La seducción neoliberal

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La experiencia ya larga de aplicación de la política neoliberal en casi todos los países, con sus diferentes matices, nos permite caracterizar al neoliberalismo de fin de siglo con dos rasgos principales. En primer lugar, su evidente capacidad para lograr un amplísimo convencimiento y acuerdo en torno a sus postulados, a pesar de que constituyen un abanico bastante simple de lugares comunes que, a la postre, ni tan siquiera han sido llevados a la práctica. En segundo lugar, su no menos efectiva capacidad para afianzar el poder de los grupos sociales más privilegiados, a costa, sin embargo, de cargas sociales muy altas e incluso de fracasos igualmente evidentes en la gestión de los asuntos económicos, muy en particular, del que se suele conocer como «equilibrio macroeconómico».

 

A pesar de que las economías muestran, de manera generalizada, una clara incapacidad para generar el suficiente crecimiento, volúmenes de paro extraordinariamente elevados, endeudamiento tan alto, desigualdades más acusadas que nunca con un contraste dramático entre la opulencia y la pobreza más numerosa de los últimos decenios, a pesar de ello, es difícil recordar épocas de mayor consenso en torno a los principios que guían la acción de los gobiernos, o, al menos, de menor expresión de disconformidad por parte de la ciudadanía. Los asuntos más trascendentales de la economía o la política en general, piénsese en el diseño (neoliberal) del proceso de integración europea por ejemplo, suelen concitar el acuerdo no sólo de los dirigentes políticos en el gobierno, sino también de los que se encuentran en la oposición con principios ideológicos aparentemente distintos. No en vano, se ha caracterizado con razón a la época neoliberal como la del «pensamiento único».

 

Es lógico que en estas condiciones pueda sorprender que se hable del «fracaso» del neoliberalismo, cuando no parece vislumbrarse una respuesta intelectual contundente a la retórica que lo sustenta y, menos aún, a la política que se aplica en su virtud, cuando dirigentes políticos progresistas no sólo no terminan de percartarse de los efectos perversos del pensamiento neoliberal que les ha seducido, sino que incluso parece que se encuentran más a gusto que nunca bajo su calor protector.

 

Sin embargo, aunque el éxito o el fracaso de las políticas se exprese a corto plazo por el grado de legitimación que sean capaces de generar, a la larga pesa mucho más su capacidad para lograr una mejora efectiva en las condiciones de vida de los ciudadanos. Antes o despúes, el neoliberalismo será valorado no por el éxito de su retórica, sino por el fracaso estrepitoso que comporta a la hora de generar bienestar social.

 

La retórica neoliberal

 

Las propuestas neoliberales suelen presentarse con una exquisita limpieza argumentativa, con una simplicidad y una coherencia aparente que les permite ser asimiladas de una manera muy inmediata, expresadas como evidencias que no requieren la mediación del pensamiento más reflexivo, justamente lo que les permite alcanzar un gran poder de convicción. Además, han gozado de tanta reiteración y se han proclamado con tanta eficacia desde fuentes tan diversas que han llegado a constituir auténticos lugares comunes, de los cuales tan sólo es posible salir situándose expresa y radicalmente alejados del consenso general, en los siempre incómodos terrenos del desacuerdo con lo que ha adquirido el valor de verdad indiscutible e indiscutida.

 

Quién puede negar la seducción de formulaciones tan lógicas como las que indican que primero hay que agrandar la tarta para luego poder repartirla, que la desigualdad es inevitable, porque así es la naturaleza humana, o que, lo importante es resolver los problemas, con independencia de las ideologías?.

 

En realidad, el pensamiento neoliberal se resuelve en un pequeño abanico de principios de esta naturaleza: hay que disminuir la extensión del Estado, para aumentar el protagonismo de la sociedad, como si se tratase de dos instancias situadas en planos diferentes; la historia ha llegado a su fin, como si eso mismo fuera posible, y por lo tanto no cabe plantear la superación de la sociedad capitalista; el liberalismo lleva a la democratización, cuando en realidad el neoliberalismo ha traído consigo una disminución efectiva del alcance de la democracia (si es que no la ha destruído directamente); el mercado resuelve todos los problemas de la sociedad, cuando es elemental que ni puede hablarse genéricamente de mercado, ni todas las actividades económicas son suceptibles de resolverse de esa forma, o cuando es obvio que los resultados del mercado pueden ser sencillamente indeseables para la mayoría de la sociedad; la política económica neoliberal es la única posible, lo que contradice el más elemental principio de diversidad característico de sociedades complejas y con intereses colectivos diferenciados; el objetivo principal es subirse al carro de la modernidad, considerando a ésta como un objetivo en sí mismo, sin plantear a qué conduce y qué costes implicará para los diversos grupos sociales; hay que insertarse en el mundo y asumir que vivimos en una sociedad globalizada, ocultando, sin embargo, que de lo que se trata es de suscribir una determinada concepción del mundo y de las relaciones sociales; el sector privado es el eficiente, las privatizaciones son la solución, lo que sólo termina por fortalecer los intereses de los grandes grupos económicos sin que, finalmente, sean apreciables mejoras en la eficiencia y el bienestar; hay que desregular para ganar en competencia y eliminar trabas y restricciones a los intercambios, cuando en realidad se sigue regulando pero con otra ética generando un marco que no gana en competencia sino en libertad para las empresas con más poder de mercado.

 

A estos grandes principios suelen seguir, en ámbitos más concretos, otros postulados igualmente faltos de rigor e indemostrados, como los que afirman que la causa del paro son los altos salarios, que los excesivos gastos sociales generan el déficit público, que la pobreza es la consecuencia de la falta de iniciativa, o que los países más pobres lo son porque tienen menos recursos… Se trata de fórmulas ideológicas que se autodefinen como verdades, como expresiones de leyes naturales ineluctables a las que ni tan siquiera se les pide contrastación, y en torno a las cuales se ha generado un espectacular consenso intelectual, garantizado a fuerza de dinero, subvenciones, premios, reconocimientos sociales, poder e influencia política, social o académica (y también a fuer de una corrupción demasiado generalizada) garantizados por las instituciones más «prestigiosas» del planeta, esto es, por aquellas donde tienen asiento quienes son beneficiarios directos del actual estado de cosas.

 

El origen del neoliberalismo

 

En realidad, el neoliberalismo constituye una respuesta contundente, y desde luego muy eficaz, a la crisis del modelo de crecimiento de la postguerra que trajo consigo una caída importantísima en los beneficios y en la rentabilidad de los capitales.

 

Paradójicamente, la estrategia cuyo objetivo principal era recuperar el beneficio se enfundó con las banderas de la libertad y la igualdad, a pesar de que en su transcurso se enfrentó y destruyó las experiencias que más libertad e igualdad efectivas habían conquistado en las naciones más avanzadas. Incluso sin titubear cuando resultó necesario adoptar formas directamente violentas o fascistas, como en el caso de Chile, que luego se presenta, sin pudor, como el ejemplo que deben seguir todas las naciones.

 

El crecimiento vertiginoso de la postguerra y la obtención de una elevada tasa de beneficio habían sido posibles gracias a los incrementos continuados en la productividad y al empuje permanente del consumo, público y privado, que permitía la enorme presencia del Estado y el crecimiento de los salarios reales.

 

Sin embargo, cuando los mercados comenzaron a saturarse, las reivindicaciones salariales a hacerse excesivas y el aparato tecnológico a resultar inadecuado, la productividad comenzaría a declinar mientras que las inversiones se hacían cada vez más costosas. El beneficio comenzó a disminuir de manera progresiva.

 

En un contexto de esa naturaleza, los diferentes grupos sociales comienzan a luchar por mantener o aumentar su parte en el producto total, lo que ocasiona tensiones inflacionistas cada vez más importantes y que, para colmo, se ven agudizadas por los efectos de una política económica de tipo keynesiano que ya era sencillamente inadecuada para hacer frente a una situación que no podía resolverse con el consenso distributivo de años atrás, sino con opciones radicales a la hora de dilucidar los términos del reparto.

 

La política neoliberal no será sino la expresión retórica de una estrategia encaminada a recobrar la tasa de beneficio y cuyos objetivos concretos serían alterar la pauta distributiva, instaurar una nueva forma de regulación macroeconómica que privilegiara el control de la moneda, abrir paso a un nuevo orden productivo y tecnológico y favorecer formas de legitimación apropiadas para un contexto en el que no sería posible el consenso a través del trabajo y el salario.

 En un principio, esta estrategia se cubrió con la retórica revolucionaria de Thatcher y Reagan y más tarde, con mucho más realismo, se revistió del lenguaje más aséptico, pero igualmente contundente, con que los técnicos de los organismos económicos internacionales formularon las llamadas políticas de ajuste. Estas trataron de que se realizara lo que sencillamente debería de hacerse para facilitar la estrategia de los más poderosos: eliminar restricciones, favorecer la mayor libertad de quienes gozan de posiciones privilegiadas en el régimen de intercambios, suprimir las fronteras para los movinmientos de capitales, desincentivar las respuestas colectivas y, desde luego, evitar el miedo a generar volúmenes masivos de desempleo para que los costes sociales de las reformas se soportaran con la menor capacidad de respuesta por parte de los ciudadanos que tendrían que soportarlos. 

Los «éxitos» del neoliberalismo

 

Procurando evitar la retórica trataré de presentar los resultados de todo este proceso brevemente y de la forma más resumida posible, precisamente para tratar de reflejar hasta qué punto la realidad muestra de manera palpable que la aplicación de las políticas neoliberales ha traído consigo los efectos justamente contrarios a los que se proclaman teóricamente: 1. Menor crecimiento económico y más dificultades para la formación de capital. En el periodo 1960-1973 la tasa de crecimiento medio anual en la actual Unión Europea fue del 4,7%, en Estados Unidos del 3,9% y en Japón del 9,6%. Sin embargo, de 1974 a 1994, dichas tasas fueron, respectivamente, del 2,1%, 2,3% y 3,4%. Para esos mismos países, el crecimiento anual medio de la Formación Bruta de Capital fue del 5,7%, 4,7% y 14% en el periodo 1960-1073. De 1974 a 1994 habían pasado a ser del 0,9%, 2,3% y 3%.

 

2. Incremento espectacular del paro. Así la tasa de paro en la Unión Europea fue de 2,6% en 1973, del 5,4% en 1979 y del 8,3% en 1990.

 

3. Multiplicación de los desequilibrios económicos, como pone de manifiesto la reiteración de los ciclos, la agudización de las fases recesivas y la sucesión de perturbaciones más o menos circunscritas a países o áreas concretas. En particular, la política macroeconómica de inspiración neoliberal cosecha fracasos con imperturbable constancia: la deuda pública neta de los países de la OCDE se ha multiplicado por dos, los países europeos, por ejemplo, tropiezan con dificultades permanentes para cumplir con los objetivos de ajuste propuestos, ni los gobiernos ni los organismos internacionales más reconocidos aciertan nunca a la hora de establecer predicciones, como prueba evidente de que sus análisis discurren por caminos bien diferentes a los de la realidad (el Fondo Monetario Internacional, que se autoproclama valedor principal del saber y la ortodoxia, consideraba a México, sólo semanas antes de estallar en una inmensa crisis financiera, como uno de los países de finanzas más sólidas).

 

4. En la práctica, mayor regulación institucional de los mercados, y especialmente de la más antidemocrática (como especialmente la que realizan con autonomía los bancos centrales, o la que lleva a cabo la Unión Europea), que ha alejado más que nunca la perspectiva del deseado equilibrio competitivo y que, en particular, ha llevado a una expansión desconocida de la corrupción y de la utilización privada de los procedimientos de decisión colectiva.

 

5. Mayor proteccionismo de los países poderosos, al mismo tiempo que han obligado a los países más débiles a abrir sus fronteras y reorientar sus aparatos productivos para abaratar los suministros al Norte. No puede ser ajeno a ello, por ejemplo, el que los países pobres hayan terminado por ser suministradores netos de capitales a los paises ricos.

 

6. Destrucción del aparato produtivo, financierización de las economías y crisis financieras recurrentes, en contra de la pretendida estimulación de la actividad empresarial y de la creación de riqueza.

 

7. Aumento vertiginoso de concentración de la riqueza, de la pobreza, las desigualdades y el malestar social. Hoy día, y a pesar de disponer de más y mejores recursos, en nuestro planeta hay más analfabetos, más personas sin vivienda, más desnutridos y más pobres, más malestar social.

 8. Ahora bien, junto a todo lo anterior, sin embargo, se ha alcanzado un objetivo principal: recuperar el beneficio. Mientras que la tasa de rentabilidad del capital privado en la Unión Europea fue del 12% en 1980, en 1994 subió al 15,9%. Paralelamente, la participación de los salarios en el PIB disminuyó entre 1980 y 1994 del 76,4% al 70,6% en la Unión Europea, mientras que el salario real por persona ocupada que tuvo un crecimiento medio anual del 4,5% en los años setenta, sólo creció un 0,7% entre 1990 y 1994. Sin ir más lejos, en España, a pesar de que las políticas neoliberales se han aplicado de manera algo más matizada, la parte correspondiente al beneficio en el total de las rentas ha retrocedido, a su favor, a la que tenían hace veinticinco años. En conclusión, no puede negarse que el neoliberalismo ha sido capaz de generar mejores condiciones para el desenvolvimiento de los intereses de los más privilegiados. Parece natural, entonces, que muchos hayan sido seducidos por el pensamiento neoliberal, por la milagrosa capacidad de los mercados, por la eficacia aparente de lo privado, y que en consecuencia hayan renunciado a plantear una alternativa de pensamiento crítico con el estado de cosas que verdaderamente se puede descubrir cuando se corre el velo. Pero de lo que no cabe la menor duda es que los seducidos no sufren en sus carnes las consecuencias negativas del estado de cosas que han contribuido a consolidar y que soportan los más desfavorecidos.

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