Datos para ser conscientes del daño que ha provocado la banca mundial

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Pinchando en la siguiente imagen se entrará en una web donde se puede comprobar el daño extraordinario que ha provocado la banca internacional y la magnitud terrible de la actual crisis. Está en inglés pero creo que se puede entender perfectamente. Hay que ser muy iluso para creer que se va a salir de ella sin cambios muy radicales o manteniendo el sistema tal y como estaba.

Nota: las cifras que aparecen son billones de Estados Unidos, es decir, miles de millones y no billones de los nuestros.

¿Dentro o fuera del euro?: Diez ideas

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Texto para uno de los debates sobre la actualidad económica que se llevan acabo en la Fundación Primero de Mayo. 

1. La pertenencia de un país a una zona monetaria común puede ser muy positiva y deseable pero solo pueden si se cumplen determinadas condiciones. En otro caso, una moneda común se convierte en un experimento que provoca más problemas de los que puede resolver (Ver Juan José R. Calaza, Teoría económica de la moneda única: El euro contra España. Ed. Pirámide, Madrid 1998. Un análisis más resumido en Juan Torres López, El euro: lo que nos quieren contar. Sevilla 1995. En www.juantorreslopez.com/wp-content/uploads/EURO.pdf).

2. La Unión Monetaria Europea prácticamente no cumplió cuando se aprobó, y ni siquiera ahora, ninguno de esos requisitos. Pero no por un simple fallo de diseño: tanto los países con capacidad para generar grandes excedentes de capital como las grandes empresas con fuerte dominio del mercado se benefician extraordinariamente de este diseño.

3. En las condiciones a las que acabo de hacer referencia fue inevitable que las economías (llamémosle periféricas en un sentido amplio) que se iban incorporando a la Unión Monetaria desde posiciones más atrasadas, estuvieran condenadas a sufrir graves perjuicios:

a) Un progresivo proceso de descapitalización interna y de auténtica colonización por parte de los capitales procedentes de las economías «centrales».

b) La especialización en actividades muy dependientes del ciclo y de los vaivenes de los flujos financieros (con especial incidencia de las burbujas), lo que aumenta su inestabilidad y la debilidad estructural.

c) Una gran dependencia, no solo económica, sino política, al fortalecerse los grupos oligárquicos.

d) Carencias de capital social cada vez más grandes.

En resumidas cuentas, la opción de integrarse en una zona monetaria de esta naturaleza era sencillamente suicida para los países de la periferia europea, entre ellos España.

4. España no tomó prácticamente ningún tipo de defensa para hacer frente a los peligros que iba a conllevar su entrada en el euro en las condiciones en que estaba diseñado y en las que se encontraba nuestra economía.

Es verdad que la pertenencia al euro ha permitido la entrada de un gran caudal de recursos pero eso hay que ponerlo al lado de los que han salido de España para retribuir a los capitales que se han adueñado de la inmensa mayor parte de nuestro aparato productivo prácticamente en todas las actividades económicas. El cambio que ha dado nuestro país es evidente pero igualmente lo es que se han dedicado principalmente a consolidar un modelo productivo caracterizado por el gran derroche energético, por el gran coste ambiental de las grandes infraestructuras, a la larga insostenible, muy desigualitario, y solo aparentemente orientado a ganar competitividad restringiendo costes salariales porque a la postre (cuando se ha producido la mayor contención salarial de la OCDE prácticamente desde que estamos en el euro) no ha permitido mejorar nuestra balanza exterior, sino todo lo contrario.

Tampoco la consolidación de ese modelo es casual: es el que mejor responde a la política de deuda, es decir, al objetivo explícito de generar más demanda de crédito para favorecer el negocio bancario y alimentar la ganancia especulativa que, en los años del euro, se ha disparado.

5. La extraordinaria magnitud de la crisis ha golpeado como un misil a la línea de flotación de la economía española que ahora se encuentra frente a cuatro grandes problemas o desequilibrios, obviamente entrelazados:

a) Una crisis de demanda muy profunda, agravada actualmente por la política de austeridad.

b) Una crisis bancaria.

c) Una crisis de deuda soberana y de deuda privada.

d) Una crisis de modelo productivo.

6. Para salir de una crisis de, al menos, las cuatro dimensiones que acabo de señalar, la economía española necesitaría disponer a muy corto plazo, al menos, de:

a) Un plan de estímulo que recupere la generación de ingreso y la demanda interna.

b) Una reconversión radical del sistema financiero para disponer de la financiación que evite la continuada destrucción de actividad.

c) La puesta en marcha de nuevas formas de generación de riqueza y empleo

d) Una reestructuración de la deuda.

e) Un Banco Central auténtico que aliviara el peso creciente de la deuda que generan los intereses vinculados a su financiación privada sin que sea suficiente con que intervenga puntualmente en los mercados secundarios.

f) Una reforma fiscal muy profunda y apoyada desde fuera para evitar salidas de capitales y una exacerbación de la evasión fiscal.

g) Y todo ello requiere, por encima de todo, capacidad de maniobra.

Es evidente que este tipo de medidas básicas requerirían la comprensión y complicidad en unos casos o el apoyo y la colaboración explícitos en otros de la Unión Europea. Pero es realmente impensable o incluso imposible que eso se de en el muy corto plazo de tiempo en que sería necesario aplicarlas (y posiblemente ni siquiera a medio plazo).

Por tanto, creo que los problemas de nuestra economía no tiene solución completa posible en el seno de la Unión Monetaria Europea si nos limitamos a aceptar las condiciones en que ésta está diseñada y las políticas que viene imponiendo en los últimos tiempos.

7. Ahora bien, la pertenencia a la Unión Monetaria (incluso en las condiciones imperfectas y dañinas actuales que he comentado) no impide que en cada país, y en concreto en España, se tomen medidas que permitirían dar un giro distinto a la evolución de la crisis.

– Se podrían obtener fondos que reactivaran la demanda interna revirtiendo las reformas laborales y financieras que han provocado una caída continuada de ingresos.

– Se podría disponer a corto plazo de financiación para la actividad económica a partir de fórmulas que incluso son variadas: nacionalizando bancos o creando una central de depósitos en la línea de propuestas de reforma bancaria que incluso el propio Fondo Monetario Internacional está aireando.

– Se podrían poner en marcha nuevas experiencias de actividad productiva, de canales de distribución o de impulso de nuevos sectores (Hay propuestas interesante al respecto en Antonio Quero, Bases para un Acuerdo Nacional para la salida de la crisis y la defensa de la soberanía económica. En http://www.basesenred.org/images/Bases_Acuerdo_Nacional_8-10-2012_II.pdf).

– España también tiene a su alcance la posibilidad de llevar a cabo reformas fiscales y de poner en marcha una batalla contundente contra el fraude fiscal que permitiría incrementar en una gran medida los ingresos fiscales.

– Aunque contraería mayores dificultades, ni siquiera es aventurado pensar que España podría diversificar las fuentes internacionales de financiación con el fin de romper a corto y medio plazo las servidumbres que viene imponiendo el capital europeo.

– E incluso se puede plantear la creación de una moneda paralela al euro y cerrada al mercado y a las operaciones de pago internas, tal y como ha propuesto Juan J. Calaza. Una propuesta muy importante porque, siendo compatible con la pertenencia al euro, permitiría un reflotamiento de la financiación y de la actividad en el mercado interno que es la condición previa y sine qua non para salir de la crisis (Juan J. R. Calaza, Para salir de la crisis sin salir del euro: España debe emitir europesetas (electrónicas), en: http://bit.ly/vurblgy Para entender la europeseta electrónica. Qué es y, sobre todo, qué no es, en: http://bit.ly/YFrfkl).

8. Un tercer escenario para hacer frente a la situación en la que se encuentra la economía española es el de la salida del euro que obliga a poner sobre la mesa dos consideraciones previas: la posibilidad intrínseca de llevarla a cabo, y las ventajas e inconvenientes que supondría.

La salida del euro ni siquiera se encuentra contemplada formalmente como tal en los Tratados Europeos, de modo que cabe pensar que solo se podría producir mediante una ruptura institucional radical con la Unión Europea. Lo que no quiere decir que no sea viable, como se propone en un reciente trabajo de Rober Bootle (Leaving the euro: A practical guide. En http://bit.ly/HM09dX. Vid. también Jacques Sapir, Si hay que salir del euro…. En Miguel Riera, ¿Salir del €uro? El Viejo Topo, Barcelona 2012).

Sobre sus ventajas e inconvenientes hay que considerar, por un lado, el impacto a corto plazo, muy traumático y costoso. Y, por otro, el que podría tener a medio y largo plazo, que solo podría ser positivo si se consigue no solo superar el efecto depresivo y desestabilizador inmediato de la devaluación interna y externa que supondría y de la descapitalización acelerada que produciría, sino se logra cambiar de dirección en no demasiado tiempo, poniendo en marcha actividad económica y proyectos empresariales en nuevos ámbitos y con incentivos y formas de propiedad, gestión y financiación muy distintas a las hoy día predominantes.

Sea cual fuere el saldo final de este proceso, no cabe la menor duda de que comportaría igualmente grandes dificultades, desórdenes y sacrificios, sobre todo, en los dos o tres primeros años.

9. En conclusión, me parece que hay un peligro más grande y un riesgo cierto en el futuro.

El peligro es el que comporta continuar en el euro bajo las políticas de recorte de derechos, de restricción del gasto y de descapitalización que se vienen llevando a cabo. Si no se frenan cuanto antes pueden dejar a España frente a una o dos décadas perdidas en el futuro inmediato y sumida no solo en una depresión económica sino ante continuas convulsiones sociales, algo muy peligroso en una sociedad donde el poder oligárquico procedente de la dictadura no solo no se ha desarticulado sino que ha salido reforzado en la democracia.

El riesgo es el que conllevaría romper con la inercia y enfrentarse a los poderes dominantes en Europa, aparte, naturalmente, del que significaría no poner en marcha adecuadamente alternativas llamémosle reformistas mientras se sigue perteneciendo al euro. Y, por supuesto, el de enfrentarse a los mercados y a los grandes grupos empresariales y financieros que están definiendo el camino que recorre Europa. Pero si España no lo asume cuanto antes, pagará un precio muy elevado.

Si hubiera que ordenarlas alternativas por deseabilidad, creo que la más atractiva sería pertenecer a otra Europa sin los déficits sociales y democráticos actuales y a una zona monetaria única concebida cooperativamente para desarrollar a las naciones y no para que los centros de poder se aprovechen de las más frágiles. Pero es evidente que el deseo no es suficiente para hacer realidad los proyectos sociales. Lo ideal actualmente sería la estrategia intermedia, que proporcionaría ingresos,  financiación y, sobre todo, capacidad de maniobra, reduciendo los abismos que hoy día conllevan permanecer en el euro con una actitud pasiva ante las políticas dictadas por los países europeos generadores de excedentes de capital o salir de él. Y de ser ésta inviable, muy posiblemente la única solución que quedaría sería la salida del euro, en cualquiera que fuesen las circunstancias en que se diera.

10. En cualquier caso, lo que me parece más relevante y la conclusión principal a la que deseo llegar es que ninguna de esas alternativas es viable en las condiciones políticas en las que estamos. Mientras predomine en España la fragmentación política y bajo el esquema de partidos y el equilibrio resultantes de los pactos de la transición ni se podrá tratar de modificar la situación en la que estamos dentro de Europa, ni se podrán poner en marcha reformas internas dentro del euro, ni, por supuesto, será viable salir de éste. Se requiere una previa modificación de nuestro marco político y el nacimiento de una nueva mayoría social en torno a un proyecto que en otro lugar se llamaría «nacional» pero que, como prueba de las dificultades que hay para ponerlo en marcha en España, aquí ni siquiera sabríamos qué calificativo deberíamos ponerle para definirlo como deseado por esa inmensa mayoría de personas y clases, colectivos sociales, sin herir un buen número de sensibilidades.

Los bancos centrales como problema

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Publicado en Sistema Digital el 17 de enero de 2013

Un obstáculo posiblemente insuperable para poder salir de la crisis es el actual estatuto y el modo de actuar de la inmensa mayoría de los Bancos centrales. Desde los años ochenta del pasado siglo se fue modificando la naturaleza de casi todos ellos para declararlos independientes del Gobierno (y, en general, de los poderes representativos) y para obligarles a centrar su actividad en la lucha por la estabilidad de los precios. El fundamento de ese «encargo» era puramente ideológico, puesto que no había evidencia solvente alguna (como comentaré enseguida) que permitiera afirmar que eso sería bueno para las economías. Su propósito real no era otro que favorecer aún más a los grandes propietarios de capital. Para justificarlo se decía que los Gobiernos buscan el voto y que para ello aumentan irresponsablemente el gasto público, provocando deuda e inflación, mientras que unos Bancos centrales independientes de esa veleidad política podrían evitar que los precios se disparasen, manteniendo una severa disciplina monetaria que solo así se podría imponer.

Además, se aseguraba que un Banco central independiente tendría mucha más credibilidad y que eso, entre otras cosas, evitaría que los sujetos económicos elaborasen expectativas erradas que al final podrían anular la eficacia de las políticas económicas. Y los defensores más monetaristas de la independencia y la estabilidad de los precios declaraban que si se conseguía esta última se aseguraría también la deseada estabilidad financiera, la que tiene que ver con los flujos de crédito que satisfacen las necesidades de financiación de empresas y consumidores.

Sin embargo, la realidad de los hechos ha sido otra completamente distinta a la prevista por los defensores de los Bancos centrales independientes.

La estabilidad de los precios se ha conseguido en gran medida pero antes de que los Bancos fueran independientes y actuaran como tales, y los estudios empíricos muestran que si bien puede detectarse una cierta relación negativa entre independencia y nivel de inflación, no se puede asegurar que la primera sea la causa que la segunda, ni tampoco que la independencia produzca automáticamente una disminución de los índices de precios.

Además, no se puede olvidar que si bien la etapa de independencia de los Bancos centrales ha estado asociada a baja inflación (aunque no necesariamente por su causa, como acabo de señalar), ésta última se ha manifestado en algunos índices de precios pero no en los relativos a bienes que son determinantes de lo que ocurre en la economía, como la vivienda.

Tampoco ha resultado cierto que la estabilidad en los precios haya llevado consigo la estabilidad financiera, como habían pronosticado los defensores de establecer este objetivo como esencial o único de los Bancos centrales. Todo lo contrario. La etapa de Bancos centrales independientes está igualmente asociada al mayor número de crisis y perturbaciones financieras de toda la historia. Y eso ha sido así porque la estabilidad de los precios mediante las políticas monetarias restrictivas de los Bancos centrales resultaron ser, primero, una bicoca para los propietarios de capital financiero (cuanto más altos son los tipos de interés con la excusa de controlar los precios, mayor rentabilidad reciben). La alta remuneración al capital financiero absorbió una ingente cantidad de recursos que dejó de ir a la actividad productiva. Y más tarde, cuando la estabilidad se consiguió y los tipos se relajaron, la política monetaria relajada de los Bancos centrales favoreció un ingente incremento del crédito, que se unió a esa enorme masa capital financiero provocando burbujas en diferentes ámbitos hasta que estalló en la crisis que estamos viviendo.

Lo que ha ocurrido ha sido algo que la ceguera ideológica y la servidumbre hacia los intereses privados con la que actúan los Bancos centrales les impidió lo evidente: de nada sirve que los Bancos centrales sometan a una severa disciplina la circulación del dinero que ellos crean (que es una mínima parte del total del dinero que circula) si incentivan el crecimiento del dinero que crea la Banca privada.

Como hemos explicado Vicenç Navarro y yo en ‘Los amos del mundo. Las armas del terrorismo financiero’, la Banca privada crea mediante la deuda el 95% del dinero circulante, y lo que ha sucedido es que con la excusa de controlar el crecimiento del 5%, los Bancos centrales han permitido que explote el que ha llegado a ser el 95%. Algo que, lógicamente no ha sucedido por casualidad puesto que ha supuesto un enriquecimiento extraordinario de la Banca privada.

Ahora bien. La paradoja es que permitiendo que se genere tanta deuda privada y añadiendo a eso que el salvamento que han realizado de los Bancos privados ha sido a costa de aumentar sus balances en unos nueve billones de dólares, lo que puede ocurrir es que la propia política estabilizadora de los Bancos centrales haya creado la bomba de una hiperinflación futura (y, desde luego, de la nueva crisis financiera que veremos más pronto que tarde).

Y además de eso, la obsesión estabilizadora de los Bancos centrales ha supuesto un obstáculo constante para que los gobiernos pudieran poner en marcha políticas de creación de empleo, algo que, por cierto, también venía muy bien a los grandes capitales, porque con niveles de paro elevados se pueden conseguir más fácilmente condiciones laborales favorables frente a los trabajadores.

Adicionalmente, en algunos Bancos centrales independientes (como el europeo) se impuso también el criterio de que no podrían financiar a los gobiernos, obligándoles a financiarse por la Banca privada a intereses, lógicamente mucho más elevados.

Y, para colmo, los Bancos centrales independientes, que se suponía que iban a ser un ejemplo de credibilidad y de buen hacer, han resultado ser unos vigilantes desastrosos, cuando no corruptos, que han mirado a otro lado cuando se han estado produciendo los desmanes en el sistema financiero. Los inspectores del Banco de España han denunciado en diversas ocasiones la pasividad de los directivos y en otros países se ha podido comprobar igualmente que hicieron oídos sordos a las denuncias de las irregularidades que han provocado la crisis.

Los resultados de todo esto están siendo fatales: la estabilidad de precios, que se estaba consiguiendo o se había conseguido sin necesidad de la independencia, ha pasado a ser utilizada como coartada para imponer políticas monetarias contra el empleo, muy rentables para el capital financiero más improductivo pero generadoras de burbujas, de inestabilidad financiera y de una expansión terrible de la deuda privada, y allí donde los Bancos centrales dejaron de financiar a los gobiernos, también de una gran deuda pública. Además de permitir la comisión de docenas de fraudes bancarios y engaños de todo tipo.

Y todo ello por no hablar del déficit peligroso que supone que algo de tanto interés público como el dinero y la financiación de la economía se gobierne justamente al margen de las preferencias del público.

Es muy difícil, por no decir imposible, que se pueda salir de la crisis con un instrumento tan esencial como los Bancos centrales viciados y desnaturalizados tan solo para favorecer al capital bancario y financiero y que frena constantemente las políticas
Algunos gobiernos empiezan a ser conscientes de ello y toman medidas que deberían servir de ejemplo. El último ha sido el de Japón, que se dispone a intervenir modificando el estatuto y la naturaleza del Banco central para que abandone el objetivo exclusivo de la inflación, para que financie inmediatamente al Gobierno comprando títulos y para que aporte más liquidez a una economía que se encuentra, en gran parte por culpa de la política del Banco central, en situación deflacionaria.

Si hay un lugar en donde eso sería incluso aún más necesario es la Unión Europea. Si no se interviene y se modifican pronto las funciones y el modo de actuar del Banco Central Europeo es seguro que nos quedan por delante muchos años de zozobra y padecimientos.

Causas estructurales y respuestas alternativas a la crisis

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Resumen de la intervención en la Jornada REPENSAR LA CRISIS DESDE ANDALUCÍA organizada por el Centro de Estudios Andaluces. Málaga, 18 de octubre de 2012. Versión impresa aquí.

Para poder dar respuestas eficaces a las crisis entiendo que es fundamental partir de un diagnóstico lo más acertado posible de sus causas, no solo de las más inmediatas sino de las estructurales, es decir, de las que tienen relación con los procesos socioeconómicos más profundos, con las variables enraizadas en lo más hondo de las relaciones económicas y que, precisamente por eso, suelen quedar más ocultas al análisis que se necesita para poner en marcha las soluciones políticas.

En mi opinión, y como he tratado de demostrar en otros trabajos[1], lo que viene siendo habitual en el tipo de análisis dominante sobre la crisis es que se pase por alto una serie de circunstancias que a mi juicio son precisamente las determinantes de lo que ha ocurrido y, por tanto, fundamentales para poder acertar con el tratamiento que realmente permita superar sus efectos más negativos para la inmensa mayoría de la población.

Por ello, me gustaría dedicar mi intervención a señalar diez aspectos que me parecen esenciales en relación con los problemas que viene sufriendo la economía española en el contexto de la crisis internacional en el que nos desenvolvemos.

1. La actual crisis no es la crisis, como generalmente nos referimos a la crisis. En realidad es una crisis más, de otras muchas, y eso me parece que es muy importante que lo tengamos en cuenta.

El hecho de que desde los años setenta hasta aquí haya habido alrededor de 130 crisis, perturbaciones graves o situaciones de stress financiero refleja que esta en la que estamos forma parte de una etapa en la que la inestabilidad financiera es casi un estado habitual. Algo particularmente relevante si se compara con lo sucedido en los treinta años anteriores en los que prácticamente no hubo crisis financieras de ningún tipo.

El hecho de que fases temporales tan extensas tengas propiedades y manifestaciones financieras tan diferentes obliga a considerar las circunstancias en que cada una de ellas se desarrolló porque éstas no pueden ser ajenas al hecho de que o no se produzcan crisis financieras o que se multipliquen como auténticas pandemias.

Como acaba de poner de relieve Alan M. Taylor en un trabajo reciente[2], las diferencias entre el periodo comprendido entre 1945 y mediados de los años setenta y entre éstos años y la actualidad son muy significativas y si las ponemos de relieve podremos deducir, por tanto, cuáles son las circunstancias que están asociadas a la multiplicación de las crisis financieras o incluso a su propia existencia.

En el primer periodo hubo una gran disciplina del sector bancario, control de los movimientos de capital, estricta regulación doméstica, bajo crecimiento del crédito, muy poca innovación financiera y, asociado a todo ello, mayor ahorro, alta inversión y tasas de crecimiento de la actividad económica más elevadas. Justo lo contrario de lo que ha ocurrido desde los años setenta a la actualidad, cuando se ha relajado la disciplina en grado extremo, cuando hay plena libertad de movimientos de capital, una innovación financiera constante orientada a la especulación y, como consecuencia de ello, una derivación permanente del ahorro hacia la esfera de las finanzas puramente especulativas que desfavorecen el crecimiento de la actividad productiva.

Por tanto, sabemos que esta crisis no es una excepción ni un hecho aislado sino una manifestación más de los males que produce un determinado régimen financiero bajo la desregulación y liberalización. Y, en consecuencia, sabemos, pues, que es esto mismo lo que se debería evitar si queremos que las crisis dejen de producirse.

2. Si bien esta crisis es un episodio más de la pandemia que sufrimos desde los años setenta, sí es cierto, sin embargo, que es especialmente destacable y singular por su magnitud y extensión, rasgos que no creo que sea necesario documentar ahora pues son bien sabidos los efectos tan dramáticos que ha tenido sobre el conjunto de la economía mundial.

En realidad, esta mayor dimensión es la consecuencia de que se exacerban día a día dos grandes circunstancias que están en la base de la crisis y a las que a menudo no se concede el lugar principal que tienen. La primera es el extraordinario incremento de la desigualdad que, desde cualquier punto de vista que se considere, alcanza hoy día los niveles más altos desde la Gran Depresión[3]. La segunda es el desorbitado aumento de la deuda asociada a la expansión de la actividad especulativa y a la innovación financiera constantemente alimentada por la banca[4].

La desigualdad es el motor que alimenta y da fuerza a los flujos de capital especulativo que desestabilizan constantemente los mercados y que, al mismo tiempo, debilitan la actividad productiva. Por eso, como ha señalado, es la variable clave sobre la que habría que actuar para poder cambiar de rumbo a la economía internacional y, más concretamente, para poder erradicar la dinámica de crisis recurrentes en la que se inserta la que estamos viviendo.

Por su lado, el incremento de la deuda se ha convertido ya en una bomba de relojería que no solo ha dado a esta crisis la dimensión tan extraordinaria que ha alcanzado, sino que amenaza con detonar en otros ámbitos (deuda soberana, crisis alimentaria, quiebras bancarias de momento disimuladas con artimañas contables, creación constante de burbujas…) produciendo nuevos episodios de crisis.

Y en este sentido no se puede olvidar que el origen de este incremento constante de la deuda no es otro que el privilegio de creación de dinero que tiene la banca privada gracias al sistema de reservas fraccionarias, de modo que sin limitar o ponerle fin será inevitable que sigamos sufriendo nuevos episodios de crisis, o que la salida de la actual sea prácticamente imposible si entendemos por salir de ella el alejar con seguridad un nuevo ramalazo de perturbaciones financieras.

3. Como ya he anticipado, las circunstancias que actuaron como detonador directo de la actual crisis (la difusión de hipotecas sub prime y la posterior quiebra del sistema bancario que suscribió y difundió sus derivados) es el resultado de la desregulación, de la falta de disciplina y de vigilancia por parte de los supervisores, de la complicidad de ciertos poderes públicos con los intereses de la banca privada internacional, o del fundamentalismo con que se ha gestionado la política financiera[5]. Por tanto, resultará también imposible salir de la crisis y evitar otras próximas, sucesivas e incluso lógicamente  de mayor envergadura, si no se establece un nuevo tipo de regulación financiera, mucho más severa, disciplinada, represiva y autónoma respecto a los intereses privados, tanto de los bancos, grandes fondos de inversión y empresas multinacionales como de las agencias de calificación y, en general, de los grandes polos de poder económico que en los últimos treinta y cinco años se han erigido en las referencias que establecen lo que se puede hacer o no en los mercados financieros.

La falta de pasos decisivos en este campo, dadas las servidumbres indisimuladas de los gobiernos respecto a los grandes poderes financieros, impiden que se recobre el sistema financiero mundial, de modo que existiendo una abundancia impresionante de capital financiero no hay financiación, sin embargo, para las empresas y la actividad productiva, porque los recursos se derivan constantemente hacia la especulación, lo que materialmente impide la recuperación y la salida de la crisis.

Las reformas financieras que se han propuesto han sido tímidas y apenas si se han llevado a la práctica porque se han dilatado tanto los plazos y las exigencias que, en la práctica, no han tenido efecto alguno de cara a resolver los problemas de financiación que aún siguen padeciendo las economías.

4. Las políticas que los gobiernos han tomado frente a la crisis han sido insuficientes, inicialmente, y en algún caso, como especialmente en Europa, totalmente contrarias a lo que puede permitir que se recupere el ingreso, la actividad y el empleo.

La política de salvar a la banca considerando que los bancos afectados eran demasiado grandes para caer ha provocado un gasto ingente de recursos, una mayor concentración financiera y a la postre, como acabo de señalar, que ni siquiera se haya resuelto el problema bancario que dio lugar a la crisis. En su lugar, la inmensa mayoría de los bancos siguen siendo bancos verdaderamente zombies, cuya verdadera situación solo se disimula gracias a estratagemas y mentiras contables consentidas por los gobiernos en beneficio en su único beneficio.

Los primeros planes de estímulo permitieron evitar una verdadera debacle pero finalizaron antes de tiempo, consumieron menos recursos de los necesarios y los aplicaron a actividades que simplemente lograron mantener cierto nivel de empleo pero sin ser capaces de modificar la lógica o el modelo productivo, de combatir la desigualdad o de proporcionar las bases para un nuevo uso más equilibrado y sostenible de los recursos.

Para colmo, el contumaz fundamentalismo con que se están aplicando en Europa las llamadas políticas de austeridad (realmente, solo encaminadas a que Alemania pueda asegurar la mayor cantidad posible de retornos en la deuda que los bancos de la periferia tienen con los suyos) está provocando una nueva recesión en el seno de la Unión Monetaria, algo inevitable cuando a todos los países de la eurozona se les impone una estrategia deflacionista que mengua los ingresos de todos ello y, por tanto, su capacidad de contribuir al sostenimiento cooperativo de los demás mercados, que es la base que puede hacer exitosa una zona monetaria auténtica.

Sin un cambio radical de orientación, sin poner en marcha un autentico plan de estímulo de las economías, basado no solo en la acumulación de mayor cantidad de recursos sino en el cambio del modelo productivo imperante en la UE y en el seno de sus naciones integrantes, será igualmente imposible modificar la tónica nuevamente recesiva en la que nos encontramos y encaminarnos a una salida efectiva de la crisis.

5. A los problemas de caída de la actividad y desempleo que produjeron en casi todo el mundo la falta de financiación a empresas y consumidores y la caída subsiguiente de la demanda, se siguió en la mayoría de los países otro igualmente grave provocado por el incremento vertiginoso de la deuda soberana de los estados, como consecuencia, al mismo tiempo, de la caída de los ingresos públicos y del aumento del gasto público.

Pero hay que tener en cuenta que los problemas de prima de riesgo que algunos países, como España, están sufriendo no tienen que ver tanto con la magnitud de la deuda (la de España sería aún llevadera incluso con el volumen que tiene en estos momentos) sino con la presión especulativa que hizo subir artificialmente los intereses con los que se ha financiado.

Y, sobre todo, hay que considerar otras dos circunstancias que igualmente se están soslayando a la hora de hacer frente a este problema de deuda.

La primera, que el problema principal no radica en la deuda pública sino en la privada, que es la que realmente resulta impagable, no ya en las condiciones de falta de actividad e ingreso actuales sino en las que previsiblemente se darán en el futuro.

Lo que en realidad se está produciendo es una reconversión de la deuda privada en otra pública, para que sea el conjunto de la población la que se haga cargo de la que han generado, principalmente y en beneficio propio, las grandes empresas financieras. En 2008, cuando comenzaba la crisis, la deuda pública representaba un 19,1% del total (pública y privada) de la española, la de las familias un 20,6%, la de las Pymes un 3% y la de las grandes empresas un 57% (de ellas, el 95% correspondía a las de más de 250 trabajadores). Y eso teniendo en cuenta que el 64,7% de la deuda de las familias correspondía al 10% más rico de todas ellas.

Lo que se trata de hacer cuando los propios mercados han puesto en jaque al Estado español haciendo que artificialmente suba la prima de riesgo es justificar un rescate de la economía española en su conjunto para rescatar en realidad a los bancos que son deudores de las entidades europeas, principalmente alemanas y francesas, convirtiendo así en pública su deuda privada.

La segunda circunstancia a tener en cuenta tiene que ver con el origen de la deuda total española y cuya cuantía es hoy día tan preocupante (aunque preocupante, como he señalado, más por la presión de los tipos de interés que por su volumen total, todavía relativamente manejable y, desde luego, asumible al empezar la crisis, cuando era el segundo menor de la Unión Europea).

Habitualmente se señala que su origen está en supuestos excesos en sector público, en grandes gastos sociales y en un Estado de Bienestar que se considera desmesurado, de donde se deduce que para combatirla es preciso recortar gastos en educación, sanidad, pensiones, dependencia, administración pública, etc.[6]

Sin embargo, así se falsea la realidad porque no se tiene en cuenta que el verdadero origen de la deuda pública española es otro: el hecho de que España (como los demás países europeos de la zona euro) no haya podido disponer de un banco central que financiara los gastos públicos sin interés o a un interés super reducido y, en lugar de ello, haya tenido que hacerlo mediante financiación bancaria privada a los intereses de mercado.

Una simulación elemental permite comprobar que si España hubiera dispuesto de una financiación al 1% procedente de un banco central desde 1989, la deuda acumulada por los sucesivos saldos primarios acumulados desde esa fecha hasta la actualidad representaría un 14% del PIB, y no estaríamos, por tanto prácticamente en el 90%, como en la actualidad[7].

El grueso de la deuda, por tanto, es el resultado de una decisión asumida en Europa claramente en contra de los intereses de los pueblos, de cuyas consecuencias nunca se le ha hablado y que, por tanto, puede decirse que ha sido impuesta claramente contra su voluntad, es decir, que es una deuda odiosa o ilegítima.

Desde el año 2000, España ha pagado unos 227.000 millones en concepto de intereses y eso es lo que ha ido acumulando una deuda cada vez mayor, porque de haber sido financiada como deben ser financiados los gastos de los estados no habría alcanzado nunca el volumen de ahora. Téngase en cuenta que solo en 2008, 2009 y 2010 España ha tenido que pagar 120.842 millones de euros para hacer frente a la deuda en estas condiciones que le imponen los mercados[8].

Por tanto, hay que concluir que España tiene derecho a revisar la naturaleza de su deuda, a repudiar la ilegítima u odiosa, y que debe plantearse las consecuencias tan negativas que ha tenido y que va a tener mantenerse en una zona monetaria mal  diseñada, o mejor dicho, diseñada para favorecer el negocio de la banca privada a costa de crear innecesariamente un problema ingente de deuda soberana en algunos de sus estados miembros.

6. Como es bien sabido, España tiene una situación económica y financiera más difícil que otras economías de su entorno. Esto es el resultado del problema de deuda al que acabo de hacer referencia (más concretamente a la gran presión especulativa de los mercados) pero, sobre todo, a otras circunstancias que es preciso tener en cuenta para poder actuar sobre ellas, al contrario de lo que viene ocurriendo cuando se soslayan.

En primer lugar, que la gran influencia de la banca y los grandes grupos de poder económico ha favorecido en los últimos decenios un tipo de especialización muy negativa de nuestra economía, basada en el desarrollo de un modelo productivo ineficiente, insostenible, depredador, desigualitario, desvertebrado y muy dependiente[9].

En segundo lugar, el entorno de la eurozona que, como ya he señalado, fue diseñado de modo muy imperfecto, sin disponer de los instrumentos que son imprescindibles para que una unión monetaria no cree más problemas de los que viene a resolver y que, así, perjudica mucho a los espacios periféricos o más dependientes, como el de España.

Por último, el gran poder del que disponen en nuestro país la banca y los grandes grupos oligárquicos, proveniente de los extraordinarios privilegios que adquirieron en la dictadura fascista y la mayoría de los cuales no solo no han desaparecido sino que incluso se han agrandado, y, por otro lado, de la gran desigualdad que hay en nuestra sociedad no solo en términos de ingresos sino a la hora de tomar decisiones políticas. Eso es lo que ha permitido que se haya desarrollado una burbuja inmobiliaria tan peligrosa sin control ni vigilancia (obviando las demandas que hacían técnicos, funcionarios cualificados o cientos de especialistas o personalidades independientes, como las que hicieron en varias ocasiones los inspectores del Banco de España cuando denunciaban la actitud «pasiva» de los órganos de dirección del Banco de España con su gobernador al frente[10]).

7. Todas estas circunstancias son las que han provocado la particular gravedad de la crisis española que (con independencia de otras de carácter más estructural) tiene tres manifestaciones inmediatas y principales y que son las que con carácter de urgencia habría que resolver y no se están resolviendo: la gran destrucción de empleo, al haberse venido casi completamente abajo el sector de la construcción y la disminución subsiguiente de la demanda interna, la presión de los mercados sobre la financiación de la deuda pública, y la crisis bancaria que impide financiar adecuadamente a las empresas y consumidores.

Lamentablemente, las medidas que se han venido adoptando siguiendo las preferencias de los grandes grupos oligárquicos y las imposiciones de la Unión Europea no solo no los resuelven sino que los han venido agravando.

Las políticas de austeridad hunden aún más la demanda interna, la inactividad del Banco Central Europeo, dedicado a proporcionar dinero fácil a la banca privada para que ésta haga negocio financiando a interés más elevado a los gobiernos, fomentan y no evitan la actividad de los especuladores contra España (como contra Grecia, Irlanda, Italia o Portugal), y las sucesivas reformas financieras, en lugar de dirigirse a garantizar de verdad la existencia de un auténtico sector financiero que proporcione recursos a la economía, se han limitado a reforzar el poder de las grandes entidades y a ponerles en bandeja el mercado (sobre todo el que venían teniendo las cajas de ahorros) para que así puedan salir de la insolvencia generalizada en la que prácticamente todas ellas se encuentran de facto.

En lugar de afrontar los problemas que realmente agudizan la crisis en nuestro país para salir definitivamente de ella, se ha aprovechado la situación de debilidad para poner en marcha reformas y recortes cuyo único fin es el de facilitar la entrada de negocios privados en los servicios públicos, para mejorar aún más la capacidad negociadora de las grandes empresas y para ahorrarles impuestos a los niveles más elevados de renta[11].

8. Cuando se plantea la necesidad de hacer frente a todos estos problemas que afectan a la economía española, además de afirmar que «no hay alternativas» (un juicio que en realidad no es argumento y que hemos tratado de desmontar en el libro anteriormente citado Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España, se suele argumentar que España no tiene capacidad de maniobra alguna en el seno de la unión monetaria.

Es cierto que nuestra pertenencia a la eurozona la limita en grado sumo en cuanto a instrumentos que serían esenciales para hacer frente a una crisis como esta, sobre todo, en política monetaria y de cambio que posibilitase la devaluación, y que impone severas restricciones en otras políticas como la presupuestaria. Eso es así, y de ahí, como he señalado, que debiera ser obligado poner sobre la mesa las ventajas e inconvenientes reales que tiene para España pertenecer a una unión monetaria diseñada mal y, digámoslo así, en su contra, en beneficio exclusivo de los grandes grupos financieros y empresariales y particularmente de los de Alemania. Pero dicho eso, no es del todo cierto que España carezca por completo de autonomía y que nuestro gobierno no pueda hacer nada que no sea lo dictado por Bruselas, como suele decirse. Por el contrario, ha dispuesto y dispone de más capacidad de maniobra de la que ha utilizado y esa es la causa de una parte importante de los males y sufrimientos que estamos padeciendo.

La pertenencia a la unión monetaria no obliga a financiar a la Iglesia Católica, por poner un ejemplo, con más recursos de los que paralelamente se recortan en servicios sociales, o a eliminar impuestos  como el de sucesiones o patrimonio, que, incluso en su moderada conformación anterior, permitirían ingresar cantidades que hubieran podido evitar gran parte de esos recortes. Como tampoco ha obligado a realizar las contrarreformas fiscales de años atrás que han mermado ingresos públicos y fomentado la evasión, o a ser tan contemplativos con la economía sumergida.

Incluso en el marco de la unión monetaria se podrían tomar medidas, como las fiscales que proponen los técnicos del Ministerio de Hacienda, que permitieran multiplicar los ingresos del Estado; o las que se vienen haciendo, por poner un ejemplo, para liberar demanda efectiva mediante la rebaja en la deuda tributaria, para crear nuevos tipos de contratos de trabajo que permitieran anticipar la creación de empleo a las empresas; o la nacionalización de bancos en condiciones menos onerosas y mucho más efectivas para relanzar la economía que las medidas que se han tomado.

9. Por todo ello, es muy importante desechar la idea tan intensamente asumida por una gran parte de la población (en gran parte porque se insiste mucho en difundirla desde los medios de comunicación ligados a los grandes intereses financieros y empresariales, es decir, desde prácticamente todos los privados), que tiende a hacer creer que la crisis es una especie de fatalidad, una circunstancia inapelable frente a la que apenas si se puede hacer nada que no sea lo que desde fuera se nos dice que hay que hacer. Como tampoco se puede admitir la idea que alternativamente se difunde a veces desde otros puntos de vista, según la cual todo es el resultado de un poder omnímodo de los mercados, de una dictadura financiera frente a la que no se puede hacer nada si no es provocando una especie de cambio universal que modifique todas y cada una de las condiciones de nuestra existencia.

Ninguna de esas dos versiones soporta una contrastación rigurosa con la realidad. Lo que nos ha sucedido no es el fruto de un imponderable, de una catástrofe inevitable, sino de que los gobiernos han dejado de hacer, que ellos mismos han establecido las condiciones que han permitido que se produzcan los hechos que han dado lugar a la crisis. Los gobiernos tienen en sus manos las medidas que pueden permitir que los asuntos económicos se desenvuelvan de otro modo y, particularmente, que pueden hacer que ni siquiera se tengan por qué dar las crisis financieras recurrentes que están destrozando a la economía mundial en los últimos años.

10. Teniendo en cuenta factores como los que he tratado de analizar en esta intervención creo  se puede tener enfrente una dimensión diferente de la crisis con la que resulta más fácil pensar en alternativas y ponerlas en marcha.

No todos los países tienen los mismos problemas, ni han padecido los mismos males, de modo que sería cuestión de seguir su camino y no, como está sucediendo, el que nos lleva en dirección contraria. Y la naciones que han llegado más lejos en progreso y en estabilidad social, incluso las que son más competitivas, si es que se quiere recurrir a este criterio convencional, muestran caminos por donde se supone que deberían transitar las que tratan de emularlos, luego lo que debería ser objeto de reflexión es que se nos impongan otros bien diferentes. Y, como he dicho, si hemos vivido largas épocas sin crisis financieras, lo significativo es el empeño en huir de las condiciones políticas y regulatorias que se daban entonces, para insistir, por el contrario, en las que sabemos que están asociadas a la perturbación financiera constante y a la crisis.

Las propuestas de políticas y medidas alternativas son muy abundantes, e incluso algunas de ellas han pasado ya la simple formulación teórica para aplicarse en otros países con éxito. Por ello me parece que resulta obligado concluir que si economías como la española se debaten en una situación tan frágil, incapaces de salir de la crisis y de resolver los problemas de la deuda, del empleo o de la generación de ingresos que otras economías han resuelto, incluso en el mismo marco deteriorado del capitalismo especulativo de esta etapa neoliberal en la que estamos, lo que ocurre no es que no existan alternativas sino que se carece de la decisión, de la voluntad y del poder político suficientes como para ponerlas en marcha.

No debe olvidarse una cuestión elemental que se quiere ocultar: los problemas económicos no tienen  soluciones técnicas, sino políticas. Y siendo así, sabiéndolo, quizá quede más claro que el deterioro de la situación económica de España, o de Europa en general, no es el resultado de que no existan soluciones alternativas sino de que se ha debilitado tanto la democracia que es imposible  que se impongan las que desea la mayoría de la población y que, en su lugar, se apliquen las políticas que solo benefician a una parte muy minoritaria, cuyo bienestar y riqueza es ajeno a la estabilidad económica y a la buena marcha general de los asuntos económicos.



[1] Juan Torres López y Lina Gálvez Muñoz, Desiguales. Mujeres y hombres en la crisis financiera, Icaria, Barcelona 2010; Juan Torres López. La crisis de las hipotecas basura. ¿Por qué se ha caído todo y no se ha hundido nada? Sequitur, Madrid 2011.

[2] Alan M. Taylor, The great leveragin. NBER Working Paper 18290, 2012, en http://www.nber.org/papers/w18290.

[3] Un análisis reciente sobre sus consecuencias de todo tipo Joseph Stiglitz, El precio de la desigualdad. Taurus, Madrid 2012.

[4] Vid Vicenç Navarro y Juan Torres López, Los amos del mundo. Las armas del terrorismo financiero. Espasa, Madrid 2012.

[5] Vid. Joseph E. Stiglitz, Caída libre: El libre mercado y el hundimiento de la economía mundial, Taurus, Madrid, 2010

[6] Hemos demostrado la falsedad de estas argumentaciones en Vicenç Navarro, Juan Torres López y Alberto Garzón, Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España. Sequitur, Madrid 2011. Versión libre en pdf en http://www.sequitur.es/hay-alternativa/

[8] Agustín Turiel. Informe sobre la legitimidad de la deuda pública de la Administración Central del Estado de España. En https://www.box.com/s/a5d5f0f2d1d4c7a90793

[9] Vid. Albert Recio, Capitalismo Español: La inevitable crisis de un modelo insostenible. Revista de Economía crítica, nº 9, 2010; Emmanuel Rodríguez López e Isidro López Hernández. Del auge al colapso. El modelo financiero-inmobiliario de la economía española (1995-2010). Revista de Economía crítica, nº 12, 2011; Albert Puig Gómez, El modelo productivo español en el período expansivo de 1997-2007: insostenibilidad y ausencia de políticas de cambio. Revista de Economía crítica, nº 12, 2011.

[10] Juan Torres López. Las responsabilidades del Banco de España. En http://www.attacmadrid.org/?p=4148.

[11] Sobre estas medidas en la etapa de gobierno del Partido Popular, vid. Vicenç Navarro, Juan Torres López y Alberto Garzón. Lo que España necesita. Una réplica con propuestas alternativas a la política de recortes del PP. Deusto, Madrid 2012.

Grecia ganó a Alemania

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Para el fin de semana dejo este video breve con el reportaje de un interesantísimo partido de fútbol entre Grecia y Alemania, que ganaron los primeros. Está en inglés pero se entiende perfectamente. No dejen de verlo.

Otro mito liberal sobre los impuestos

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Publicado en Público.es el 11 de enero de 2013, en con la colaboración de Mauricio Matus.

Todos los datos disponibles, y sea cual sea el punto de vista desde el que se consideren, muestran que las políticas neoliberales que se vienen aplicando en los últimos años tienen un resultado muy claro: mejorar los ingresos y la riqueza de los más ricos.

Como es lógico, quienes las ponen en marcha no las presentan a la población como si tuvieran ese propósito. Nadie iba a apoyar a un gobierno que dijese públicamente que las medidas que adopta se dirigen a aumentar la desigualdad y las rentas de los que ya están en la cima de la riqueza y el poder. Tienen que disimularlo y para ello llevan años pagando a economistas y a grupos de investigación para que difundan ideas que permitan ocultar el verdadero propósito de las políticas que llevan a cabo.

Eso es lo que ha convertido al neoliberalismo en una ideología verdaderamente mentirosa basada en un sinfín de proposiciones sin fundamento empírico alguno pero que, a base de ser difundidas sin descanso por todo tipo de medios de comunicación y de haberlas impuesto como dominantes en la Academia, se adoptan como si fueran verdades indiscutibles.

¿Quién no ha oído decir que para crear empleo hay que bajar salarios, que lo que le conviene a los países más pobres es acabar con el proteccionismo, que los factores demográficos son los que ponen en peligro las pensiones públicas, que el sector privado es más eficiente y barato que el público,…?

Estos y otros muchos mitos del neoliberalismo han sido desmontados ya con los datos en la mano en multitud de estudios pero quienes se encargan de difundirlos no los tienen en cuenta, simplemente los desprecian o los desconocen, y siguen propagando falsedades con el apoyo financiero, mediático y político de los grandes grupos de poder.

Uno de los mitos más extendidos y al que quisiéramos referirnos ahora tiene que ver con los impuestos. Desde hace años se viene insistiendo desde las fuentes de opinión neoliberal que cuanto más impuestos haya peor irá la economía y el empleo y que, por lo tanto, lo que hay que hacer es rebajarlos al máximo para que, por el contrario, pueda haber más actividad económica y más puestos de trabajo.

Con esa excusa llevan haciendo reformas fiscales desde hace años dirigidas siempre a rebajar impuestos a las personas de rentas más elevadas que, lógicamente, tienen como efecto el incremento de sus ingresos y de su bienestar en perjuicio de las demás. Y no solo de quienes necesitan un sector público potente porque no pueden pagarse servicios privados sino de muchos empresarios que también necesitan una buena dotación de capital público y social para crear riqueza y que tienen que renunciar a él por la falta de recursos del Estado que originan los menores ingresos públicos.

La gente normal y corriente suele aceptar estas reformas precisamente porque su justificación es aparentemente muy razonable: ¡todo sea por mejorar la marcha de la economía y por crear más empleo!

Lo que ocurre, sin embargo, es que esa idea que defienden los neoliberales no tiene nada que ver con la realidad.

En contra de lo que nos dicen los economistas y políticos que defienden impuestos más bajos a las rentas más elevadas, esas rebajas impositivas no benefician a la economía en su conjunto, ni favorecen  el crecimiento de la actividad económica, ni el del empleo.

En esta nota nos referimos a un caso concreto de esa política que tiene que ver con los tipos marginales del impuesto sobre la renta.

El tipo marginal del impuesto es el porcentaje adicional que un contribuyente tendría que pagar por obtener un euro más de renta.

Siguiendo su doctrina anti-impuestos, los economistas neoliberales afirman que esos tipos (como en general todos los de los impuestos) deben ser muy bajos porque sin son muy altos actúan como un desincentivo para la actividad económica. Argumentan que si una persona sabe que va a pagar un porcentaje muy alto si obtiene rentas adicionales, entonces no estará motivada para realizar el esfuerzo que le permita obtenerlas (si va a ganar un euro más pero el 45 o el 50% se lo lleva Hacienda no le interesará ganarlo, según dicen).

Se sostiene, entonces, que los tipos marginales elevados suponen un freno para el progreso económico, para la competitividad y para el empleo.

Lo que ocurre es que la realidad no confirma estas afirmaciones.

En las gráficas de más abajo, elaboradas por el Profesor de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad Pablo de Olavide Mauricio Matus, se presenta lo que ocurre en los 32 países más ricos del mundo que forman parte de la OCDE (Fuente de los datos aquí).

Si tomamos por un lado el tipo marginal máximo del impuesto sobre la renta (en el eje horizontal) y por otro (en el eje vertical) el Producto Interior Bruto per capita observamos claramente (Gráfico 1) que el hecho de tener tipos muy altos no impide ni mucho menos tener un PIB per capita elevado.

Países como Suecia, Holanda, Alemania, Dinamarca, Reino Unido, Japón, Suiza, Noruega, Francia… (que se encuentran a la derecha del eje horizontal porque sus tipos son elevados) tienen también un PIB per capita alto.

Si los neoliberales estuvieran en lo cierto, tendría que haber una relación negativa entre los tipos marginales y el PIB per capita, es decir, que a tipos más elevados debiera corresponder un menor PIB. Como se ve en los datos de la OCDE reflejados en la gráfica, eso no es lo que ocurre en la realidad.

Es verdad que de esos datos tampoco se puede deducir que tener altos tipos marginales sea bueno para que haya PIB más elevado. Pero sí demuestran que no es cierta la afirmación contraria, la que defienden los neoliberales para justificar sus políticas de rebaja de impuestos a los ricos.

La segunda gráfica también refleja que los neoliberales tampoco llevan razón cuando afirman que tipos marginales más elevados desincentivan la creación de empleo. Si fuese así, en los países con tipos marginales más elevados tendría que haber tasas de paro más altas.

Sin embargo, en la segunda gráfica se puede ver claramente que los países con tipos marginales más elevados (los que está más a la derecha) no son ni mucho menos los que tienen tasas de paro más elevadas. Más bien todo lo contrario, están a la derecha y también abajo del eje vertical porque su tasa de paro es baja. Luego también es falso que tipos marginales más elevados en el impuesto sobre la renta actúen como desincentivo del empleo, tal y como  nos quieren hacer creer los neoliberales para justificar las rebajas fiscales en beneficio de los grupos de población de mayor renta.

También en este caso concreto se demuestra que la política fiscal que llevan a cabo la mayoría de los gobiernos (incluido el español) está basada en falsedades y mitos para ocultar sus verdaderos propósitos y la injusticia y el daño social que provocan.

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Antonio Moreno le gana el pulso a los estafadores

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Mi buen amigo y ejemplar ciudadano, el ingeniero Antonio Moreno, muestra día a día que con valentía, con dignidad y con inteligencia no hay poder que se resista. Lleva muchos años sufriendo la presión de auténticos estafadores y su lucha se merece un permanente homenaje. Una vez más le agradezco desde aquí su ejemplo y recomiendo escuchar y leer el reportaje y la entrevista que acaban de hacerle.

¡Muchas gracias amigo Antonio!

Las eléctricas pierden el juicio


Web de Antonio Moreno: www.estafaluz.com

 

Nace Alternativas Económicas en España

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El nuevo año empieza con una magnífica noticia: en febrero estará en la calle la revista Alternativas Económicas. Siguiendo el exitoso ejemplo de la francesa con el mismo título, Alternatives Economiques, también se dedicará a informar y divulgar temas económicos con gran rigor pero con lenguaje sencillo y asequible para los lectores, sea cual sea su formación. Quien la lea tendrá en sus manos una información de gran valor para entender todo lo que pasa en el mundo económico y para poder discutir y argumentar frente a quienes difunden siempre el mismo discurso neoliberal que tanto daño hace.

Alternativas Económicas nace de la mano de un grupo de periodistas de gran experiencia y conocimiento, así que yo creo que su utilidad y valor están asegurados. Ahora, lo que hace falta es que tenga miles de suscriptores y que no pase lo que sucede siempre que se pone en marcha un proyecto de información progresista, que quienes deberían utilizarlo le den la espalda y no le presten apoyo.

Yo ya me he hecho suscriptor y amigo de la revista y animo a todas las personas que quieran estar de verdad informados a que lo hagan también. Seguro que no se arrepienten cuando la tengan en sus manos y la lean.

Se puede obtener más información en la web de Alternativas Económicas pinchando aquí. 

El Obispo y el género: ¿incultura o maldad?

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Unas recientes declaraciones del Obispo de Córdoba sobre lo que llama «ideología de género» vuelven a poner sobre la mesa las ganas de confundir y la deriva totalitaria de buena parte de la jerarquía católica, empeñada, como en viejos tiempo, en ver enemigos de Dios y de la Iglesia en donde simplemente hay diferencias sobre la naturaleza de los seres humanos que todos deberíamos contemplar con generosidad y respeto.

El Obispo parte de tener una idea bastante errónea sobre el uso que se hace mayoritariamente del concepto de género y tergiversa algunas cuestiones esenciales. Por ejemplo, cuando utiliza una frase de Simone de Beauvoir («Mujer no se nace, sino que se hace») para decir que eso significa afirmar «que el sexo es aquello que uno decide ser», algo que me parece evidente que Beauvoir nunca quiso decir.

Ser feminista o defender la utilización del concepto de género no significa confundir a éste último con sexo (como hace el Obispo) sino todo lo contrario. Precisamente, lo que se trata de poner de relieve cuando se habla de género es que hay diferencias (la mayoría de ellas) entre mujeres y hombres que NO son las consustanciales o intrínsecas al hecho de ser cada uno de ellos de sexo o condición biológica diferente.

Al reconocer esas diferencias se percibe claramente que, no siendo biológicas, tienen su origen en razones distintas a las que podrían derivarse de la mera diferencia sexual. O lo que es lo mismo, que proceden de factores culturales, ideológicos, políticos, de estereotipos, costumbres, prejuicios… que constituyen, en todo caso, una discriminación. Discriminación que debe rechazarse precisamente porque es impuesta, porque no responde a ninguna razón digamos natural y que, por tanto, supone perjuicios y daños para las mujeres, generalmente para ellas, aunque igualmente podrían darse al revés (otra cosas es que haya discriminaciones que no están justificadas ni siquiera cuando tengan un origen natural o vinculado a la mera diferencia sexual).

Por tanto, o es puro desconocimiento o es una maldad hacer creer que quienes defendemos el tener en cuenta estas diferencias o discriminaciones estamos poniendo en cuestión ningún tipo de orden natural. Y, por otro lado, es evidente que se puede defender el concepto o la perspectiva de análisis de género a la que acabo de hacer referencia (y que simplemente se orienta a tratar de descubrir discriminaciones de esa naturaleza cuando se lleva a cabo cualquier otro tipo de análisis de las personas o de la sociedad), si se desea o cree conveniente, con la idea de Dios, porque no hay incompatibilidad ninguna entre ello. Su utilización por muchos católicos y católicas que no ponen en cuestión sus creencias cuando lo hacen así lo prueba.

El Obispo identifica maliciosamente el feminismo y la lucha contra las diferencias de género con los planteamientos personales o políticos que tienen que ver con el reconocimiento de la propia identidad sexual. Podríamos hablar también de ello y sobre la postura que al respecto mantiene la Iglesia pero es que se trata de un asunto que no tiene nada que ver con el punto de partida ni con los planteamientos fundamentales del feminismo o del análisis de género. Se encuentran en planos distintos y el Obispo los mezcla, bien por ignorancia, bien por maldad, pero en cualquier caso confundiendo a quien lo oye. Defender o legalizar el matrimonio entre personas del mismo, o que cualquier persona pueda vivir libremente la condición sexual de la que se sienta portador puede ser todo lo discutible que se quiera pero no tiene nada que ver con el género (en el sentido al que acabo de aludir). Hay que ser muy inculto o muy mala persona para confundirlo y confundir así a la gente.

Para poder llegar más lejos en su crítica, el Obispo (como en general hace la jerarquía católica) generaliza y denomina «ideología de género»  a la suma de todas estas malas interpretaciones del pensamiento feminista y de los análisis de género. Hablar de una ideología de género es una simpleza inaceptable. O, mejor dicho, una falsedad, porque no es cierto que haya una ideología de género. Cualquiera que haya leído un poco, que se haya informado algo antes de hablar de estas cosas, sabe que hay perspectivas de análisis muy diferentes que toman como referencia las diferencias de genero.

También me parece una interpretación maliciosa afirmar que quienes defendemos el considerar las diferencias de género como algo que hay que combatir somos «enemigos de la familia».

En primer lugar, habría que decir que ya está bien de tanta defensa retórica de la familia por quienes menos han hecho por defenderla: basta comprobar que los países europeos que han tenido más influencia de la Iglesia Católica son aquellos en donde las políticas de ayuda a la familia, los recursos que se  ponen a sus disposición y la protección que se les presta es menor. Ya está bien de tanto cinismo.

Pero, en segundo lugar, esa afirmación resulta igualmente maliciosa porque lo que se trata de conseguir cuando se pone sobre la mesa y se trata de combatir la discriminación de género (insisto, las diferencias entre mujeres y hombres generadas por perjuicios, estereotipos, imposiciones… que generan daños y perjuicios a las mujeres) es, precisamente, que la familia funcione más armoniosamente, que haya un reparto más equitativo de las tareas, de los cuidados, que quienes formen parte de ella estén en mejores condiciones para amarse y hacerse felices. Lo que es algo contra natura y lo que impide que las familias sean un espacio que promueva la satisfacción mutua y la plena e integral realización personal de cada uno de sus miembros es justamente el que haya diferencias culturales injustificadas, estereotipos que hacen cargar a una de las partes con más tareas que a las demás, prejuicios que suponen un sacrificio inmenso para las mujeres, cuando se les obliga a vivir sin libertad y sojuzgadas. La aspiración igualitarista del feminismo (tal y como yo la entiendo) no es la que se dirige a imponer un equilibro conflictivo o forzado respecto a la condición natural más o menos distinta que podamos tener las personas de distinto sexo, sino justamente la que quiere respetarla, evitando que dicho equilibrio se establezca en función de criterios («las mujeres, la pata quebrada y en casa») que sí que son claramente contrarios a nuestra condición sexual natural. Y que, por cierto, durante muchos años ha promovido la Iglesia Católica.

El Obispo de Córdoba hace una identificación muy torticera de los planteamientos de género y del feminismo para identificarlos, como he mencionado más arriba, con los que tienen que ver con la percepción de la sexualidad de cada persona. Insisto en que no voy a tratar de ese tema (que es completamente distinto) pero sí quiero señalar el falseamiento que supone afirmar que según el feminismo «mi identidad sexual es una esclavitud de la que la persona tiene que liberarse». ¡Es todo lo contrario! Lo que defiende el feminismo (o la mayoría de los feminismos) es precisamente que los seres humanos tenemos el derecho a vivir nuestra identidad sexual de manera libre y sin las esclavitudes que conllevan las diferencias que se imponen a las personas (general y mayoritariamente a las mujeres) como consecuencia de factores que, como he dicho, no tiene que ver con las diferencias biológicas.

Con la vieja estrategia de construir enfrente a un enemigo para aglutinar así a las huestes propias, el Obispo de Córdoba recurre finalmente a denunciar odios donde no los hay: «La iglesia católica es odiada por los promotores de la ideología de género (…) que se va extendiendo implacablemente, incluso en las escuelas». Una apunte más en el martirologio que tan a menudo olvida las víctimas de uno mismo pero que no tiene fundamento alguno.  Yo creo que haría mejor el Obispo en no mezclar churras con merinas. Es natural que defienda sus principios religiosos y antropológicos, pero debería entender que los demás tienen también derecho a defenderlos. Y, sobre todo, debería hacer un esfuerzo por poner cada cosa en su plano respectivo, quizá informándose un poco más, con mejor voluntad y con menos sectarismo, antes de hablar de estas cosas. Así vería enfrente a menos enemigos y podría dialogar más fácil y útilmente con personas con las que estoy seguro que comparte muchas más problemáticas y soluciones de las que en apariencia hay. Lo peor que puede hacer alguien que se considera un pastor es confundir a sus ovejas y generar conflictos entre ellas donde quizá no existen.

Y, por último, no puedo resistirme y dejar de señalar que ha sido una pena que el obispado de Córdoba esté tan atento a las cuestiones sexuales de sus fieles y que no se haya preocupado tanto en años anteriores de las barbaridades que han cometido en la Caja de Ahorros de su propiedad los curas banqueros cordobeses que la dirigían y que nos han costado a los españoles muchos miles de millones de euros.