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Los mitos económicos que impiden a los gobiernos gobernar

Publicado en Exodo nº 136, diciembre de 2016

Decir que desde hace años los gobiernos apenas tienen capacidad de maniobra para poder tomar decisiones en asuntos económicos es hoy día una obviedad. Tenemos a nuestro alrededor multitud de casos que lo demuestran y ya casi ni se disimula: la razón de mayor peso que se utiliza para justificar lo que se hace en materia de política económica es precisamente que los gobiernos deben someterse a “las leyes” de los mercados, a lo que establecen los organismos internacionales o a ciertos imperativos que no siempre se es capaz de explicitar pero que todo el mundo ha terminado por saber que son los determinantes a la hora de tomar decisiones.

Los procesos históricos que han dado lugar a este hecho son muchos y tienen que ver con la extensión del neoliberalismo como una respuesta tan compleja como eficiente a la gran crisis estructural del capitalismo que se desencadenó a lo largo de los años sesenta y setenta del pasado siglo.

El neoliberalismo ha sido una respuesta compleja, yo diría que muy compleja, porque hizo frente al mismo tiempo a problemas muy diversos y de forma entrelazada que tenían que ver con una crisis triple:

– de producción, derivada de la saturación de los mercados que había hundido la tasa de beneficios del capital.

– del modo de regulación, que ya no podía seguir basándose en el reparto de las cargas, en los altos salarios y en la abundancia de bienes públicos financiados con políticas fiscales que se utilizaban como instrumento de estabilización. Sencillamente, porque los grupos sociales de rentas más elevadas se negaban a seguir financiando con sus impuestos el bienestar ajeno y reclamaban para sí más renta y más poder de decisión.

– de legitimación, producida cuando el paro y la pobreza rompían el consenso fordista.

Al abordar esos tres frentes de modo conjunto (entrelazado, como diría Morin, es decir, complejo) el neoliberalismo se convirtió no solo en la respuesta de política económica que se necesitaba, proporcionando un nuevo marco productivo de la mano de una extraordinaria revolución tecnológica que globalizó los mercados y una nueva regulación macroeconómica. Fue en realidad mucho más: una solución civilizatoria porque lo anterior solo fue posible al ir unido a un cambió en los valores e incentivos sociales y en la percepción que de sí mismos tenían los seres humanos. La ruptura de los lazos de socialización, la segmentación, el individualismo y la atomización d ella vida social crearon otro mundo y otro tipo de seres sociales (casi me atrevería a decir que asociales), y una diferente civilización concebida exclusivamente con el fin de facilitar la recuperación de la tasa de beneficio.

Con esa triple respuesta, el neoliberalismo ha propiciado un entorno de libertad para el capital que ha permitido que las democracias representativas que habíamos conocido dejaran de ser una restricción, en tanto, que instituciones de contrapeso y freno mutuo, a la hora del reparto. Algo que ha sido posible, a su vez, como consecuencia de varios fenómenos que igualmente constituyen el entramado esencial de las políticas neoliberales:

– La consolidación de un poder monetario privado, al margen efectivo del debate político, que condiciona y encuadra al resto de las políticas económicas. La libertad de movimientos del capital, la independencia de los bancos centrales y el fortalecimiento de la capacidad de maniobra de los fondos y entidades financieras han sido los factores que principalmente han contribuido a este fenómeno contemporáneo que hace que, en la práctica, los gobiernos tengan completamente atadas las manos frente a los mercados, que no son otros que los grandes propietarios de capital, que se consideran a sí mismos los amos del mundo.

– El incremento voluntariamente planificado de la desigualdad, del desempleo y el empleo precario y de la deuda a través de políticas deflacionistas, es decir, las que (con la excusa de combatir la inflación) suponen un freno permanente para la generación de actividad económica provocando artificialmente escasez de ingreso y empleo. Con menos empleo y menos demanda (por ser tan bajos los salarios) los grandes empresarios obtienen menos beneficios (puesto que les sería económicamente más rentable el pleno empleo) pero gracias a la sumisión y a la debilidad que esas condiciones laborales generan en las masas trabajadoras, pueden disponer de más poder político que a la postre es lo que les asegura su dominio sobre el conjunto de la sociedad.

– El inevitable crecimiento de la desigualdad como resultado de la pérdida de impulso redistributivo de las políticas gubernamentales o incluso de su reorientación para favorecer a los grupos sociales ya de por sí más favorecidos.

– El aumento de la deuda (el negocio diario de la banca) como una auténtica nueva forma de esclavitud.

– La complicidad cada vez mayor entre el poder económico-financiero y el mediático que el impulso de las concentraciones de capital está llevando hasta extremos realmente insospechados: uno o dos grupos empresariales, o uno, o incluso simplemente alguna persona aislada, controlan la totalidad de la oferta de medios (sobre todo audiovisuales) en muchos países, uniformando la opinión pública e imponiendo el pensamiento único que domina las decisiones económicas.

Todo ello, unido a un entramado y medio ambiente institucional en donde prácticamente ha desaparecido la posibilidad de que la gente corriente pueda pedir cuenta a quienes en su nombre operan en las instituciones públicas, está produciendo un auténtico “desmantelamiento” de la democracia, en palabras de Habermas. Unica forma de que se puedan seguir aplicando las políticas que convienen a los grandes grupos económicos y muy en especial a la banca pero que no desean las mayorías sociales (como demuestran claramente todo tipo de encuestas), autoalimentándose así constantemente los procesos que permiten aumentar el beneficio y la concentración del poder.

Pero todo eso no hubiera sido posible si no se hubiera desarrollado e impuesto al mismo tiempo un discurso teórico que diera carácter científico y por tanto indiscutible a las políticas económicas con las que se han ido poniendo en marcha tales procesos y consiguiendo el objetivo principal de aumentar el beneficio del capital. Un discurso que ha calado tan hondo que hasta es defendido en amplios sectores del centro-izquierda.

El credo macroeconómico neoliberal

El principio teórico central de la economía neoliberal es doble. Por un lado, que los gobiernos democráticos y los bancos centrales con preferencias representativas (es decir, reflejo democrático de las mayorías sociales) tienden a generar ineficiencia y altas tasas de inflación y, por otro, que la política fiscal genera distorsiones a largo plazo sobre la acumulación y la distribución, por lo que debe reemplazarse por la política monetaria a la hora de manejar la demanda agregada. Y de ambos principios se deduce, por tanto, que los mecanismos o instrumentos que se venían utilizando para corregir los desequilibrios macroeconómicos, las intervenciones fiscales o monetarias, son rechazables y que su uso está prácticamente erradicado o limitado a condiciones y circunstancias extraordinarias o excepcionales y, en alguna de sus manifestaciones, incluso ni a estas últimas.

Para poder llegar a esa conclusión era necesario, a su vez, invertir el modo de analizar los problemas macroeconómicos al menos en tres cuestiones esenciales:

– Contemplar los fenómenos económicos como de naturaleza individual y no como comportamientos agregados.

– Considerar los problemas que expresan elecciones discrecionales de los gobiernos o de otros grupos sociales como problemas que se reducen al comportamiento del llamado “agente representativo”, aquel cuyas elecciones tienen la propiedad de representar los intereses de toda la sociedad.

– Trasladar los automatismos de mercado al ámbito del comportamiento de los gobiernos.
De ahí se deducían importantes consecuencias prácticas: ya no resultaba necesario que los gobiernos tuviesen que incidir sobre los desequilibrios macroeconómicos y solo los bancos centrales (en el estrecho marco de los objetivos que le sean asignados como autoridad independiente del gobierno) tendrían capacidad para manejar los resortes que pudieran mover de su sitio a las economías.

Como por arte de magia, desaparecían tanto los agregados sociales en conflicto como la política macroeconómica como tal, es decir, la intervención discrecional de los gobiernos o, lo que es lo mismo, su actuación a partir de las diferentes preferencias reveladas en la sociedad. Así es como la economía deja de necesitar a la política o a cualquier exigencia de criterio democrático y representativo que se supone que debe darse cuando se trata de resolver problemas sociales, de agregados con intereses diferentes.

La consideración tradicional de los problemas económicos más relevantes para las naciones había partido de entender que había que alcanzar un cierto equilibrio macroeconómico para poder resolverlos y que éste se definía en relación con varios objetivos vinculados al nivel de actividad, a los precios y a la distribución que podían alcanzarse a través de una adecuada combinación de política fiscal y monetaria. El soporte teórico de esta consideración había partido del modelo keynesiano que fue remozándose a lo largo del tiempo (incluso desde los planteamientos más heterodoxos o críticos) para poder integrar en él el largo plazo, las imperfecciones más complejas de los mercados, la incertidumbre y otras circunstancias que inicialmente no habían sido tenidas en cuenta a la hora de fundamentar teóricamente la política macroeconómica de los gobiernos.

Pero justo a medida que iba larvándose la crisis que haría necesaria la respuesta política neoliberal se desarrollaba con semejante ímpetu la crítica a los postulados que daban soporte teórico a la política macroeconómica y redistributiva y estabilizadora y no solo por pacíficos cauces académicos sino de la mano de una efectiva represión de las voces más críticas en la inmensa mayoría de los centros y revistas económicas de mayor prestigio..

Los monetaristas, con todo el apoyo político y mediático del stablismnet y encabezados por Milton Friedman, comenzaron a poner las primeras objeciones. Por un lado, trataban de demostrar que la política presupuestaria generaba lo que llamaban un efecto expulsión de la inversión privada y que, por tanto, lo que conseguía no era sino neutralizar su posible efecto expansivo. Y, por otro, ponía en cuestión la efectividad de la política presupuestaria como motor la actividad y de la estabilidad a partir de tres ideas principales:

– Siempre iba a existir, decían, lo que llamarían una tasa natural de paro, es decir, un nivel de paro mínimo por debajo del cual todo intento de reducción iba a provocar subida de precios. Se trataba del sofisticado argumento teórico que algunos políticos y dirigentes traducirían en un lenguaje más coloquial en los años en que se aplicaban más contundentemente estas ideas monetaristas diciendo que “no era bueno” que el paro bajase por debajo de ese determinado nivel, cuya determinación animaban a calcular por doquier.

– Los asalariados estaban sometidos a lo que se llamaba ilusión monetaria, es decir, que no serían capaces de discernir entre salarios reales y nominales y que cuando se produjera subida de precios creerían que en realidad había mejorado su poder adquisitivo.

– El valor de cualquier variable dependía de su valor pasado y los agentes económicos siempre serían capaces de disfrutar de expectativas anticipativas, de modo que podrían corregir sus propios errores.

Dándose estas tres circunstancias, si en la economía se daba una tasa natural de paro con cierta inflación el efecto de una expansión presupuestaria adoptada con el fin de mitigar el desempleo tendría efectos contrarios a los deseados. Al principio se produciría una efectiva reducción del paro porque bajarían los salarios reales al haber alza de precios, sin que la ilusión monetaria dominante lo percibiera. Pero, más tarde, los asalariados corregirían esa ilusión y se irían provocando demandas salariales reales que provocarían la disminución de la demanda de trabajo, dándose lugar a una situación en la que habría más paro y precios más elevados que antes de darse el impulso fiscal expansivo.

Más tarde, los llamados nuevos economistas clásicos pusieron en cuestión incluso el inicial efecto expansivo de la política fiscal a corto plazo porque, en su opinión, los agentes no sólo actúan con expectativas adaptativas sino que anticipan racionalmente los fenómenos económicos gracias a que disponen de perfecta información sobre lo que ocurre en el sistema económico y ello les permite saber perfectamente los efectos de las intervenciones del gobierno. Puesto que entonces no habría ilusión monetaria, el incremento de los salarios reales que paraliza el efecto positivo de una expansión fiscal sobre el empleo se produciría desde el principio, también a corto plazo.

Incluso Robert Barro planteó que cualquier déficit presupuestario ni siquiera tendría efecto alguno sobre el sistema económico porque los agentes sabrán que en el futuro se establecerían impuestos para financiarlo y, llevados por su conducta racional, ahorrarían desde el principio el incremento de renta que pudiera haber producido el impulso fiscal para pagarlo en su momento.

Entonces, si ni siquiera los déficit presupuestarios que son las actuaciones fiscales con supuesta mayor capacidad para impulsar la actividad tienen efectos reales sobre el consumo, y no generan el efecto multiplicador de la renta con el que se justificaba la necesidad de utilizar la política coyuntural para resolver los desequilibrios, lo que se deduce es que no hay razón alguna para utilizar esta forma de regulación. Hay que prescindir, pues, de un tipo de intervención pública que, sin embargo, sí es costosa debido al aparato administrativo que comporta, por los desincentivos a la asignación que puede provocar a través de los impuestos y a causa de los disturbios que cualquier intervención exógena provoca en los mercados.

El complemento indispensable a este planteamiento sería el de Robert Lucas cuando afirmó que, a diferencia de lo que ocurría con la política fiscal, sólo la política monetaria podría tener efectos sustantivos sobre la actividad si se basaba en reglas simples y de neutralidad, puesto que sólo entonces sería consistente con ellas el comportamiento de los agentes.

“Casualmente”, esa política monetaria (de tanto o más efecto efecto distributivo como la fiscal) es manejada por los bancos centrales, instituciones a las que al mismo tiempo se les declaraba independientes (de la voluntad ciudadana que no de los grupos de presión) para que no tuviera que someterse a ningún tipo de nociva restricción democrática.

De todo ello se deducían una serie de auténticos mitos que a fuerza de repetirse se han convertido en los mantras que permiten aplicar las políticas económicas neoliberales en medio de un gran consenso: hay que bajar salarios y flexibilizar los mercados laborales para crear empleo o para ser más competitivos, las empresas privatizadas funcionan mejor que las públicas, las políticas fiscales no aumentan la renta nacional cuando se aplican, el gasto público expulsa a la inversión privada y disminuye el ahorro, el Estado de bienestar es insostenible, la deuda pública y la privada en general es la consecuencia de que los hogares se endeuda más de lo necesario, los mercados financieros resuelven por sí solos sus problemas y lo mejor es que no se sometan a ningún tipo de reglas o controles gubernamentales… La mayoría de ellos, como lo fue en su día todo el discurso teórico de la competencia perfecta, no pasan de ser formulaciones retóricas de gran apariencia formal pero irreales o, al menos, sin validación suficiente en la práctica de las economías. Mitos que nunca han podido ser confirmados empíricamente con suficiente rigor o que, incluso a pesar de haber sido empíricamente refutadas en algunos casos, se siguen manteniendo como verdades absolutas en la academia y en la práctica política de los gobiernos, los organismos internacionales o los bancos centrales porque, como ha reconocido un economista tan ortodoxo como Lawrence H. Summers, los economistas son muy reacios a la hora de adaptar sus opiniones a la realidad de los hechos: “invito al lector … a que identifique una hipótesis significativa acerca del comportamiento económico que haya caído en descrédito debido a una prueba estadística formal”.

Durante mucho mucho tiempo estas ideas han servido de guía indiscutida para aplicar sin apenas limitaciones la política neoliberal pero los hechos han terminado por ser demasiado tozudos. La globalización no ha resultado tan beneficiosa para todos como se decía; los mercados financieros sin control son la fuente de toda clase de desmanes y crisis; el euro no protege por igual a sus socios sino que aumenta las asimetrías y desigualdades; menos salarios no equivalen a más empleos; salvar solo a la banca no garantiza que toda la economía vaya mejor, la austeridad neoliberal no disminuye la deuda… y las democracias de cada vez menos intensidad no solo dan más libertad a los grupos poderosos sino que facilitan la corrupción de quienes defienden sus intereses en las instituciones… todo lo cual siembra una desconfianza generalizada en los discursos y en las instituciones que amenaza de nuevo con poner en cuestión el orden establecido.

Los mitos neoliberales fueron útiles para llevar a la sociedad al “nuevo medievalismo” del que habló Hedley Bull y que implica la renuncia efectiva al Estado no sólo como espacio político sino como ámbito en el que se suscribe colectivamente una moral social, las lógicas elementales que merecen ser compartidas, la ética de mínimos sin la que cualquier sociedad termina por convertirse en una selva donde es imposible vivir en armonía, con bienestar y en paz. Han servido para justificar que los gobiernos no gobiernen dejando así que lo hagan tras las bambalinas los grandes grupos de poder.

Pero se trata de un discurso y de un proyecto civilizatorio que está saltando por los aires. Los cambios aparentemente sorpresivos que estamos viviendo últimamente no son sino la prueba de que el capitalismo de nuestros días no se justifica ya con la retórica neoliberal de los años pasados. Necesita un discurso diferente y lo lamentable es que, en ausencia de alternativas reales y sin un imaginario colectivo que sitúe la esperanza social en otro espacio diferente, lo que se está abriendo paso es un relato oscuro y terrible cuyas consecuencias son bien conocidas, sobre todo, en Europa, la misma Europa que parece no inmutarse cuando despiertan los mismos demonios de antaño.