España y Europa en Iberoamérica

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Publicado en La Opinión de Málaga el 26 de octubre de 2005 

Aunque uno tenga la esperanza de que la Cumbre Iberoamericana de Salamanca dé resultados positivos, a veces predomina la sensación de que los dirigentes políticos son gente de otro mundo. El que ha sido casi durante veinte años presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Enrique Iglesias, decía hace poco que “algo está pasando que bloquea el crecimiento de América Latina”.

 

Hay que tener en cuenta que el crecimiento de América Latina no es exactamente lo que está bloqueado puesto que es relativamente habitual que se registren tasas bastante más elevadas que en otros continentes. La economía latinoamericana creció un 5,5% en 2004, por ejemplo, mucho más que lo registrado en España o Europa.

 

Más sensato sería, por el contrario, preguntarse por la naturaleza de los problemas que afectan a la región, en lugar de dar por hecho que hay bloqueos al crecimiento y que si estos desaparecieran y se alcanzaran tasas más elevadas de crecimiento económico la situación iba a ser mejor. De hecho, a la vista de lo que viene sucediendo, nada augura que así fuese. La clave de lo que sucede con las economías de la región es otra. La CEPAL viene denunciando, como todos los investigadores que se ocupan de esos temas, que América Latina es la región más desigual del mundo.

 

Ahí está la cuestión y no en el difuso bloqueo con el que nos quieren confundir los tecnócratas de los organismos internacionales. No es verdad que se crezca poco sino que los frutos del crecimiento están extraordinariamente mal repartidos.

 

En América Latina, el 10% más rico de la población se apropia del 48% de los ingresos, mientras que al 10% más pobre sólo le corresponde el 1,6%. Si se considera el 20% más rico, resulta que para él se va el 61% de los ingresos totales,  mientras que el 20%  más pobre se tiene que conformar con el 2,2%. Casi treinta veces menos en este último caso.El país menos desigual de América Latina es Uruguay y, sin embargo, tiene menos equidad que el peor país de Europa. Y otros países, como Argentina por citar alguno de los más grandes, aún tienen una peor distribución: en este país, el 5% más rico se apropia del 54% de los ingresos totales.

 

Lo que ocurre en la realidad no es, por tanto, que se bloquee el crecimiento, sino que se crece muy desigualmente.La consecuencia de la desigualdad es que la pobreza aumenta paralelamente al incremento de las grandes fortunas que también allí son mucho más grandes que en otros lugares. Los últimos cálculos internacionales estiman que en América Latina existen unos 220 millones de personas pobres y 83 millones en situación de indigencia, de los cuales alrededor de 20 millones no disponen de nada para alimentarse.

 

Según la CEPAL, la lucha contra la pobreza está prácticamente estancada desde 1997 y UNICEF denuncia que la pobreza infantil está casi peor que a principios de los ochenta. Esta última organización estima que la pobreza afecta a la mitad de los menores de 19 años en toda la región, aunque hay países en donde la situación es extraordinariamente peor: en Honduras, Nicaragua o Ecuador casi ocho de cada diez jóvenes son pobres y nueve si viven en el campo. ¿No es de necios o cínicos aparentar como que no se sabe de dónde proceden los bloqueos cuando ocurre esto?, ¿cómo van a poder salir adelante economías en donde la mitad de la población, como poco, está excluida no solo de los ingresos sino de la educación, de la salud, de la cultura…?, ¿a quién se quiere engañar mirando a otra parte?Ante esta situación, sin embargo, nadie aborda la cuestión esencial: América Latina fue utilizada, mediante la fuerza de los regímenes militares que asesinaron a docenas de miles de personas con el apoyo occidental y principalmente de Estados Unidos, como laboratorio para aplicar las políticas neoliberales.

 

La desindustrialización intencionada, la reducción del gasto social, las privatizaciones, la flexibilización brutal de las relaciones laborales, el endeudamiento criminal de gobiernos impuestos por los grandes poderes financieros… fueron las primeras expresiones del neoliberalismo que se aplicaron allí por primera vez y de modo ejemplar y las consecuencias son las que ahora están sufriendo aquellos pueblos.

 

Debería, pues, de hablarse de ello. Y debería también discutirse en estas cumbres intergubernamentales el papel de las empresas europeas y españolas que se están apropiando de cientos de miles de millones de dólares. En España apenas se habla de esto, o se habla como si se tratase de una especie de triunfo futbolístico, pero hay que tener en cuenta que Telefónica es el primer operador de telecomunicaciones de la región, Repsol YPF el primer productor privado de gas y petróleo, que los bancos Santander, Central Hispano y el de Bilbao Vizcaya Argentaria reciben casi la cuarta parte de los depósitos bancarios de América Latina y el 40% de los fondos de pensiones, que Endesa es líder de su sector y Dragados la primera concesionaria en construcción y transporte. Algo tendrán que ver con la situación económica de América Latina.

 

Y hay que tener en cuenta que esas empresas están allí llenándose los bolsillos a manos llenas, expatriando beneficios y contribuyendo en buena medida a la terrible evasión de capitales que mata como un cáncer la vida económica de América Latina, y que han llegado a esa situación de privilegio (para sus propietarios) gracias al apoyo del Estado. Muchas de ellas, de hecho, incluso siendo entonces empresas públicas.

 

Para hacer esos negocios multimillonarios impusieron la privatización generalizada y corrupta (valga como ejemplo extremo de ello que Iberia llegó a comprar los Boeing 707 de Aerolíneas por 1,54$), y la liberalización de los movimientos de capital que permite sacar de allí los beneficios a costa de la permanente inestabilidad financiera, de modo que ahora los gobiernos apenas si tienen capacidad de maniobra para corregir el destino de sus naciones.

 

Para colmo, cuando algunos gobiernos hacen intentos de aplicar políticas económicas orientadas a lograr  una mínima redistribución, los grandes poderes, los banqueros y los grandes industriales ponen el grito en el cielo y azuzan sin pudor desde sus medios de comunicación: no quieren pagar ni un euro de impuestos, y se aferran a sus patrimonios como si hubiera sido una irrevocable decisión divina quien los hubiera puesto en sus manos. Creen que todo es suyo y que todo debe ser para ellos.

 Lo lamentable es que a ese coro se sumen políticos y periodistas que se las dan de progresistas. Pero no hay que desesperar. Seguro que llegará un día en el que las cumbres gubernamentales harán menos retórica y adoptarán medidas para que se robe menos y se reparta más.

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