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Garicano, Syriza y la guerra mundial: o cómo leer de la historia solo aquello que conviene

Considero al profesor Luis Garicano un gran economista de merecido prestigio y una persona bastante sensata, aunque tengo discrepancias con él en muchos temas. Por eso me ha sorprendido sobremanera el siguiente comentario que ha puesto hoy en su cuenta de Twitter

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Me choca ese comentario por lo parcial que resulta. ¿Los aplausos de esos diputados le recuerdan a Luis Garicano el comienzo de la I Guerra Mundial y la insistencia alemana y de la Troika en pedir a Grecia que dé lo que no puede dar no le recuerda la insistencia de los aliados en pedir reparaciones a Alemania que dio lugar al nazismo y a la Segunda Guerra Mundial?

Me defrauda la manera tan poco ecuánime que tiene un economista tan importante e influyente de mirar hacia atrás, simplemente para tomar de la historia los matices que le convienen para justificar sus posiciones ideológicas.

Hace tres años y pico escribí un artículo titulado Alemania impone “reparaciones de guerra” al resto de Europa. Lo transcribo a continuación porque creo que su lectura quizá pueda ser interesante de nuevo.

Alemania impone “reparaciones de guerra” al resto de Europa.

Al acabar la Primera Guerra Mundial, el Tratado de Versalles de 1919 hizo responsable a Alemania de “todos los daños y pérdidas” causados como consecuencia del conflicto y en su virtud le obligó a hacer frente a “reparaciones” millonarias que, después de diversos aplazamientos y anulaciones, terminó de pagar en octubre de 2010.

 

Muchos economistas y políticos de la época, y entre ellos el más famoso de entonces, John Maynard Keynes, mostraron que era imposible que Alemania pudiera pagar esas reparaciones sin empobrecerse trágicamente y sin que así se ocasionasen problemas peores que los que se trataba de resolver. E hicieron ver que incluso sería mucho más útil para los propios aliados promover el desarrollo de la industria y el comercio en Alemania que obligarle a hacer frente a unas cantidades que estaban completamente fuera de su mermada capacidad de pago. Con dramática lucidez, el economista inglés advirtió en su libro Las consecuencias económicas de la paz, que “si nosotros aspiramos deliberadamente al empobrecimiento de la Europa central, la venganza, no dudo en predecirlo, no tardará”. Así fue.

 

Años más tarde, las cosas han cambiado mucho. La puesta en marcha del euro a pesar de que se sabía que la unión monetaria estaba mal diseñada, que no contaba con suficientes mecanismos e instituciones de compensación y reequilibrio y que las perturbaciones y los shocks asimétricos iban a ser constantes, inició una especie de guerra económica que esta vez ha ganado Alemania pero, al final, a costa de sufrir también las consecuencias negativas de todo tipo que siempre están asociados a los conflictos que provocan las estrategias de ocupación.

 

Desde que se creó, Alemania ha impuesto su norma como potencia de economía abierta al resto de los países y especialmente a los del sur europeo. A cambio de ayudas generosas que se venden a su población como si no tuviese contrapartidas, Alemania ha venido colonizando las economías periféricas, bien por la vía directa de la adquisición de activos,  convirtiéndolas en importadoras masivas de sus productos, o mediante la financiación del endeudamiento continuado que los déficits en los que necesariamente incurrían lógicamente provocaban.

 

Antes de la creación del euro, los países menos competitivos, como España, se defendían periódicamente de la agresión comercial de los más fuertes, o de su propia debilidad estructural, devaluando sus monedas y tomándose así un respiro que les permitía mantener mal que bien su tejido productivo y el equilibro exterior. Con la moneda única, y al carecer de esta estrategia defensiva, la potencia exportadora alemana ya no ha tenido barreras (al contrario que le ha ocurrido a los productos de la periferia en centroeuropa) lo que debilitó poco a poco la industria y, en general, la producción nacional en la periferia. Así se iba gestando un gran superávit en Alemania paralelo al déficit de los países periféricos.

 

De 2002 a 2010 este proceso generó un excedente de 1,62 billones de euros en Alemania, de los cuales solo 554.000 se aplicaron en su propio mercado interno para mejorar su dotación de capital o las condiciones de vida de su población. El resto, 1,07 billones se colocó fuera de Alemania, y de esta parte 356.000 en forma de préstamos y créditos para financiar un modelo productivo en la periferia que, lógicamente, no fuera el que pudiera competir con el alemán. La teoría y la historia económicas nos han enseñado que no podía ser de otra manera: la existencia de una potencia exportadora como la alemana de estos años solo es posible si al mismo tiempo que exporta financia. Tiene que ser así porque, en el marco ya cerrado de una economía como la europea (o del planeta si nos referimos al conjunto de la economía mundial) para que unos tengan superávit otros han de tener déficits y éstos han de financiarlos, evidentemente, quienes disponen de excedentes a su costa.

 

Este estado de cosas, esta “guerra”, ha ido siendo claramente exitosa para las grandes corporaciones centroeuropeas que se han hecho con los mercados que antes les estaban vedados, para los exportadores alemanes, y para los bancos que han obtenido grandes beneficios financiando la deuda creciente de una periferia con cada vez menos capacidad de generar recursos endógenos, puesto que la potencia exportadora en realidad ha de fagocitarlos para poder seguir manteniendo su privilegio exportador.

 

A pesar de que este estado de cosas era muy claramente perjudicial para los intereses nacionales de países como España, Italia, Irlanda, Grecia… o incluso me atrevería a decir que de Francia, las élites respectivas lo aceptaron como punto de partida y lo han apoyado puesto que los grandes beneficios de las multinacionales que los estaban colonizando y de los bancos que nadaban en dinero gracias a la deuda gigantesca que se generaba producía un efecto “derrame” suficientemente cuantioso como para financiar generosamente a los partidos y a las oligarquías económicas locales y que gracias a ello se han ido así armando con un poder político cada vez más decisivo.

 

El problema que conlleva un equilibrio de esta naturaleza, tan asimétrico, es que antes o después termina cayendo porque se acaba la capacidad de endeudarse, porque el empobrecimiento efectivo y continuado es insostenible o porque se produzcan impactos externos que agudicen las asimetrías sin que haya, como ocurre en la Unión Europea, suficientes resortes de reequilibrio.

 

Así, lo que ahora tenemos sobre la mesa en Europa es un problema irresoluble sin cirugía mayor. Alemania ha financiado, en lugar de su propio desarrollo interno y el bienestar de sus ciudadanos o una integración más solidaria entre las economía europeas, un modelo productivo entre su “clientela” que no permite a ésta serlo indefinidamente. Cuando se ha producido un impacto externo como la crisis financiera, se ha reducido la demanda en la periferia, ha debido aumentar el déficit público a costa del privado, que en mayor parte ha de destinarse a financiarlo, reduciéndose entonces los déficit que engordan el superávit alemán y disminuyendo la capacidad de pago de la deuda contraída.

 

Alemania teme ahora haber financiado a unos clientes que al final puede resultar que no hagan frente a sus deudas y ese miedo le empuja a seguir por un camino terrible y claramente equivocado que es el que recuerda las reparaciones a las que ella misma tuvo que hacer frente durante tanto tiempo.

 

La derecha política alemana y sus grupos de poder económico se empecinan en hacer creer, y en creerse ellos mismos, que la causa de ese peligro es el mal comportamiento de sus socios a cuyos gobiernos tilda de manirrotos (a pesar de que, como en España, hayan incurrido en menos incumplimientos fiscales que la propia Alemania) y a cuyos ciudadanos acusa de haber vivido por encima de sus posibilidades. Y esa creencia le lleva a imponer las nuevas “reparaciones” en forma de programas de austeridad (mal llamados de austeridad, como ya he escrito en varias ocasiones porque solo se centran en recortar los gastos vinculados al bienestar social para abrir la puerta a la provisión privada) que, como ocurrió hace poco menos de un siglo, provocaron un efecto perverso del que quizá todavía estamos pagando sus consecuencias. No podrá ser de otro modo porque imponer el empobrecimiento y la recesión a los demás pueblos no podrá evitar, como dijo Keynes entonces, que antes o después se produzca la venganza. En el mejor de los casos, en forma de desintegración europea que igualmente pagará la propia Alemania. Y en el peor, más vale ni siquiera pensarlo.

– See more at: https://juantorreslopez.com/impertinencias/alemania-impone-reparaciones-de-guerra-al-resto-de-europa-2/#sthash.tDWErsxk.dpuf

7 comentarios

Antonio Gonzalez 28 de junio de 2015 at 03:56

Alemania destruyo Europa y no pago nada por ello amparada en la
guerra fria y ahora exige hasta la sangre del pueblo griego.
Por que no van mas atras, los culpables de la falsificacion que llevo
a Grecia al euro y les quitan los millones producto de su culpa y no
sacrificar el pueblo griego por algo de lo que no tiene la culpa.
Los que llenaron a Grecia de armas que pierdan su dinero y los que
temen una represalia arabe por los crimenes cometidos en el medio
oriente que no utilicen el sudor del pueblo griego para construir una
linea de defensa mientras ellos hacen buenos negocios con ello.
Hay muchas cosas que no se quieren decir, pero se diran.

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A. Montes 28 de junio de 2015 at 05:13

Estimado Juan:
Debo ser un tanto morboso por que me gustaría saber cómo es ese escenario que imaginas, aunque no quieras pensar. ¿Habría algo peor que otra guerra mundial, largamente deseada y fomentada por unos que no son, precisamente, quienes insinúa en su Twitter Garicano?
El sujeto no es tonto. Siempre podrá decir que se le malinterpreta puesto que, técnicamente, no se puede tener recuerdo de algo que no se ha vivido.
El mundo está en manos de la «mala fe».
(Gracias por tan instructivo artículo).

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Francisco Altemir 28 de junio de 2015 at 10:35

Es evidente que el poder económico se ha impuesto al resto. La democracia ya no cuenta. La religión con aquello de perdonar las deudas, tampoco, prueba de ello es el cambio del padrenuestro, la oración del cristianismo: J.P. Morgan obligó a cambiar aquello de «perdónanos nustras deudas…» ¿Cómo se puede tolerar eso de perdonar deudas , aunque sólo sea una quita? En este mundo despiadado no tenemos cabida los hombres.

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Jose Antonio 28 de junio de 2015 at 14:16

Esto no me gusta nada.
¿Cuales son los limites del poder? ¿ quienes y cuantos son los que manejan el poder?
¿Cuales son los limites de los de abajo? ¿cuantos están debajo?
Al final todo tiene un limite.
Esto no me gusta nada

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ANTONIO GARCIA SIGUENZA 29 de junio de 2015 at 18:12

todo el que se fundamenta en algo antiguo para justificar un problema actual, quiere desdibujar el problema. en estos momentos el poder economico supera al politico, y hay ya naciones que tienen un gobierno «libremente elegido» con ninguna posibilidad de hacer algo por su pais GRECIA y me atrevo a decir que España, la unica solución es exigir las malas gestiones donde las haya, a los actores culpables actuales y exigir una quita y aplazamiento posibles a la renta del pais correspondiente, en el caso de que no se pueda recuperar nada

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ANTONIO GARCIA SIGUENZA 29 de junio de 2015 at 18:13

GRACIAS POR EL ARTICULO, es muy aclaratorio

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Dario 30 de junio de 2015 at 04:06

El terrorismo financiero en su maximo explendor, quieren evitar una rebelion como sea contra el sistema establecido. No olvidemos que el capitalismo ya ha generado más miseria, muerte, destrucción, desigualdades, racismo que cualquier guerra que ha habido o que vaya a venir… pero oye nosotros a intentar salvar al sistema con nuevas inyecciones de dinero, prestamos, rescate de bancos, acuerdos tipo TPP, TISA, TTIP etc etc, este sistema esta acabado, solo una revolución de toda la sociedad podrá hacer que todos vivamos en un mundo mejor, si queremos poner tiritas solo alargaremos la muerte del paciente.

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