Mundo rico, mundo caritativo

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Los gobiernos más ricos del mundo se proponen condonar en parte la deuda que los países más pobres del mundo han ido contrayendo con ellos en los últimos decenios. No es una mala noticia, pues eso permitirá paliar la dramática situación en la que se encuentran la mayor parte de las economías del planeta.

 

Sin embargo, es necesario considerar algunas circunstancias sin las cuales no puede entenderse ni el origen de este gravísimo problema ni los efectos reales de esta medida que se
quiere presentar como la expresión de una gran generosidad.

 

En primer lugar, no puede olvidarse que la medida no está encaminada a condonar la totalidad de la deuda, como han solicitado multitud de personalidades, gobiernos e instituciones de todo el mundo. Se trata tan sólo de proporcionar un pequeño respiro pero que no impedirá que, como viene sucediendo, se de la paradójica situación actual: los países más pobres entregan a los ricos más recursos de los que ellos mismos reciben. ¿Cómo podría calificarse un mundo en donde los pobres son los que financian a los ricos?.

 

Esto es particularmente significativo si se tiene en cuenta que el origen de la deuda no es otro que el expolio permanente que las economías más fuertes realizan con las más desfavorecidas. La deuda externa se originó porque los gobiernos más poderosos no tuvieron remilgos en elevar los tipos de interés para garantizar altos beneficios a los capitales financieros. Primero incentivaron la solicitud masiva de créditos y luego los encarecieron artificial e injustamente, al mismo tiempo que aplicaban políticas económicas que deterioraban la condición de los países endeudados. El crecimiento exponencial de los intereses se convirtió en una losa que impidió que las economías pobres pudieran levantar cabeza.

 

Por lo tanto, condonar en parte la deuda no es una solución ni justa ni reparadora. Y no sólo porque deja sin resolver una parte del propio problema del endeudamiento, sino porque, incluso condonando por completo la deuda, no afronta el problema de raiz que la ocasiona. Los países más pobres no pueden lograr posiciones favorables en el comercio internacional porque los más ricos cierran sus fronteras al mismo tiempo que les piden a los demás que abran las suyas, porque no tienen acceso libre a los recursos tecnológicos que protegen los ricos y porque no disponen de capacidad de decisión en los centros de poder desde donde se establece el rumbo a tomar por la economía internacional.

 

Los países ricos han proclamado a los cuatro vientos su buena voluntad y su gesto generoso pero, en realidad, no están sino ejerciendo una vieja e inútil caridad. No practican la justicia sino que dan un poco de aire a los países endeudados para que éstos no dejen de estar vinculados a la cadena que los seguirá empobreciendo mientras que las grandes empresas y los consumidores ricos se aprovechan de su mano de obra barata y de sus materias primas.

 Una pequeña dávida no es suficiente; nuestro mundo necesita justicia y democracia. La solución real del problema de la deuda es evitar que ésta se siga generando, modificar los mecanismos económicos que empobrecen a la inmensa mayoría del planeta. Mientras todo funcione para que los ricos sigan enriqueciéndose sin límite los pobres serán cada vez más pobres.

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