Carta abierta a los miembros del claustro de la Universidad de Sevilla

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Aprovechando la invitación de la doctora Adela Muñoz (posible futura candidata a rectora) para participar en el debate sobre problemas de nuestra universidad me permito escribir esta carta abierta a los miembros del Claustro de la Univerdsidad de Sevilla.

Cuando me incorporé en 2008 a esta Universidad pude comprobar lo que ya sabía desde mi etapa como Secretario General de Universidades e Investigación de la Junta de Andalucía, que la nuestra ha sido una de las universidades mejor gestionadas en los últimos años. Los indicadores economicos señalan que tiene solvencia, por más que la crisis haya podido generar problemas (seguramente inevitables) de liquidez. El mapa de titulaciones no es inadecuado, aunque quizá se echa en falta una apuesta más valiente y decisiva por la especialización, y la docencia se lleva cabo con con bastante dignidad, quizá porque la inmensa mayoría del profesorado sigue a Ramón y Cajal cuando decía que a la escasez de medios no se puede responder con miseria de voluntades. Tenemos grupos de investigación de primera línea mundial y la política de construcciones de nuestra universidad (si se dejan aparte algunos errores clamorosos como el de la biblioteca de El Prado) quizá haya sido la que mejor ha aprovechado los recursos para inversiones que la Junta de Andalucía ha puesto a disposición del sistema andaluz de universidades en los últimos 15 años.
Cuando me incorporé a esta universidades enseguida tuve la sensación de que todo funcionaba con presteza y normalidad, como si nadie tuviera que esforzarse para que las cosas se pusieran en marcha. Algo que sólo suele ser propio de las instituciones que son grandes por algo más que por su tamaño, y por eso no tuve duda de que yo también estaba en una gran universidad.
Como es lógico, en estos años también he descubierto errores y cosas que funcionan mal (“el sistema a veces falla”, me dijo en una ocasión con humildad al rector Joaquín Luque). Sólo los consideraría una expresión inevitable de nuestra naturaleza imperfecta si no fuera porque los he percibido en el seno de otros defectos más graves y sobre los que me gustaría llamar la atención a quienes dentro de unos días tienen la responsabilidad de elegir a la persona que gobierne nuestra instituación en los próximos años.
Como he dicho, he percibido que la mayor parte de las cosas funcionan bastante bien en nuestra Universidad y casi como si se hicieran solas, pero también he comprobado que cuando alguna lo hace mal y falla es muy difícil que se rectifique para arreglarla. Lo he podido comprobar, por ejemplo, en el desarrollo de una postgrado como el MAES, tan importante por su función de formar a formadores como por el número de matrículas o por las expectativas e ilusiones que despierta. Todavía no he conseguido explicarme que sea tan difícil corregir los errores de diseño que muchos alumnos y profesores hemos advertido que tiene o que se pongan en marcha soluciones para evitar la frustración y las quejas que viene provocando.
Puesto que he visto fallos de este tipo en otros ámbitos y centros tengo que pensar que no se trata de un problema anecdótico sino el resultado de que nuestra universidad carezca de los procedimientos y sistemas más efectivos para evaluar y rectificar sus propias actuaciones cuando es necesario. Un problema que sin duda se agrava cuando en los órganos teóricamente encargados de controlar las decisiones hay una presencia muy desproporcionada de quienes se encargan de tomarlas, como los miembros del claustro saben mejor que nadie que ocurre en nuestra Universidad.
Pero un problema aún mayor y mucho más preocupante es que, en mi modesta opinión, la democracia está muy limitada en nuestra universidad, por no decir que en algún aspecto es casi inexistente, como muy particularmente ocurre en lo que se refiere a la eleccion de representantes en órganos o de cargos de dirección, y en especial con el más alto de recor o rectora.
En este último y trascendental aspecto la Universidad de Sevilla constituye una auténtica anomalía democrática a la que parece mentira que no se le ponga punto final cuanto antes.
El problema, a mi juicio y en contra de lo que sé que piensan muchos miembros de la comunidad universitaria, no radica sólo en que el rector o rectora se elija por el claustro en lugar de por sufragio universal. La experiencía muestra que hay elecciones poco democráticas por éste último procedimiento y que pueden serlo muy representativas por medio del claustro si éste es es una imagen fiel de la pluralidad y diversidad de interses que hay en la institución.
Por supuesto, creo que la opción entre el claustro y el sufragio universal debería ser debatida y decidida por el conjunto de la comunidad universitaria pero la anomalía democrática a la que me refiero tiene que ver con otras dos circunstancias.
Una, que a mí me parece indefendible, que el Claustro anterior elija al nuevo rector o rectora, algo que no pasa en ninguna democracia representativa que realmente lo sea. Y otra (aunque ésta no exclusiva de nuestra universidad) que el procedimiento imperante para la elección a órganos colegiados impida de facto que las minorías y mucho menos personas aisladas ajenas a los grupos de afinidad dominantes puedan formar parte de ellos. Es eso lo que mengua, a veces hasta el extremo, la representatividad y lo que impide que haya un debate auténticamente plural y un control efectivo de la gestión y del gobierno universitarios. Algo que no deberíamos consentir que siga pasando porque sin representación plural no hay democracia, sin ésta es imposible el debate y sin debate no puede brotar el conocimiento.
Creo, por último, que habernos habituado a esta anomalía, a trabajar, estudiar y enseñar en un estado de democracia limitada, no sólo ha degenerado las formas (qué son imprescindibles para que haya respeto y libertad efectiva) sino que empieza a producir efectos muy preocupantes en los comportamientos y en la toma de decisiones. ¿Cómo sería posible si no que en los últimos días algunos decanatos hayan negado aulas de sus centros para que se celebren reuniones de debate entre universitarios preocupados por la próxima convocatoria electoral? La excusa utilizada (“no estamos en campaña electoral”), como si el debate sobre los problemas de nuestra institución solo debiera celebrarse un par de días o tres cada cuatro años, es tan pueril y contraria al espíritu universitario que me ahorra cualquier tipo de comentario adicional.
Es por todo lo que acabo de exponer que me permito solicitar a todos los miembros de claustro de nuestra universidad que sean responsables y den prioridad a los intereses de la institución optando por “poner los relojes a acero” en cuanto a la democratización de nuestra universidad se refiere. Y, concretamente, les pido que reflexionen y voten solo a los candidatos o candidatas que se comprometan ante ustedes a corregir la anomalía en la que nos encontramos promoviendo urgentemente un cambio de normativa que democratice la elección de todos los cargos y órganos de gobierno y a dimitir a renglón seguido para que la Universidad de Sevila pueda elegir a su máxima autoridad no en condiciones de excepción sino de plena normalidad democrática.
Juan Torres López
Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla

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