Tránsfugas

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Los partidos políticos ponen el grito en el cielo para condenar el transfugismo que padece nuestra vida política. Es normal. Todos ellos han quedado perjudicados en alguna ocasión, aunque olvidan quizá que también todos ellos, igualmente sin excepción, se han beneficiado alguna vez de quienes no han tenido remilgos a la hora de cambiar de partido, de ideología y de compromisos políticos.

 

La verdad es que los partidos llevan razón a la hora de quejarse. Hoy día, no hay forma de vincularse a la vida política que no sea a través de ellos, no se puede participar políticamente si no es incorporándose a su disciplina y no es posible, salvo casos verdaderamente extraordinarios, sentar las posaderas en los hemiciclos si nos se va en las listas electorales que sus ejecutivas conforman. Se quejan, pues, con razón cuando alguno de los suyos deja sus filas, bien para pasarse directamente al adversario o bien para formar un nuevo grupo, pero disminuyendo siempre la influencia de quien pierde cargos electos. Sienten que se les quita lo que es suyo.

 

Fuera de los partidos, desde el punto de vista del ciudadano, también el transfugismo tiene una mala imagen y una consecuencia nefasta, pues se altera verdaderamente el deseo expresado en las urnas, dando lugar a veces a escenarios parlamentarios que son distintos de los que resultaron de las urnas.

 Sin embargo, ambas razones tienen también su otra cara. )Es satisfactoriamente democrático que sólo los partidos, sus aparatos y sus burócratas constituyan los filtros a partir de los cuales se articula la participación política?, )es aceptable que los electos tengan que estar sometidos a la disciplina o a los designios, que pueden ser así mismo cambiantes, de sus partidos de origen?, )está siempre justificado que se guarden eterna fidelidad? Por otro lado, )los cambios de posición de algunos tránsfugas )no pueden estar expresando también los cambios en la opinión de quienes los votaron? 

Supongo que no se le puede dar una respuesta unívoca a estas cuestiones, pero más bien tiendo a pensar que el fenómeno del transfugismo no es tan simple como a veces se le quiere hacer aparecer.

 

No se trata sólo de una conducta que responde a bajas y oscuras razones materiales, a veces sencillamente equivalentes a lograr mejores rentas económicas, más influencia personal o ventajas políticas sobre sus adversarios, y ello de forma torticera, utilizando caminos poco leales y fórmulas nada transparentes. El transfugismo no se puede reducir al simple cambio de partido o de grupo parlamentario, por muy poco legitimado que eso pueda estar realmente. )No es también un tránsfuga el político que olvida sus promesas, el que no cumple sus compromisos, el que no respecta los pactos, el que miente o el que es sencillamente un puro oportunista?

 

No es fácil abordar y resolver el asunto con medidas simplistas. La historia de nuestra transición ha sido la historia de un transfugismo permanente. En realidad, la propia transición ha sido una especie de transformismo político resuelto con habilidad, con compromisos mutuos y con silencio sobre lo que iba quedando guardado en los baúles que ya nadie se atreve a mirar. En sus recientemente publicadas memorias, Jorge Vestringe se defiende de las acusaciones que ha recibido como tránsfuga diciendo que ha tenido epígonos muy famosos y todos muy bien considerados, como Mitterand en Francia o el propio Monarca en nuestro país, que afortunadamente para todos pasó del franquismo a convertirse en el primer demócrata del reino.

 Combatir, pues, el transfugismo con medidas administrativas relativas tan sólo al fenómeno de cambio de filas sería una oportunidad perdida e inútil. Si se quieren eliminar realmente sus efectos perversos se debería reflexionar sobre el papel de la coherencia, del compromiso y de la fidelidad a los electores, sobre la naturaleza misma de la acción política que hoy día predomina. Habría que pensar sobre el papel de los partidos políticos en general y sobre los fundamentos mismos de nuestra democracia que con demasiada frecuencia parece una oligarquía partitocrática.

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