Razón de imperio

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A punto de estallar otro enfrentamiento bélico, el planeta presenta mucho más laramente su realidad paradójica y el discurso irrealista con el que se pretende justificarla.

 

La globalización que pareciera ser el régimen que implica más interconexión y proporcionalidad se convierte en un proceso de asimetrías constantes en el que losnúcleos de poder son cada vez más potentes, mientras que son también cada vez máslos espacios y las personas que se ven excluidos de los mismos.

 

La uniformización y el equilibrio que intuitivamente cabe esperar de cualquierforma globalizada se sustituye en realidad en nuestro mundo por una amalgama detrozos fragmentados y de estrepitosas desigualdades que hacen realmente imposible contemplar la globalización como una expresión plural y auténticamente generalizadoradel progreso.

 

El capitalismo ha sido históricamente un modo social en deriva continuada haciala expansión. La búsqueda de nuevos mercados animaba a saltarse permanentementelas fronteras, a hacer que las mercancías pasaran por encima de los límites nacionales y a establecer regímenes de apropiación que garantizaran el suministro adecuado a las metrópolis centrales. Esa deriva ha concluido haciendo saltar literalmente las fronteras nacionales y procurando que el mapa de la producción fuese la única cartografía válida para referenciar las relaciones sociales de todo tipo. La búsqueda de nuevos mercados y el intento de entretejer uno sobre otro y todos ellos por encima de los propios Estados ha terminado, gracias a una inmensa revolución tecnológica, conformando un único mercado mundial como expresión principal y más genuina de la globalización.

 

Aquellas estrategias de expansión se realizaban tratando de fortalecer y al mismo tiempo basándose en el Estado nación, pero han terminado por debilitarlo hasta el punto de que su presencia es apenas perceptible en la hora de las grandes decisiones, en el momento de establecer las determinantes y las lógicas sociales de nuestro tiempo. Aunque, al mismo tiempo y de forma bien paradójica, las tensiones intranacionales sean seguramente más potencialmente disgregadoras que nunca.

 

El poder soberano que había sido inherente al Estado nación, de conformación explícita y de geografía evidente, ha sido sustituido por una especie de soberanía imperial desdibujada, sin territorio, o mejor dicho, capaz de ejercerse en cualquiera de ellos de forma que es casi imposible contemplar con nitidez su rostro, como muestra lo difícil que resulta conocer con precisión quiénes son los que nos gobiernan y desde qué lugares exactos lo hacen.

 

Mientras que en la época de la expansión pre-globalizadora el capitalismo era un régimen productivo en continuo estado de producción de normas y reglas, generador de un orden  institucional más o menos discutido pero socialmente perceptible, el planeta funciona ahora sin que sepamos exactamente cuál es el lugar de dónde nacen las leyes, quién establece las normas, cuando estas existen, o con qué criterios se van modificando para poder hacer frente, según convenga, a cada uno de los distintos escenarios sociales, políticos o económicos que se van produciendo. A diferencia del poder de forma más tradicional, que tenía una ubicación y una expresión política bien definidas, el poder de decidir en esta época globalizadora es un fenómeno transversal, diluido, opaco, institucionalmente imperceptible, oculto… un poder sin lugar, sin sujeción a normas que no sean las que derivan de su propio ejercicio.  <

 

En el imperio. Un nuevo poder planetario que se impone como un tridente: las armas, el dinero y la comunicación.

 

En cada uno de esas dimensiones, su fisonomía concreta es diferente y también es distinta su administración pero en los tres aparece como elemento común la opacidad y la desubicación. Ni tan siquiera el poder militar es ejercido efectivamente por los presidentes o los comandantes de la guerra que aparecen en los telediarios sino por industriales y empresarios de rostro comúnmente desconocido a la búsqueda del control económico o de las fuentes energéticas.

 

Tan oscuro es el rostro del nuevo poder como difuso el discurso en cuya razón se ejerce. ¿Dónde están las razones con fundamento científico o de acuerdo social que justifiquen el desorden financiero actual, el régimen de costosísima libertad para los capitales, la imposición de las políticas deflacionistas, el sistema desigual de reglas comerciales o el desmantelamiento de las estructuras de bienestar o protección social?

 

No hay más respuesta que el silencio con el que no queda más remedio que contestar también cuando uno se pregunta por la justificación sincera de la guerra preventiva, por la razón que puede justificar hablar de guerra justa cuando ni siquiera existen dos bancos en contienda.

 

Si en el ámbito de poder militar las decisiones finales vienen de la industria en el campo de la economía el poder se diluye completamente bajo la falacia de un concepto de mercado global construido sobre la estúpida creencia de que éste es ajeno a cualquier influencia exógena al mundo de la mercancía. Y, mientras tanto, los guionistas del poder mediático en la sombra escriben el relato con el que pretenden hacernos creer que lo que está sucediendo es la expresión de nuestra razón compartida.

 

Mientras que la inmensa mayoría de la opinión pública reclama la paz, se prepara la guerra, a pesar de que los ciudadanos afirman que su principal problema es el paro o la precariedad y la inseguridad económica, los gobernantes se empeñan en hacernos creer que lo justo es lograr los deficit cero. Mientras el mundo se hace cada vez más desigual, los medios nos narran una realidad increíble.

 

Tratamos de encontrar respuestas a la irracionalidad del despilfarro, a la inhumana imposición de tanta injusticia, el por qué de las armas… queremos encontrar la razón que pudiera justificar tanta barbarie, pero no la hay. Sólo existe una razón que en realidad no lo es: se hace la voluntad del  imperio, del poder cuyas entrañas no llegaremos a conocer bien pero que gobierna desde las sombras cada minuto de nuestras vidas. La suerte, como en Irak, está echada.

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