Sobre la ida y vuelta al liberalismo de la economía y del derecho

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En Revista de la Facultad de Derecho de la Universidad de Granada, 3-2000.

Hoy día resulta obvio señalar hasta qué punto el análisis económico está impregnado de la ideología liberal. Hace unas décadas podía pensarse que el liberalismo decimonónico había sido derrotado para siempre en el pensamiento económico de la mano de autores como Keynes, Pigou, Samuelson, Solow, Myrdal, Robinson… por no citar sino a algunos de los que quizá son más conocidos.

Pero desde hace unos años la ideología liberal, que en realidad nunca había dejado de tener presencia en la Academia, renació con ímpetu de sus cenizas y logró, gracias a otros cambios sociales a los que aludiré después, superar incluso el grado de hegemonía del que disfrutó el keynesianismo en los “años gloriosos” para convertirse en el referente dominante del pensamiento económico convencional.
Este renacimiento del pensamiento liberal ha tenido dos características singulares.

En primer lugar, que está teniendo una enorme y real influencia en la política y en el gobierno de la acción social. Su renacimiento no se ha producido en forma de un discurso teórico alejado de la práctica sino que ha sido, por el contrario, una determinada practica de gobierno la que ha encontrado en la retórica liberal su mejor y necesaria justificación teórica.

En segundo lugar, la economía liberal ha renacido proyectándose con indudable fuerza e influencia sobre todos los demás ámbitos del pensamiento. El discurso económico se ha convertido en una especie de lenguaje universal. Cualquiera puede comprobar el efecto taumatúrgico que tienen los conceptos, en realidad muchas veces vacíos y casi siempre polisémicos, que conforman la jerga oscura y soterrada del economista convencional pero que calan irremisiblemente en todos los campos de las ciencias sociales. No es exagerado decir que la economía liberal de nuestros días ha sido la que ha contribuido principalmente a generar la homogeneización de las categorías y de las claves esenciales del pensa miento social en general, de forma que, en cualquier lugar del mundo, casi en cualquier ámbito doctrinal, se toman como inexcusables las mismas referencias intelectuales. Conceptos como mercado, eficiencia, competitividad, individuo, globalización… constituyen los códigos referenciales y omnipresentes de un nuevo lenguaje muy distinto al de la época inmediata mente anterior (Estado, solidaridad, equidad, desarro llo…) y a los que no parece que pueda renunciar ningún pensador que se precie, o que no renuncie a la cálida cobertura de un pensamiento que no sólo merece el calificativo de “único” sino más bien el de “fácil”, por muy omniscientes que sean sus pretensiones.

Se trata del lenguaje homogéneo de una “moderni dad” que se vive en la “aldea global” y en cuya virtud se explica, se racionaliza y se justifica, al mismo tiempo, el universo de la producción, el microcosmos de la individualidad y el entorno de la legitimación y del poder dominantes. Y son sin duda esos términos de la economía liberal los que se usan con mayor avidez para poder explicarlo todo y para dar respuesta a cualquier problema social. Como había soñado Samuelson la economía se convierte en una verdadera Reina de las Ciencias Sociales, pero eso es sin duda a costa, como trataré de exponer más abajo, de tremendas consecuencias, tanto para la propia consistencia del propio pensamiento social como para el bienestar colectivo.[i]

Podría pensarse que esta influencia liminal del liberalismo que viene de la mano de la economía y que implica, como veremos, la renuncia efectiva a la búsqueda explícita de la justicia y de la equidad y su sustitución por un paradigma eficientista de mercado no tiene demasiada influencia en el campo del Derecho, tanto más, si se parte de la hipótesis de que el presupuesto esencial de éste último es, precisamente, la consecución de la justicia y el establecimiento de normas que garanticen la libertad de los individuos y su convivencia social democrática y satisfactoria.

En este artículo no osaré involucrarme, ni tan siquera de lejos, en especialidades del conocimiento que no me son propias, pero me propongo eso sí llamar la atención sobre la progresiva utilización de los conceptos de la economía liberal en ciertos discursos jurídicos, que no considero simplemente anecdótica, y, sobre todo, poner de relieve que es el propio pensamiento liberal y su aplicación práctica el que requiere una concepción del Derecho que sea así mismo coherente con el tipo de ideología dominante en la sociedad. Lo que me lleva a pensar que la ósmosis será progresiva y quién sabe si irreversible[ii].

Es cierto que no se puede generalizar, pero no lo es menos que el mito liberal del mercado, y lo que ello lleva implícito como analizaré enseguida, se asume ya con mucha generalidad, sin ningún disimulo y con ausencia de la más elemental componente crítica como un punto de partida en el discurso jurídico.

En un reciente trabajo, Martín Mateo [iii] afirma que “hoy en día no se cuestiona la libertad de mercado, ni incluso en ámbitos políticos autoritarios, no sólo por su indudable aportación a la ideología de la libertad personal, sino por sus virtualidades de eficacia económica… No hay artilugio económico superable (sic) al del mercado…”.

Se trata de una hipótesis de partida que creo sería compartida por la mayor parte de la profesión pero que, en realidad, está repleta de generalidades carentes de la más absoluta evidencia empírica (ni se puede asociar libertad de mercado a libertad personal, como demuestra que los países que más han profundizado en la libertad de mercado hayan sido los que menos han respetado la libertad personal, y viceversa, los que más respeto han demostrado a la libertad personal son los que más contundentemente han limitado las imperfecciones y los fallos del mercado) y que para colmo se niega a sí misma unas líneas más tarde cuando dice que “la aplicación de la ley (sic) de la oferta y la demanda presenta dificultades cuando no es fácil precisar la utilidad marginal real del bien adquirible…”. Quienquiera que se haya tomado la molestia de hurgar en los primeros capítulos de cualquier manual de economía sabe que lo que Martín Mateo entiende por “ley de la oferta y la demanda” constituye el sostén del mercado, de manera que si no funciona, no funciona tampoco el mercado y que, al mismo tiempo, la “utilidad marginal” es un simple concepto abstracto imposible de “precisar” en la realidad bajo ninguna circunstancia. En consecuencia,  de las propias sentencias de Martín Mateo resulta, paradójicamente, que ese “artilugio económico insuperable” no puede funcionar nunca, porque en la realidad nadie es capaz de precisar la utilidad marginal.  De sus propias palabras se deduce, entonces, que nadie cuestiona un artilugio que, según los requisitos que él mismo establece, nunca puede funcionar.

En fin, no sólo se asume sin más que el mercado constituye un mecanismo perfecto y de referencia esencial para estudiar los asuntos sociales, sino que, además, cuando se utiliza el paradigma económico liberal en otros campos se le suelen asociar propiedades que muy posiblemente no reconocería ni el más radical de los economistas liberales.  El mismo Martín Mateo proclama más adelante [iv] “la fascinante proclividad (del mercado) para beneficiar a todos los participantes”, lo que no puede sino llevar a pensar que debe estar hablando de un mundo radicalmente distinto al que podemos encontrar en la realidad económica y social  de nuestro planeta “de mercado”, donde, como es obvio, no prima la satisfacción igualitaria de todos los individuos, sino las desigualdades y el empobrecimiento de la mayoría de la población.[v]

Del mercado, a la sociedad de mercado

Como ha puesto de manifiesto Polanyi [vi], el concepto de economía tal y como lo conocemos nace con los fisócratas franceses justo cuando aparece también la institución del mercado como mecanismo de oferta-demanda-precio.[vii]

En realidad, los mercados habían existido desde mucho tiempo atrás, pero lo novesoso sería que se comenzaba a producir interdependencia de los precios fluctuantes como consecuencia, a su vez, de la expansión de la actividad comercial. Existían, efectivamente los mercados y existían, pues, los precios pero vinculados tan sólo a cierto tipo de actividades comerciales y bancarias, precisamente, porque solamente determinados comerciantes y los banqueros utilizaban el dinero.

La transformación radicó, inicialmente, en la infiltración del comercio en la vida cotidiana aunque eso no podía bastar para generalizar la existencia de mercados, tal y como hoy día los conocemos. Era preciso que se produjeran desarrollos institucionales complemen tarios, el primero de los cuales fue la transformación de los mercados locales y muy controlados en otros donde los precios fluctuaban más o menos libremente. Y, además, que se incorporasen a la dinámica de intercambio de los mercados todos los factores de la producción, la tierra y el trabajo humano.

Al incorporarse éstos al mercado y al generarse paulatinamente una completa interdependencia de los precios (que incluían ya salarios, alimentos y rentas) se estaba manifestando, en palabras de Polanyi [viii], “una realidad sustantiva desconocida hasta entonces” . Su reconocimiento más elemental lo realizó primero Quesnay, pero fue después A. Smith quien lo sistematizaría de modo definitivo, consolidando así el nacimiento de la Economía Clásica como conocimiento científico, al vincular los precios a la existencia de mercados competitivos.

Una característica singular de esta Economía Clásica fue, sin embargo, que no terminaría por considerar a esa nueva realidad como estrictamente separada del conjunto de actividades sociales. De hecho, la permanencia del más antiguo término de “Economía Política” hacía referencia explícita a la vinculación permanente entre la actividad económica con el conjunto de las instituciones sociales y con las prácticas de gobierno dominantes.

Sin embargo, a su socaire se iba produciendo una identidad esencial y que estaría en la base de los desarrollos posteriores del pensamiento económico: la que se quiso ver entre la nueva institución de los mercados interdependientes y el conjunto de la vida social. Así lo expresa, entiendo magistralmente, el ya citado Polanyi [ix]: “Al cabo de una generación el mercado formador de precios que anteriormente sólo existía como modelo en varios puertos comerciales y algunas bolsas, demostró su asombrosa capacidad para organizar a los seres humanos como si fueran simples cantidades de materias primas, y convertirlos, junto con la superficie de la madre tierra, que ahora podía ser comercializada, en unidades industriales bajo las órdenes de particulares especialmente interesados en comprar y vender para obtener beneficios. En un periodo extremadamente breve, la ficción mercantil aplicada al trabajo y a la tierra, transformó la esencia misma de la sociedad humana. Esta era la identificación de la economía y el mercado en la práctica. La esencial dependencia del hombre de la naturaleza y de sus iguales en cuanto a los medios de supervivencia se puso bajo el control de esa reciente creación institucional de poder superlativo, el mercado, que se desarrolló de la noche a la mañana a partir de un lento comienzo. Éste artilugio institucional, que llegó a ser la fuerza dominante de la economía -descrita ahora con justicia como economía de mercado-, dio luego origen a otro desarrollo aún más extremo, una sociedad entera embutida en el mecanismo de su propia economía: la sociedad de mercado”.

El problema de esta confusión, o la “falacia económica” como dice Polanyi, consistió, pues, en que lo que efectivamente era la práctica de la economía envolvió por completo a la sociedad.

Ahora bien, para que ello fuese posible se necesitaba generar al mismo tiempo motivaciones y valores que permitieran identificar en la práctica social esta confusión entre mercado y sociedad. Era imprescindible propiciar un “estilo de vida, como dice también Polanyi, capaz de proporcionar nuevas imágenes del hombre y de la naturaleza, criterios de conducta y una moralidad práctica que permitiera organizar la sociedad en el contexto de esa confusión.

Sin embargo, la economía clásica estaba radicalmente limitada para ello en la misma medida en que era todavía una economía “política”, que no dejaba de conceder un papel determinante a la acción humana convertida en voluntad de gobierno, en política, y en la medida en que incluía como un asunto central de la problemática económica -sometida, por lo tanto, a la política- a la distribución de la riqueza. En otras palabras, dejaba la posibilidad de que los propios agentes económicos interfieriesen en la pauta de reparto existente.[x]

Por ello, el salto hacia una doctrina que se desentendiera de esos lastres y proporcionara las bases del “estilo de vida” de la sociedad de mercado fue una simple cuestión de tiempo. Debería ser una doctrina que estableciera de manera “científica” el determinismo del mercado sobre toda la sociedad como la ley general de toda la sociedad. Una vez más, las palabras de Polanyi [xi]: “El Estado y el gobierno, el matrimonio y la crianza de los hijos, la organización de la ciencia, la educación, la religión y las artes, la elección de profesión, los tipos de vivienda, la forma de los asentamientos, la estética misma de la vida privada, todo tenía que concordar con el modelo utilitario, o al menos no interferir en el funcionamiento del mecanismo de mercado. Pero, puesto que muy pocas actividades humanas pueden realizarse sin nada -hasta un santo necesita su altar-, los efectos inmediatos del sistema de mercado llegaron casi a determinar por completo el conjunto de la sociedad. Fue casi imposible evitar la conclusión de que, así como el hombre “económico” era el hombre “real”, el sistema económico era “realmente” la sociedad”.

Tal era el problema planteado y que resolvió con un modelo teórico de ingenio y formalismo magistrales la que luego se conoció como economía neoclásica o marginalista.

El paradigma liberal: la mitología del mercado[xii]

El primer paso de dicho modelo consiste en convertir a los seres sociales en “agentes económicos” que no son sino átomos de un universo específico, el que tiene que ver con los recursos que satisfacen sus necesidades. Complementariamente, se parte del supuesto de que el máximo grado de satisfacción al que se supone que aspiran únicamente puede conseguirse como resultado de la acción individual y, al mismo tiempo,  que no puede haber otra referencia para la evaluación de esa satisfacción que no sea el bienestar individual de cada uno de los agentes que intervienen en las relaciones económicas.

Se supone además que los individuos son agentes completamente racionales y buscadores de la mayor satisfacción posible, bien sea de su utilidad cuando actúan como consumidores, bien de la ganancia cuando se trate de empresas .

A partir de ahí, éstos maximizadores racionales se enfrentan a una dotación de recursos dada, y siempre escasa a tenor de la estrategia maximizadora dominante. Proceden, entonces, a efectuar eleccio nes, así mismo racionales, para lograr que su uso sea el que les proporcione la mayor utilidad, lo que necesaria mente implica que se utilizarán en su uso más valioso, esto es, conformando combinaciones entre ellos que sean los más “económi cas” posibles, es decir, técnicamente (desde el punto de vista de los costes de cada uno) eficientes.        

El propio desarrollo natural de los intercambios proporciona una estructura natural y típica, que es el mercado, para que esas decisiones se lleven a cabo, para que sea posible lograr la optimalidad deseada y la eficien cia necesaria y para que la elección de los agentes pueda llevarse a cabo con las necesarias referencias (los precios) sobre el valor de las cosas y sobre las condiciones en que puede obtenerse la mayor utilidad . El mercado no es sino el ámbito en el que se realizan los intercambios, es decir, una estructura donde la demanda y la oferta manifiestan sus opciones sobre las cantidades disponibles y los precios dispuestos a pagar por cada una de ellas, a partir por supuesto de los anteriores criterios de maximiza ción y raciona lidad. El precio determinado a partir del encuentro libre entre oferta y demanda es la expresión del valor y lo que permite alcanzar el equilibrio.

Hasta aquí, los supuestos de la teoría económica liberal no implicaban una ruptura sustancial con los puntos de partida de la economía clásica, si se considera a ésta vinculada también con el utilitarismo y con el individualismo en boga desde tiempo atrás, aunque suponía un adelanto formidable en la medida en que fue capaz de formalizar estos presupuestos para desencadenar a patir de ellos otras hipótesis que justificaran la idea de que el mercado era un mecanismo regulador perfecto y capaz de provocar la satisfacción de todos los individuos.

Esto último requería supuestos añadidos, si se tiene en cuenta, por ejemplo, que el propio Smith, al que se considera el padre del liberalismo económico, reconoció que en la realidad los mercados tendían al monopolio y a la imperfección. Y de hecho no podía reconocer otra cosa quien pusiese en primer plano el análisis de los hechos, pues el más elemental conocimiento histórico ha mostrado siempre que, como dice Braudel [xiii], “el mercado ha sido siempre monopolizador”.

Efectivamente, para que pudiera demostrarse que el mercado proporcionaba un equilibrio plenamente eficiente, de máxima utilidad para todos los intervinientes en el intercambio, debían concurrir inexcusable e integramente una serie de condiciones que caracterizarían a lo que entonces se llamó en el análisis teórico un “mercado de competencia perfecta”. A saber: que haya un número suficientemente elevado de oferentes y demandantes de modo que ninguno de ellos tenga capacidad de influir sobre los resultados o las condiciones del intercambio; que exista información perfecta y gratuita al alcance de todos los agentes; que no establezcan barreras de entrada o salida al mercado, para que puedan incorporarse cuantos agentes adicionales lo deseen; y plena homogeneidad en los productos que se intercambian para que la diferenciación de los mismos no proporcione ventajas a algunos oferentes.

Estas son condiciones relativas al funcionamiento mismo del mercado pero son necesarias también una serie de reglas o de normas en su entorno, una definición previa de los derechos y restricciones que tiene cada agente, precisamente, para que pueda funcionar como tal. Aunque a la hora de establecer tales derechos no hace falta ningún tipo de juicio estratégico o discriminante previo. Basta con que se sometan a una única y sencilla condición esencial: que respeten y favorezcan el intercambio y el ejercicio de la propiedad en el mercado. A partir de ahí, lo que deben hacer estos derechos es justamente no hacer nada, dejar que todo lo necesario lo haga el mercado. Como dice con meridiana claridad Polinsky [xiv], “en condiciones de competencia perfecta, alcanzada la eficiencia social mediante la búsqueda individual de la máxima ificacia, el Derecho no es más que una estructura redundante”.

Bajo otros supuestos subsiguientes a los que no hace falta hacer referencia ahora se deduce que los intercambios que se llevan a cabo bajo este régimen de competencia perfecta propor cionan una solución de equilibrio óptima, una situación comúnmen te denominada como “Óptimo de Pareto”, que es de equilibrio y óptima porque se demuestra que no podría lograrse ninguna mejora en el bienestar (en la utilidad) de cualquier agente sin empeorar simultánea mente la de cualquier otro.

Bajo todas estas condiciones que he resumido brevísimamente, y sólo desde su estricto cumplimiento puede deducirse del modelo neoclásico que el mercado (sólo el de competencia perfecta) proporciona la máxima satisfacción para quienes intervienen a su través en el sistema de intercambios. La economía liberal neoclásica proporciona, pues, un cuerpo teórico que permite identificar el mercado y los resultados que proporciona con el orden adecuado y deseable del intercambio.

Puesto que se entiende, además, que el orden del intercambio es el único “capaz de integrar a toda la humanidad, en expresión de Hayeck [xv], resulta entonces que el orden del mercado no es sino el verdadero “orden natural”, capaz de proporcionar la máxima satisfacción social de manera autónoma, sin intervención exógena alguna, en virtud tan sólo del juego de la cataláctica, esto es, con el máximo respeto a la libertad individual.

La crítica del modelo y su renacimiento: el neoliberalismo

[i]. Esa pretensión ha llevado a que se hable de “imperialismo económico”. Vid. Radnitzky , G. y Bernholz, P. (ed.). “Economic Imperialism. The Economic Method Applied Outside the Field of Economics”. New York. Paragon House Pubs. 1987 y  Torres, J. “Análisis Económico del Derecho. Panorama Doctrinal”. Madrid. Tecnos 1987, pp. 89-92

[ii]. En otros trabajos he tratado de poner de manifiesto la naturaleza de la influencia que el modo liberal de entender la economía tiene sobre el campo específico del análisis económico del derecho, asunto del que no me ocuparé ya en estas páginas. Vid. Torres, ob.cit. y “Una reflexión global sobre el Análisis Económico del Derecho. La hipoteca del convencionalismo”, Epílogo de Montero, A. y Torres, J. “La Economía del delito y de las penas. Un análisis crítico”. Granada. Ed. Comares, 1998,

[iii]. Martín Mateo, R. “El marco público de la economía de mercado”. Madrid. trivium 1999, p. 28.

[iv].Ibidem., p. 32.

[v]. Esta especie de fe en el mercado, pues se sostienen sus bondades sin que se presuponga necesario cualquier tipo de contrastación empírica de las mismas, y de la que me ocuparé al final de este artículo, es lo que ha permitido hablar de la “metafísica del mercado” (Musolino, M. “La impostura de los economistas”. Buenos Aires. Ed. de la Flor. 1998, pp.137 y ss.) o a los teólogos de la liberación de “idolotaría del mercado” (abundantes referencias bibliográficas en “Seminario Teología o idolatría del mercado“. En Cuadernos Cristianisme i Justicia nº 84, 1998, pp. 3-29). También Galbraith afirma que la retórica del mercado posee una “cualidad teológica que la eleva por encima de cualquier exigencia de comprobación empírica”. Galbraith, J.K. “Economics in Perspective. A Critical History”. Boston. Houghton Milfhis Comp. 1987, p. 286.

[vi].Polnayi, K. “El sustento del hombre”. Barcelona. Biblioteca Mondadori 1994, p. 78.

[vii]. El nacimiento de esta “nueva” economía es así mismo el resultado de un giro copernicano en la comprensión de las relaciones entre los individuos a la hora de satisfacer sus necesidades, de la actividad económica, que implica sustituir la perspectiva basada en las actividades reales de sustento que procedía de Aristóteles por otra concepción centrada en los valores monetarios. Sobre la naturaleza de este cambio Vid. “Naredo, J.M. “La economía en evolución”. Madrid. Siglo XXI, 1992.

[viii]. Polanyi, K., ob.cit. p. 79

[ix]. Ibidem., p.81.

[x]. Es muy significativo, en este sentido, que el propio desarrollo de esta economía clásica estuviese directamente vinculado a la participación de los economistas en el debate político del día sosteniendo posiciones que implicaban opciones de reparto claramente dispares para los diferentes grupos sociales. De hecho, fue paralelo, de la mano de la primitiva sociología, al reconocimiento de las clases sociales con intereses más o menos contrapuestos.

[xi]. Polanyi, K., ob.cit., pp. 84-85.

[xii]. En este apartado sigo básicamente una parte de Torres, J. “Las alternativas imperfectas en economía. La naturaleza del problema económico”, en Muñoz, F. (coord.). “La paz imperfecta”. Instituto de la Paz y los Conflictos. Universidad de Granada, de próxima aparición.

[xiii]. Braudel, F. “La dynamique du capitalisme”. París. Arthaud 1985.

[xiv].Polinsky, A.M. “Economic Analysis as a Potentially Defective Product: A Buyer’s Guide to Posner’s Economic Analysis of Law”. Harward Law Review, 87, pp.1655-1687.

[xv]. Hayeck, F. “Derecho, Legislación y Libertad”, vol II. Madrid. Unión Editorial, p.202). El propio Hayeck es consciente de que “la sugerencia de que, en el aludido aplio sentido, los lazos sociales correspondientes a la Gran Sociedad son de carácter “meramente económico” (o más exactamente “cataláctico”) produce un vigoroso rechazo emocional”, pero él mismo indica que “sin embargo, se trata de algo que difícilmente puede ser negado, como tampoco cabe escapar a la conclusión de que, para una sociedad de las dimensiones y complejidad de las modernas, no existe solución alternativa” (Ibidem, p. 201). Sobre esta idea abunda en otra obra en la que afirma  que “no hay más opciones que el orden gobernado por la disciplina impersonal del mercado o el dirigido por la voluntad de unos cuantos”. Hayeck, F. “Camino de Servidumbre”, Madrid. Alianza Editorial, 1976, p. 241.

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