Coyoacán

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Escribo este artículo desde la plaza central de Coyoacán, un barrio en el corazón de México, D.F., el monstruo urbano de más de veintitrés millones de personas cuya propia grandiosidad es casi imposible de entender. A mi espalda, la Librería Parnaso, siempre llena, como le ocurre casi siempre a casi todas las librerías latinoamericanas. En ella, o en las más conocidas Gandhi o Fondo de Cultura Económica es posible encontrar novedades que aún no han llegado a España y paladear el gusto por la lectura de pueblos que han perdido ya casi todo. He venido de pasear por Zócalo, alrededor de la catedral construida sobre las ruinas indígenas para manifestarle a la eternidad la fortaleza de nuestra civilización victoriosa pero que no puede soportar su propio peso y se hunde con semejante grado de contingencia.

 

En su entorno florecen haces de colores, y la piel de mil tonos de los vendedores ambulantes llama más la atención que sus modestas mercancías desparramadas por el suelo. Los ojos brillan, pero es difícil encontrarles un halo que no sea de tristeza, de una especie de sorpresa cansina, de desesperanza.

 

En México D.F. circulan al parecer unos veinte mil taxistas ilegales, algunos de los cuales pueden secuestrar, desvalijar o matar a sus propios clientes, en cada esquina hay guardias de seguridad con el fusil presto y la mirada atenta y en cada conversación surge la advertencia y la prevención. La inseguridad se hace tan cotidiana que a todos les parece natural que escapar de la violencia sea más que nada una cuestión de suerte.

 

Hace muy poco tiempo los expertos del Fondo Monetario Internacional había considerado a Méjico como la plaza financiera más segura del mundo, pero pocos meses después sufrió una crisis gigantesca y dramática. Hace unos decenios, era un país rico, con enormes recursos, con ciencia y tecnología de vanguardia. Hoy día es un país empobrecido, de cuyas grandes posibilidades de desarrollo se aprovecha principalmente una oligarquía económica y una clase política corrupta. Hace unos siglos, Méjico era un emporio de bienestar y sabiduría que aportaba al mundo productos y riquezas que hoy son patrimonio común, pero nuestra civilización prepotente lo desarticuló con torpeza, ambición y violencia.

 

En su seno, Méjico contiene actualmente las expresiones paradigmáticas de nuestro mundo. La opulencia de la Avenida de la Reforma o la que no se ve en el interior de las haciendas gigantescas y la miseria de millones y millones de personas. El todo y la nada en unos cuantos kilómetros cuadrados. La modernidad más ambiciosa y la frustración más descarnada. En la frontera con Estados Unidos los ilegales llegan a intentar tres o cuatro veces al día pasar la frontera, mientras que el vecino del norte los vigila con sensores térmicos o controles vía satélite. Curiosa paradoja del mundo que algunos se empeñan en decir que se ha globalizado. Sólo los llamados capitales golondrina, recursos financieros millonarios que se mueven sin límites entre los países, pueden saltar de uno a otro sin mojarse las espaldas, sin sentir sobre ellos el peso de la milicia. Pero dejando una estela de inestabilidad y crisis por allí donde transcurren.

 

Al visitante le queda el consuelo de tomarse unos cuantos tequila en la Plaza Garibaldi. Pero los ojos lánguidos de los meseros o los sobresaltados de los guardias que ocupan la plaza volverán a traerle más tristeza que la misma letra triste que cantan los mariachis.

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