Lula, un presidente bajo sospecha

Escuchar

Es muy sintomático comprobar que tantos comentaristas políticos de distintos  medios de comunicación y de diversos países hayan coincidido en preguntarse,cuando Lula tomaba posesión como nuevo presidente de Brasil, cuánto tiempo  tardaría en ser sospechoso para Estados Unidos.

 

La pregunta era francamente ingenua. Lula ha sido sospechoso siempre y mucho más en los últimos meses, cuando la posibilidad de su victoria electoral se hacía cada vez mayor. Su ascenso electoral ha ido acompańado, no sólo en Brasil, sino en todo el continente latinoamericano, de continuas advertencias sobre el peligro que ello representaba para la inversión y para los mercados financieros.

 

La banca Goldman Sachs incluso inventó el llamado “lulómetro”, un supuesto modelo matemático que trataba de predecir la evolución de la cotización del dólar en Brasil a partir de la evolución de las encuestas sobre intención de voto. No acertó mucho. En realidad, se trataba de una simple excusa para divulgar noticias tremendistas, para descalificar al candidato y para mostrar, en suma, que los intereses de la banca no coinciden prácticamente nunca con los de la mayoría de la población, sobre todo, en un país tan desigual y tan sujeto a la codicia capitalista como Brasil.

 

Una actuación de este tipo hubiera merecido la condena legal en cualquier país poderoso por el dańo que implicaba y por su elemental falta de fundamento, pero cuando se trata de defender a los intereses bancarios y financieros o a los de Estados Unidos todo parece estar permitido.

 

La trayectoria del nuevo presidente, de su partido y de las demás organizaciones que lo han apoyado, así como las primeras decisiones adoptadas confirman que el cambio político que se ha producido en Brasil tiene una orientación completamente opuesta a la que predomina en el mundo. Se trata, como antes ocurriera en Venezuela y ahora también en Ecuador, de la victoria electoral de un amplísimo espectro social que se opone expresamente a las políticas neoliberales de los últimos ańos.

 

Desde ese punto de vista, Lula va a seguir estando siempre bajo sospecha. La pregunta, por lo tanto, es otra: żestará su gobierno en condiciones de lograr sus objetivos, va a ser capaz de gobernar con éxito y sin traicionar a los deseos y expectativas de quienes tan masivamente le han dado su apoyo electoral?

 

No es fácil adelantar lo que pueda pasar.

 

Por un lado, el nuevo gobierno de Brasil tiene a su favor algunos elementos que refuerzan la esperanza de que allí se inicie un proceso de cambio socio económico de nuevo tipo pero, por otro, diversas circunstancias aventuran un periodo convulsivo y problemático.

 

A su favor, Brasil cuenta con tres importantes circunstancias. En primer lugar, que su propia dimensión le salvaguarda de la presión exterior y que su enorme riqueza económica puede proporcionar recursos suficientes para impulsar cualquier proceso de desarrollo económico. Brasil no es cualquier país, sino uno de los estados más grandes del planeta y lo que ocurra allí puede tener un efecto dominó, principalmente, sobre toda América Latina.

 

En segundo lugar, hay que destacar que el presidente Lula cuenta con un inmenso apoyo social que no sólo es importante por su magnitud electoral o por la cualificación de sus dirigentes, sino por el tipo de estructura social en que se fundamenta. El desarrollo de redes, de movimientos sociales descentralizados, la extensión de la democracia participativa y el protagonismo de los grupos sociales junto al más tradicional de los partidos son elementos que proporcionan gran consistencia y fortaleza, por lo difícil que puede resultar tratar de desmantelarlos de un plumazo, como ocurriera con las anteriores experiencias dictatoriales.

 

Por último, es previsible que el propio gobierno se refuerce como consecuencia de su propia actuación política si esta es acertada. El desarrollo económico endógeno, la atención privilegiada hacia los problemas sociales, la lucha contra el hambre y la amplia experiencia de gobierno en otros niveles del Partido ahora vencedor pueden permitir que el gobierno de Lula se consolide, a diferencia de lo que ocurre cuando un gobierno de vocación progresista termina por realizar políticas conservadoras y desencanta a su electorado.

 

Sin embargo, existen otras circunstancias que también deben tenerse en cuenta a la hora de valorar el futuro de Brasil bajo el mandato del Presidente Lula.

 

Hay que considerar que la realización de los programas sociales que se propone llevar a cabo implican lógicamente reducir los beneficios y los privilegios de la oligarquía que hasta ahora los ha venido disfrutando. Es fácil entender la satisfacción del mundo progresista por la noticia de que el gobierno suspendía en su primera reunión un voluminoso contrato de compra de aviones de combate para dedicar su presupuesto a proyectos sociales. Pero żno es también fácil adivinar los sentimientos que eso ha debido generar en quienes van a perder tan suculento negocio?

 

El problema de países como Brasil, Venezuela o Ecuador, ahora con gobiernos anti neoliberales, es que sus oligarquías han acumulado un poder inmenso y que se encuentran sin apenas posibilidades de hacer frente a lo que sin duda van a considerar una agresión permanente a sus intereses.

 

Un segundo frente de problemas viene dado por el régimen de plena libertad de movimientos de capital existente. Sin control, el dinero se ha convertido en un recurso caprichoso que viene y va sin más miramiento que el de atender a las cuentas de resultados. Aquellos países que tratan de realizar políticas orientadas al desarrollo endógeno y productivo y a distribuir la riqueza de una forma más justa provocan un auténtico efecto expulsión de los capitales especulativos o de los que tratan de aprovecharse, precisamente, de la extraversión, de la mano de obra barata y sin derechos o de los impuestos reducidos o inexistentes.

 

Será difícil además que el gobierno brasileńo pueda llevar a cabo políticas de desarrollo endógeno que protejan adecuadamente su sistema productivo y que se orienten principalmente a fortalecer sus intereses nacionales, laborales y empresariales en el régimen globalizado de completa apertura comercial que hoy día se impone a todos los países.

 

Todo ello hace que Brasil pueda tener grandes dificultades para hacer frente a un equilibrio complicado y serios problemas para generar suficientes tasas de acumulación y crecimiento, respetando al mismo tiempo principios de sostenibilidad y equidad.

 

Finalmente, y en otro orden de cosas, en la medida en que el gobierno de Lula apoye caminos diferenciados, dentro y fuera de su país, bien en asuntos económicos como el Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) que implica perspectivas muy nocivas para América Latina pero que tanto interesa a Estados Unidos, o respecto a los demás procesos políticos del resto del continente, lo que cabe esperar es que el imperio comience a reaccionar.

 

En cualquier caso, se abre un nuevo proceso de cambio de connotaciones muy singulares que sin duda va a servir de referencia a otros países que también han sufrido los efectos dańinos del neoliberalismo. Una vez más vamos a poder comprobar en qué dificil medida se pueden hacer efectivas las preferencias de las mayorías sociales y en que antidemocrática forma se defienden los poderosos. Pero si algo demuestra lo que ocurre y lo que va a ocurrir en Brasil es que, a pesar del extraordinario influjo del neoliberalismo, es mucho lo que se mueve.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.