Saharauis

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El lector que tiene ahora mismo este diario en sus manos se encuentra, con casi total seguridad, bien acomodado. Quizá en un domicilio acogedor, tomando un café bien grato, o en su oficina. Sea como sea, e incluso en el peor de los casos, disfrutando de una situación vital de suficiente protección y con posibilidad de acceder, como mínimo, a los recursos esenciales para vivir en nuestra sociedad.

 

A ese lector le propongo humildemente reflexionar sobre otras personas que hasta hace muy poco eran ciudadanos españoles como nosotros pero que ahora no tienen, en el sentido más literal posible del término, ni siquiera donde caerse muertos.

 

Me refiero a los ciudadanos saharauis, los que desde tiempo inmemorial habitaron el Sáhara Occidental, una superficie como la mitad de España y prácticamente desértica en su totalidad aunque con importantísimos recursos minerales, abundantes desde luego como para garantizar medios de vida suficientes a su población.

 

Estos recursos, como sucedió en todo el continente africano, fueron, precisamente, los que llamaron a la codicia de los países ricos y a la de España en particular. Nuestro país declaró oficialmente la ocupación del Sáhara Occidental el 26 de diciembre de 1.884 y ya en marzo del año siguiente se produjo el primer ataque de los saharauis al fortín español construido en su territorio con violencia y contra su voluntad.

 

Desde nuestro punto de vista, eurocéntrico y materialista, podríamos considerar a los saharauis como un pueblo desgraciado y pobre, inculto, merecedor por lo tanto de nuestra colonización. Y, si me apuran, sin lugar alguno en la era de progreso y comodidad a la que nosotros aspiramos.

 

Nada más insensato. La riqueza no consiste en poder dilapidar medios materiales o sólo en poseer lo innecesario. Sino quizá en saberse mover en el desierto, en poder confundirse con la naturaleza, en educarse en medio de un clima inhóspito, en sentirse dueño de sus propios destinos y, desde luego, en conformarse con lo que la naturaleza, la vida y nuestro propio trabajo nos proporcionan.

 

En contra de lo que pueda parecer, los saharauis, como tantísimos otros pueblos africanos, han sido pueblos ricos y cultos, respetuosos con la vida y con la tierra. Han sido ricos porque su vara de medir la riqueza era distinta a la nuestra. Pero incluso habrían sido inmensamente ricos también desde nuestro punto de vista materialista si nosotros, los pueblos civilizados del norte, los hubiéramos dejado respirar, si no hubiéramos esquilmado sus minerales, sus recursos energéticos, su mano de obra, su propia libertad; si no hubiéramos destruido su cultura, sus lazos sociales, sus instituciones. Si los hubiésemos dejado vivir y disfrutar de lo que es suyo.

 

Pero no lo hicimos. Literalmente les robamos, los ocupamos militarmente, mezclamos artificialmente a los pueblos y a las culturas. En fin, nos hicimos dueños de la tierra donde ellos habían pisado desde hacía miles de años, les dejamos entonces una in-civilización de egoísmo y conflicto y una economía monetaria y dependiente que provocó el hambre que nunca habían sufrido. Como final de fiesta, ahora les concedemos créditos como ayuda al desarrollo para que puedan comprarnos las armas con las que se matan entre ellos.

 

Los españoles no podemos ser indiferentes a las consecuencias de nuestro pasado colonial. No es justo. De hecho, desde que en 1.964 se produjera la primera declaración de las Naciones Unidas sobre la descolonización de Sáhara, nuestros más altos dirigentes políticos han reconocido el compromiso de España. El propio Rey Juan Carlos expresó en noviembre de 1.975 que «España cumplirá sus compromisos…Deseamos proteger los legítimos derechos de la población saharaui ya que nuestra misión en el mundo y nuestra historia lo exigen». Felipe González fue más allá justo un año más tarde: «No os prometo, me comprometo ante la historia al deciros que el PSOE estará con vosotros hasta la victoria final».

 

Pero desde aquellos años la situación se ha complicado mucho y para mal. Marruecos se convirtió, con el beneplácito de Estados Unidos y con la pasividad de España, en una nueva y mucho más sangrante potencia colonial. Utilizó primero a la población civil en la Marcha Verde, después construyó muros llamados defensivos que en realidad eran una agresión militar en toda regla, suspendió a su antojo los acuerdos sobre celebración del referéndum y organizó un traslado masivo de personas para desvirtuar sus resultados.

 

Hoy día parece posible que se celebre por fin esta consulta para que los saharauis, cruelparadoja del destino, puedan optar a ser de nuevo soberanos en las tierras que fueron suyas de siempre.

 

Pero no las tienen todas consigo. Marruecos dispone de influencia y medios económicos para censar a una población no saharaui y, por el contrario, los saharauis están diezmados por años de agresión y guerra, confinados en campamentos y empobrecidos. Muchísimos de ellos ni siquiera tienen medios para acudir a registrarse como lo que son, como saharauis que quieren, solamente, vivir en su suelo. Como ellos mismos dicen, «en mi tierra, aunque sea de arena».

 

A pesar de la cobertura que por razones de estricta justicia le prestan algunos Estados y organismos internacionales, el pueblo saharaui necesita ayuda para poder reconquistar su propia historia, para volver a ser ellos mismos. ¿Y quién está más obligado moralmente a prestársela que los españoles, sus viejos, aunque a la fuerza, conciudadanos?

 

En los veranos de estos últimos años hemos visto entre nosotros los ojos negrísimos de niños y niñas del desierto. Niños y niñas exactamente como los nuestros, aunque ellos no pasean con zapatillas de marca, sino que son más ágiles descalzos; ni juegan con consolas de treinta mil pesetas, ni tienen televisión en sus cuartos porque viven en jaimas a merced del desierto y del siroco. Niños que también sueñan, pero que no pueden soñar, como los nuestros, que serán médicos, electricistas o grandes futbolistas como Raúl o de la Peña cuando sean mayores. Porque ellos saben que cuando sean mayores, como sus padres o sus hermanos, «iremos a la guerra».

 

Ellos también saben que el futuro sólo depende de ellos. Pero nosotros debemos saber también depende de nosotros, que podemos y debemos ayudarles. Para que cuando vengan de nuevo Dakoma, Said, Tislem, Mahdi, Gadiza o Jandy, o quizá más adelante sus hijos e hijas, ya no tengan que contarnos tristes que su padre murió en la guerra, que viven pobres y de prestado en otra tierra. Y para que nosotros no tengamos que ponernos tristes al mirar el fondo de pena de sus ojos negros de reyes del desierto.

 

Málaga, la primera en el peligro de la libertad, tiene ahora a su alcance una magnífica oportunidad para demostrar que ese fué su carácter ayudando a quien se enfrenta ahora al mismo
peligro.

 

Modestamente reclamo a nuestro Ayuntamiento, a nuestra Diputación y a todas las instituciones que ofrezcan o renueven de la manera más eficaz su ayuda. Que ayuden materialmente y que organicen la ayuda de la población, tanto a través de dinero como de los bienes y servicios que necesitan los saharauis, sobre todo, para poder acudir al referendum en condiciones de juego limpio.

 Ya no es el momento de simples testimonios. Es la hora de la verdad y aquellos niños nos necesitan y se acuerdan ahora más que nunca de nosotros. Nos están mirando. (*) Teléfono de contacto: 2203164. Cuenta corriente de apoyo: Caja Rural de Málaga 0375/42/01/08212386.

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