Ayudar a Centroamérica

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La situación que padecen los países más pobres de Centroamérica es tan dramática que quita las ganas de escribir sobre ella. Es difícil ir más allá de la tremenda conmoción, del dolor profundo que se siente. Cuesta trabajo no caer en la parálisis de la voluntad que siempre conlleva tanta impotencia, frustración e incredulidad. Pero los seres humanos nos distinguimos de los animales porque somos capaces de hacer frente a las calamidades a través de la razón, de la ética y del amor. O, al menos, se supone que nos distinguimos por eso, porque a veces cuesta trabajo creerlo 

Precisamente por ello, creo que es imprescindible hacer unas cuantas consideraciones sobre este drama tan inmenso y no dejarnos llevar, tan sólo, por las reacciones espontáneas.

 

La primera, y antes de cualquier otra, es que toda ayuda es poca. Hoy más que nunca aquellas madres y aquellos niños necesitan tener hijos, padres y hermanos en todo el mundo. Hoy más que nunca es necesario que las personas de buena voluntad sientan que toda la Humanidad es una, y que aquellos niños que lloran, aunque tengan rasgos indios o la piel aceitunada, son exactamente igual que los nuestros. También a ellos les gustaría divertirse con juguetes caros, pero no suelen usar más que palos y latas viejas; también a ellos les gustaría dormir mullidos, pero se acuestan en el suelo; también a ellos les gustaría aprender y conocer el mundo, pero no van a la escuela. Están condenados de antemano, simplemente, porque son pobres.

 

Pero a partir de ahora, ni apenas tendrán palos para divertirse, ni suelos duros para dormir. No tendrán ni siquiera la paz de la pobreza porque han sido condenados, además, a morir sin remedio, a sufrir enfermedades que en los países ricos se erradicaron hace docenas de años, a perder a sus hijos, a sus padres y a sus hermanos. A no tener más patrimonio que sus lágrimas.

 Por eso no hay tiempo ninguno que perder. Cualquier ayuda es necesaria, y toda la que le demos poca. Por cualquier medio que sepamos que es seguro debemos contribuir a paliar el sufrimiento de quienes son hermanos nuestros, aunque vivan lejos. 

Dicho esto, me parece obligado, sin embargo, no pasar por alto otras circunstancias.

 

Hay que ser conscientes de que el drama que están viviendo millones de personas no lo ha causado en realidad el huracán. Por inmenso que sea el poder destructivo de estos fenómenos naturales, sus efectos tan devastadores sólo se producen allí donde los seres humanos están indefensos, donde no tienen medios para protegerse y donde no existen infraestructuras elementales para contenerlo, como sucede en las naciones más ricas y civilizadas.

 

Deberíamos ser conscientes de que estos fenómenos son tan especialmente mortales sólo en los lugares más pobres de nuestro planeta. No nos engañemos, la pobreza generalizada es la verdadera causa del drama de Centroamérica. La destrucción y la muerte que ahora nos conmueven no son la consecuencia de un desastre natural inevitable, sino de una situación social que teníamos la obligación moral de haber evitado.

 

Según los datos más recientes, setenta personas de cada cien son pobres en Honduras, más o menos la misma proporción que en Nicaragua y algo más que en El Salvador. Esa es la verdadera causa de la muerte. ¿De verdad podemos pensar que el huracán hubiera provocado el mismo daño en una nación rica, con buenas viviendas, con buenos recursos de prevención, o con un sistema sanitario adecuado?, ¿no es evidente que estas grandes conmociones naturales sólo se producen, con efectos tan graves, en las regiones pobres?, ¿es sólo fruto de la casualidad que siempre sean los miserables los que sufren las agresiones climáticas?

 

Las estadísticas más fiables nos dicen que casi la mitad de la población de América Latina no puede satisfacer sus necesidades vitales y que el noventa por cien de los menores de dieciocho años es pobre. ¿Le echaremos también la culpa de su muerte a los huracanes?

 

También sabemos que la pobreza de todo el planeta se podría erradicar, según las Naciones Unidas, con sólo el uno por cien de los ingresos mundiales. ¿Tiene también culpa el huracán de que sigan existiendo miles de millones de personas en la indigencia?

 

No debemos olvidarlo: el huracán más devastador que amenaza al mundo no es el «Mitch». Es el de la falta de moral, es el de la criminal falta de solidaridad de los ricos que empobrecen a sus semejantes.

 

Por otro lado, hay que denunciar también un discurso que se impone sibilinamente en nuestras sociedades. Como los gobiernos son corruptos, se dice, debemos procurar que la ayuda
humanitaria corresponda y la obtengan las organizaciones no gubernamentales.

 

Yo mismo soy socio de varias de ellas y colaboro con cuantas me piden mi modesta aportación, pero eso no quita que opine que estamos viviendo un proceso extraordinariamente
perverso y de consecuencias tan negativas como incalculables.

 He dicho más arriba que todos debemos colaborar y que a todos nos incumbe ayudar económicamente en estos momentos trágicos, pero eso no puede sustituir, como se está buscando, al protagonismo mucho más poderoso que han de tener los gobiernos. Es algo elemental. Son éstos quienes tienen medios potentes, quienes pueden establecer condiciones y quienes pueden movilizar recursos financieros suficientes. 

Sin embargo, al socaire de las ideas individualistas y neoliberales que imperan se llega a lo que nos parecía imposible: privatizar incluso la solidaridad y la ayuda humanitaria.

 

Dándole el protagonismo a las organizaciones no gubernamentales se evita que los gobiernos asuman lo que precisa, justamente, de soluciones gubernamentales (dinero, organización, acuerdos, diplomacia, etc.). Así, los gobiernos renuncian a cargar con los costes de la ayuda y procuran que la población conmocionada sienta que ayudar a los más pobres es sólo un deber de conciencia individual.

 

Pero no lo es. No hay derecho a que los gobiernos hayan dado a Centroamérica treinta y cinco veces menos dinero que el que le acaban de dar a una sola empresa de inversión financiera (Long Term Capital Management) cuya ansia de benefico ha causado su propia quiebra (EL MUNDO, 8-11-98). ¿Se solicita ayuda a través de ONG’s cuando quiebra un banco?, ¿por qué los pobres sólo dependen de la generosidad individual y de la buena voluntad de las gentes, mientras que las grandes compañías financieras, los bancos y las multinacionales reciben ayudas millonarias de los gobiernos a poco que amenacen con peligros ficticios, más bien, verdaderos chantajes? No hay derecho a que la ayuda recibida por El Salvador y Honduras sólo sea el diez por cien de lo que tendrán que devo

 

lver este año a los bancos y organismos internacionales en concepto de deuda.

 

No es sospechoso que se haya corrido la voz de que la ayuda humanitaria a través de los gobiernos se pierde?, ¿no es igualmente cierto que algunas ONG’s fueron también culpables de desabastecimiento de la ayuda a Sudán, en su día?, ¡de verdad podemos creer que los gobiernos no serían efectivos si quisieran serlo, y que serían capaces de exigir eficiencia a los gobiernos que reciben la ayuda?, ¿no será que se está aprovechando la buena voluntad de las gentes para evitar hacerle frente a la situación que los propios gobiernos han provocado? ¿estaría, por ejemplo, Honduras tan desprotegida si los gobiernos europeos no pusieran tantas trabas a la importación de sus productos agrarios, como los plátanos?. En realidad, ¿quién auspicia y protege a los gobernantes corruptos de aquellas latitudes?

 Ayudemos cada uno de nosotros en la mayor medida que podamos. Sin falta y sin pérdida de tiempo, pero no olvidemos lo esencial y no nos dejemos engañar. Mientras no obliguemos a que los gobiernos se comprometan firmemente a erradicar la pobreza en el mundo, ¿y eso es posible!, más tarde o más temprano volveremos a estar en lo mismo.

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