La hora de la verdad

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Publicado en Sistema Digital el 11 de septiembre de 2009 

La elaboración y discusión parlamentaria de los próximos Presupuestos Generales del Estado pueden convertirse en una auténtica prueba de fuego para el presidente José Luis Rodríguez Zapatero y para su Gobierno, tal y como creo que ha puesto de relieve el debate parlamentario de esta semana.

 

 

Como ha ocurrido en otras ocasiones, la economía española entró más tarde en la crisis (lo que ingenua y equivocadamente fue interpretado como síntoma de nuestra buena salud económica) y saldrá de ella con retardo, después de haber sufrido también efectos más profundos, sobre todo, en los mercados de trabajo. Y como es posible que ese retraso sea ahora mayor que en otras ocasiones, nuestra desnudez ante la recuperación de los demás va a poner de evidencia en mayor medida lo que haga o deje de hacer al respecto el Ejecutivo.

Mientras que la crisis ha ido transcurriendo como un problema generalizado y bajo un paraguas de medidas más o menos comunes en todos los países ha sido más fácil que los diferentes gobiernos hayan podido disimular su inacción o sus limitaciones e improvisaciones, pero ahora que comienza lentamente a escampar también aumenta y se hace más visible la responsabilidad que asume cada uno frente a la situación de su propia economía. Y España, a la que algunos ya comienzan a llamar «el agujero de Europa» o de quien se aventura que está en una situación que puede terminar como un remake de la depresión japonesa, no va a ser una excepción sino más bien todo lo contrario.

El recorrido que nuestro gobierno ha venido realizando para hacer frente a la crisis deja francamente mucho que desear. Es verdad que se ha tratado de una situación muy difícil, en cierta medida imprevista (aunque nunca tanto como para haber provocado nuestra retraso en el diagnóstico y en la puesta en marcha de respuestas) y de una gravedad inusitada. Pero no creo que eso pueda haber justificado la falta de estrategia y liderazgo, la continua improvisación y la carencia de principios, credibilidad y pedagogía con que a mi juicio se ha encarado la crisis.

No hay que ser un lince para comprobar que el Gobierno ha considerado algunas medidas como válidas antes de la crisis o después para luchar contra ella, lo que fácilmente lleva a que los ciudadanos deduzcan que se improvisa y que solo se está remendando lo que en realidad necesita soluciones profundas. O que otras anunciadas a bombo y platillo como grandes avances han pasado poco más tarde al cajón de las propuestas abandonadas.

El problema ni siquiera ha sido tanto que el gobierno haya hecho suyas en casi todas las ocasiones las ideas liberales para tomar costosas medidas de política económica. Lo que se está manifestando como un problema más grave aún es, como acabo de señalar, la falta de coherencia, de estrategia y, sobre todo, de pedagogía política.

El Partido Popular viene proponiendo medidas, como la reducción del gasto público, que con toda seguridad no hubiera sido capaz de aplicar en medio de esta crisis y que, en todo caso, no se atreve a explicar en qué extremos y condiciones llevaría a cabo. O reformas estructurales que no concreta, o políticas fiscales que no cuadran con sus propios planteamientos de hace unos meses. Y, para colmo, hace frente a escándalos en diversos puntos de la geografía. Pero, sin pedagogía enfrente y sin debate social en el que el Gobierno y el Partido Socialista muestren sus principios y el fundamento de las políticas que proponen, puede convencer y convence más que el gobierno, avanzando posiciones sociales que muy posiblemente se traduzcan en réditos electorales decisivos, como muchos militantes y votantes socialistas reconocen desanimados cuando comentan la situación política.

La oposición de derechas no tiene sino que dejar hacer cuando el ejecutivo se limita a contradecirse afirmando unas veces que subirá los impuestos y luego que los baja, a elaborar leyes de gran calado, como la dependencia, que sin fondos se vuelven contra quien las pone en marcha, a corregirse a sí mismo en medio de una grave crisis o a poner en la dirección de la política económica a quienes defienden las políticas económicas de la derecha. Basta esperar.

Es verdad que esa actitud del Partido Popular es muy demagógica pero es imposible que se vea así cuando enfrente no tiene un discurso ni principios de actuación claros. No basta desgraciadamente con afirmar constantemente que el deseo del Gobierno es hacer políticas sociales sino que eso ha de traducirse en hechos y en una complicidad constante con los ciudadanos porque la aplicación de las leyes sociales es dificultosa casi siempre pero especialmente en épocas de crisis. Es verdaderamente increíble que los avances sociales más importantes del gobierno se estén convirtiendo en las mayores fuentes de descrédito y de descontento popular. Algo que solo puede ocurrir cuando, junto al gobierno, no existe un partido dedicado a fomentar el diálogo social, a explicar y a compartir con los conciudadanos los éxitos y las dificultades de la política que se realiza.

La experiencia neoliberal de los últimos años ha enseñado claramente que para ser exitosa la política económica no puede limitarse a ser solamente la puesta en marcha de medidas gubernamentales sino que debe llevar consigo persuasión y convicción social. Claro que para que eso sea posible deben tenerse las ideas claras y saber con decisión a dónde se quiere llegar, que es lo que me parece que falta.

La cuestión que está planteada en estos momentos y que va a ser decisiva en los meses venideros es si el Gobierno va a seguir dejándose llevar por los cantos de sirena de los ideólogos y los economistas liberales que siguen manteniendo la misma cantinela de austeridad y favoritismo fiscal que ha llevado a la crisis a costa de beneficiar a los sectores más privilegiados, o si, por el contrario, tiene valor para deshacerse de toda esa maraña de falsedades sin fundamento científico y afrontar la situación de nuestra economía con decisión, fundamento y justicia social.

Nuestra economía necesita más gasto, más disciplina financiera y financiación, y más recursos públicos para hacer lo que el capital privado no ha sido capaz de hacer y para crearle mejores condiciones al que es capaz de generar innovar y generar riqueza y empleo. Sin acelerar la creación de capital social y empresarial, en los ámbitos educativo, investigador y productivo, y limitándose simplemente a que se recupere el sector inmobiliario, será imposible que nuestra economía se recupere no ya rápida sino consistentemente.

A nadie se le oculta que un gobierno que plantee una estrategia de este tipo, un incremento del gasto público vinculado a esos objetivos y más impuestos con mayor justicia fiscal, por muy necesarios que sean, va a encontrarse con un muro de rechazo y con una retórica muy poderosa. Basta ver lo que le está sucediendo a Obama en el intento de evitar la vergüenza de que su país, el más poderoso del mundo, siga siendo incapaz de proporcionar atención sanitaria a toda su población.

Pero se trata de obstáculos salvables si frente a los intereses de los poderosos y a la ideología de quienes han llevado las economías al desastre se genera deseo y convicción social, si se moviliza a los ciudadanos y si se les explica con coherencia y sinceridad lo que se pretende y las razones de por qué hay que conseguirlo. Más o menos, lo contrario de lo que se viene haciendo.

 

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