Soluciones que no lo son frente a la crisis

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Publicado en Revista Fuco Buxan nº 25, noviembre de 2008

Cuando estallaron las quiebras bancarias en Estados Unidos hace ahora más de un año, los gobernantes y economistas vinculados al poder afirmaron que se trataba tan solo de una crisis hipotecaria reducida al ámbito estadounidense.
No decían la verdad porque era conocido que los «paquetes» con títulos hipotecarios de baja calidad estaban esparcidas por todo el sistema bancario mundial. Los grandes adalides de la globalización financiera (en realidad la única que auténticamente existe) no se habían enterado de ello, de que el sistema financiero mundial conforma desde hace años un todo entrelazado.
Tampoco llevaban razón cuando afirmaban que se trataba solo de una crisis hipotecaria. Era fácil advertir (yo mismo lo hice en un artículo de septiembre de año pasado) que los problemas de balance a causa de las hipotecas basura pronto se traducirían en una crisis financiera global porque los bancos iban a cerrarse unos a otros el grifo de la financiación.
Desde hace meses que la crisis se ha manifestado claramente en su verdadera naturaleza, como una crisis financiera que afecta de lleno a la economía real porque ésta última no puede vivir sin financiación. Pero los gobiernos y las autoridades económicas y monetarias no han sabido dar otra respuesta que inyectar constantemente liquidez para tratar de que con ella se recobrase de nuevo el flujo de financiación a la vida económica.
Nada han resuelto con ello por la sencilla razón de que la confianza en el sistema está rota y porque, además, la liquidez que se inyecta tiende a reproducir las operaciones especulativas y financierizadas que están en la base del problema original.
N siquiera la alternativa de que los bancos centrales se hicieran con los «productos tóxicos» en manos de los bancos, como proponía el Plan de Bush, ha sido suficiente. No podía serlo porque a estas alturas quizá nadie sabe dónde están de veras y porque para eliminarlos del todo serían necesarias sumas mucho mayores que las que puso sobre la mesa la Reserva federal y otros gobiernos.
El plan europeo ha querido ir más lejos, proponiendo directamente la nacionalización de los bancos, adquiriendo los estados una parte de su capital: el intervencionismo que repudian cuando se trata de ayudar a los desfavorecidos aplicado sin pudor alguno para salvar a los ricos.
Pero tampoco será suficiente. Podrá recobrarse así parte de la confianza perdida pero los problemas seguirán manifestándose y no se podrán evitar nuevas quiebras y mayores problemas en el futuro inmediato.
La razón de ello es que no se está atacando de raíz el auténtico problema, que está formado por la conjunción de tres principales factores.
El primero de ellos tiene que ver con las normas que gobiernan el sistema financiero internacional. Echaron abajo la regulación monetaria de los años del crecimiento keynesiano, la que algunos autores llaman la «represión financiera», para liberalizar por completo las relaciones financieras, eliminando controles a los movimientos de capital y estableciendo normas mucho más favorecedoras paara la especulación financiera.
Pero ese proceso, en sí mismo letal porque el dinero no tienen alma y en libertad está condenado a provocar constantemente crisis e inestabilidad permanente, ni siquiera ha sido de verdadera desregulación, como ellos lo llamaban. En realidad, lo que han establecido es una regulación tramposa de las relaciones financieras internacionales, llena de privilegios, de opacidad, de «chanchullos», como dice el premio Nobel de Economía Paul A. Samuelson, de favores, de mentiras, de sobornos y de corrupción. Los bancos centrales han sido cómplices de todo ello, las agencias de rating (encargadas de señalar el valor real de los productos financieros) auténticas empresas corruptas al servicio de los especuladores, los gobiernos entes silenciosos ante todo esto…
La crisis actual no se puede entender sin tener en cuenta estas prácticas vergonzosas y podridas y por eso será imposible salir de ella sin modificar radicalmente esta regulación viciada y corrupta.
Hay que domeñar a las finanzas, al capital financiero aislado de la vida económica real, generar transparencia y honradez en los negocios financieros y nada de ello se está poniendo sobre la mesa.
La segunda cuestión tiene que ver con el papel de los bancos. Sun función en la economía debe ser la de intermediar, llevando el ahorro a los inversores para que estos amplíen el capital y generen riqueza, producción y empleo. Pero en los último decenios se han limitado a trasladar el ahorro a los fondos especulativos, reduciendo así la capacidad de actuación de los sujetos económicos.
Las inversiones multimillonarias del Banco de Santander en medio de la crisis, jugando al monopoly comprando bancos fuera de España mientras los empresarios y los consumidores no tienen financiación para hacer girar la rueda de la economía real, es la mejor prueba de que este sistema bancario se ha convertido en un verdadero parásito.
Ahí está otra causa de la crisis y no se podrá salir de ella sin resolver ese problema, al que tampoco parece que estén dispuestos a hacerle frente.
Finalmente, no hay que olvidar otro factor y es que hemos llegado al final de una situación insostenible: el mantenimiento del dólar como moneda de referencia en las finanzas internacionales.
La moneda estadounidense se ha convertido en una divisa sin salvaguarda real. Solo el poder imperial la mantiene pero es utópico pensar que las finanzas internacionales van a poder seguir girando en torno a un papel que cada vez menos tiene detrás riqueza efectiva, o al menos solvencia económica en la proporción adecuada.
Lo que quiero decir con todo esto es que la crisis financiera que vivimos es un episodio coyuntural, como otros anteriores y como todos, pero que en este caso se superpone en una situación estructural muy especial en la que confluyen problemas de mucho mayor calado.
Por eso, ni la inyección constante de liquidez, ni la recuperación de la confianza, ni la entrada de capital público en los bancos va a ser suficiente. O se dan respuestas a esos factores que acabo de señalar o el sistema financiero internacional se va a pique sin remedio y con él la economía real que esté más fuertemente vinculada con él.
Cuanto más tiempo pase más difícil será dar respuestas adecuadas y mayor será el enroque de los poderes financieros que, lejos de asumir responsabilidades, están tratando de hacerse de nuevo fuertes con el dinero de todos los contribuyentes.
Y, por supuesto, los ciudadanos deberíamos ser conscientes de que no vale igual cualquier tipo de solución, como nos están queriendo hacer creer los gobiernos. Es patético cómo se apoyan unos a otros cuando dan pasos que son contradictorios entre sí, cómo nos venden como imprescindibles medidas que cambian a la semana siguiente. Y es triste la falta de respuesta civil ante todo eso.
Una falta de respuesta que demuestra que frente a la crisis no solo hacen faltan medidas económicas, sino democracia deliberativa para que todos, y no solo los grandes banqueros, decidamos sobre el destino de nuestros recursos. Y, sobre todo, nuevas convicciones morales para evitar la asquerosa vergüenza que significa el hecho de que los mismos gobiernos que son incapaces de reunir 6.000 millones para evitar que mueran al día miles de personas de hambre o por falta de agua, pongan rápidamente sobre la mesa en un fin de semana dos billones de euros para salvar a la banca.

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