Más despropósitos de la patronal

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Publicado en Público.es el 1 de junio de 2020

El presidente de la Confederación Española de Empresarios (CEOE), Antonio Garamendi, hace un flaco servicio a los millones de empresarios a los que representa cuando antepone sus prejuicios ideológicos a la realidad.

Hace unos días declaró que los empresarios «no quieren una nueva normalidad sino llegar a la de siempre, con rigor presupuestario y ortodoxia presupuestaria».

La verdad es que tiene cierto mérito cometer tantos dislates con tan escasas palabras.

La realidad, por mucho que lo quiera Garamendi, no se elige. Por mucho que lo deseemos, los seres humanos no podemos elegir el momento en el que vamos a vivir ni las circunstancias en las que nos toca hacerlo. Y mucho menos está en nuestra mano escoger la «normalidad» en la que vamos a encontrarnos después de una pandemia. Podemos influir para que tenga algunos rasgos u otros, pero de ninguna manera podemos determinar que sea la de ayer, la de antes de ayer o la de hace cincuenta años.

Parece mentira que alguien con tanta responsabilidad social no sepa esto. Parece mentira que la máxima representación de los empresarios españoles no se haya dado cuenta de que estamos viviendo unos momentos históricos que están cambiando para siempre las condiciones en que vivimos los seres humanos y en las que actúan las empresas.

¿Cómo es posible que el presidente de la CEOE no se haya percatado de lo que está pasando en la economía mundial? ¿No habla con los empresarios para que le cuenten lo que se están encontrando cuando comienzan a abrir sus negocios, no lee ni le llega información de lo que está pasando en el resto del mundo, en los mercados globales?

¿Nadie le ha comentado la estrategia de Alemania o Francia para recolocarse en una economía que -incluso ya antes de la pandemia- estaba cambiando de pautas? ¿No se ha dado cuenta de cómo elaboran estrategias de reforzamiento de sus industrias nacionales porque saben que ya nada será como antes?, ¿No se percata de cómo las grandes economías y empresas tratan de redefinirse y tomar nuevas posiciones en los canales de suministro, que se avecina una especie de neo-globalización que llevará a que las naciones y empresas traten de ganar soberanía y capacidad de decisión para disponer de la certidumbre y seguridad que en tan gran medida habían perdido? ¿No tiene  noticia Garamendi de los cambios que ya vienen en la pauta de consumo y que obligan a que las empresas elaboren estrategias de ventas completamente distintas a partir de ahora? ¿No está siguiendo lo que pasa con el ahorro, que se dispara, y que será muy difícil que vuelva a la situación anterior, para convertirse en gasto productivo, de la noche a la mañana?

¿De verdad cree el presidente de los empresarios españoles que, después de que el Estado se haya tenido que gastar docenas de miles de millones para salvar a las empresas a las que él representa, se va a poder volver a la «normalidad» anterior, a las políticas económicas de antes, como si nada hubiera pasado, cuando la deuda va a multiplicarse sin remedio? ¿Piensa Garamendi que se va a seguir aceptando tan fácilmente como antes la idea falsa de que la sanidad privada es mejor que la pública, cuando en realidad es más costosa, o que se sigan desmantelando los servicios públicos, tal y como sucedía en la «normalidad de siempre» a la que desea volver?

¿Cómo puede decir que lo que quieren las empresas es volver a la normalidad anterior cuando miles de empresarios no duermen porque saben que no tienen más remedio que reinventarse y darle la vuelta a sus negocios y que la situación que tienen por delante ya no se parece en nada a la que había cuando cerraron?

¿Cómo se puede creer que tenemos a nuestro alcance volver a la normalidad anterior a la pandemia cuando lo más probable es que suframos un segundo brote, con un peligro muy grande de que sea peor y más dañino que el anterior?

Hacer creer que se puede volver a la casilla de partida como si no hubiera pasado nada, como si esto que hemos vivido y lo que nos queda por vivir en los meses próximos no fuese sino una mala noche que pasa pronto, es una gravísima irresponsabilidad.

Lo que debería hacer Garamendi y otros responsables empresariales de su estilo es analizar la realidad sin anteojeras ideológicas, sin prejuicios y dejando a un lado su combate político. De la situación que hemos vivido y de la que todavía estamos saldrán bien las empresas que sean capaces de rediseñarse, de reformular sus estrategias y de tomar nuevas posiciones en los mercados y en las formas de financiación, suministro y consumo muy diferentes que van a nacer de esta pandemia, las que sean capaces de cambiar y de adaptarse a un mundo nuevo, las que innoven y no traten de agarrarse a lo viejo. Quien se empeñe en sobrevivir enquistándose en lo antiguo, haciendo lo mismo que se hacía antes, está condenándose sin remedio; y a esto es a donde lleva la irresponsable pretensión del presidente de la patronal española.

¿Cómo puede estar al mando de los empresarios españoles alguien que lo que quiere es volver al pasado? ¿Dónde puede acabar cualquier empresa que se guíe por ese principio tan retrógado, tan opuesto a la esencia de espíritu innovador de las buenas empresas?

No menos irreflexiva es su demanda de volver a la normalidad del «rigor presupuestario».

De entrada, es muy cínico y una manera muy estúpida de enfrentar al mundo de la empresa con el resto de la sociedad. Hay que tener muchas agallas, eso sí, aunque también muy poca vergüenza, para reclamar que el resto de la sociedad se endeude durante años y en la cantidad en que haga falta para salvar a las empresas pero que no gaste ni un euro en salvarse a sí misma.

Hay que ser muy desvergonzado para decir que un ingreso mínimo vital para las personas que no tiene nada es hacerlas perezosas e irresponsables y, al mismo tiempo, pedir ayuda sin límite porque las empresas (como es natural) no pueden salvarse por sí mismas en medio de una pandemia.

¿Qué tipo de empresario es el señor Garamendi para proponer que el Estado, se quiera o no el motor más potente de nuestras economías, actúe sin cambiar de dirección cuando cambian las circunstancias?

¿Es posible que la máxima representación de los empresarios españoles tampoco se haya enterado de que el prejuicio de la estabilidad presupuestaria ha sido el desencadenante más potente de la deuda en los últimos años, lo que ha frenado la actividad económica y, por tanto, la buena marcha de la inmensa mayoría de las empresas? ¿De verdad no sabe el señor Garamendi que Italia ha tenido más rigor presupuestario que Alemania en los últimos años y que, precisamente por ello, le ha ido peor, a su economía en conjunto y a sus empresas?

Basta hacer una búsqueda rápida de declaraciones en cualquier navegador para comprobar que el señor Garamendi reclama constantemente bajadas de impuestos, así que no cabe deducir sino que el rigor presupuestario que reclama es el que consiste en reducir el gasto que hace el Estado, un gasto que se traduce en un incremento final de renta multiplicado y, sobre todo, en inmediato ingreso para las empresas. ¿De verdad cree la máxima representación de los empresarios españoles que las empresas españolas (como las de cualquier otra economía) podrían sobrevivir sin el gasto del Estado, sin las infraestructuras que financia, sin salud o educación públicas, sin investigación básica, sin buena administración de justicia, sin seguridad… ¿está seguro el señor Garamendi de que lo que de verdad necesitan las empresas españolas es un Estado fallido?

La estabilidad presupuestaria es deseable, lo mismo que puede serlo el superávit o el déficit, esto es, en función de las circunstancias, pero no como un fin en sí misma. ¿Qué empresa sobreviviría si no se endeuda cuando debe o le conviene hacerlo? Pues lo mismo le pasa al Estado.

En lugar de reclamar lo imposible (volver a «la normalidad de siempre») o dejarse llevar por prejuicios ideológicos que la realidad va a dejar en la cuneta en poco tiempo (la estabilidad presupuestaria siempre y en toda condición), un dirigente empresarial como el señor Garamendi podría reclamar o denunciar otras actuaciones que harían que las empresas y la economía en su conjunto funcionen mucho mejor.

¿Por qué no propone un compromiso de Estado apara acabar con la corrupción de la que se aprovechan las grandes empresas pero que supone un sobrecoste para miles de ellas y para la sociedad en su conjunto? ¿Por qué no reclama normas que garanticen la competencia en los mercados y que limiten el poder de las oligopolios que perjudica o incluso expulsa de los mercados a las pequeñas y medianas empresas? Si quiere reducir la presión fiscal, como yo creo que es deseable ¿por qué no reclama que las grandes empresas españolas hagan una contribución semejante a la que hacen las pequeñas y medianas, en lugar de financiar informes que manipulan los datos para tratar de demostrar que eso no ocurre en España? ¿y por qué no reclama que las empresas que obtienen beneficios en España contribuyan por lo que España les proporciona para que puedan obtenerlos, aliviando así la presión que soportan las empresas que sí cumplen con sus obligaciones? ¿Por qué no exige que las empresas de mayor poder no sigan imponiendo condiciones draconianas a las pequeñas y medianas que le aprovisionan, apropiándose de los márgenes y arruinando así a muchas de ellas u obligándolas a operar bajo mínimos? ¿Por que no denuncia lo que están haciendo los bancos con miles de empresas, obligándolas a cambiar sus pólizas y a amortizar en condiciones muy desfavorables las ayudas que ha dado el Estado? ¿Por qué no ha denunciado o denuncia a las empresas que se endeudan para distribuir beneficios, generando una ineficiencia fatal en todo el sistema que perjudica a la mayoría de las empresas? Si quiere rigor presupuestario, ¿por qué no denuncia los contratos públicos privilegiados de los que se aprovechan las grandes empresas constructoras para construir lo que no tiene más utilidad que proporcionarles beneficios con el dinero de todos? Si quiere ayudar a las empresas españolas en general y no sólo a las más poderosas, ¿por qué no reclama planes y pactos para salir de la dependencia del turismo y el ladrillo? ¿por que no pone sobre la mesa una estrategia de reindustrialización y de apropiación del valor añadido que generamos? ¿Por qué no denuncia las manipulaciones del mercado, el freno a la innovación y los fraudes de las compañías eléctricas que elevan innecesariamente los costes de las empresas? ¿Por no reclama a las empresas españolas que dediquen más recursos a la investigación e innovación para ser competitivas? Si quiere eficiencia, progreso empresarial y más competitividad ¿por qué no denuncia a las empresas que hacen competencia desleal incumpliendo las normas legales y por qué no propone un plan de lucha contra los fraudes y la economía sumergida? ?¿Por qué no hace propuestas que puedan aumentar la eficiencia del mundo empresarial español y la productividad, como la de repartir los dividendos en tres partes destinadas a los accionistas, a los trabajadores de la empresa y a la reinversión, algo que no propuso Lenin sino el presidente Nicolás Sarkozy en 2009? ¿Por qué no es valiente y dice, como decimos muchos economistas de izquierdas o derechas, que lo fundamental en estos momentos es dar a las empresas toda la ayuda que necesiten y durante el tiempo que haga falta, pactando las condiciones más favorables para todos y asumiendo el endeudamiento que será necesario para ello como un compromiso patriótico y no como un arma arrojadiza contra el gobierno, como si este estuviera gastando ese dinero en su propio beneficio? ¿Y por qué no, en lugar de sumarse a la guerrilla de la derecha extrema, no se une a quienes reclamamos a la Unión Europea más sensatez, no favores, y menos «sálvese quien pueda» para hacer frente a la emergencia en la que nos encontramos, por ejemplo, pidiendo un plan europeo de reestructuración de la deuda que permita mantener las ayudas a las empresas todo el tiempo necesario? Y, sobre todo, ¿por qué no deja a un lado los prejuicios ideológicos, el discurso de partido y el servilismo hacia las empresas que dominan el mercado y piensa en las pequeña y medianas que no tienen su influencia, en los trabajadores autónomos, que necesitan pragmatismo y ayudas efectivas y no rifirrafe político?

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