Málaga y la vertebración de Andalucía

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En unas recientes declaraciones el dirigente andalucista Pedro Pacheco afirmaba que el trato que la Junta pretende dar a la provincia de Málaga podía fortalecer el centralismo y contribuir a desvertebrar Andalucía. 

Puesto que la desvertebración que padece nuestra Comunidad Autónoma se considera por muchos especialistas como uno de sus problemas seculares, merece la pena considerar, más allá
de la retórica política, si realmente inversiones en el AVE, en autovías o la potenciación de su franja turística agrava o alivia ese obstáculo principal para el desarrollo económico andaluz.

 

Se puede considerar que Andalucía está efectivamente desvertebrada en cuatro grandes aspectos.

 

En primer lugar, desde un punto de vista espacial. Las infraestructuras que pueden permitir el acercamiento de los distintos ámbitos productivos o poblacionales se han desarrollado históricamente con un enorme desorden, de manera muy irracional y, en consecuencia, sin terminar de conseguir que los núcleos más dinámicos de nuestra geografía se vinculen de forma eficiente entre ellos y con el exterior. No hace falta ser un gran especialista para darse cuenta de que si los centros de gravedad de una economía no se encuentran convenientemente entrelazados (con rapidez y a bajo coste), los intercambios se dificultan o encarecen, perdiéndose entonces competitividad y capacidad de penetración en los mercados. El efecto final no puede ser otro que el deterioro del tejido productivo y social, la crisis y el empobrecimiento.

 

Esta desarticulación se ha producido de manera muy particular en las comunicaciones ferroviarias, como consecuencia de un diseño inicial y de un desarrollo singularmente desacertados al dar la espalda a las necesidades de la economía andaluza concebida como un todo. Pero también las comunicaciones modernas por carretera presentan hoy día evidentes desequilibrios. En concreto, y de manera especialmente gravosa, las conexiones Málaga-Córdoba, Granada-Motril o la franja mediterránea hacia Murcia.

 

Resolver estos desequilibrios constituye hoy día un reto principal de nuestra economía, justamente para ir paliando la grave desvertebración existente.

 

Por lo tanto, desde ningún punto de vista puede afirmarse con razón que abordar ya alguna de esas deficiencias, y hacerlo con la inversión y la calidad que requiere la altura de los tiempos en los que estamos, es negativo para Andalucía. Todo lo contrario.

 

La segunda expresión de nuestra desvertebración tiene que ver con la desarticulación productiva, con el escalonamiento tan importante que muestra nuestra estructura sectorial, con la hipertrofia de algunos subsectores y con la escasa atención que parecen merecer, por el contrario, actividades que contribuyen de la manera más decisiva a la generación del valor añadido en nuestra economía.

 

Este es un problema que debe resolverse con actuaciones públicas de equilibramiento, con incentivos a la iniciativa privada más eficiente y productiva y con una programación económica a medio y largo plazo que aborde con eficacia el desarrollo de las actividades más dinámicas, sin que esto ocasione, ni su agotamiento, ni el de otras actividades que ahora pueden irle a la zaga.

 

No se puede olvidar que la contribución del tejido productivo malagueño al conjunto de la economía andaluza ha sido históricamente decisivo. Hasta el punto de que pudiera interpretarse que los momentos de mayor depresión de esta última han tenido su causa en el declive de la agricultura o la industria de Málaga.

 

Precisamente por eso, un apoyo decisivo, y me atrevería a decir que preferente, a la actividad económica de nuestra provincia no sólo no desvertebra, sino que puede conseguir que el conjunto productivo andaluz se articule con mayor orden, con superior fortaleza y con una capacidad más alta para irradiar riqueza a su alrededor.

 

Todo lo contrario, por ejemplo, de lo que en realidad ha sucedido en los últimos tiempos con Sevilla, que recibe apoyos e inversiones de todo tipo vinculados más bien a lo que podría llamarse la «economía de los grandes eventos», de efectos muy aparentes pero muy controvertidos si lo que se valora es la creación de actividad productiva y desarrollo económico a medio y largo plazo.

 

En tercer lugar, Andalucía se encuentra igualmente desvertebrada si se considera que su estructura social es bastante desigual, más que la media española, con extremos demasiado separados en cuanto a disfrute de renta y riquezas. Como es sabido, el drama del paro provoca no sólo desincetivación y parálisis productiva, sino bolsas de pobreza, marginación y la aparición de auténticos ejércitos de hombres y mujeres que incluso comienzan a renegar de su propia condición de ciudadanos.

 

Pues bien, ¿de qué manera negativa puede influir en la erradicación de estos problemas el que la provincia de Málaga sea objeto, al parecer, de un tratamiento inversor privilegiado en un futuro próximo por parte de la Junta de Andalucía?.

 

En mi opinión, de ninguna forma. Todo lo contrario. Fortalecer el tejido productivo en nuestra economía, facilitar la salida viaria natural con menos costes y más rapidez, fortalecer el sector turístico proyectándolo como una actividad vinculada al contexto económico general y de naturaleza sostenible puede ser, precisamente, la garantía de que se produzca un necesario cambio de planteamiento en las autoridades andaluzas para potenciar, ahora, los centros efectivos de creación de riqueza, en lugar de las quimeras artificiosas que sólo encierran apariencia, boato y despilfarro. Y esa es una condición imprescindible para que la creación de puestos de trabajo pase a constituirse de una vez por todas en el principal objetivo de la política económica.

 

Finalmente, es cierto también que Andalucía se encuentra desvertebrada en lo político, fundamentalmente por dos razones.

 

Por un lado, porque no ha sabido o no ha podido lograr que las fuerzas políticas definan de manera prioritaria un proyecto de desarrollo de carácter genuinamente andaluz. Y hay que recordarle al señor Pacheco que buena culpa de ello la tiene la trayectoria de oportunismo y de renuncia a los principios que ha seguido siempre su propio partido, más interesado casi siempre en ocupar algunas cuotas de poder que en definir una oferta política rigurosa, coherente y atractiva.

 

Por otro lado, porque se ha generado un extraordinario poder central en torno a Sevilla. Las instituciones, las influencias, las decisiones más importantes se encuentran o se toman allí. Y eso provoca de manera inevitable una desigual presencia de los intereses andaluces en todos los ámbitos de decisión.

 

Fue un error histórico de todos los partidos que la capitalidad se ubicara en Sevilla y ahora somos todos los ciudadanos, menos lo que aprovechan su privilegio para beneficiarse de ello,
quienes pagamos sus efectos.

 

Por eso, es sencillamente una simpleza ver amenazas de nuevo centralismo. Es más, suena a chanza que lo diga un dirigente del partido que en su día cambió la alcaldía de Granada por la de Sevilla y que hace un año tuvo en su mano haber tomado la decisión que quizá hubiera comenzado a quebrar el actual centralismo sevillano: ubicar en Málaga la Consejería de Turismo.

 Quizá sea vano pedir seriedad al señor Pacheco, pero se le debe exigir, como político, la mayor coherencia. Hoy día, y él lo sabe porque se aprovecha de ello, el centralismo es el poder de Sevilla. Y por eso, vertebrar Andalucía es, si se me permite la expresión, des-sevillanizarla. Justamente lo contrario de lo que hace Pacheco y los que (en Sevilla) mandan en su partido.

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