Impuestos

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Publicado en La Opinión de Málaga el 25 de septiembre de 2005

 

Una de las ideas económicas más lamentables de nuestro tiempo es la que trata de hacernos creer que los impuestos son malos y que hay que eliminarlos o, al menos, reducirlos en la mayor medida posible.   
Los liberales piensan que la sociedad se organiza y funciona mejor si cada uno se preocupa de sí mismo, si en lugar de dedicar recursos a servicios públicos se garantiza que cada individuo se provea de los medios necesarios para satisfacer sus necesidades y hacer frente a todo tipo de contingencias.
La idea es falaz y los hechos demuestran claramente que de esa forma quedan muchas más necesidades humanas por satisfacer: la reciente catástrofe de Nueva Orleáns lo muestra bien a las claras.
Lo que ocurre es que esas ideas tiene unos claros beneficiarios: los ricos. Ellos tiene medios suficientes para disfrutar de cualquier tipo de recurso, de modo que no necesitan medios públicos. Y si eso es así, ¿qué interés van a tener en contribuir tan generosamente a que quienes no tengan recursos disfruten de ellos gracias solamente al esfuerzo de otros? Lo que habría que hacer, dirían, es enseñarles a hacer patrimonios, a obtener ingresos y a buscarse la vida por ellos mismos.
Estas ideas han triunfado en casi todos los países y los gobiernos de derecha o incluso de cierta izquierda derechizada los han aplicado corrientemente.
La consecuencia es bien conocida: han disminuido los ingresos públicos, las instituciones de bienestar social se han debilitado y ha aumentado la desigualdad social porque los ricos son ahora más ricos que antes.
Lo más sorprendente del caso es que los liberales ni siquiera suelen ser coherentes y detrás de esa postura retórica hay una evidencia: en realidad, la mayoría de las veces ni siquiera bajan los impuestos sino que se los bajan directamente solo a los más ricos.
Las reformas fiscales de Bush han sido paradigmáticas en ese sentido y los datos muestran que su política de bajos impuestos es tan selectiva como injusta. Pero lo ocurrido en España bajo el gobierno del Partido Popular no es menos clamoroso.
Según los datos del Banco de España la presión fiscal, es decir el peso de todos los impuestos en el conjunto de la actividad económica, subió en España durante el gobierno de Aznar, pasando de ser el 32,8% del PIB en 1995 al 33,6% en 2004.
No es verdad, pues, que su gobierno bajara los impuestos. Lo que hizo fue peor: hacer que los ricos contribuyeran menos a las arcas del Estado.
El gobierno del PP bajó los impuestos directos, es decir, los que pagamos los ciudadanos con independencia de cuál es nuestra renta. Su recaudación representaba un 10,2% del PIBN en 1995 y pasó al 12,4% en 2004. Por el contrario, la recaudación de los impuestos directos solo subió del 10,1% al 10,7% entre los mismos años. Nuestro sistema fiscal se hizo más regresivo.
En concreto, el impuesto sobre la renta de las personas físicas que es el que mejor puede contribuir a que el sistema fiscal sea justo en su conjunto fue modificado y lo que se consiguió fue que pesase menos en el total de los impuestos y que se aliviara la carga de los ricos. En 1995 representaba el 7,9% del PIB y en 2004 el 6,5%. Y dentro de ese impuesto lo que ocurrió fue que la contribución de las rentas del capital bajó 0,9 puntos y las del trabajo subieron 0,3 puntos, ambas en relación al PIB.
Para colmo, y a pesar de que Aznar es inspector de tributos, el fraude discal creció casi un 300% durante los ocho de su gobierno. ¡Un auténtico record que le deben estar aún agradeciendo los evasores y delincuentes fiscales de este país!
Lo que se vendía como una rebaja general de impuestos era en realidad una reducción de los que pagaban los propietarios de capital, y especialmente pisos, y mucha más facilidad para evadir y engañar a hacienda. Y era para conseguir eso que se difundía la idea de que bajar los impuestos es bueno y subirlos malo.
La consecuencia de esas políticas nefastas es que España, a pesar de que tiene el mayor número de millonarios por ejemplo, está aún lejos de la presión fiscal media europea y, en consecuencia, muy por debajo de sus estándares del bienestar social, que deben financiarse principalmente a través de los ingresos públicos. Algo que no afecta mucho a los ricos que pueden pagarse servicios privados.
Frente a las ideas y la práctica de gobierno que generalizó el PP, el partido socialista quiso traer un aire nuevo también materia fiscal. En su programa electoral se lee, por ejemplo, que “no hay democracia sin impuestos”, o que “el ciudadano debe sentir los impuestos como algo suyo”. Otro discurso.
Su propuesta fiscal, si bien no puede calificarse de radical, trataba de hacer frente a la inequidad que había sembrado la contrarreforma de Aznar y, al menos, venía de la mano de una retórica diferente, muy en la línea del republicanismo que Zapatero ha querido instaurar en el pensamiento social y en la acción del gobierno que preside.
Hasta ahora, sin embargo, no se ha avanzado apenas en este campo y la reforma fiscal se viene retrasando. Muchos son los que piensan que al final triunfarán las ideas más liberales que, de hecho, proponen continuar en la senda de Aznar. Yo creo que hay que ser optimistas y confiar, aunque para favorecer un nuevo impulso democrático ahora en materia fiscal lo que hay que hacer es apoyar y demandar, al menos, las reformas prometidas y la filosofía anunciada.
Es natural que Zapatero tenga enemigos en este campo que tratarán de impedir que oriente la fiscalidad en una vía más equitativa. Pero lo sorprendente y lamentable es que desde el interior de su partido se le pongan zancadillas a su propio programa electoral. Me temo que es más por desconocimiento o incompetencia que por real convencimiento pero lo cierto es que demasiadas veces se oye un discurso que en realidad fortalece, porque las reproduce, las posiciones neoliberales del Partido Popular. Así estoy percibiendo que ocurre en Málaga, sin ir más lejos. En lugar de criticar y poner en cuestión el modelo urbano concebido para que los ricos ganen dinero, Marisa Bustinduy contribuye a difundir la idea de que subir los impuestos es algo malo. Cuando aquí se han hecho tantas fortunas gracias al dinero público lo que habría que hacer sería justamente eso y no desatar una carrera a ver quién los baja más.
Una de las cosas buenas que ha tenido la llegada de Zapatero al poder es que ha demostrado que en política se puede ir contra la corriente de los poderosos y, lo que es más importante, que muchas veces hay razones morales que obligan a hacerlo. Es una lástima que tantos seguidores que dicen apoyarlo sin reservas no se hayan enterado todavía del discurso. Le hacen un flaco servicio y lo pagarán electoralmente.

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