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Lo que se juega en Andalucía

Publicado en el diario.es el 28 de noviembre de 2018

Ya no hace falta decir que las elecciones andaluzas tienen una enorme repercusión no sólo sobre la propia Andalucía sino sobre lo que ocurra en toda España. Hasta Pablo Iglesias, que despreció en 2015 a Teresa Rodríguez y a lo que pudiera ocurrir entonces, parece que ya se ha dado cuenta de que no es posible ganar o incluso obtener un buen resultado nacional sin alcanzarlo previamente en nuestra tierra.

Siempre ha sido así y lo va a ser ahora de nuevo aunque, en esta ocasión, el 2 de diciembre no solo se va a dilucidar qué partido podría contar a priori con más ventaja en las próximas generales, sino también algunas cuestiones añadidas de gran interés.

En primer lugar, en Andalucía comenzaremos a vislumbrar si el Partido Popular va a seguir siendo el buque insignia de la derecha española o si, por el contrario, aquí se inicia su ocaso definitivo, después de verse envuelto en una sucesión inacabada de escándalos y corruptelas de todo tipo que lo han erigido en un auténtico partido delincuente.

Al mismo tiempo, se podrá comprobar si Ciudadanos eclosiona por fin y se coloca por delante del PP o si, después de no haber sabido aprovechar ni sus resultados en las generales de 2015 ni su victoria en las últimas catalanas, sigue siendo un acto fallido de la política española, un tiro por la culata electoral del IBEX 35.

Y el próximo domingo podremos saber también si en Andalucía se produce el renacimiento institucional de la extrema derecha fascista, como en otros países y a imagen y semejanza de lo ocurrido tras las políticas de austeridad posteriores a la crisis de 1929.

A la izquierda, también se presentan incógnitas interesantes.

Por un lado, veremos si tiene recorrido la fórmula autonómica elegida por Izquierda Unida y Podemos o si es ave de vuelo corto. Si las demandas de nuevas formas de hacer política que nacieron el 15M siguieran vigentes, cabe pensar que la opción elegida de sumar siglas, en lugar de la de gente llamando a la gente, sería poco atractiva y que Adelante Andalucía tendría entonces menos parlamentarios que los veinte que hasta ahora han correspondido a sus dos principales fuerzas constituyentes.

Pero si, por el contrario, la coalición fuera exitosa podría darse una curiosa paradoja, tanto mayor cuanto más elevado fuera el número de escaños que obtuviera. Con un resultado más o menos equivalente al actual, Teresa Rodríguez y Antonio Maíllo podrían optar por facilitar un Gobierno de PSOE (si este fuese el partido más votado) pero manteniéndose en una oposición crítica y más o menos beligerante en función de lo que pudieran ir arañando del futuro gobierno de Susana Díaz (a quien difícilmente podrían poner entonces en cuestión).

Pero si Adelante Andalucía superase holgadamente la cifra de 20 parlamentarios (si estuviera más cerca de los 25 o por encima) se enfrentaría a un problema interno y externo de complicada solución. En ese caso, resultaría muy difícil explicar que una formación política que aspira a gobernar no desee estar en el gobierno cuando tiene fuerza parlamentaria decisiva y peso suficiente para tomar directamente decisiones que mejoren las vida de la gente. La política, a veces, es así de curiosa: a la vista de lo que vienen diciendo sus dirigentes, un éxito electoral notable podría poner a Adelante Andalucía en una situación más apurada que un fracaso electoral.

Finalmente, si se produce lo que vienen adelantando todas las encuestas, el PSOE volverá a estar en condiciones de gobernar, aunque lo más probable es que hasta que pasen unas cuantas semanas no podamos saber con quién pudiera hacerlo o si efectivamente se llega a formar Gobierno. Sobre todo, habrá que saber si la formación de Susana Díaz obtiene más actas parlamentarias que la suma de los dos o quizá tres partidos de la derecha (entonces podría gobernar con la sola abstención de Adelante Andalucía). Y, en todo caso, estará por ver si se produce algún tipo de pacto de gobierno, con quién y en qué condiciones.

Cambio político

Pero lo que a mi parecer está realmente en juego en Andalucía no es simplemente quién o quiénes puedan tener la posibilidad de formar gobierno a partir de ahora, sino cómo se va gobernar. O, dicho de otro modo, cuál va a ser la orientación de un cambio político, y esto es lo verdaderamente relevante, que ya resulta impostergable en Andalucía.

Sé que son muchas las personas (sobre todo de fuera de Andalucía) que no lo entienden pero la realidad política de nuestra tierra la ponen claramente de manifiesto las encuestas y tiene tres claves esenciales: una, que los andaluces queremos que las cosas cambien ya; dos, que la mayoría prefiere que ese cambio lo conduzca el PSOE; y tres, que lo mucho más que probable es que el PSOE ya no pueda seguir gobernando solo ni como hasta ahora la Junta de Andalucía.

El cambio es inevitable porque es una demanda social imperiosa y expresa que reclama quizá más del 60% de la población. Y esa demanda es la que me atrevo a vaticinar que se traducirá el próximo domingo en unos resultados que obligarán a gobernar de otro modo, a varias bandas, con acuerdos, coaliciones y consensos más transversales que nunca. Aunque no sólo como resultado de la nueva aritmética electoral sino también porque la naturaleza de nuestros principales y graves problemas políticos, sociales y económicos obliga a abordarlos y a tratar de darles solución con la colaboración de todas las fuerzas del espectro político.

Una situación que tiene difícil compostura por la situación en la que se encuentran los diferentes partidos.

En la antesala de elecciones municipales y generales es prácticamente imposible que Ciudadanos vuelva a pactar con el PSOE, y si lo hiciera no sería en las mismas condiciones que hasta ahora. Por otro lado, va a ser muy difícil que Adelante Andalucía pueda ponerse de lado y hacer como si la composición del futuro gobierno no tiene nada que ver con su anticapitalismo, pero también es cierto que su grupo parlamentario va a ser revoltoso y complicado de dirigir. Cualquier cosa, por tanto, podría ocurrir. Y, finalmente, el Partido Socialista se autoinmolaría si no es capaz de convertirse en un revulsivo de sí mismo, abriendo la puerta a una política que debiera ser muy diferente de la que hasta ahora se ha venido haciendo en Andalucía. Pero la corrupción y las crisis internas le han afectado de tal modo que hoy día cuesta reconocerlo como el partido vibrante de otros tiempos. Podría imponerse en él un conservadurismo paralizante que agotaría esta etapa histórica por mera autodescomposición.

Lo cierto me parece a mí es que Andalucía ya no puede seguir siendo gobernada como hasta ahora, con el simple impulso de la inercia, a base de resistencias defensivas, haciendo una ley detrás de otra, sin hacer una evaluación rigurosa y sincera de todo lo que nos ha acontecido en estos últimos cuatro decenios y sin darle auténtico protagonismo a la gente que se levanta día a día para hacer que las muchas cosas que funcionan bien sigan funcionando así. Susana Díaz tendrá que decidir si se limita a ser una gobernante pendiente del aparato de su partido o si se convierte, como sería lo deseable, en una gran cima de la política (de las que sólo se dan en las cordilleras) para asumir un liderazgo valiente que ponga en marcha de una vez por todas la imprescindible regeneración política, económica y social que Andalucía necesita con extraordinaria urgencia en un entorno que, para colmo, se presenta de nuevo complicado.

Se avecina una nueva crisis

Se avecina una nueva crisis y hemos salido de ésta a trompicones y con muy pocos deberes hechos. En Andalucía nos hemos quedado sin sistema financiero, y en Europa no se quiere entender que el euro es un fracaso que multiplica las asimetrías y la inestabilidad, que ni come ni deja comer. Nuestra economía crece pero la mayor parte del valor añadido de lo que creamos sale fuera de Andalucía y el empleo es insuficiente y empobrecedor; la administración autonómica está semi paralizada y los empleados públicos desmoralizados; dependemos demasiado del subsidio y la subvención; seguimos siendo más bien conformistas y nuestra economía desvertebrada y de enclaves; dilapidamos recursos naturales, humanos y capital social… Y las fórmulas de gobierno que pudieran acompañar a una nueva etapa para hacer frente a todo esto conllevan riesgos y amenazas muy serias.

Las formaciones de derechas con posibilidad de obtener parlamentarios tienen rasgos diferentes pero no disimulan que las tres orbitan cada vez más claramente en torno al populismo trumpista. Una especie de anarquismo de derechas que reniega del Estado para debilitar las instituciones representativas, las estructuras de bienestar social y la protección colectiva, pero que no duda en utilizar sus resortes más poderosos para autoconcederse privilegios y para facilitar que se concentre cada vez más riqueza en las mismas manos.

Frustración acumulada

Las encuestas no parecen darle mucha posibilidad a la conformación de un gobierno de esta naturaleza en Andalucía, aunque a nadie le cabe la menor duda de que PP, Ciudadanos y Vox pactarían si tuvieran mayoría parlamentaria. Pero la demanda de cambio en esta tierra es tan grande y la frustración acumulada tan mayúscula que no debería descartarse ningún resultado, por muy sorprendente que ahora pueda parecernos.

Y en el otro lado, las cosas no están tampoco fáciles. Lo lógico sería que el Partido Socialista y Adelante Andalucía se entendieran y articularan una mayoría estable y de progreso que abordara nuestros problemas fundamentales desde perspectivas tan amplias y transversales que concitaran complicidad y apoyo mucho más allá de su propia base electoral. La experiencia portuguesa que tenemos tan cercana nos enseña que es factible frenar las políticas nefastas de la Unión Europea y crear riqueza y empleo sin demasiados tropiezos y solventando los conflictos en beneficio de la población más desfavorecida que, al fin y al cabo, es lo que debería importar a esos partidos. Claro que para ello hace falta madurez, valentía y estar abierto a la innovación y a lo nuevo, capacidad de aprender de la otra parte, humildad y mucha generosidad política. Más bien todo lo contrario de lo que aquí nos sobra, conservadurismo y miedo a lo nuevo, docilidad, alharaca, inmadurez y un radicalismo más aparente que transformador.

El estilo de hacer política que cuajó durante la Transición en España, con sus grandes ventajas y virtudes y con sus defectos innegables, hace tiempo que dejó de ser viable porque sus primeros protagonistas han generado o no han sabido evitar que el espacio político se haya convertido en algo sucio, muy corrupto y caínita. Y porque es una evidencia para la gente que han hecho frente a la gran crisis económica protegiendo, sobre todo, a los más poderosos.

Lo que ahora está por ver es cuál será el vector resultante de esta crisis de régimen. España no puede seguir soportando por mucho tiempo el tipo de política que se viene haciendo, el enfrentamiento constante y desleal, la violencia verbal y simbólica, la desconfianza, la corrupción, el declive de la industria y de la actividad productiva, el control de nuestra economía por intereses foráneos y la imposibilidad de decidir sobre lo que es nuestro, la desigualdad que crece más que en ningún otro lugar de Europa, la pérdida de una generación de jóvenes… La tentación trumpista la tenemos a la vuelta de la esquina y, en una sociedad en donde hay tanta memoria condescendiente con una dictadura, lo peor puede ocurrir en cualquier momento.

España está abocada al cambio y lo que está en juego en Andalucía es si el primer paso se da en una dirección u otra. Sean cuales sean los resultados del domingo, abren la puerta a una nueva etapa histórica, al menos en Andalucía y casi con toda seguridad en toda España. Vendrá llena de riesgos y de incertidumbre, pero también de esperanza porque si hay un pueblo que es capaz de todo lo bueno, de ser laborioso, audaz y generoso, es el andaluz.