Austeridad o estímulo frente a la crisis: la prueba de fuego

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Publicado en Sistema Digital el 2 de septiembre de 2010 

Mientras que en Estados Unidos se está discutiendo la necesidad de poner en marcha nuevas medidas de ajuste y unas decenas de eminentes economistas, entre los que se encuentran varios premios Nobel, han firmado un manifiesto reclamando más estímulo gubernamental y créditos fiscales para «poner a América a trabajar de nuevo» (en http://bit.ly/9q9vOE), en Europa se vuelve al fundamentalismo de la estabilidad presupuestaria.

En ambas zonas se percibió hace unos meses que las tasas de crecimiento del PIB se recuperaban y más o menos al mismo tiempo los bancos y las grandes empresas volvieron no solo a tener altos beneficios sino a recobrar la influencia política y el poder de decisión de los tiempos anteriores al estallido de la crisis. La emisión de la deuda pública en mercados muy especulativos y oligopolizados en donde la banca y los grandes financieros tienen la última palabra les dio aún mucha más fuerza y así han podido imponer a los gobiernos medidas de ajuste con la excusa del efecto negativo de la deuda sobre el crecimiento.

Es una razón falsa para encubrir lo que ya se ha hecho en otros momentos y latitudes: utilizar la esclavitud de la deuda (ahora, como casi siempre, generada como resultado de una crisis que ha provocado la banca) para imponer medidas de ajuste que refuercen el poder de los bancos y grandes empresas y que creen mejores condiciones para la rentabilidad del capital.

Sabemos que con ellas no se va conseguir que la economía mejore porque se ha comprobado infinidad de veces que siempre que se han adoptado medidas de este tipo lo que ha ocurrido sin excepción es que la producción y el consumo se resienten y no que crezcan. Y así ocurrirá ahora con más razón porque ni siquiera es cierto que la economía se haya recuperado lo suficiente como para que el estímulo sea ya innecesario.

La prueba es que quienes la proponen no están en condiciones de ofrecer ni una sola razón consistente que justifique su bondad a medio y largo plazo. Las palabras del ministro alemán de Finanzas Wolfgang Schäuble para justificar un nuevo recorte del 80.000 millones de euros que supondrá nuevas pérdidas de salario y derechos sociales son patéticas y expresivas de su falta de argumentos serios: «En Alemania uno de los obstáculos más grandes para el crecimiento económico es la creciente incertidumbre de la gente en cuanto al déficit».
Para entender la naturaleza y las consecuencias que van a tener estos recortes (incluido, por supuesto, el español) hay que en cuenta algunas consideraciones elementales.

Primero, que no es cierto que las economías europeas hayan entrado en fase de recuperación porque las tasas positivas de crecimiento del PIB son bajas y solo el resultado del estímulo exógeno producido por el incremento anterior del gasto. En cuanto su efecto vaya despareciendo como consecuencia del recorte, la actividad comenzará a venirse de nuevo abajo.

Segundo que, incluso aunque siguiera creciendo notablemente el PIB (como ahora ha ocurrido en Alemania) durante dos o tres trimestres, no se puede identificar eso con una recuperación efectiva y que vaya a poder ser sostenida porque ésta no se podrá dar mientras no se produzcan cambios mucho más profundos en el modelo de crecimiento. La mayor parte del incremento de actividad que se ha producido como consecuencia del estímulo ha estado vinculada a sectores y actividades que reproducen la tónica anterior del crecimiento y que ha sido concausante de la crisis. Su pervivencia, unida a la ausencia de reforma financiera alguna, suponen, por el contrario, una amenaza bastante segura de que vuelvan a darse nuevos episodios de crisis a corto y medio plazo.

En concreto, mientras no se consolide la lógica productiva que finalmente vaya a imponerse no se podrá producir una recuperación efectiva y potente del empleo porque las empresas se enfrentan a una gran incertidumbre. Y ésta no tiene que ver nada con el déficit, como dice arteramente el ministro alemán, sino con la demanda y con las posibilidades efectivas de financiación. La enorme presión ejercida este verano por los constructores españoles para lograr que el gobierno limitara el recorte de gasto que les afecta (y, por tanto, completamente ajenos al mayor déficit que eso pudiera producir) es buena prueba de que ese ministro, y quienes defienden lo mismo que él, o no entienden nada de economía o no tienen reparos en engañar a la gente de la forma más descarada.

Tercero, que aún no se ha recuperado el flujo de financiación que requiere la actividad empresarial y el consumo, lo que significa que disminuir el gasto, cuando no hay empleo suficiente, cuando el beneficio de las grandes empresas no va a la inversión productiva sino que se utiliza para concentrar capital y controlar mercados o para alimentar la especulación financiera, y cuando hay déficit de capital social muy importante, no puede provocar sino que caiga de nuevo la actividad o que no se recupere a los niveles anteriores.

Finalmente, la actitud de los diferentes gobiernos europeos que ahora imponen recortes de gasto es equivocada porque no tienen en cuenta que si hay un prerrequisito fundamental de la recuperación es la adopción de medidas coordinadas a escala global. Actuar con diferente orientación y velocidad, sin marcar un orden de escuadra apropiado es lo peor que se puede hacer si se quiere dar solución efectiva a los problemas propios y a los generales. Con el ajuste que llevan a cabo estos gobiernos para someterse a los intereses del capital más poderoso se están situando en la dirección contraria a la del resto de las potencias económicas y Europa va a pagar por ello un precio muy alto económica, social y políticamente. Van a garantizar beneficios a los bancos y a las grandes empresas pero a costa de reducir el mercado interno y de producir un empobrecimiento generalizado, no solo dentro de Europa sino en todo el Planeta.

Además, pisar el freno del gasto cuando la economía justamente carece de demanda suficiente es reforzar la dinámica del ciclo, en lugar de contrarrestarlo, y sabemos perfectamente que esas medidas de ajuste aplicadas con carácter pro-cíclico tienen un efecto negativo aún peor, como se ha podido comprobar recientemente en Lituania o Irlanda.

Las políticas de austeridad que vuelven a imponer los fundamentalistas (los “austerianos”, como los denomina Paul Krugman) no son, pues, verdaderas respuestas a la crisis como se quiere hacer creer a la ciudadanía sino todo lo contrario, son un programa de ajuste más como los que en otras ocasiones se aplicaron en América Latina, África o Asía y que siempre provocaron menos crecimiento, más desigualdad y atraso económico.

Me gustaría equivocarme pero lo que va a ocurrir si los gobiernos europeos, y concretamente el español, siguen con estos recortes es que la actividad se va a resentir ya en este segundo semestre del año, que va a perderse más tejido productivo, que va a aumentar de nuevo el desempleo y la desigualdad y que va a producirse otro retroceso social sin otras contrapartidas que las que reciben la banca y la gran empresa.

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