Razones humanitarias

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Pocos días después del golpe de Estado de Augusto Pinochet daba la vuelta al mundo una foto en la que se veía a la cúpula de la Iglesia Católica de aquel país abrazando al general. Ahora, años más tarde y a la espera de juicio en un país extranjero por torturas y crímenes, un Ministro del Ejército le hace entrega de un crucifijo y la foto del acto vuelve a dar la vuelta al mundo. Curiosa forma de entender el mensaje de amor y paz que muchos quieren ver en la vida de Jesús.

 

Sorprendente manera de vivir el mensaje de Cristo. Con sus manos manchadas de sangre y con su vida marcada por la muerte injusta de sus conciudadanos parece querer decirle al mundo entero que tiene la conciencia tranquila y que no es sino un soldado de fe perseguido injustamente, que vive sus últimos días de nuevo bendecido por la bondad del Señor y encarcelado por los enemigos de Dios.

 

Detenido para su vergüenza, debe contener ahora su orgullo de criminal para pagar por sus crímenes y para hacer frente a las responsabilidades que se derivan de su mandato sanguinario. Y su alma debe estar rebelándose ante la suprema desgracia que es, según decía La Fontaine, haberla merecido. Debe sentir la misma herida que siente quien se cree superior y elegido pero resulta, al fin, sumido en el desprecio y en el hedor de la culpa inconfesable. Debe macerarse sabiendo que le piden cuentas en nombre de la justicia aquellos mismos a cuyos padres o hermanos él mismo ordenó asesinar o de cuya vida dispuso como una especie de Supremo Hacedor en la Tierra.

 

Yo no creo que la justicia que él pisoteó deba volverse ahora contra él con venganza. Que se le trate con justicia, y no con su propio sentido de la virtud, es la mayor muestra de generosidad que puede recibir. Esa es la justicia civilizada que él mancilló. Se le debe juzgar sin pasión, sin crueldad, con conmiseración y con serenidad. Es decir, de la manera en la que él nunca actuó. Pero debe haber justicia.

 No puede rehuir la evidencia de sus crímenes, la crueldad de su gobierno, la desproporción de su venganza, la ruindad de sus designios y la frialdad con que estableció un régimen de terror y tortura. Si su alma no se estremeció cuando sus secuaces cortaban las manos, cuando aplicaban electrodos a mujeres embarazadas, cuando los gritos de dolor de miles de personas inocentes se elevaban desde las celdas de tortura donde les dislocaban los brazos, les arrancaban las uñas o les quemaban cigarrillos en sus cuerpos, ahora debería tener serenidad suficiente para hacer frente a su responsabilidad. Entonces fue un militar cobarde. Ahora podría terminar su vida como un hombre valiente si hace frente con honor a su desgracia, que no es otra que la de no poder evadirse de una justicia que el quiso despreciar. 

Ni tan siquiera se trata de condenarlo por adelantado, por mucha que sea la evidencia de su talante y de los crímenes que se cometieron bajo su mandato dictatorial. Se trata, sencillamente, de que al menos comparezca, de que sea juzgado, de que no quede impune su conducta.

 

Por eso es mucho más que sarcástico que ahora se aleguen razones humanitarias por quien nunca perdonó, por quien condenó a la muerte o a la desgracia sin juicio alguno, por quien nunca supo lo que fue la generosidad con el vencido, por quien jamás reconoció el derecho a la vida del otro, por quien no dio oportunidad alguna a su adversario. Dramática paradoja.

 Sorprende sin duda que quienes sacaron pecho con tanto ímpetu se acobarden luego cuando han de hacer frente a su responsabilidad, cuando deben demostrar que son valientes no por torturar y valerse de su superioridad militar sino por asumir su condición, su historia y su moral de vencedores sin piedad. Sorprende de verdad que el viejo Pinochet termine su vida como un cobarde asustadizo que tiene miedo de ser juzgado. Aunque quizá no sea miedo lo que tenga, sino una inmensa y enfermiza rabia de pensar que no puede actuar otra vez y con la contundencia de antaño contra sus enemigos de siempre, los demócratas y los que creen que ningún ser humano es dueño de la vida y del pensamiento de ningún otro. Si supiera que de nuevo sus esbirros pudieran encerrar a un puñado de jueces en una sala hedionda para quemarle los testículos seguro que recobraría su paz interior. Pero eso ya no podrá ser. Aunque lo suelten por razones humanitarias no podrá recobrar ese sosiego. Ya nunca descansará en paz.

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