Magia potagia

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Dice Jean Baudrillard que en nuestra época se ha cometido el crimen perfecto: el asesinato de la realidad. Consiste, dice el filósofo francés, en la transformación de todos nuestros actos y de todos los acontecimientos en información pura. Pero de tal forma que esa información no coincide al final con la realidad, sino que es su doble, una imagen falseada de la misma.

 

Un fenómeno que tiene que ver con este proceso de falseamiento progresivo de la vida, del ser humano y de su circunstancia es el de la aparente objetivación de la realidad a través de los números. ¿Quién puede poner en duda a quien argumenta parapetado tras la fortaleza inexpugnable de los datos, de las estadísticas y de las fórmulas matemáticas más sofisticadas?

 

La política económica, como en general todas las decisiones sociales, se justifica siempre mediante un discurso que parece frío e indiscutible precisamente porque se sustenta sobre datos que todo el mundo asume que son siempre, porque son datos, completamente irrefutables. Sin embargo, no se suele tomar conciencia de que los datos aparentemente ciertos y objetivos son en la mayoría de las veces pura realidad fantaseada.

 

En España, por ejemplo, el volumen del Producto Interior Bruto o la tasa de su crecimiento anual, que son los ejes de todas las decisiones económicas, mostrarán magnitudes muy distintas según cuál sea el procedimiento de cómputo o la institución que lo lleva a cabo. Si nos fiamos de la Encuesta de Población Activa resultará que el empleo en España está creciendo más que la economía, lo que significa que cada vez somos menos productivos, algo que contraviene la lógica y la opinión dominante según la cual vivimos profundas tranformaciones tecnológicas. No sabemos a ciencia cierta si hay 13,8 millones de personas trabajando, según se desprende de esa misma encuesta, o 15,3 millones, según registra la Contabilidad Nacional. No tenemos certeza sobre la magnitud de nuestras exportaciones o importaciones al exterior y muchos dudan de la veracidad de los índices de precios, que mostrarán variaciones diferentes si se toma el deflactor del PIB o el índice de precios al consumo. Incluso es imposible atestiguar con certeza cuántos españoles dejan por voluntad propia este mundo de números locos: si hacemos caso de los registros judiciales diremos que los suicidios aumentaron en España un 19,7 por ciento en los últimos diez años, pero si nos guiamos por lo que dicen los registros médicos tendremos que señalar que han crecido un 104,2 por ciento. Entre una y otra fuente hay un 20 por ciento de diferencia.

 

El Banco Bilbao Vizcaya edita desde hace décadas unas series sobre distribución de la renta en España. El pasado año publicó unas nuevas series «homogeneizadas» y resulta ahora que los procesos económicos han cambiado de cariz. Casualmente, y a diferencia de lo que mostraban sus propios datos antes de lo que algunos podrían calificar como su maquillaje estadístico, resulta que las retribuciones de los trabajadores han aumentado de forma espectacular sobre el total de las rentas. Algo muy difícil de creer, si se tiene en cuenta que han sido años de aumento del paro y de disminución de las rentas, y que sólo parece que haya podido ocurrir aquí en España, pues las estadísticas más comunes muestran justo lo contrario en todo el mundo.

 Decía Goethe que los números no gobiernan el mundo pero que muestran cómo el mundo es gobernado. Y llevaba razón. Hoy día, los datos son tan manipulables como está siendo manipulada nuestra vida, nuestra hacienda y nuestro conocimiento. Un nuevo índice por aquí, una homogeneización por allí y podemos sacarnos de la manga una realidad diferente. Hablan como si fueran los tribunos de la verdad estadística indiscutida pero la pura realidad es que aquí nadie sabe de veras ni en qué país vivimos.

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