Europa: aire fresco por la izquierda

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La victoria electoral de los laboristas en Inglaterra y después de los socialistas y del conjunto de la izquierda en Francia ha levantado una auténtica polvareda cuando los respectivos gobiernos han hecho manifiesta su voluntad de dar un cierto giro al proceso de integración europea.

 

Las declaraciones gubernamentales, así como las ideas expresadas en el Congreso de los socialistas europeos de Suecia, constituyen una auténtica novedad en el campo de las ideas y los proyectos políticos que se debaten en Europa. Aire fresco que enseguida ha provocado suspicacias y lamentos en quienes vienen defendiendo, hasta ahora con casi completa hegemonía, el discurso neoliberal y el proyecto monetarista de integración.

 

Lógicamente, la cuestión primera que cabe plantearse es si se trata tan sólo de una simple retórica postelectoral destinada a diluirse más o menos rápidamente en el universo neoliberal, o si, por el contrario, nos encontramos frente al inicio de una auténtica regeneración política que pueda terminar alumbrando soluciones económicas de progreso y alternativas efectivas y eficaces frente a la política económica de la derecha.

 

Sólo el tiempo puede dar respuesta exacta a la cuestión, pero cabe esperar que, al menos en el caso de Francia, el compromiso de izquierdas del Gobierno debe ser riguroso y sincero, pues la propia composición del Gobierno advierte lo difícil que sería mantenerlo con estabilidad sin respetar los compromisos que las diferentes fuerzas en él representadas tienen ante su electorado.

 

Por eso, aunque no se pueden descartar problemas a medio plazo, puede apostarse con realismo a que la estrategia alternativa y de izquierda que marca el nuevo proyecto podría avanzar con fuerza en los próximos meses. Quizá con moderación, pero también con firmeza.

 

A la vista del debate que ya se ha iniciado, pueden destacarse tres elementos de mayor relevancia. En primer lugar, que por fin la izquierda mayoritaria se ha quitado el corsé que desdibujaba su discurso y lo teñía de complejo frente a la sabiduría prepotente del neoliberalismo.

 

Es cierto que lo que ahora se proclama no constituye realmente ningún giro radical, pero significa que por primera vez en mucho tiempo la izquierda, desde la responsabilidad del gobierno, afirma que la política económica seguida no es la única posible. Que hay respuestas alternativas desde la izquierda a los problemas económicos.

 

Que la izquierda en el Gobierno, en lugar de aplicar los principios económicos de la derecha, se haya decidido a poner en cuestión, aunque sólo sea de momento como declaración de principios, los objetivos antisociales de las políticas económicas dominantes y los instrumentos perversos que provocan más problemas que los que resuelven, significa dar un paso de gigante que puede tener una enorme trascendencia en el futuro.

 

De hecho, cuando el Gobierno francés, por ejemplo, ha solicitado una lectura diferente del proceso hacia la UEM se ha podido comprobar cuán rápidamente se ha reaccionado para tratar de satisfacer sus nuevas expectativas, prueba por sí misma evidente de que asumir con valentía los intereses mayoritarios en la sociedad es factible y deseable, y que no tiene por qué llevar al desastre ni a callejones sin salida.

 

En segundo lugar, lo ocurrido en estas últimas semanas pone de manifiesto una vez más, aunque ahora quizá de manera mucho más evidente, hasta qué punto el diseño dominante de integración europea responde a estrategias e intereses divorciados de los que son mayoría en la sociedad y cómo, a causa de ello, resulta ser extraordinariamente débil y precario.

 

En realidad, los nuevos gobiernos socialistas se han limitado a reivindicar que el paro sea considerado (como lo considera la inmensa mayoría de la población) el problema principal de la Unión; que las políticas de empleo (tal y como quiere también la mayoría de la sociedad) constituyan un eje prioritario de la política europea; que no sean sólo las autoridades monetarias quienes definan el destino de Europa y, sencillamente, que se respete el espíritu de los Tratados procurando también una mayor cordinación de las políticas económicas para que no se avance tan sólo, en palabras del primer ministro holandés, a favor «de los monetaristas y los banqueros, sino a favor también de los trabajadores y parados».

 

Pero el actual diseño de la UEM y del proceso de creación de la moneda única está tan radicalmente volcado en la defensa de los intereses de las grandes empresas, de los bancos y de las multinacionales europeas que una simple declaración de principios, la mera petición de soluciones contra el paro, o de un reparto más democrático y eficaz de los poderes, hace temblar a las bolsas, enerva a los gobiernos conservadores y pone en jaque a los eurócratas.

 

Empeñados como han estado en sacar adelante con forceps un proceso que la opinión pública no desea, porque adivina inteligentemente sus efectos negativos sobre el bienestar, y del que desonfía con razón (en Alemania, por ejemplo, un 82% de la población desea un atraso de la moneda única), se conmocionan ahora cuando se plantea que de nada sirve construir una entelequia monetarista (de consecuencias económicas perversas porque los países de la Unión no constituyen una zona monetaria óptima), si lo que va a trae consigo es más paro y menos bienestar social.

 

Por último, es desgraciadamente sintomático la reacción con que han sido recibidas en España estas nuevas actitudes. Como era de esperar, el gobierno de la derecha se ha desmarcado inmediatamente de ellas ratificando su alianza minoritaria con el gobierno alemán, y expresando claramente con la mayor impunidad que sigue sin asumir que la lucha contra el paro deba ser el primer objetivo de la política económica europea y española, en particular.

 Pero más sorprendente ha sido la reacción de la izquierda, como siempre preferentemente dedicada a tratar de descuartizarse mutuamente. Por un lado, Izquierda Unida, con una falta de reflejos proverbial, ha sido incapaz de identificar e identitificarse con posiciones políticas claramente colindantes con las que vienen manteniendo, mostrando una vez más que un discurso meramente nominalista sólo lleva a la ineficacia y a la frustración. Pero, por otro lado, no menos frustrante ha sido la reacción, casi avergonzada y medio silente, de importantes dirigentes socialistas. Lejos de expresar satisfacción por unos pasos que pueden llevar a revitalizar a la izquierda en Europa y proporcionar mayor bienestar a los pueblos, se han dedicado a echar jarros de agua fría; cuando no, incluso a acreditar más bien a las posiciones conservadoras. Quizá, porque en realidad se sienten subyugados por ellas.

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