El té de las cinco en Davos

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Se celebra estos días en la localidad suiza de Davos el llamado Foro Económico Global, que reúne a unos mil dirigentes empresariales y otros tantos líderes políticos, académicos y mediáticos, como ahora gustan ser llamados. En realidad, no son otra cosa que los amos del mundo, a quienes pertenece prácticamente todo el poder y casi toda la gloria. Allí estarán la mayoría, si no todos, de esos doscientos y pico magnates cuyos ingresos personales, según las estadísticas de las Naciones Unidas, equivalen a lo que gana la mitad de la población mundial. A ellos, desde luego, «no les falta de ná».

 

Aparentemente, se trata de reuniones de reflexión, de un foro donde se concitan ideas y donde se contrastan estrategias, previsiones y expectativas. Pero es mucho más que eso. A nadie se le podría ocurrir que quienes gobiernan el mundo, las finanzas, los medios de comunicación y las armas se reúnen solamente para tomar el té, para pasarse un par de papeles y si te he visto no te me acuerdo. Es sabido que de allí nacen siempre propuestas y decisiones que terminan por hacerse efectivas más pronto que tarde. Allí, por ejemplo, se instigó la reforma del comercio mundial, la culminación de la Ronda uruguay y la creación de la Organización Mundial del Comercio, justamente, un conjunto de normativas y estructuras dispuestas para fortalecer el poder comercial de las grandes naciones del globo y particularmente de las empresas multinacionales, cuyos representantes constituyen el grueso de las reuniones.

 Lo que viene ocurriendo, pues, es que el Foro se convierte en verdadero urdidor de políticas o, sencillamente, en impulsor de uno de los procesos más lamentables y antidemocráticos de nuestro tiempo: la centralización del poder mundial en instituciones que no están respaldadas por la soberanía popular y que son ajenas a cualquier tipo de control democrático. 

En sí mismo, el Foro de Davos es un poder, que ya ni tan siquiera actúa en la sombra, sobre todo, porque tiene la capacidad de «establecer la agenda». Allí se fijan las prioridades que luego atienden los gobernantes, allí se establecen las pautas a las que más tarde se someten las políticas nacionales y las estrategias de las grandes empresas, allí se determinan, en fin, las coordenadas del poder, los perfiles del pensamiento y los horizontes a los que todos terminamos por encaminarnos. Con razón dice, entonces, Petrella, que uno de los nudos gordianos que debe resolver nuestra civilización es el de la fijación de la agenda que ahora corresponde con injustificado privilegio sólo a los más poderosos.

 

Los resultados del Foro no darán sorpresas. De nuevo se alabarán las bondades de la globalización, olvidando sus secuelas tan perversas que han llevado al propio Papa Juan Pablo II a hablar de la existencia de una verdadera estructura de pecado, pues ni la satisfacción ni el bienestar se globalizan, sino tan sólo los capitales y los flujos financieros. Se volverá a confiar sin límites en el mercado, sin tomar en consideración sus efectos letales en los países y zonas más desfavorecidas, las crisis cada vez más recurrentes que le son consustanciales y la crisis antropológica que lleva consigo cuando la naturaleza humana se encierra en el universo de la mercancía. Allí, se renunciará de nuevo al papel mediador de los estados, a las políticas públicas de protección social y a la necesidad de controlar los salarios como remedio universal de cualquier problema económico.

 Desde luego, no es fácil pensar que en Davos se oigan las voces que reclaman más equidad, un reparto más justo de la riqueza y un mundo que sea, sobre todo, solidario en lugar de mercantilizado. El último informe de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Humano afirmaba que con sólo el uno por cien de los ingresos mundiales se podría erradicar la pobreza en el mundo. Pero no se erradica, sino que aumenta, precisamente, porque los que se reúnen en Davos no quieren renunciar a sus privilegios y porque son insensibles al dolor humano, a la tragedia y al infortunio. De hecho, ellos sus responsables directos.

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