Acción colectiva frente a poderes opacos

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Publicado en temas para el Debate

 

Uno de los fenómenos más característicos de nuestros días es la proliferación de unos tipos de poder que escapan cada vez más a menudo de las diversas formas del control estatal tradicional. Unas veces, nacidos de los propios Estados que han privatizado buena parte de su capacidad de decisión y gobierno; otras, resultado de nuevos fenómenos sociales, de nuevas relaciones económicas o de la creación de ámbitos de decisión que buscan expresamente actuar sin las restricciones que enmayor o menor medida suelen imponer los Estados mínimamente democráticos.

 La revolución tecnológica ha creado nuevos espacios sociales desde donde se puede disponer de más capacidad de dominación con menos control. La globalización de las finanzas sin el paralelo desarrollo de contrapoderes que impongan una regulación internacional del capital ha disipado casi por completo el antiguo control de los gobiernos y ha dado alas a un nuevo poder financiero. La connivencia de los industriales con los ejércitos o de los financieros con las mafias, la proliferación de paraísos fiscales o incluso la cada vez más patente vinculación de las iglesias con grupos bancarios o inversores institucionales conforman un nuevo entramado del poder social que es mucho más opaco, más vergonzante, más disimulado, casi oculto y que crece al mismo tiempo que palidece el de los Estados. 

Paradójicamente, eso no quiere decir que los gobiernos hayan dejado de tener una enormecapacidad de incidencia. Los liberales modernos repudian al Estado por innecesario e ineficiente perolo cierto es, sin embargo, que en esta época en la que se le desnuda de gran parte de lasexpresiones de su poder no ha dejado de ser extraordinariamente intervencionista. El liberalismorechaza el Estado pero los liberales lo utilizan sin conmiseración cuando gobiernan, claro está quepara favorecer un orden social que no se caracteriza, como propugnan, por la ausencia de poderesindeseables sino justamente por su proliferación al margen del control colectivo. El neoliberalismo no es sino una forma prostituida y reaccionaria de intervencionismo estatal: para privatizar, paraproteger, para regular constantemente desde la ética del dejar hacer y para privilegiar a los intereses de los más poderosos.

 

De hecho, para que hayan podido aparecer y consolidarse los nuevos poderes opacos denuestros días, para que el poder privado se imponga sobre los intereses públicos como ahora generalmente ocurre ha sido necesaria una verdadera connivencia de los gobiernos y los poderesestatales. La independencia de los bancos centrales, la liberalización de los movimientos de capital,las normas del comercio internacional, las privatizaciones constantes, las reformas estructurales en todos los ámbitos de las relaciones económicas y sociales y, sobre todo, el constante mirar a otrolado para no interferir con la más poderosa iniciativa privada han sido una verdadera construcción delos propios Estados. Lo que se ha logrado con el neoliberalismo es que el Estado se traicione, que siga actuando sin descanso pero para negarse a sí mismo.

 

En el terreno específico de la economía es quizá donde se hayan podido comprobar máscrudamente los efectos negativos de lo que ha llegado a ser una efectiva renuncia al gobierno de las relaciones económicas, para dejarlas en manos de los poderes imperfectos del mercado.

 

Podría decirse que se ha perdido la voluntad de marcar los designios de la política económica,que incluso se renuncia a ella. El atrincheramiento en torno a objetivos puramente deflacionistas, el traspaso del poder monetario a los bancos centrales independientes y desde estos directamente a losmercados, la conversión del espacio del comercio internacional en un territorio de injustas asimetríasen el que las empresas multinacionales imponen su ley y la falta de gobierno efectivo y de coordinación a escala internacional, donde sólo Estados Unidos conserva cierto poder regulatorio,son, entre muchos otros, los fenómenos que actualmente implican la quiebra decisiva del poderestatal, o lo que es igual, del poder democrático de los pueblos.

 

En el campo de las relaciones económicas, recuperar el poder estatal no equivale a otra cosaque a recuperar los poderes de decisión más elementales, los que implican poder decidir cómo queremos que sean nuestras sociedades y a quién debe alcanzar la satisfacción.Ante la fuerza incontenible del discurso liberal parece que se tiene miedo a formular unademanda clara de intervencionismo, de protagonismo renovado de la acción colectiva, de más Estado. Pero eso equivale a olvidar que cuando se renuncia al Estado y a lo público se estárenunciando en realidad a la propia democracia, a la posibilidad de articular proyectos sociales queaspiren a satisfacer necesidades colectivas y no sólo intereses privados.

 

De hecho, el desplazamiento de las decisiones hacia espacios en donde no pueden llegar losEstados, como está ocurriendo ahora en el mundo, coincide con una evidente pérdida de eficiencia,porque lleva consigo la desaparición de contrapesos adecuados a las imperfecciones de los mercados,con un incremento de la desigualdad y las injusticias y con un fortalecimiento de los poderesimperiales y antidemocráticos, descaradamente vinculados a intereses sucios y cada vez másclaramente corruptos.

 

Lo que me parece que debería subrayarse de estos procesos, al margen de todas sus implicaciones sobre el bienestar y la satisfacción humana, es que no responden a una inevitable exigencia histórica, como dicen cándidamente los liberales, sino a un determinado proyecto de dominio social. Esto es importante porque la fuerza de propagación de los mitos liberales es tan grande que a veces la izquierda termina por convencerse de que el Estado es innecesario, justamente, en la época en la que el capital hace más uso, como acabo de señalar, de los resortes del poder público para favorecerse.Por eso me parece que es necesario considerar algunos principios esenciales sin los cuales esdifícil que puedan articularse proyectos de transformación social en esta época neoliberal.

 

En primer lugar es preciso reconocer que cualquier sociedad necesita espacios de nomercado. Considerar como diría Hayek, por ejemplo, que el orden del comercio, el mercado, es el espacio natural del ser humano no es solamente un simplismo completamente irreal, sino una perversión antropológica que lo empobrece y desfigura. De hecho, para reforzar las dimensiones plurales en las que inevitablemente debe manifestarse la vida humana lo adecuado es fortalecer esos espacios no mercantiles.

 

Frente a la mitología liberal es más necesario que nunca defender ese espacio de lo estatal, porque es justamente el único desde el que se puede generar más igualdad y más equidad, una sociedad equilibrada y un sentido de la existencia humana que no se base en el desorden selvático e inhumano del mercado sino en la cooperación y en la justicia que el mercado nunca pueden proporcionar.

 

Sin embargo, una de las cuestiones que la izquierda moderna debería aclarar es que el espacio estatal no es el único espacio de no mercado. La transformación social en nuestras sociedades requiere crear ámbitos públicos fuera del Estado y ubicar justamente en ellos el centro de gravedad de la acción colectiva.

 

Con demasiada frecuencia, la izquierda tradicional ha limitado su proyecto de transformación a la producción de normas estatales, a la modificación de la envoltura de las relaciones de mercado y eso constituye hoy día una limitación esencial, mucho más, cuando las transformaciones recientes han convertido nuestras sociedades en sociedades liberales, en el sentido de que la individualidad se ha exacerbado porque se aspira a tener una libertad y una autonomía de decisión cada vez mayores.

 

Precisamente por eso hay que reinventar la propia acción colectiva, para poder conjugar, por ejemplo, la intervención estatal orientada a producir normas protectoras, típica de la actuaciones de la izquierda en el gobierno, con la responsabilidad individual. Porque ya hemos comprobado que cuando ésta se disipa se termina por bloquear el alcance transformador del bienestar y la satisfacción que vayan de su mano.

 Es imprescindible recuperar el papel y el poder de los Estados para impedir que se disipen aún más las bases de la democracia y para frenar el poder corrupto que el neoliberalismo ha traido de la mano cuando ha instalado sin apenas limitación al mercado como fuentes de las decisiones sociales esenciales. Pero la paradoja de nuestro tiempo es que siendo el Estado más necesario que nunca, también es más que nunca insuficiente.

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