Y ahora Venezuela

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No se había cerrado el recuerdo de la última tragedia y de nuevo la naturaleza se abate sobre otro país pobre, ahora sobre Venezuela. Este fin de milenio que celebramos en los países ricos entre bambalinas, entre guirnaldas y anuncios publicitarios de miles de objetos, la mayoría inútiles, se ha empeñado en recordarnos que el Planeta no tiene eterna resistencia. Cuando se tala la masa arbórea y se construye sobre los flujos fluviales, cuando se destroza el hábitat y cuando, aunque sea como una expresión más de la misma pobreza, se alteran sus equilibrios fundamentales, el Planeta estalla por doquier.

 

Lo malo es que los huracanes, las riadas, los volcanes, las lluvias infinitas y los temblores de tierra descargan siempre sobre las espaldas, que siempre son las mismas, de los más débiles. El Planeta revienta y el más alto precio lo pagan precisamente los que ya han sido antes saqueados, los que no pueden protegerse, los desvalidos y quienes no tienen más cobertura que su propia miseria. Hasta las fuerzas telúricas y los desastres naturales parecen haberse aliado con quienes imponen en nuestro mundo la lógica de la diferencia y la desigualdad por encima del espíritu de reparto y solidaridad. Ni la desgracia se reparte ya equitativamente en nuestro mundo, ni la muerte llega con semejante premura a la casa de los ricos y de los pobres.

 

Mientras nos tomamos estos días los turrones y mientras terminamos con prisas de hacer los regalos de Navidad, millones de personas no podrán regalarse ni un suspiro de bienestar. Medio millón de personas en Venezuela están ahora desplazados, han perdido sus casas ya de suyo miserables y sus pertenencias de poca monta. ¿Qué mundo es este que no permite a los pobres ni conservar su arraigo, ni siquiera que vivan tranquilos en la propia miseria a la que otros los han condenado sin razón ninguna?

 

Muchos millones de seres más, los que pueblan las estadísticas que no suelen merecer la atención de los informativos que se emiten entre los mensajes publicitarios, no tienen nada que celebrar. No podrán levantar la copa para brindar, como nosotros, no sólo porque no tienen neveras donde enfriar cava catalán o champán francés, sino porque no encontrarán razones para festejar rodeados como están de frustración, de dolor y de injusticia.

 

Los gobernantes nos volverán a hablar circunspectos embutidos en sus trajes gris marengo y apelarán una vez más a la responsabilidad de todos y a la generosidad del pueblo para hacer frente a todos los problemas del mundo, pero inmediatamente después de dirigirse a los de abajo, volverán a preocuparse de que sigan funcionando sus máquinas de guerra, sus circuitos comerciales sofisticados donde se ponen las botas los mismos de siempre y los medios de comunicación que permiten crear imágenes fantásticas pero falsas para ocultarnos la realidad de las cosas.

 Mientras tanto, los hombres y las mujeres de buena voluntad se preguntarán aterradas qué es lo que verdaderamente pueden hacer, en un mundo como este que ya parece aborrecer hasta los gestos, para procurar que algo cambie, aunque sea sólo un poco, y pueda aliviarse tanto dolor y sufrimiento. Seguramente, no podremos salir de nuestra perplejidad y seguiremos sintiéndonos impotentes durante mucho tiempo. No es mucho lo que se puede hacer, pero quizá podamos contribuir a que las cosas cambien si, sencillamente, no nos conformamos con lo que hay y empezamos a construir a nuestro alrededor un tipo de vida y de sociedad diferente. Es muy poco, pero hay que empezar por ahí.

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