Un pensamiento en “La desigualdad mundial

  1. Si hemos de creer a los líderes de las grandes potencias y a su poderoso aparato propagandístico, las profundas desigualdades dentro de cada nación y a nivel mundial son básicamente el resultado de la voluntad mayoritaria de los ciudadanos, expresada libremente a través de procesos electorales multipartidistas, así como del derecho a la autodeterminación de los pueblos, sin otra objeción que formular que la necesidad de profundizar en el proceso para extender el modelo (con la fuerza de las armas y de la propaganda) a las pocas naciones que no lo comparten (Cuba) o que se han desviado del camino correcto invirtiendo la tendencia dominante (Venezuela, Ecuador, Bolivia).

    ¿En qué momento el 80% más pobre del mundo tomó la decisión de que el 20% más rico fuera dueño del 94% de la riqueza o que el 2% más rico detentara más del 50% de la riqueza? Por otra parte, si las diferencias entre países pobres y ricos han pasado a ser de 80 veces (frente a las 35 de los años 60, en que se procedió a la descolonización), ¿acaso no sería más correcto afirmar que asistimos a un neocolonialismo mucho más vejatorio y excluyente? Más indignante todavía sería formular la misma pregunta en el marco de las instituciones de las naciones que se han convertido en los grandes inquisidores de la fe democrática, máxime cuando su carta magna establece (como es el caso de la española) que la riqueza, en todas sus manifestaciones, estará al servicio del interés general. ¿En qué momento el 90% más pobre entre los españoles o norteamericanos legitimó que el 10% más rico fuera dueño del 70% de la riqueza? ¿Es esta la mejor versión del interés general?

    Para mí, este exponencial crecimiento de las desigualdades es el resultado lógico de dejar la economía bajo el control de los mercados, donde el único objetivo consiste en la maximización de beneficios, de cualquier modo y a cualquier coste, que es, en definitiva, lo único que interesa a esa banda de ludópatas, que no está en el mundo de la economía para atender las necesidades propias y ajenas del modo más eficiente sino para autocomplacer la más intensa y peligrosa conducta adictiva de nuestra especie: la acumulación de riqueza buscando el mayor diferencial posible entre esfuerzo y recompensa. Las leyes de la mafia y el arte de la piratería químicamente puros. Milton Friedman y su mentor (Al Capone) en acción. Los seres humanos convertidos en peones de una partida de monopoly.

    La economía es una ciencia demasiado importante como para permitir que la conviertan en una versión de Juegos Reunidos Geyper, desde donde se decide el destino de la población mundial, según convenga a la tasa de acumulación de riqueza de una minoría. Si algo hay que maximizar en economía es la tasa de utilidad social y somos los ciudadanos los legitimados para ello a través de elecciones democráticas (donde los programas electorales deben ser vinculantes), del control público de la economía y de la riqueza y de un sistema educativo y mediático que nos convierta en protagonistas de nuestra existencia. Esto último me parece prioritario: los grandes medios de comunicación, propiedad de la burguesía, son responsables a nivel planetario de un imaginario colectivo hecho a la medida de los intereses de esta clase social, en que se establece un falso consenso entre las clases sociales, que está postergando sine die la inaplazable lucha de clases.

    En las sociedades basadas en técnicas de persuasión, la información es el instrumento de lucha fundamental, por lo que resulta una soberana estupidez que las mayorías humildes deleguen esta función a los medios de comunicación de la clase dominante. Mediante el control de la opinión pública es que la minoría se convierte en mayoría, imponiendo sus intereses. En un planeta con más de 7000 millones de seres humanos y recursos críticos en situación de sobreexplotación, donde las 300 personas más ricas tienen más riqueza que los 3000 millones más pobres, no se puede seguir legitimando el enriquecimiento, aunque sea producto del ingenio y del esfuerzo, sino que es absolutamente necesario establecer una renta mínima y una renta máxima, además de garantizar que toda la economía estará al servicio del interés general y que se tendrán en cuenta los límites del crecimiento, aunque para ello sea preciso recurrir a la regulación de los nacimientos (el derecho a la procreación no puede atentar contra el derecho a una vida digna).

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