Pleno empleo precario

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La cumbre de la Unión Europea recientemente celebrada ha destacado, entre otros acuerdos, por haber asumido el pleno empleo como un objetivo a alcanzar en los próximos años. Sin duda, esa es una noticia de gran interés porque, hasta el momento, las políticas económicas europeas se habían centrado en objetivos como el control de precios o de los gastos públicos dejando expresamente de lado el de creación de empleo. Pero la noticia debe analizarse con cuidado. Las palabras no siempre expresan lo que que creemos que quieren decir.

 

Los ciudadanos deben ser conscientes del tipo de empleo al que se refieren estas políticas. Según las forma de computar hoy día el paro y la ocupación, para considerar a una persona como empleada sería suficiente, por ejemplo, que sólo dedicara una hora a la semana a lavar un coche a cambio de unas entradas para el cine.

 Puede parecer sorprendente, pero lo que ocurre es que el registro estadísticos de los parados y los empleados es cada vez más flexible y menos estricto. De esa manera, se puede considerar ocupados a personas que en realidad ni trabajan continuadamente (con una hora a la semana basta), ni tienen la más mínima posibilidad de vivir de lo que trabajan (como he dicho, incluso una prestación de trabajo retribuida en especie se considera trabajo). 

Los contratos temporalísimos que hoy día se prodigan en nuestras economías reflejan, es cierto, su renovada capacidad para crear empleos, pero empleos que nada tienen que ver con el concepto tradicional de ocupación como aseguradora de ingresos suficientes y de mínima seguridad vital.

 

Si el objetivo de pleno empleo al que aspiran los gobernantes europeos se refiere a ocupaciones de esta naturaleza, como las que ahora están predominando, no puede decirse que la
cumbre de Lisboa nos vaya a llevar a una sociedad de más bienestar, sino de creciente insatisfacción.

 

Me parece, pues, que los acuerdos de Lisboa deben analizarse desde otra perspectiva. Lo que está ocurriendo es que en Europa empieza a predominar la idea de que debemos equipararnos a Estados Unidos, donde se dice que la tasa de paro es muy baja y cuyo ritmo de crecimiento económico es muy alto. Por eso nuestros gobernante se proponen alcanzar cada vez más liberalización, menos ataduras a las empresas, menos prestaciones sociales, menos costes laborales y legislaciones sociales cada vez más flexibles que abaraten el uso del trabajo.

 

Sin embargo, quienes nos desean llevar al modelo de relaciones laborales norteamericano no mencionan al completo lo que allí ocurre. Si en Estados Unidos se contabilizaran los desanimados que ya no buscan trabajo, los que no dicen que están parados para no perder oportunidades de empleo, los que sólo trabajan por muy pocas horas o los dos millones de presos, las cifras de paro serían prácticamente tan altas como las europeas.

 

Y, lo que es más importante, es ese tipo de mercado laboral norteamericano es lo que ha provocado que allí existan más de cuarenta millones de trabajadores pobres, es decir, con ingresos insuficientes y por debajo del umbral de probreza.

 

Las grandes proclamas no son suficientes. Nuestra època ha enterrado los grandes conceptos, como este de pleno empleo, y hay que explicitar qué tipo de empleo se desea y cómo se va va a poder crear.

 El reto no puede ser conseguir solamente que las estad´siticas nos digan que no hay paro. Es preciso que haya de empleos de calidad, no ocupaciones de tres al cuarto.

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