La extraña oposición al Presidente Chaves

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Publicado en La Opinión de Málaga el de julio de 2007
 

El debate sobre el estado de la Comunidad que se acaba de celebrar ha vuelto a manifestar tres grandes características de la política andaluza.
La primera es que el Presidente Manuel Chaves sigue siendo el centro y la estrella de la vida política.  De él nacen los discursos más vivos y rompedores, las propuestas efectivas de mayor calado y los horizontes de más larga trayectoria. Quienes lo conocen bien dicen que es un político que actúa para no tener problemas. Cuentan que a pesar de ser el Ministro de Trabajo contra el que se hacía la primera gran huelga general de la democracia, la vivió impertérrito, como si no fuera con él, e incluso a diferencia del propio Felipe González que se sintió frustrado y deprimido. Y lo cierto es que parece que realmente eso es lo que viene consiguiendo desde que accedió a la presidencia de la Junta, gobernar sin que a su lado aparezca el más mínimo problema.
La segunda característica es que la oposición a la que verdaderamente ha de enfrentarse Chaves y la que le crea mas dificultades no es la parlamentaria, es decir, la del Partido Popular e Izquierda Unida.
La derecha económica que podría impulsar a los populares al gobierno hace tiempo que descubrió lo bien que le va de la mano de Chaves y sus correlegionarios. No sólo tiene interlocutores eficaces con el gobierno, sino también conspicuos representantes en su propio partido que defienden con inteligencia y a veces indisimulado buen hacer sus intereses. Con un puesto privilegiado a la hora de repartir el presupuesto, influencia en la toma de decisiones y certidumbre, ¿qué más le podrían dar los populares?
Para llegar al gobierno hace falta algo más, si se me permite la expresión coloquial, que discursos con mala leche y malos modos en el Parlamento y por eso Chaves sabe que puede dormir tranquilo mientras las huestes de Javier Arenas sólo sepan recurrir a estos recursos.
Por su lado, Izquierda Unida no puede erigirse en una oposición efectiva mientras siga esclava de sus conflictos cainitas (que en Málaga ya han tenido una tempranísima y vergonzosa expresión) y, sobre todo, mientras no se dé cuenta el enorme error que supone su insistencia en criticar el lado social de la política de Chaves.  Es evidente que queda muchísimo por hacer pero, como en ese campo es donde se dan los mayores avances, la ciudadanía no puede sino contemplar con incredulidad e incomprensión el discurso de izquierda Unida.
Tan tranquilo está Chaves con esta mal llamada oposición que hasta se ha dado el gusto de solicitar interlocutores directos y no interpuestos como consecuencia de que los líderes de ambas formaciones ni siquiera sean miembros del parlamento.
Ahora bien, si es no es la oposición a Chaves, ¿cuál es entonces?
La respuesta creo que es simple y esa es la tercera gran y paradójica característica de la política andaluza: la oposición a Chaves la tiene en su propio Partido.
Puede parece una boutade pero no lo es. Basta con analizar los grandes fracasos del gobierno de Chaves para descubrir que detrás de ellos están sus propios compañeros y compañeras de militancia.
Uno de esos fracasos es la política territorial orientada a frenar la especulación y, sobre todo, la utilización insostenible de los recursos naturales para fomentar la construcción sin  límites.
Es bien conocido que los alcaldes socialistas han sido los grandes opositores a los planes de ordenación del territorio, los que más han alzado la voz en las reuniones con la Junta de Andalucía, los que más han  hecho por boicotearlos y, en suma por hacer fracasar una ordenación urbanística impulsada por su propio gobierno y que es realmente imprescindible para no seguir destrozando nuestro suelo y nuestras posibilidades de desarrollo futuras.
Otro fracaso importante del gobierno se ha producido en relación con la política financiera.
Cada vez que Chaves y sus consejeros han tratado de ordenar el sector de las cajas se han encontrado con que sus dirigentes, militantes socialistas de la más alta relevancia, se han atrincherado para defender su respectivo campo de influencia.
En lugar de actuar en comandita con el gobierno han actuado más bien como una especie de nuevos caciques del siglo XXI (o caciques globalizados, a tenor de los viajes que continuamente han de organizar para dirigir relajados sus entidades), como si fueran los dueños de las cajas y no simples servidores públicos. Y de esa forma, el gobierno de Chaves no sólo ni ha conseguido lograr un tamaño más racional en el sistema ni evitar que impongan a las cajas andaluzas una lógica financiera que es solamente un remedo inútil y costosísimo para Andalucía de la de la banca privada.
Es igualmente patente hasta qué punto las organizaciones provinciales, en lugar de convertirse en el instrumento de proyección de las políticas de la Junta, suelen convertirse en los bastiones donde se hacen fuertes los dirigentes más mediocres o los que sólo están especializados en contar votos a la entradas de las agrupaciones. Por mucho que lo ha intentado, Chaves ha fracasado, por ejemplo, en el intento de lograr que las candidaturas municipales, sobre todo en las grandes ciudades, estén encabezadas por militantes con liderazgo social y conocidos por la ciudadanía, en lugar de que impere la ingenua idea de que el simple control de la militancia es suficiente para hacerse atractivo ante los ciudadanos y para hacer política en las instituciones.
Los resultados de su fracaso, es decir, de la oposición efectiva en el interior de su propio partido, están a la vista.
El hecho de que Chaves apenas si tenga oposición fuera de su partido se interpreta a veces como la señal de que podrá mantenerse en el poder todo el tiempo que quiera. Quienes subrayan el papel tan negativo de muchos de sus compañeros de partido le auguran, por el contrario, que tendrá problemas más temprano que tarde.
No sé bien cuál de ambas interpretaciones es la correcta pero sí tengo seguridad de que lo que todo esto anuncia es el modo en que se irá consumiendo la larga etapa política que vivimos. No terminará como efecto de la acción de otras fuerzas políticas. Concluirá como lo que ocurrió en aquel ejército en el que un oficial, consciente de los múltiples errores y traiciones de sus tropas, las arengaba diciéndoles: “disparad a nosotros, que el enemigo está dentro”.

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