Elecciones municipales: ¿espabilará la izquierda?

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Publicado en La Opinión de Málaga el 17 de septiembre de 2006. 

El Partido Socialista Obrero Español gobernó el municipio malagueño, primero en coalición y luego con mayoría absoluta, durante dieciséis años, y de la mano de Pedro Aparicio realizó la gran transformación (no exenta de graves errores que generaron marginación y deterioro ambiental) de una ciudad que durante el franquismo se había convertido en uno de los paradigmas de un crecimiento urbano desastroso: desordenado, especulativo y desigualador.
La desdichada decisión del Partido Socialista de no apoyar al candidato mayoritario de Izquierda Unida en 1994 fue la responsable de que se iniciara una política claramente contraria a los intereses de los sectores más desfavorecidos que los propios socialistas habían tratado de defender y Málaga volvió a las andadas del franquismo: no en vano, el actual Alcalde fue Presidente de la Diputación durante la Dictadura, algo seguramente impensable en países de mayor y más arraigada tradición democrática.
En las tres últimas legislaturas la especulación urbana se ha adueñado de la ciudad, el favoritismo se ha generalizado y el desarrollo urbano se ha hecho claramente asimétrico, de modo que las barriadas pobres se mantienen olvidadas (por muchos que sean los arreglos de fachada) mientras que el centro y las que habitan los adinerados reciben todo tipo de cuidados.
En las elecciones del próximo año la ciudad de Málaga se juega una vez más seguir con un gobierno que juega con sus presupuestos para ocultar su ineficacia, que ingresa y gasta sin sentido social, que deteriora las relaciones sociales y genera desigualdad o, por el contrario, optar por un gobierno municipal progresista que cambie de rumbo.
Que esto último suceda depende fundamentalmente de que las dos opciones de la izquierda, el Partido Socialista e Izquierda Unida, logren que vayan ahora a votarles miles de ciudadanos de izquierdas que en las últimas elecciones se quedaron en sus casas desanimados y hartos.
Es una grave irresponsabilidad que eso suceda porque, a la postre, los perjudicados son miles de ciudadanos con menos recursos o empobrecidos a los que, en lugar de movilizar se les cansa con la política y se les frustra en lugar de ilusionar.
Lo que ocurre hoy día en la vida política es singular y permítaseme que ponga como ejemplo mi propia persona. He deseado suerte, he dado ánimos y le he ofrecido mi colaboración a Marisa Bustinduy, la candidata socialista, aunque hasta ahora no la haya necesitado, a diferencia de ocasiones anteriores. He deseado suerte, he dado ánimos y le he ofrecido mi colaboración a Pedro Moreno si finalmente resulta elegido como cabeza de lista de Izquierda Unida y he hecho lo mismo y, salvando las consideraciones personales, creo que más o menos en semejantes términos, con Isabel Martínez quien, como el anterior, pugna por ser la candidata a alcaldesa por esta colación.
Naturalmente, a la hora de votar no podré hacerlo más que con una opción, aquella que finalmente ofrezca un  proyecto de gobierno y una candidatura que se acerque más a mis posiciones personales,  pero creo que no es nada del otro mundo que un ciudadano o intelectual se ofrezca a todas las diversas sensibilidades de la izquierda para colaborar y trabajar por lograr la alcaldía, por generar un pensamiento movilizador y transformador y, en definitiva, para lograr que entre todas tengan la mayoría necesaria para gobernar.
Lo que me sorprende, sin embargo, es que cuando se ofrece el apoyo a todas esas sensibilidades, precisamente por estar convencido de que la izquierda sólo podrá ganar las elecciones municipales si predomina la colaboración, la complementariedad y el diálogo, lo que uno se encuentra es incomprensión, rechazo y recelo de unos y otros como si lo único que se buscara fuese engordar la bandería propia.
Parece que lo que quieren los partidos, o al menos algunos de sus dirigentes, no son ideas o colaboración, sino adhesiones y, a ser posible, mudas y simplemente disciplinadas. 
Desgraciadamente, los burócratas de los partidos (generalmente, los máximos y directos responsables de sus derrotas y fracasos) actúan como si administraran recursos propios, en lugar de pensar que lo que tienen entre manos son los intereses generales y, más concretamente, los de sus votantes. Por eso quieren apropiarse de las candidaturas, por eso cierran las puertas a las ideas de fuera, por eso procuran ocultar que hay docenas de personas que modesta y generosamente no desean sino participar y colaborar sin pedir nada a cambio, y por eso terminan demasiadas veces sustituyendo la experiencia y el conocimiento real de los problemas sociales que tienen los ciudadanos de a pie o los estudiosos de izquierdas por sus ideas, que no suelen ser más que un ramillete de perjuicios anquilosados.
Es bien conocido que los burócratas llegan a preferir que su partido pierda con tal de salvaguardar su posición y poder interno, su control de la organización. Y eso es lo que frustra y desmoviliza a los ciudadanos.
El horizonte municipal en la ciudad de Málaga puede ser esperanzador para la izquierda siempre que las campañas y proyectos municipales del Partido Socialista y de Izquierda Unida, con sus naturales y positivas diferencias,  se conciban y lleven a cabo desde la colaboración, para sumar entre ambos y no para restarse uno a otro, con el propósito de acometer entre todos la transformación que Málaga necesita frente a la ineficacia, el desorden y el despilfarro conservador de los últimos años y no con el de competir entre ellos.
Aún estamos a tiempo de influir, como votantes que vamos a ser, para que los partidos de izquierdas malagueños dejen de lado sus disputas internas y las nefastas ansias de poder interno de alguno de sus dirigentes, que provocan el rechazo y la abstención de muchos de sus votantes potenciales. En la ciudad de Málaga hay más ciudadanos de izquierdas que de derechas, creo que es mayoritario el sentimiento de que la ciudad necesita un cambio de orientación para hacerse más limpia, más igualitaria, más sostenible, más cómoda, más productiva y menos especulativa y, en definitiva, para dejar de ser una ciudad pensada para y por los ricos.
En consecuencia, es necesario y más que posible que se pueda conseguir que el próximo Ayuntamiento de Málaga sea progresista. Lo que sería una verdadera pena es que los propios políticos progresistas no espabilaran y, en lugar de facilitar el cambio gracias a la colaboración y sinergia entre ellos y ellas, fueran, otra vez, quienes pongan piedras en el trayecto.

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