Injusticia total, cinismo infinito

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Quizá ya no puede esperarse otra cosa, pero lo cierto es que la cumbre de Monterrey ha terminado como suelen hacerlo desde hace tiempo las reuniones cuya agenda imponen los poderosos de la Tierra: con ausencia total de compromisos formales pero con palabras pomposas y grandilocuentes.

 

El Presidente Aznar, que actuaba con la máxima representación de la Unión Europea dijo, nada más y nada menos, que allí se articulaba un “pacto universal contra la pobreza”.

 

Semejante declaración daría a entender que los acuerdos adoptados implican medidas de efectos tajantes y definitivos contra el empobrecimiento al que se ven sometidos cientos de millones de seres humanos. Pero la letra concreta de los acuerdos permite comprobar que las palabras de Aznar son tan sólo el resultado de la demagogia y el cinismo con que abordan los problemas sociales los dirigentes liberal intervencionistas de nuestra época.

 

Hace más de treinta años la Comisión Pearson propuso el objetivo de destinar el 0,7% del PIB de las naciones desarrolladas a ayuda al desarrollo. Ahora, en Monterrey, la Unión Europea dice comprometerse (aunque sin especificar las fórmulas que pudieran hacer efectivo el compromiso) a pasar del 0,33% actual al 0,39% dentro de cinco años. Y Estados Unidos, el país más rico del mundo y el adalid del progreso, dice (después de que Bush hiciera juegos malabares mintiendo con sus declaraciones iniciales) que se propone destinar a ayuda al desarrollo el 0,15% de su PIB dentro de tres años.

 

Llegar a la mitad de los compromisos de ayuda que se deberían haber alcanzado hace años y no plantear ni una sola transformación de las estructuras de empobrecimiento es lo que Aznar
llama ¡un pacto universal contra la pobreza!

 

No es cuestión de preguntarse sobre la sinceridad y la posibilidad de alcanzar los compromisos ahora establecidos, aunque el sentido común lleva a pensar que no deben ser muy elevadas cuando no se suscriben antes y cuando no se acompañan de la formalidad con que se alcanzan otros acuerdos sobre control del déficit o la liberalización de los poderes de mercado, por ejemplo.

 

Lo cierto es que en los últimos diez años, en la misma situación en la que se va a estar ahora, pues no se plantean transformaciones de envergadura, la deuda externa de los países menos desarrollados del mundo se duplicó y sólo en Asia se multiplicó por tres. Al mismo tiempo que Aznar habla de su pacto universal contra la pobreza las grandes instituciones financieras del planeta, las empresas transnacionales y los Estados más ricos se enriquecen compulsivamente a costa de la deuda generada por su codicia. Sólo México, por poner un ejemplo, ha pagado en los últimos veinte años casi tres veces más de la cantidad que recibió prestada del exterior; préstamos, además, a los que obliga a acudir un orden financiero y comercial impuesto y que asfixia la capacidad endógena de creación de riqueza al mismo tiempo que busca tan sólo la extraversión de los beneficios generados.

 

Mientras que no hay límite para los gastos militares de destrucción y muerte, que este año subirán en Estados Unidos un 15% y alcanzarán un volumen total equivalente a la deuda de América Latina, no hay forma de contemplar soluciones que resuelvan de manera definitiva la extorsión financiera a la que se enfrentan los países más pobres por parte de los organismos internacionales ni, por supuesto, que al menos alivien la sangría económica permanente a la que se ven expuestos.

 

Aunque el fracaso de la cumbre de Monterrey desde el punto de vista de la adopción de soluciones comprometidas contra la desigualdad y la pobreza mundial es por sí mismo indicativo de la situación del mundo, lo que me gustaría destacar es la retórica que ha acompañado a la cumbre, a las declaraciones de los gobernantes y a sus conclusiones finales.

 

Ya he señalado la demagógica expresión de Aznar, pero aún me parece mucho más significativo que Estados Unidos formule la ayuda al desarrollo como algo vinculado a la divulgación y a la práctica de los valores del capitalismo. De hecho, sabemos que suele ser así, pero no era habitual que la idea se expresara de forma tan explícita y sincera.

 

Se trata de la manifestación más rotunda que podría hacerse de que la voluntad de los poderosos es imponer un único camino, el del capitalismo, una única verdad, la de la ganancia, y una único pensamiento, el suyo propio, si es que a la forma de expresarse de líderes como Aznar, Bush o Berlusconi se le puede denominar de esa forma.

 

Lo verdaderamente sintomático del mundo en que vivimos es que esas declaraciones, las de Bush después del 11-S, las de Aznar diciendo como Presidente de la UE que no dejará que la ideología se interfiera en las reformas, o los exabruptos incultos de su amigo Berlusconi, no pueden ocultar por más tiempo que el discurso del poder de nuestra época se está convirtiendo en un verdadero discurso totalitario. Ni tan siquiera se trata ya de generalizar un pensamiento único, sino de imponer un no-pensamiento y, por supuesto, de negar incluso la pura posibilidad teórica de formas distintas de práctica y organización social.

 Estábamos acostumbrados a que el discurso económico fuese claramente totalizador e intelectualmente autoritario pero la mayoría de la gente, e incluso otros científicos sociales, tendían a admitir que se trataba de una simple consecuencia de su intricado objeto de conocimiento. Sin embargo, ahora empezamos a comprobar que la demonización del otro, la negación de la existencia de alternativa alguna, la imposición como práctica sustitutiva del pensamiento, la unicidad y la descalificación incluso material del intelecto diverso, se abre paso no sólo en el lenguaje de los economistas, sino, sobre todo, en el de los gobernantes. El fenómeno es preocupante porque las palabras y las formas suelen ser un fiel anticipo de los acontecimientos. Se oye ya un lenguaje sencillamente dictatorial y totalitario. Ojalá no llevera razón Darío Fo cuando advierte que se atisva el neofascismo.

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