindicando el mercado como algo que implica en abstracto libertad y competencia, se están aceptando como dadas las condiciones sociales (de propiedad, de reparto y de jerarquía) que constituyen el mercado en lo concreto; que paradójicamente se consideran como presupuesto de su funcionamiento más perfecto, pero cuya pretensión es, precisamente, esquivar la competencia e interpretar la libertad en el único sentido de búsqueda del beneficio.

De esa forma, el discurso económico se convierte en una simple retórica. La obsesión por el respeto a las categorías abstractas es la liturgia que acompaña a la despreocupación por cuestiones mucho más concretas: la insatisfacción social, la infelicidad y el sufrimiento humano que ocasiona un uso desigual de los recursos y de las oportunidades de utilizarlos.

Y resulta en extremo lamentable que un discurso “de izquierda” (si es que seguimos entendiendo por ello transformador, no sólo “moderno”) no se distinga precisamente por partir de las categorías concretas del bienestar humano. Con frecuencia perversa, el discurso no surge de plantear con firmeza, por ejemplo, la insostenibilidad de la pobreza o del desempleo generalizado, sino de una retórica frustrante y frustrada del tipo “es preciso salvaguardar X para Y”, siendo X un estado dado que está justamente en la causa de Y, que sólo discursivamente se desea evitar.

Colateralmente, un discurso de ese tipo va acompañado necesariamente de una perspectiva de coyunturalidad. Es curioso que, en los momentos de mayor deterioro económico, el elemento discursivo de mayor realce sea siempre la fijación de un hito temporal: se comenzará a crear empleo en el 95, en el 96 quizá, o habremos de esperar al 97?.

Lo importante es configurar en la mente colectiva un hito temporal que, a pesar de las apariencias, no constituye un “necesario” estímulo optimista, sino una expresión de inevitabilidad. Puesto que llegaremos a la situación deseable, no modifiquemos el pilotaje, ni la ruta ni al propio capitán de la nave.

Sólo si se recuperan las categorías concretas se puede elaborar una alternativa de progreso. Por qué en lugar de preguntarnos por el mercado, no nos preguntamos por la concentración de la renta y la riqueza, por qué en lugar de discurrir tan obsesiva como inutilmente sobre la competencia no llamamos la atención sobre los privilegios, por qué en lugar de abstraernos sobr el bienestar no llamamos a la rebeldía social frente a la ceremonia permanente del despilfarro?.

La Humanidad está viviendo hoy día momentos de padecimiento demasiado profundo. Los datos que reflejan el malestar social, por más que se pretenda ocultarlos detrás del nominalismo macroeconómico, indican claremente hasta qué punto el sufrimiento humano está generalizado. Basta echar una ojeada a nuestro alrededor para comprobar hasta qué punto pierde consistencia el cementado de nuestra sociedad, de las relaciones humanas y del tejido social (y en consecuencia productivo).

Frente a la utopía como no-topos, la que sólo puede expresarse como un regate a las causas del malestar que con tanto ardor se asume siempre a los vientos del poder, es preciso construir una utopía del “más allá del lugar”, como negación profunda de un topos que no es que sea indeseable, sino sencillamente insostenible.

Planear correctamente la utopía que lleva a trascender el topos permite, como decía Lamartin, que no llegue a ser un sueño irrealizable sino una verdad prematura.

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