¿Política sin economía?

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La conferencia política del Partido Socialista que se ha celebrado este pasado verano se había propuesto poner al día sus postulados políticos para hacer frente a las nuevas realidades y
demandas sociales.

 Los documentos que allí fueron aprobados, significativamente diferentes a las propuestas iniciales, contienen, efectivamente, algunas novedades muy dignas de mención en el ideario socialista y es posible que alguna de ellas, como la de la renta básica o las formulaciones modernas de la ciudadanía, lleguen a ser auténticos revulsivos para la práctica política. En general, me parece que se puede considerar fortalecido el pensamiento político del Partido Socialista en asuntos claves como la concepción de la democracia, la combinación de igualdad y libertad, la relación con los movimientos sociales o la postura ante los procesos de globalización. 

Sin duda, será necesario avanzar en esas nuevas concepciones y, sobre todo, lograr divulgarlas suficientemente para conseguir que resulten atractivas a la población que a fin de cuentas es quien tiene que sentirse identificada con ellas. Pero no cabe duda de que se trata de un notable paso adelante.

 

Sin embargo, la conferencia mostró un clamoroso silencio en lo relativo a una cuestión esencial: la política económica del Partido Popular.

 

El documento finalmente aprobado contiene análisis y referencias a cuestiones económicas, casi siempre de carácter general. Pero me parece mucho más significativo que en toda la intervención de José Luis Rodríguez Zapatero no hubiese ni la más mínima expresión de crítica a la política económica del Gobierno de Aznar. Resulta bastante sorprendente y sin duda preocupante.

 

Es cierto que tanto en su discurso como en los documentos se postula una política social diferente, mayor igualdad, más justicia social, reconocimiento más explícito y efectivo de los derechos sociales. Pero todo ello depende inevitablemente del tipo de política económica que se realice y, precisamente por eso, es tremendamente significativo que se guarde silencio frente a la política que realiza el gobierno del Partido Popular.

 

¿De dónde se piensan obtener los ingresos fiscales necesarios para financiar las promesas de progreso social que se ofrecen a la ciudadanía? ¿Son estas últimas sinceramente compatibles con las propuestas otras veces realizadas de reducción de impuestos o de modificaciones fiscales que implicarían necesariamente una menor recaudación?

 

El problema de silenciar la crítica de lo que en el campo económico viene realizando el Partido Popular es que los ciudadanos y votantes necesariamente lo interpretan en un doble sentido: como acuerdo con esa política o como ausencia de alternativas, lo que implica realmente la imposibilidad de materializar las promesas que se realizan.

 

Desgraciadamente, es difícil llegar al poder emitiendo tan sólo mensajes moralizantes. Para conseguirlo es preciso movilizar a los ciudadanos y eso sólo se consigue cuando estos entienden que la situación política les es desfavorable y, además, que obtendrán ventajas netas de cualquier tipo de alternativa. De ahí que quien quiera convertirse en alternativa efectiva desde la izquierda deba ser capaz de desvelar la naturaleza real de los efectos que provoca laa política de la derecha en la mayor parte de los ciudadanos, hacérselo ver a todos ellos y convencerlos de que se ofrece una forma diferente y mejor de resolver, en este caso, las cuestiones económicas, que al fin y al cabo son todas las que afectan más directamente a su vida diaria.

 

Lamentablemente, el clamoroso silencio de la Conferencia Política acerca de la política económica del Partido Popular no contribuye para nada a mejorar las opciones electorales del Partido Socialista, que pierde así sentido frente a su tradicional base de izquierda para no ganar nada de esa forma entre los votantes de centro.

 

Además, tal silencio es doblemente desagraciado si se tiene en cuenta que las política económica del Partido popular no sólo no es capaz de lograr que España vaya bien, como nos quiere hacer creer el Presidente Aznar, sino que provoca desajustes económicos graves y efectos muy negativos en la mayoría de la población.

 

Justamente por eso, y si el Partido Socialista se propone ofrecer una propuesta de gobierno sinceramente encaminada a la transformación social que él mismo postula cuando habla de política y de derechos sociales, es necesario que se fortalezca el análisis, la crítica y la denuncia de la política económica de los populares. Es preciso dar respuesta al fundamentalismo financiero que limita la capacidad de respuesta macroeconómica frente a las variaciones del ciclo económico. Es necesario denunciar la política de privatizaciones que ha saqueado el patrimonio público para dárselo a los intereses privados de por sí más poderosos, y hace falta hacer frente a la continua precarización de las relaciones laborales, a la pérdida de competencia en los mercados (especialmente en los que se habían privatizado afirmando que así habría mejores servicios y precios más bajos), al empeoramiento en la distribución de la renta y a la práctica de regalismo y privilegios que denota, por ejemplo, el escándalo de Gescartera. Incluso es imprescindible evitar que desaparezcan hasta los propios instrumentos estadísticos que hasta ahora venían permitiendo realizar un seguimiento de muchos de estos aspectos. Y es imprescindible, a su vez, que esta crítica lleve a construir propuestas de actuación diferentes y más favorables a los intereses generales de la sociedad.

 

Naturalmente, puede estar ocurriendo, como ya sucediera en otros momentos, que algunos destacados dirigentes del Partido Socialista no estén dispuestos a realizar estas críticas y a apostar por una política distinta sencillamente porque, en el fondo de su pensamiento ortodoxo, estén de acuerdo con las grandes coordenadas de las que se deriva la política económica del gobierno Aznar y que son realmente predominantes en la Unión Europea y en casi todo el mundo. Es decir, que sus propuestas y las del gobierno no tengan distintos colores, sino tan sólo suavísimas diferencias de tonalidad.

 

Son los que generalmente nos quieren hacer creer que no hay alternativa posible, olvidando hechos tan obvios como las diferencias de política económica en Francia o el Reino Unido, por poner un ejemplo. Y, en cualquier caso, olvidando que la razón última de la política de la izquierda es el compromiso ético para transformar la sociedad, no para aceptar pasivamente lo que viene ocurriendo.

 Es una evidencia que en el mundo en el que vivimos la autonomía de un gobierno para llevar a cabo una política económica diferente es muy limitada y que los intereses económicos y políticos más poderosos han sido capaces de generalizar su discurso, su pensamiento económico y la práctica que más les conviene. Pero, justamente por ello, es más necesario que nunca tratar de vencer esas resistencias. Puede gustar o no hacerlo, pero lo cierto es que intentarlo es la única razón de la izquierda. Hay silencios clamorosos que no disimulan nada. Sólo llevan a la derrota y al ostracismo.

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