La política de la agresión

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Publicado en La Opinión de Málaga el 5 de agosto de 2007 

El curso político que termina ha vuelto a estar lleno de agresiones verbales, de insultos entre dirigentes políticos, de descalificaciones radicales e incluso de acusaciones muy graves.

 

Hasta el propio Presidente del Gobierno, y también muchos otros ministros, diputados o senadores han tenido que callar en algun momento cuando en los escaños contrarios se ha extendido la algarabía y el escándalo.

 

Tengo la sospecha de que buena  parte de ese fenómeno está concebido taimadamente para disminuir el interés de los ciudadanos  por los asuntos públicos y dejar así que las decisiones fundamentales sobre los bienes y la riqueza queden solamente al alcance de unos pocos privilegiados. Pero aun siendo así, vale la pena comentarlo.

 

El comportamiento de muchos senadores y diputados es verdaderamente singular: no  es corriente ver, ni mucho menos, que las personas normales se interrumpan como lo hacen ellos cuando hablan en sus casas o en lo bares, en las aulas o en cualquier centro de trabajo. Ni es habitual encontrar en la calle que alguien literalmente silencie al otro, le impida expresarse y ahogue su voz a base de gritos y manotazos en la mesa, de aspavientos de primate o de risas de conejo en voz alta, como hemos visto que hacen algunos parlamentarios con el aplauso o anuencia de sus compañeros de asiento.

 

El asunto es grave porque cuando se silencia a alguien en un parlamento lo que se acalla no es la voz de un individuo solo (que ya es tremendo), sino la de una parte del pueblo. Así que el comportamiento de esos diputados o senadores que revientan a voces otras intervenciones es realmente un acto totalitario y que debería estar sancionado de manera ejemplar, mucho más, en un país como el nuestro en el que los ciudadanos han carecido durante tanto  tiempo de libertad para expresarse.

 

Lo que hacen esos diputados maleducados es, por otro lado, difundir en la sociedad un ejemplo nefasto. Los valores se aprenden en gran medida por contagio en el ambiente social, de  modo que es imposible que una sociedad sea por entera educada y respetuosa, comprensiva y demócrata cuando sus referentes más visibles o las personas que concitan más atención y cuyo comportamiento se toma como ejemplo se comportan tan torcida y nocivamente como algunos de nuestros dirigentes políticos.

 

Los parlamentos deberían ser para toda la sociedad una escuela de comprensión mutua y de tolerancia, un ejemplo de buena educación y una de las más eficaces fuentes de la ética de la virtud de la  que hablaba Alasdair MacIntyre, es decir, el espejo en el que pudiéramos mirarnos todos a la hora de ejercer como demócratas y ciudadanos ejemplares.

 

Pero ¿qué sería de nosotros y de nuestros hijos si lleváramos a nuestra familia, a nuestro trabajo o a cualquier otro ámbito de convivencia, el odio que traducen las descalificaciones e insultos de algunos de nuestros dirigentes políticos, el resentimiento que rezuman las censuras hirientes de antiguos gobernantes, o la grosería de los ruidos o gestos de tantos de nuestros representantes?

 

Cuesta decirlo, pero lo cierto es que nuestras cámaras de representación se están convirtiendo por culpa de un puñado de cafres en un mal ejemplo, en una muestra preclara de la mala educación y del totalitarismo que menos tienen que ver con la democracia.

 

No es suficiente con que los líderes sociales y políticos digan a los ciudadanos cuáles son los valores que deben predominar y ni siquiera que elaboren leyes ejemplares (cuando lo hacen) porque la valiosidad de los valores ha de demostrarse (a través de la razón, con la que suele armarse el discurso de la política) pero también ha de mostrarse (mediante el ejemplo).

 

Y para poder ejemplarizar y contribuir realmente a hacer que nuestra sociedad sea más plural y democrática nuestros representantes han de asumir y hacer valer el viejo imperativo ético kantiano que lleva a actuar de modo que cada uno trate a la humanidad en uno mismo y en los otros. Justo lo contrario de pensar, como suele ser lo corriente, que el otro es siempre el que carece de razón y ha de resultar vencido.

 

El comportamiento silenciador, grosero y totalitario de muchos de nuestros políticos (que no de todos porque se está demostrando claramente que no todos los políticos son lo mismo) muestra que nuestra democracia no es auténtica porque no es deliberativa ni realmente pluralista, puesto que para serlo habría de basarse en la mutua comprensión y en la colaboración recíproca, es decir, en la resolución pacífica de los conflictos.

 

Esta idea última me lleva, por fin, a un definitivo cáncer que manifiestan los vicios de nuestra vida política que vengo comentando.

 

Ingenua o cínicamente, son muchos los que creen que la violencia es solamente la que se expresa en sus  manifestaciones más abruptas o radicales, cuando en realidad es algo mucho más cercano y seminal.

 

Desgraciadamente para todos,  los violentos no son únicamente los que sacan un fusil y se lían a tiros en  la puerta de un colegio. Lo son también, como dicen Francisco Muñoz y Jimenez Bautista, las personas o grupos con carácter desmedidamente pasional, impetuoso o colérico que se dejan aconsejar fácilmente por la ira, como así mismo son violentos los actos guiados por las falsedades, fraudes o imposturas.

 

También cuesta decirlo, pero hay que subrayarlo: son violentos esos diputados o senadores, diputadas o senadoras que gritan con ira y silencian la voz del otro, que insultan o mienten, y los que hacen de la impostura y la irresponsabilidad impune un arma para el combate político.

 

Es muy injusto, por ejemplo, hablar y hablar continuamente de la violencia escolar (mucho más, por cierto, que de la paz con la que se resuelven muchos más  conflictos diarios en las aulas) como si sólo en las escuelas la hubiera, mientras se olvida o disimula

 

la agresión constante de esas señorías infames que no dejan hablar al contrario y que gritan con denuedo cuando oyen argumentos distintos a los que defiende su partido.

 

La violencia es y nace también del modelo violento que crean, entre otros, esos parlamentarios groseros, o de los políticos que se permiten injuriar al otro sabiendo que al final sus palabras se las va a llevar el viento.

 

Lo que viene ocurriendo es que la controversia política de nuestros días se vive con una verdadera atrofia de la comprensión, como decía Elias Canetti, porque se parte de la base de reconocer en el otro nada más que a un adversario carente de razón y ajeno a la verdad (¡a nuestra verdad! que consideramos la única admisible), y, por supuesto, a alguien en cuya bondad nunca cabe confiar.

 

La demencial y alentada pasión política con la que se manifiestan algunas víctimas de la violencia terrorista en nuestro país es quizá la mejor, aunque también más lamentable, expresión de la sinrazón a la que lleva la ausencia de paz  interior: quienes tanto han sufrido ni siquiera son capaces de sentir como propio el dolor de otros, que han pasado exactamente por el mismo trance, solo porque no piensan como ellos o no tienen su misma adscripción política.

 

La radicalidad en la defensa de nuestras posiciones, la crítica incluso acerada, el debate profundo o la protesta y la rebeldía, como por supuesto el propio conflicto, son consustanciales a la vida política pero beberíamos aprender a cultivarlos y resolverlos en paz.

 

No se trata de callar, porque, como decía Martin Luther King, lo que escandaliza no es la violencia de los injustos sino el silencio de los justos. Pero es preciso aprender a hablarnos e incluso a enfrentarnos cuando haga falta haciéndolo con educación y en paz. Y esto ultimo es lo que falta.

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