El valor de la política

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Publicado en La Opinión de Málaga. 20-01-2004 

Conozco a personas que ocupan cargos públicos importantes que dicen, como huyendo de la peste, que ellos o ellas “no son políticas”. Me recuerdan siempre la simpleza de Franco, quien cuentan que decía a sus ministros “haga usted como yo, no se meta en política”.

 

Puede ser que ese tipo de expresiones sea propio solamente de personajes escasamente leídos, que hablan en la prosa de la política sin saberlo. Pero creo que se trata de algo más que una simple anécdota. Lo que está ocurriendo muy a menudo en nuestros días es que las personas normales y corrientes aprecian cada vez menos la actividad política y que denigran todo aquello que tiene que ver con la cosa pública.

 

Eso ocurre por razones muy diversas, pero lo que sobre todo me parece significativo es que constituye un reflejo evidente de la pérdida de fortaleza de la democracia.

 

Precisamente, ha fallecido esta semana el filósofo turínés Norberto Bobio, uno de los más fértiles cuestionadores de la democracia de nuestra época. Decía Bobio que “el buen demócrata entiende la virtud como amor a la cosa pública”. Por eso me parece que el escasísimo valor que hoy día se le concede a la política expresa justamente nuestra falta de virtud y la fragilidad de nuestras prácticas democráticas.

 

Habló hace unos años Bobio de las “promesas incumplidas” de la democracia refiriéndose, entre otros problemas, a la existencia de poderes invisibles y de espacios sociales no democratizados, a la pervivencia de las oligarquías, a la escasa participación de los ciudadanos en la toma de decisiones o a la carencia de ideales o de educación al ciudadano.

 

Estos incumplimientos eran los que llevaban a discutir sobre la necesidad de que la democracia no se limitara a proporcionar un simple conjunto de reglas sino que implicara un modo de ser ciudadano, una manera de actuar y de decidir, es decir, un proyecto ético, una ejercicio moral. Lo que ha ocurrido es que la democracia ha perdido tanta pulsión que hoy día ni siquiera funciona adecuadamente como procedimiento de decisión.

 

Como también decía Bobio, la democracia sólo es lo contrario del gobierno autocrático cuando proporciona y se basa en reglas de procedimiento para la decisión que vayan unidas a la posibilidad más amplia posible de participación ciudadana.

 

Sin embargo, cada vez es más corriente que los ciudadanos comprueben por sí mismos que quienes gobiernan actúan con absoluta arbitrariedad, que pueden mentir y utilizar criterios de quita y pon cuando les interesa, que no hay contrapesos que respondan al pluralismo real de nuestras sociedades, y que los otrora llamados poderes invisibles no tienen ni siquiera el pudor de antaño, dejándose notar sin disimulo como los auténticos inspiradores de lo que se hace o se deja de hacer en nuestra vida colectiva. Es decir, que ni siquiera se vive la democracia como un simple procedimiento reglado de decisión.

 

Las declaraciones que esta semana ha realizado el ministro de Hacienda vinculando el acuerdo sobre financiación autonómica con Andalucía a la victoria electoral del Partido Popular son una muestra preclara de lo que vengo diciendo. Con sus palabras, reconoce el Ministro que ha venido gobernando, al menos en este caso concreto, sin sujetarse a reglas, ejerciendo, pues, como un  autócrata y no como un verdadero gobernante democrático.

 

Es natural que los ciudadanos se sientan asqueados y desencantados de la política cuando con sus propios ojos y oídos perciben día a día hechos como estos. Montoro ha reconocido que gobierna dejando de lado los intereses institucionales para poner en primer plano los de su partido.

 

El problema es que cuando los ciudadanos se desencantan y comienzan a considerar que la política es denigrante y deleznable, en lugar de darse cuenta de que lo que es así es la conducta de algunos políticos, dejan todo el espacio libre para que se instale la arbitrariedad y la autocracia.

 

Por eso es tan necesario regenerar nuestra vida pública recuperando el espíritu republicano, el del amor a la cosa publica. Es la única manera de hacer de la política virtud.

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