Leña al fuego

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Publicado en La Opinión de Málaga el 28 de agosto de 2005

 

Los incendios forestales de este año están siendo muy numerosos y gravísimos, tanto por sus daños materiales como por las pérdidas de vidas humanas que han provocado. Pero nada de eso es nuevo y no debe sorprendernos que las autoridades resulten impotentes a la hora de combatirlos. En España se vienen produciendo cada año unos veinte mil incendios, prácticamente la mitad de los europeos, aunque la proporción de hectáreas quemadas es aún mayor. De los 12 millones de hectáreas perdidas por incendios en los países comunitarios,  casi 7,5 son españolas y el 75% de todas ellas corresponden a nuestro país y Portugal.
Es verdad que en muchas ocasiones los incendios se producen de manera inevitable, debido a causas imposibles de evitar o por accidentes de los que nadie puede considerarse responsable. Pero eso no es lo que ocurre en la mayoría de las ocasiones.
Es cada vez más evidente que los numerosos y graves incendios forestales que se están produciendo en las últimas décadas no reciben el tratamiento adecuado por parte de los poderes públicos.
Lo primero que sorprende es que no haya una investigación sistemática sobre sus causas, algo realmente indignante pues los incendios, como la mayoría de los males, solo pueden combatirse con eficacia si se conocen a ciencia cierta los factores que los provocan.
Algunos informes de especialistas indican que actualmente se desconocen las causas concretas que provocan casi la mitad de los incendios que se producen en España a pesar de que la experiencia demuestra que podrían conocerse simplemente si se llevara a cabo una política mucho más sensata de la que se aplica. En Cataluña, por ejemplo, los agentes forestales no se vienen dedicando a la extinción, y eso les ha permitido investigar los incendios de modo que se ha pasado de un 40% de incendios con causas desconocidas en esa comunidad autónoma a un 13%.
No obstante, aunque se desconozca el origen del fuego en tantas ocasiones, los estudios que se están haciendo y el esfuerzo de la Guardia Civil en este sentido están permitiendo poner igualmente de relieve que hay varias circunstancias que actúan como una auténtica y peligrosísima leña que se añade a los incendios o que directamente los causa.
Cada vez es más obvio que el abandono de la agricultura, la pérdida de afecto social al campo y a los bosques es algo más que una mera retórica ecologista. Como cualquier otra cosa, la salud de los bosques depende del lugar que ocupen en el aprecio social. La progresiva pérdida de actividad agraria, el desmantelamiento de ecosistemas milenarios, la desertización física pero también la productiva, la humana y la cultural dejan los bosques sin la guarda natural de sus pobladores, quedando sencillamente al albur de unas condiciones climáticas, de infraestructura y vegetación cada vez más desfavorables. La pérdida de cultivos que actuaban como cortafuegos naturales no puede ser sustituida por otros artificiales que, además, no se cuidan y mantienen de la misma forma. En lugar de formar parte de un sistema natural que se cuida y protege a sí mismo, los bosques se han convertido, desde el punto de vista natural, productivo y ecológico,  en auténticos  no-lugares, acosados por urbanizaciones y todo tipo de fuentes de riesgo.
Unida a esto, la circunstancia que más directamente parece que está provocando la multiplicación de los incendios es prevención insuficiente. Un reciente y muy riguroso estudio de Comisiones Obreras indica que el 66% de los recursos destinados a la lucha contra los incendios forestales se dedica a extinción y solo el resto a prevención. Esto es una limitación importantísima a la hora de evitarlos porque, como suelen decir los especialistas, los fuegos del verano se apagan en invierno.
No hay que olvidar tampoco que la falta de vigilancia da lugar a que muchos fuegos están siendo provocados para despejar los montes o eliminar deshechos agrícolas o, simplemente, por pirómanos y criminales sin escrúpulos.
Y a eso hay que añadir finalmente que, aunque no se pueda decir que sea un fenómeno generalizado, también se provocan por quienes tienen el deber de apagarlos, como forma de mantener su trabajo. Según Comisiones Obreras, más del 70% de los trabajadores que forman los retenes son eventuales y lo hacen con gran precariedad. Incluso se ha llegado a dar el caso de que en alguna comunidad autónoma se ha retribuido en función de las hectáreas apagadas, lo que puede constituir un peligroso incentivo para aumentar la magnitud de los incendios.
Desgraciadamente, el fuego y la lucha contra él se han convertido también en un gran negocio para muchas personas, algunas de ellas realmente desalmadas.
Pero, en definitiva, lo que todas esas circunstancias vienen a mostrar es que para poder hacer frente con éxito a los incendios forestales y para poder evitar sus efectos dramáticos hacen falta muchos más medios y más inversiones (antes y no después, pues también esto podría dar lugar a que sea «rentable» que haya incendios en comarcas en decadencia o empobrecidas). Y la experiencia demuestra asi mismo que estos medios deben ser públicos y utilizados con criterios de rentabilidad social y no solo privada, pues la privatización de algunos servicios contra incendios ha contribuido también negativamente a luchar contra ellos.
España está ardiendo y lo que haría falta es que el Estado se enfrentara con decisión y eficacia a este drama. Es lo mismo que diríamos si hablásemos de grandes epidemias, de desastres naturales o de cualquier otro tipo de desgracias colectivas. Lo que estamos comprobando es que España carece aún de los medios necesarios para enfrentarse a este tipo de desastres. Nuestros vecinos de Portugal, por ejemplo, se han declarado impotentes para combatir sus incendios y eso puede pasarnos a nosotros cualquier otro año si no actuamos correctamente.
Sin embargo, y a pesar de que estamos lejos de la media comunitaria, llevamos años disminuyendo la proporción que el gasto público representa en el conjunto de la actividad económica. En 1995 era del 39,2% y este año es el 35%. Es decir, que en lugar de armarnos contra el fuego y contra todo lo que puede amenazarnos, renunciamos a los medios que podrán defendernos de las desgracias colectivas.
Es obvio que eso solamente puede interesar a los privilegiados que tienen (o que creen tener) medios propios para defenderse. La estúpida política de contención del gasto público y el dogma de déficit cero cuando todavía carecemos de tantos recursos colectivos imprescindibles también incendian nuestros bosques. Hay muchas clases de pirómanos. Entre ellos, quienes en los últimos años han decidido prenderle fuego al Estado disminuyendo sus recursos, desmantelando las estructuras de bienestar social y renunciando a la protección colectiva en favor de los negocios privados.

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