El partido socialista y la guerra

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Las posiciones que viene manteniendo el Partido Socialista Obrero Español, con la singular excepción de alguno de sus dirigentes, sobre la guerra y el papel de Estados Unidos en la lucha
contra el terrorismo están terminando por ser una mala copia del discurso más convencional y retórico dominante y, generalmente, importado sin más desde los círculos del poder norteamericano.

 

En primer luegar, se admite, se justifica e incluso se aplaude sin reservas la postura de Estados Unidos, a pesar de que su papel en la generación de los propios conflictos que dice combatir es una parte principal del problema que hay que resolver. Se olvidan su cinismo a la hora de enfrentarse al terrorismo, condenando el de los adversarios y haciendo la vista gorda sobre el propio o amparando el de sus aliados, su negativa a crear organismos de justicia internacional, a revisar la legislación sobre armas ligeras, sobre paraísos fiscales o sobre prácticas delictivas internacionales, su permanente boicot a las Naciones Unidas y a sus resoluciones cuando se trata del pueblo palestino, del pueblo kurdo o del saharaui, su autoinvestida e intrínsecamente antidemocrática posición de cabeza del imperio, o la maldisimulada confusión entre lucha antiterrorista e intereses estratégicos de las empresas estadounidenses… Todos esos son elementos que deberían merecer un rechazo contundente de quien esté sinceramente interesado en hacer prevalecer la justicia y la paz, y por quien, coherentemente, entienda que no se puede combatir la inmoralidad terrorista con la doble moral y el egoísmo de los poderosos también a veces lo practican.

 

En segundo lugar, es una lamentable actitud la de aceptar sin más que la lucha contra el terrorismo derive necesariamente en una merma efectiva de las libertades civiles. Es un contrasentido inaceptable que los atentados contra la libertad se tengan que combatir con menos libertad para todos, que la defensa de la democracia termine por ser una jibarización de la misma en todas las naciones o, sencillamente, que los atentados injustos contra la vida los paguen con la suya otras personas igual de inocentes.

 

Pero quizá la expresión más lamentable de estas posiciones es la aceptación de que la guerra es el único y principal procedimiento para hacer frente a los conflictos y que, en consecuencia, la paz es tan sólo y si acaso su resultado, su consecuencia, el objetivo al que se aspira legar al final. Es un verdadero desastre que hasta los partidos progresistas hayan renunciado ya a la paz como vía, como procedimiento, como el inevitable camino para poder llegar al hermanamiento y a la justicia que se dice buscar. Como en tantas otras ocasiones a la paz sólo se le concede el tiempo sobrante, pero no se hace de ella el instrumento, se la utiliza sólo como llamada retórica pero no como el arma más poderosa para hacer frente al conflicto.

 

Finalmente, es igualmente desolador que apenas se levante la voz, o que se levante sólo en sordina y de pasada, para poner sobre el tapete la naturaleza real de las causas que están dando lugar a esta barbarie. Si no hay camino posible que no sea el de la paz, ésta no puede darse si no va de la mano de la justicia. Por eso no son sino la expresión de una retórica vacía e hipócrita las llamadas a combatir el terrorismo que no llamen igualmente a hacer desaparecer la desigualdad y el odio que provoca, la explotación y el desarraigo que lleva consigo, la miseria y la desesperación que la acompaña.

 

¿Cómo puede darse crédito a los que se proclaman urdidores de la paz pero ocultan sobre su manto de tempestades taimadas e inmorales injusticias?

 No es sólo una cuestión de diferenciarse porque sí, es que los ciudadanos que confiamos en los partidos progresistas los necesitamos si son coherentes y si asumen con valentía los compromisos de los que hacen gala, si dejan de tener miedo a pensar y a actuar contra corriente. De nada nos sirven los partidos temerosos, los mojigatos a la hora de decir basta a los abusos del poder, los que son incapaces de convencernos y de convencerse de que es posible otro mundo y otra forma de hacer política. De nada sirven. O mejor, no es a nosotros a quienes sirven.

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