Hugo Chávez no veranea en Marbella

Escuchar

En Pascual Serrano (Coord.). Mirando a Venezuela. Editorial Hiru. San Sebastián 2004.

Venezuela y Arabia Saudí son dos países muy distintos pero ambos tienen en común ser grandes productores de petróleo, lo que les proporciona rentas muy elevadas. Lo que hacen con ellas sus gobiernos y el trato que merece cada uno es muy significativo.
En Arabia Saudí manda una familia de dictadores encabezada por el rey Fad que goza del respeto y el favor de los más poderosos de la Tierra.

Hace un par de años, el rey Fad veraneaba en Marbella donde tiene una mansión gigantesca, aunque insuficiente para albergar el séquito de más de 3.000 personas que lo acompaña. Tuvo que alquilar unas 300 habitaciones en los hoteles más lujosos de la ciudad. Con él llegaban varios aviones, más de doscientos mercedes, unas 2.000 maletas y toda una caravana de lujo y placer que implicó un gasto de unos 6 millones de euros diarios. En su residencia recibió al Rey Juan Carlos, que se desplazó especialmente a saludarlo, y parece que también al expresidente Aznar y a Colin Powell.

El Rey Fad es el jefe, ya muy enfermo, de una familia real multimillonaria gracias al petróleo de su país aunque prefieren invertir su ingente riqueza fuera de él, donde se dice que disponen de más de 600.000 millones de dólares.

Esas conductas empobrecen a su pueblo. La renta per capita de Arabia Saudí ha pasado de 35.000 $ a 7.000 $ en los últimos veinte años.

Aunque el rey y los príncipes viven como en un paraiso sólo el 47% de la población de su país está alfabetizada (el 61% en Tanzania y el 96% en Cuba) y el Indice de Desarrollo Humano es semejante al de El Salvador.

En Arabia Saudí no hay derechos democráticos ni se respetan las libertades políticas básicas. Las mujeres no pueden conducir y si alguna es descubierta en adulterio es lapidada. No se puede ejercer la oposición política y cualquier tipo de protesta o reivindicación contra el goberino es reprimida con extraordinaria dureza. Un informe de Amnistía Internacional afirma textualmente que “en Arabia Saudí, quienes critican al Estado están expuestos a que los detengan por tiempo indefinido sin cargos ni juicio. A menudo sufren torturas o malos tratos. Los detenidos no tienen derecho a contar formalmente con un abogado, y en muchos casos no se les informa, ni a ellos ni a sus familias, de la marcha de los procedimientos judiciales entablados en su contra”.

Esta misma organización ha denunciado la ausencia en aquel país de una prohibición legal inequívoca que tipifique la tortura como delito, las deficiencias graves del sistema de justicia penal, la práctica (tanto judicial como extrajudicialmente) de castigos corporales que constituyen tortura, la discriminación, de hecho y de derecho, de mujeres y trabajadores extranjeros, y la ausencia de cualquier tipo de mecanismo de reparación creíble. Según Amnistía, estos factores han institucionalizado la tortura en Arabia Saudí durante décadas y han dado como resultado una larga lista de víctimas, entre los que se cuentan hombres, mujeres y niños. Cortar la cabeza o el apedreamiento son castigos habituales.

Para colmo, los gobernantes saudís merecen serias sospechas de estar detrás del terrorismo internacional más sanguinario.

La Casa Blanca trató de ocultar la parte referida a Arabia Saudí del informe elaborado por los comités de Inteligencia del Senado y la Cámara Baja sobre los fallos de seguridad el 11-S. Pero el New York Times desveló que dos saudís relacionados con algunos de los terroristas probablemente forman parte de los servicios de inteligencia de Riad. Entre las revelaciones facilitadas por Los Angeles Times se destaca que el Gobierno de Arabia Saudí no sólo facilitó significativos fondos y ayuda a los terroristas del 11-S sino que también ha tolerado el envío de cientos de millones de dólares con destino a las arcas de Al Qaeda y otros grupos terroristas.

A persar de todo ello, el rey saudí y su gobierno son considerados amigos respetables y reciben todo tipo de reconocimientos y atenciones.

En el otro lado del mundo, mientras el rey Fad veraneaba lujosamente Hugo Chávez trataba de recobrar la normalidad institucional en Venezuela tras un antidemocrático golpe de Estado que, en  nombre de la democracia, habían aplaudido líderes como Bush y Aznar, buenos amigos del sátrapa saudí. Ahora, acaba de obtener más del 59% de los votos en un referendum revocatorio que no existe en ningún otro lugar del mundo. Es la octava vez que gana electoralmente y, a pesar de ello, sigue siendo acusado de caudillo y de dictador por los mismos que no hacen ascos a las torturas saudíes. El expresidente Carlos Andrés Pérez declaraba hace un mes que Chavez “debería morir como un perro” (El Nacional, 25-7-04) y en los medios privados se le insulta habitualmente llamándolo mono, afeminado, patán…. Pero dicen que en su país no hay libertad de expresión. Los jueces del Tribunal Supremo sentenciaron en su día que en el golpe de Estado de abril de 2002, Chávez no estuvo secuestrado, sino custodiado, pero dicen que allí el presidente controla la judicatura. Cuando fracasó el golpe, las televisiones privadas se dedicaron a emitir dibujos animados, sin informar de nada, pero dicen que el gobierno controla los medios de comunicación.

El cardenal Rosalio Castillo declaró a Radio Vaticano que Chavez ha ganado porque “a la gente pobre le daban de 50 a 60 dólares si votaban por el No”. Es un juicio miserable y tonto, impropio de un príncipe de la Iglesia. En realidad, Chavez le ha dado a los pobres de su país bastante más. Sólo en el último año se han destinado 3.000 millones de dólares a gastos sociales en alfabetización, vivienda o alimentos. En los últimos años se ha escolarizado a 1,5 millones de niños más, y se ha alfabetizado a más 1,2 millones de adultos. Desde 1998 el gasto social ha aumentado un 40%. Más de 3 millones de personas se han beneficiado de los programas de alimentos y más de 4 millones de nueva atención sanitaria, y se han construido más de 100.000 casas. Algunos equipos médicos ambulatorios están realizando en una semana las operaciones que antes se hacían en siete años.

En Venezuela se respeta la propiedad privada y su gobierno paga religiosamente la deuda externa, a pesar de que tiene un origen injusto e ilegítimo. Pero dicen que Chavez quiere cubanizar el país. La oposición más extremista se empeña en derribar al gobierno legítimo con acciones en la calle, pero es Chavez quien tiene fama de pendenciero. Todos los indicadores macroeconómicos iban mejorando hasta que esa misma oposición dio un golpe de estado y realizó un sabotaje petrolero que provocó una caída del 30% en el PIB y la pérdida de 700.000 puestos de trabajo. Pero dicen que es el gobierno que tiene el apoyo del sesenta por ciento de la población quien quiere hundir al país.

Es el mundo al revés. Seguramente, lo que no le perdonan a Hugo Chávez es que se gaste tanto dinero en los miserables. Los poderosos del mundo preferirían un presidente que siguiera manteniendo a Venezuela como principal importador mundial de whisky y que con el dinero de su pueblo veraneara lujosamente en Marbella, justo al lado y como el rey Fad.

Deja un comentario