No saben, no contestan

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Publicado en Sistema Digital el 28 de octubre de 2011

 

Mi discípulo y colaborador Alberto Garzón intervino hace unos días en el programa de debate político de TVE 59 segundos y en un momento dado preguntó a los representantes de los partidos allí presentes que estaban proponiendo recortes de gasto público para salir de la crisis que dijeran un solo país que hubiera salido de una crisis como la actual por esa vía.

 

Nadie le contestó. Los representantes de los partidos que proponen esas políticas siguieron insistiendo en sus propuestas de recortes hablándose a sí mismos o a sus potenciales votantes pero sin tener en cuenta las objeciones de los demás, sin que el hecho de que alguien les indique que sus propuestas no han funcionado nunca les afectase lo más mínimo. Les da igual.

 

Es una anécdota que refleja cómo se hace política hoy día en España, la continuada pérdida de calidad de una democracia que permite gobernar o hacer oposición cada vez más al margen del debate, sin necesidad de recurrir al diálogo, sin oír a los demás y, por supuesto, ni siquiera a los propios votantes. Y, por tanto, sin que los políticos asuman responsabilidad alguna por lo que afirman o por las razones o sinrazones de lo que hacen. Da igual que el argumento que se dé para justificar una medida o una propuesta política tenga más o menos fundamento, que alguien lo ponga en cuestión de la manera más contundente. Ancha es Castilla.

 

La crisis está siendo un buen escaparate de este tipo de conductas precisamente porque se le está dando un tratamiento basado en el falseamiento continuo de la realidad y en la manipulación de la experiencia y de los datos para poder salvaguardar los intereses de los más poderosos.

 

A pesar de que después de aplicarlas en varias ocasiones nunca se ha logrado una mejora del empleo por su causa, se sigue afirmando que hay que llevar a cabo reformas laborales flexibilizadoras para salir de la crisis y combatir el paro. A pesar de que los escenarios que se han hecho en diversas ocasiones nunca han acertado, se sigue insistiendo en que los estudios demuestran que hay que disminuir la amplitud y cobertura del sistema de pensiones públicas para poder sostenerlo. A pesar de que con ello solo se está consiguiendo que las economías vuelvan a deprimirse, se continúa diciendo que las políticas de recortes de gasto son las que van a  dinamizarlas. A pesar de que la estrategia de salvar a los accionistas de los bancos proporcionándoles dinero sin límite para que tapen sus agujeros de capital no está garantizando que se recupere el crédito, sino que más bien ha provocado lo contrario, los gobiernos insisten en que es imprescindible hacerlo para que vuelva la financiación, y se disponen a inyectarles otros vergonzosos cientos de miles de millones de euros.

 

Se han volatilizado muchas cosas en esta crisis pero quizá primera sea la rendición de cuentas en la vida política. Los partidos en el gobierno han podido hacer lo contrario de lo que habían ofrecido a los ciudadanos que los llevaron al poder, las autoridades han podido hacer una cosa y la contraria sin necesidad de justificar o de responder por sus comportamientos contradictorios. Se ha mentido continuamente, afirmando que los bancos estaban bien para afirmar semanas más tarde que quebraban, que había brotes verdes que anunciaban la salida del túnel o que se habían llevado a cabo reformas que nunca se han aplicado.

 

En el caso de la banca se llega al paroxismo dado su papel central como causantes de la crisis. Si escandalosas han sido las constantes inyecciones de liquidez y las ayudas incluso secretas para mantenerla artificialmente a salvo, quizá lo sean aún más las reformas normativas que le vienen  permitiendo manipular constantemente sus balances, disimular el deterioro de sus activos y la pérdida de capital que le han venido provocando en los últimos años su gestión irresponsable y fraudulenta y las políticas que han promovido para lograr la generación artificial y desorbitada de deuda que va a hacer de esta crisis algo mucho más dañino de lo que hasta ahora hemos contemplado.

 

De nada de eso parece que haya que responder. Y eso pone de relieve que para salir de la crisis también es imprescindible establecer un sistema eficaz de rendición de cuentas porque solo de esa manera se podrá evitar que se continúen adoptando medidas contrarias  a las preferencias ciudadanas y tan completamente inútiles para resolver los problemas como las que se están aplicando para fortalecer a la banca y a los grandes grupos empresariales.

 

La política económica se está convirtiendo, sin deliberación social posible y sin exigencia de responsabilidad alguna, muy especialmente en la Unión Europea, en un discurso totalitario radicalmente incompatible con la democracia incluso en su sentido más débil. Y es lamentable que a las puertas de un periodo electoral tan decisivo para nuestro país y para todos sus ciudadanos los grandes partidos hayan apostado conscientemente, en materia económica, por el autismo que denunciaron hace años los estudiantes franceses, es decir, por dar por buenas las medidas que proponen sin someterlas al filtro de la experiencia y del debate social, y sin proponer nuevos mecanismos de rendición de cuentas ante su electorado, bien sea cuando gobiernen o cuando están en la oposición (en donde, como hemos visto en estas dos últimas legislaturas, se puede ser incluso mucho más irresponsable y hacer más daño a la economía que desde los propios gobiernos).

 Mientras no haya posibilidad de evitar que un líder como Rajoy advierta ya que va a dar más dinero a los bancos en contra de la opinión mayoritaria de la población, que se sigan realizando recortes en derechos sociales y estructuras de bienestar a pesar de que eso está en contra de los deseos de la inmensa mayoría, o que los grandes partidos y sus gobiernos actúen sin saber nada de ello y sin contestar a las demandas sociales costará mucho trabajo creerse que vivimos en una verdadera democracia, por mucho que nos ofrezcan votarles o no cada cuatro años, como si entre medias no hubiera pasado nada.

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