El quiero y no puedo del euro

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De nuevo es noticia la inestabilidad del euro, con permanente tendencia a la baja respecto al dólar y al yen desde su publicitado nacimiento.

 

La variabilidad del euro es destacable en primer lugar porque el objetivo que se habían fijado las autoridades económicas era el de consolidar desde el principio una moneda fuerte, capaz de competir con el dólar en los mercados y que permitiera bajar los tipos de interés como corolario de una baja inflación. No se trataba de una simple cuestión de prestigio. A los capitales y a la gran industria centroeuropea siempre les interesó que el euro, como antes el marco, mantuviese una cotización alta en los mercados por la sencilla circunstancia de que las exportaciones de esos países están prácticamente aseguradas dentro de la zona euro y no se ven afectadas por la apreciación de la divisa y porque de esa forma se abarataban las importaciones y la adquisición de activos en el exterior. Al mismo tiempo, eso aumentaría el nivel de vida de los residentes centroeuropeos, lo que entre otras cosas permitiría abaratar las vacaciones de sus turistas, muchas veces en establecimientos de su propio capital situados fuera de sus fronteras (téngase en cuenta que Alemania es el primer país del mundo por salidas turísticas).

 

De hecho, el diseño de los plazos y situación final de la unión monetaria se pensó desde un primer momento para garantizar que los Estados que participaran fuesen los que permitieran un anclaje monetario capaz de sostener el euro suficientemente apreciado. Pero, como es sabido, las contingencias ocurridas a lo largo del proceso dieron lugar a un incumplimiento generalizado de los criterios de convergencia, lo que obligó a tomar una decisión política que no pudo excluir a los que, en principio, estaban condenados a la segunda velocidad del sistema. Decisión que Alemania y Francia aceptaron finalmente porque anulaba la peligrosa rivalidad comercial que España e Italia hubieran ejercido de haberse quedado fuera del euro.

 

La evolución de la cotización de la moneda europea es la expresión del fracaso del proyecto que mantuvieron inicialmente los países más poderosos de Europa. Su depreciación, en buena medida resultado de haber mezclado economías de muy diferente textura, no es nada favorable a sus intereses y muestra que la idea de un euro fuerte es una simple quimera a tenor de las condiciones que marcaron su nacimiento. Lo que determina el crecimiento y la fortaleza de una moneda son los factores reales, como demuestra el caso norteamericano, que nada tienen que ver, o en todo caso muy poco, con los arbitrarios nominalistas criterios acordados en Maastricht.

 

Lo peor del asunto, sin embargo, es que la depreciación tampoco resulta especialmente positiva a estas alturas para los países de la periferia y más débiles, como España. Por un lado, porque encarece notablemente la factura de sus importaciones y, por otro, porque sus industrias exportadoras ya están tan debilitadas (como consecuencia precisamente de la forma en que se ha llevado el propio proceso de integración) que apenas si responden a lo que debería ser un incentivo importante para que se recuperasen. Así lo prueba el espectacular incremento del déficit exterior, sobre el cual, por cierto, apenas si dicen algo nuestras autoridades, siempre ajenas a lo que pueda dar a entender que España no va tan bien como dicen. Téngase en cuenta que la mayor parte del comercio exterior de España se realiza dentro de Europa, de modo que la depreciación del euro apenas si le representa ventaja comparativa alguna. Lo que ocurre es bien sencillo. Si nos atenemos al modelo de Williamson, y teniendo en cuenta nuestra relación precio/calidad así como la innovación tecnlógica de nuestros socios europeos tanto en productos como en procesos, para que la balanza exterior española se equilibrase se debería devaluar la peseta en un 22 por ciento respecto al euro, lo que hoy por hoy es materialmente imposible. Ni con euro fuerte ni con euro débil tienen nuestros males remedio.

 

La insistencia deflacionista

 

En esta situación destaca el papel asumido por el Banco Central Europeo, pues todo parece indicar que su enorme pasividad es corresponsable de la pérdida de fortaleza del euro. Eso no podría ser criticable si previamente hubiera asumido que tal era la tendencia deseada, pero sí resulta extraño que nada se haga por corregir las tendencias al mismo tiempo que se afirma el deseo de que cambien.

 

En cualquier caso, toda esta situación ha permitido mostrar dos grandes manifestaciones de los conflictos que afectan a una unión monetaria instaurada sobre bases demasiado frágiles y de efectos positivos muy mal repartidos. Por un lado, la insistencia en privilegiar políticas restrictivas y vinculadas con excesiva preferencia al lado de lo monetario impiden que la economía europea suelte definitivamente amarras y tan sólo da lugar a que cada vez que la actividad económica parezca expandirse se vea frenada por intermedio de la contracción monetaria. De esa forma, se confirma que el Banco Central Europeo, en lugar de ser un instrumento para el crecimiento y la expansión de la que dependen en gran medida el empleo y el bienestar (y también la fortaleza de la moneda), es más bien la brida que lo detiene en aras del fantasma inflacionario que los monetaristas del Banco exageran arteramente.

 Una consecuencia de ello ha sido que, de nuevo, las estrategias del Banco Central Europeo han chocado con las de algunos gobiernos, aunque es verdad que aún no se ha llegado a palabras mayores. Se trata de una manifestación de la quiebra democrática que supone el haber establecido un «poder monetario» sin control parlamentario y superpuesto al de los gobiernos, a los que les está constitucionalmente encomendada la ejecución de lo que las urnas traducen como voluntad popular. Es pronto, pero no tardaremos en contemplar conflictos de mucha mayor envergadura por esta causa. 

El capital mira al Este

 

Finalmente, el hecho de que no haya habido grandes respuestas a la caída del euro, a pesar de que a los grandes capitales europeos no le interesa objetivamente, lleva a preguntarse si, en realidad, lo que está sucediendo es que la apuesta de todos ellos, y especialmente de los alemanes, se hace ahora sobre otra carta.

 

En particular, y una vez que la unión monetaria no ha podido ser constituida de acuerdo a su diseño original, podría estar produciéndose un cambio de dirección estratégica en el capital centroeuropeo que ahora más bien trataría de situar su ámbito de rentabilización en el este europeo, en donde podrán establecer sus condiciones económicas y monetarias de dominio con mucha más facilidad que en una unión monetaria desequilibrada, con problemas de ajuste que a la larga se manifestarán con toda su crudeza y cuyo marco institucional es demasiado rígido como para someterse fielmente a sus dictados.

 Nuestro problema es que, mientras tanto, España se revela como un mero agente pasivo de todo esto. Al formar parte de un marco macroeconómico más amplio nuestras variables nominales (tipos de interés y tipos de cambio sobre todo) muestran una evolución muy positiva. Pero se oculta que eso es la consecuencia de que ahora formamos parte de un «cuadro macroeconómico» que vienen determinado por el mayor peso de los países poderosos. Ni tan siquiera un euro depreciado es capaz de disimular el deterioro absoluto y relativo de las variables reales de nuestra economía. España va bien… y el euro tampoco.

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