Liberalismo global

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El gobierno español acaba de diseñar un plan destinado a frenar la llegada de pateras magrebíes a nuestras costas. Con la excusa de que son utilizadas para traficar droga (cuando todos sabemos que quienes de verdad movilizan la droga son los que disponen de grandes capitales y posibilidades de acceder luego a los bancos para blanquear el dinero) lo que se pretende, en realidad, es impedir la llegada de inmigrantes ilegales a territorio europeo.

 

Los países ricos, como ocurre en otros muchos lugares y ahora en España, establecen fronteras económicas, físicas, policiales o militares para evitar que miles de ciudadanos de países limítrofes más pobres se introduzcan en su seno a la búsqueda de las migajas de bienestar que va tirando nuestra civilización satisfecha. Primero, los empobrecen a causa de su despilfarro, del expolio que realizan las empresas multinacionales o de las políticas económicas que les imponen los organismos internacionales. Luego, cuando sus gentes huyen de la miseria, los consideran una amenaza.

 

Nuestros gobiernos no saben optar más que por la sinrazón de la fuerza. Como si impedir policialmente que lleguen aquí las pateras pudiera eliminar no ya la vergüenza de una Humanidad injusta, sino incluso el peligro de una desestabilización generalizada. Más barcos de guerra, lanchas más rápidas y fusiles de mucha mayor precisión. Esa es la respuesta que estamos en condiciones de dar a quienes nos suplican justicia y un reparto más equitativo de los recursos sobrantes.

 

A los mismos gobernantes que se les llena la boca de globalización, de liberalismo, de crítica del proteccionismo que necesitan los más débiles, de competencia y de libre circulación no se les ocurre nada más que generar fronteras cada vez más drásticas frente al mundo empobrecido. El neoliberalismo, en realidad, está consistiendo en circunscribir cada vez más estrechamente la libertad al reducido núcleo de los ricos. Nada hay hoy día más global que los capitales especulativos y la pobreza. Pero mientras que los propietarios de esos capitales financieros e industriales tienen plena libertad para acudir a ganar dinero a cualquier rincón del planeta, los pobres no pueden desplazarse y están condenados a no ser sino pasto de guardias de fronteras, de patrulleras marinas o simplemente de su propia desolación y miseria.

 

El norte opulento en el que vivimos muestra su verdadera rostro cuando se enfrenta de veras a quienes ha empobrecido. Basta comprobar ahora cómo no hay problemas de recursos para financiar medios policiales, basta comprobar que tratamos a los inmigrantes como simples animales encerrados con silencio culpable, o a quienes negamos los derechos de ciudadanía a los que debería tener acceso cualquier persona por el mero hecho de serlo.

 

En lugar de enfrentarnos a la pobreza de quienes viven a tan pocos kilómetros de nosotros con generosidad, con justicia y con ofertas de desarrollo, nos limitamos a no mirarlos a la cara. A lo sumo, como en una verdadera muestra de cínico racionalismo, a establecer cupos en correspondencia con la demanda de puestos de trabajo de la peor condición. Estamos dispuestos a globalizar el bienestar de una minoría selecta de privilegiados pero firmes en la voluntad de evitar, armas en la mano, que los indeseables de abajo nos supliquen sentarse en nuestra mesa.

 

Proclamamos la suprema bondad del libre comercio, pero impedimos que los más pobres comerciencon sus propios recursos para desarrollarse. Nuestros guardias civiles los hundirán en el Estrecho y nuestra civilización los hunde en la miseria.

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