Inmigración: ¿policías o codesarrollo?

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Cada vez debe resultar más obvio que todo lo relativo a la inmigración va a convertirse enuno de los componentes más trascendentales de la agenda política. Ni las políticas económicas, ni las culturales o de cualquier otro tipo, ni apenas la convivencia diaria de los ciudadanos van a poder sentirse ajenas del fenómeno de la inmigración en los años venideros.

 

Mientras que la derecha articula en todo el continente europeo una repuesta tan contundente como reaccionaria parapetándose en la ultra derecha para así justificar mejor la represión, el doble lenguaje y la ocultación de sus verdaderas causas, es sorprendente que la izquierda sea tan incapaz de generar un discurso que permita abordar este problema desde una perspectiva transformadora y al mismo tiempo y necesariamente bien asimilada por sus bases sociales.

 Si es ya preocupante que la izquierda se deje llevar inocentemente por el camino de vincular exclusivamente la inmigración a los asuntos de seguridad, no lo es menos que calle ante el doble lenguaje de la derecha o que no sea capaz de revelar con nitidez las causas verdaderas del empobrecimiento, que es la fuente auténtica del drama en que tan a menudo se resuelve el fenómeno migratorio de nuestra época. 

La tesis que mantiene habitualmente la derecha es que los inmigrantes vienen a España a cubrir los puestos de trabajo que los españoles rechazan, de manera que lo que debe hacerse es tratar de ajustar su entrada a la demanda de trabajo que se genera.

 

Paradójicamente, y como justa expresión de que se trata tan sólo de un doble lenguaje, la política que finalmente se realiza no tiene que ver nada con esta tesis.

 

Ocurre sencillamente que no es esa exactamente la causa que genera el movimiento migratorio, y precisamente por ello, la política del gobierno español es sencillamente inútil incluso frente a los objetivos que ella misma se plantea retóricamente.

 

Decir sencillamente que los españoles rechazan puestos de trabajo es decir una verdad a medias. Los datos empíricos revelan, por un lado, que la incorporación de la población, especialmente femenina, al mercado laboral, es mucho más baja que en el resto de Europa pero que, al mismo tiempo, una gran parte de la misma manifiesta deseo de trabajar. Lo que más bien ocurre es que las condiciones de entorno, la provisión de servicios y la naturaleza de la oferta de trabajo que llega al mercado impiden que una buena parte de esa población se pueda incorporar definitivamente a la actividad laboral.

 

No se rechaza el trabajo en general, sino puestos de trabajo de salario insuficiente para lograr el mínimo bienestar, o que en ausencia de servicios complementarios (guarderías, servicios
personales a la población anciana,…) no pueden ser ocupados por población que resulta forzosamente inactiva.

 Lo relevante es que se ha configurado un mercado laboral de tal manera que un segmento del mismo sea de naturaleza extraordinariamente precaria con el obvio objetivo de obtener una alta rentabilidad del mismo sin tener que realizar inversión alguna orientada a aumentar la productividad. De hecho, no todos los trabajos que ocupan los inmigrantes son de baja cualificación o que intrínsecamente requieran personal poco formado. Una gran proporción de ellos se corresponde con la sustitución de un verdadera sistema de servicios de bienestar social por otro de cuidados y servicios personales descualificados. 

Sucede que las políticas gubernamentales y las estrategias empresariales han optado por la generación de un mercado laboral segmentado y en donde una parte muy importante de él produzca rendimiento solamente a base de la utilización intensiva y prácticamente desprotegida del trabajohumano.Los trabajadores inmigrantes no son un bloque que venga a llenar un hueco que no ocupan los españoles porque estos no necesiten o no quieran trabajar, sino un verdadero mecanismoregulador del mercado laboral. Gracias a ello es posible mantener una franja de salarios muy bajos ycon condiciones de trabajo miserables, que proporciona altísimos beneficios sin necesidad de destinar inversión para el aumento de la productividad y que sería imposible mantener si estuvieravinculada a trabajadores españoles, con plenos derechos de ciudadanía o con más posibilidades dedisfrutar de defensa sindical y política.

 Tanto es así, que incluso la existencia de un abundantísimo número de inmigrantes irregulares o “sin papeles” es algo consentido, deseado y me atrevería a decir que alentado por una parte importante del propio empresariado (al menos por aquel con menos escrúpulos a la hora de explotar a estos trabajadores). Así lo prueba, por ejemplo, el hecho bien conocido de que son cada vez más los inmigrantes que no desean legalizar su situación porque saben que, entonces, disminuirá sustancialmente su posibilidad de encontrar trabajo. 

El doble lenguaje de la derecha no sólo se manifiesta en la aceptación implícita de la inmigración como un mecanismo regulador del mercado laboral, sino en la completa renuncia a contemplar y explicitar las causas auténticas de los fenómenos migratorios.

 

Es realmente patético oir a los responsables europeos decir que buscan soluciones a los problemas que implica la inmigración sin hacer referencia al empobrecimiento que sus propias medidas están generando día tras día en los países de origen.

 

¿Cómo se puede seguir soslayando que los millones de inmigrantes que dejan sus países son los que tienen que huir de la pobreza y el hambre que ocasiona la política comercial de la Unión Europea, la reducción de su ayuda al desarrollo o la vinculación de ésta con objetivos realmente espurios como la venta de armas, el proteccionismo de los países ricos, la voracidad de las empresas multinacionales, o el deterioro cívico y político que implicó nuestra presencia colonial, entre otras razones?

 

¿Cómo se puede seguir disimulando que es radicalmente imposible evitar la entrada de esa legión de desheredados (a los que para colmo procuramos seducir para que mantengan actividades laborales de cuasi esclavitud) mientras no se procure el desarrollo de sus países de origen en lugar de su empobrecimiento continuo?

 

Decía la economista Joan Robinson que en el capitalismo hay una cosa peor que ser explotado por un capitalista: no ser explotado por nadie. El afán desmedido de lucro de los grandes poderes económicos, con la complicidad permanente de los gobiernos, ha dado lugar a que cientos de millones de personas ya ni siquiera puedan ser explotadas por nadie en sus países. No les queda más que la desesperación para alcanzar lo que para nosotros los más ricos es casi la antesala de un infierno pero que para ellos es casi un paraíso, la posibilidad de ser explotados.

 La Unión Europea sólo tiene dos posibilidades: enrocarse en el levantamiento de barreras policiales que serán inútiles a la larga o empeñarse decisiva y sinceramente en la búsqueda de soluciones solidarias que permitan que los países empobrecidos dispongan pronto de recursos endógenos para la creación de riqueza. Es decir, no puede optar más que entre la explosión segura de un problema de consecuencias impensables o el codesarrollo.

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