Con el paso cambiado

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Publicado en La Opinión de Málaga el 14 de agosto de 2005 

Los datos de crecimiento económico que acaba de adelantar el Instituto Nacional de estadística han sido recibidos con gran optimismo por los responsables de la política económica y hasta el Partido Popular reconoce que son positivos, si bien añadiendo que esto es debido a la inercia de sus años anteriores.

 

Los datos indican que la economía española ha crecido un 3,4% en el segundo trimestre de este año, el registro más alto desde 2001 y superior al de la inmensa mayoría de los países europeos. Sin embargo, si se analiza lo que hay por dentro, el modelo de crecimiento que estamos siguiendo, o los elementos que realmente están contribuyendo al crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB), no se justifica que el gobierno esté tan contento y que el PP se sienta orgulloso de la herencia que dejó.

 

Dejaré de lado que el notable crecimiento se debe en buena medida a las revisiones estadísticas que se han realizado y que han elevado artificialmente el empleo y, por tanto, el volumen  de actividad.

 

El crecimiento actual de PIB se debe al enorme impulso de la demanda interna (el consumo familiar y la construcción fundamentalmente) que en el segundo trimestre aumentó un 5,8% respecto al mismo periodo del año anterior. Por el contrario, la demanda externa, en lugar de contribuir al crecimiento, le restó impulso, manteniendo un crecimiento negativo del 2,5%. Eso ya es en sí mismo un desequilibrio muy preocupante por las siguientes razones.

 

El consumo familiar está creciendo a costa de un espectacular aumento del endeudamiento, que ya representa alrededor del 95% de la renta familiar bruta disponible. Los bancos están disfrutando de lo lindo con este régimen de endeudamiento pero la economía en su conjunto terminará por resentirse gravemente. El ahorro financiero familiar es ya negativo y aunque formalmente se dice que el patrimonio de las familias crece se trata solo de un efecto falso y aparente: es consecuencia de la subida de precios de la vivienda y sólo sería efectivo si las familias las vendieran pero entonces tendrían que adquirir otras mucho más caras.

 

Una de las paradojas del pensamiento económico liberal predominante es que combatió febrilmente el endeudamiento estatal, privando así a la sociedad española en su conjunto de bienes y servicios colectivos de los que carece, y sin embargo promociona el endeudamiento familiar que es mucho más elevado, gravoso y menos rentable socialmente.

 

Aunque tenga un gran impacto en el crecimiento del PIB, el efecto tan negativo de la burbuja especulativa inmobiliaria es bien conocido y lo que más bien cabe preguntarse es cuánto tiempo se podrá soportar sin que estalle más o menos estrepitosamente. En 1997, el crédito inmobiliario representaba el 39,6% del PIB y en 2004 fue ya del 69,7% y la propia actividad del sector ha pasado de aportar el 6,6% del crecimiento del PIB en 1997 al 24,9% en 2004. Eso da idea de su hipertrofia y de que la economía española crece desequilibradamente.

 

La consecuencia de todo ello es que la construcción desaforada y el endeudamiento familiar están absorbiendo los recursos que podrían y deberían ir a otras actividades productivas que, al no tenerlos, lógicamente se están debilitando de forma paralela. ¿Se imaginan los lectores cómo estría España si parte de ese inmenso endeudamiento se hubiera destinado, por ejemplo, al desarrollo tecnológico, en lugar de a construir viviendas que permanecerán siempre vacías?.

 

Además, junto a la construcción, el mayor protagonismo productivo lo tienen  otros sectores como el comercio y la hostelería que se caracterizan porque apenas contribuyen a nuestro desarrollo tecnológico o a la modernización de nuestras relaciones económicas y porque no tienen competencia exterior, lo  que les permite generar subidas de precios desproporcionadas.

 

Todo ello es lo que coadyuva decisivamente a que la economía española se encuentre cada vez en peores condiciones frente al exterior y a que nuestro déficit externo alcance registros espectaculares. Nuestras relaciones comerciales nos son cada menos favorables y los ingresos por turismo ya no son suficientes para compensar nuestra pérdida de competitividad. Que el déficit exterior en una economía como la española represente el mismo porcentaje del PIB que el de un gigante económico como Estados Unidos es algo que también muestra con toda claridad que nuestro alto ritmo de crecimiento es bueno solo en apariencia porque oculta tremendos desequilibrios estructurales. Y tampoco se están dando soluciones al respecto.

 

Otros factores corroboran que la situación no es tan boyante. Al ser menos competitiva que las demás y gracias al desmesurado poder que tienen las empresas y los bancos españoles nuestros precios crecen mucho más que en el resto de Europa. En los últimos cinco años se ha generado un diferencial de 8,1 puntos en la tasa de inflación y de 13,4 desde 1993. No es verdad, pues, que nuestros precios más elevados se deban a la subida de petróleo. Si se descuenta su precio y el de los alimentos nuestra tasa anual está siendo del 2,5% mientras que la europea contando alimentos y petróleo es del 2,1%.

 

Aunque estamos creciendo bastante más que los demás países europeos nuestro ritmo de creación de empleo deja también mucho que desear. Los empleos crecen pero cada vez de forma menos satisfactoria. ¿Qué tipo de bienestar ofrecen a los trabajadores el más de millón y medio de contratos que se firman mensualmente?. Nuestro nivel de temporalidad es ya veinte puntos superior al europeo y tenemos más empleos temporales que Italia, Reino Unido, Suecia y Bélgica juntas. Una barbaridad a la que tampoco se le está haciendo frente.

 

Y aunque siempre se están anunciando respuestas lo cierto es que sigue siendo también muy elevado nuestro diferencial en investigación, desarrollo e innovación. ¿Para qué lo van a necesitar las empresas cuando la inmensa mayoría de ellas están ganando mucho más que nunca en las condiciones actuales?

 

La consecuencia final de todo ello, y un rasgo esencial del modelo de crecimiento que estamos siguiendo, es que la distribución de la renta es cada vez más desigual y que los salarios cada vez representen menos proporción en el conjunto de los ingreso como también ponen de relieve los datos oficiales.

 En resumidas cuentas, la economía española crece más que las de nuestro entorno pero manifiesta más deficiencias estructurales y las resuelve peor. En lugar de parecerse cada vez más, se aleja de los modelos económicos europeos más avanzados y eficientes. Crece con asimetrías y grandes deformidades  que generan desigualdad e injusticias sociales. Es lógico que las empresas rentistas y los banqueros que se están poniendo las botas den por bueno este modelo pero un gobierno progresista como el de Zapatero debería comenzar a hacer algo en este campo.

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