Europa frente a la crisis

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Publicado en Política financiera común de la UE. Consejo Federal Español del Movimiento Europeo. Madrid 2009,pp. 75-87.
“Cuando el desarrollo del capital en un país se convierte en subproducto de las actividades propias de un casino, es probable que aquél se realice mal”
(J.M. Keynes)

Quiero agradecer antes que nada al Consejo Federal Español del Movimiento Europeo la convocatoria de esta Jornada, tan necesaria y oportuna no solo por el tema que trata sino por la pluralidad y el rigor con que ha querido que sean tratados los temas financieros candentes que tan afectan a Europa y, por tanto, a nuestro destino personal y colectivo. Es para mí un honor, seguramente inmerecido, participar en ella compartiendo mesa con expertos y personas tan reconocidos y relevantes. Muchas gracias.
La crisis
Lo que está ocurriendo en las finanzas y en las economía de todo el mundo es muy grave, está produciendo daños incalculables y no se sabe bien hasta qué punto irreversibles.
Docenas de bancos han quebrado. Según el antiguo gobernador de la Reserva Federal, Paul Volcker, que no creo que pueda ser tachado de radical o sospechoso, el sistema bancario de Estados Unidos y el de el Reino Unido están en bancarrota y vivimos “la madre de todas las crisis financieras”.
Nada mas empezar a manifestarse, el financiero George Soros que conoce bien los mercados financieros afirmaba que “la situación es mucho más seria que cualquier otra crisis financiera desde finales de la Segunda Guerra Mundial”.
Solo en Europa se han registrado ya casi 2 billones de euros de pérdidas bancarias, prácticamente la misma cantidad que en Estados Unidos, en donde industrias al completo están al borde del colapso, en la Europa del este están a punto de quebrar varios países y algunas estimaciones calculan que solo en el territorio de la Unión Europea pueden perderse entre cuatro y cinco millones de empleos.
Aunque se quiera disimular para echar un velo protector sobre los que la han provocado, lo cierto es que la crisis que estamos viviendo es de una gravedad, extensión y profundidad extraordinarias. Y como vamos a analizar enseguida, no puede ser para menos puesto que lo que en realidad ha sucedido es que la deriva del sistema bancario mundial hacia la especulación ha terminado por dejar a las economías productivas, a los empresarios y consumidores, prácticamente sin fuentes de financiación, algo que necesariamente lleva a la paralización de su actividad, al desempleo generalizado y a la depresión económica.
Cuando la crisis financiera se ha extendido por todo el planeta no hay ya posibilidad de disimular su origen inmediato: la permisividad de la administración Bush y de la Reserva Federal que facilitó que los bancos hipotecarios norteamericanos generasen millones de títulos muy arriesgados y que los distribuyeran más o menos disimuladamente por todo el sistema financiero mundial.
Pero aunque la crisis económica se inició en Estados Unidos, en Europa está produciendo efectos especialmente graves y que a la larga incluso serán más dolorosos que los que dejará al otro lado del Atlántico porque la Unión Europea se muestra incapaz de hacerle frente proporcionando remedios que estén a la altura de los problemas que hay planteados sobre la mesa.

La naturaleza de la crisis
Lo que hoy día estamos viviendo es la bancarrota de los principales núcleos del sistema bancario internacional que se está manifestando en las quiebras sucesivas de las principales entidades financieras del mundo. Se trata de una bancarrota producida por la masiva y continuada acumulación de riesgo en los balances bancarios y como consecuencia de que, desde hace años, la actividad bancaria se ha venido desnaturalizando.
Tradicionalmente, los bancos han cumplido la función de intermediar entre el ahorro y la inversión productiva proporcionando crédito a las empresas y consumidores. Pero el gran desarrollo de los mercados financieros ha ido creando en los últimos decenios nuevas oportunidades de inversión especulativa, con rentabilidad más alta y rápida que la inversión productiva. En aras de incrementar continuamente sus beneficios, los bancos han ido redirigiendo su actividad hacia esos mercados y así se han convertido en la principal fuente de alimentación de la especulación financiera, en detrimento, lógicamente, de la financiación productiva.
Para disponer de recursos crecientes que pudieran proporcionarle más rentabilidad en los mercados financieros, los bancos han “titulizado” prácticamente sin límite sus activos (los contratos de los créditos que conceden a sus clientes), es decir, han convertido papel por dinero líquido, generando así una especie de gigantesca pirámide invertida que ha terminado por derrumbarse.
Siguiendo esa práctica, docenas de bancos de inversión adquirieron los títulos hipotecarios que salían de la banca estadounidense, primero, con altas dosis de solvencia pero, poco a poco, convertidos en “basura”, cuando estaban suscritos por individuos sin suficiente capacidad financiera como para hacer frente a las obligaciones que conllevaban si su situación laboral o financiera empeoraba.
Cuando estas hipotecas quedaron en el aire porque sus titulares dejaron de pagar, perdieron su valor, y así, los bancos que las habían emitido, primero, y luego quienes las habían ido adquiriendo sucesivamente en las operaciones de titulización, tuvieron que ir registrando en sus balances las correspondientes pérdidas patrimoniales.
Grandes bancos empezaron a quebrar o a mostrar pérdidas muy elevadas y estalló entonces una crisis hipotecaria en Estados Unidos.
Pero esta crisis inicialmente localizada estaba condenada a ser algo más que una simple crisis hipotecaria en aquel país porque las hipotecas subprime y sus derivados o, como los llamaron luego, los “productos tóxicos”, circulaban ya por todo el mundo y, para colmo, lo hacían en “paquetes” en donde había hipotecas buenas y otras malas que la Reserva Federal había autorizado justamente para disimular el riesgo y, así, hacer más fácil su circulación.
Los bancos y entidades financieras de todas clases que habían comprado todo ese tipo de paquetes y títulos comenzaron a registrar una descapitalización galopante: lo que antes habían contabilizado como activos rentables de alto valor, pasaban a ser papeles sin valor alguno. Y cuando se descapitalizaban, disminuía lógicamente su capacidad para ofrecer liquidez a los demás.
Y además o al mismo tiempo, cuando los bancos internacionales empezaron a ser conscientes de que tal riesgo estaba extendido entre las inmensa mayoría de las entidades bancarias, comenzaron a desconfiar una de otras  a cerrar el grifo de los préstamos que constantemente se dan entre ellos para disponer de liquidez creciente y así seguir prestando y creando más y más dinero que es lo que les proporciona rentabilidad y poder. Y así fue cómo la inicial crisis hipotecaria USA en una crisis financiera global que tampoco podía quedarse en solo en eso.
En cuanto los mercados financieros comenzaron a dar muestras de perturbación y de falta de liquidez se produjeron como consecuencia dos fenómenos inevitables.
Por un lado, la desviación de los fondos especulativos desde los mercados financieros e inmobiliarios en crisis a otros en donde también hay tendencias más o menos constantes al alza de precios, el del petróleo y los alimentarios. Produciéndose de esa forma la terrible subida de precios que afectó a la economía real encareciendo toda la actividad que utiliza esta fuente energética y a los productos alimentarios de la población más pobre del planeta.
Por otro, cuando se cerró el grifo de la financiación se produjo una progresiva parálisis de la actividad económica productiva que, como es bien sabido, puede aguantar muy poco tiempo sin financiación.
Finalmente, pues, la crisis hipotecaria local se había convertido en una crisis real y global.

Lo que la crisis ha puesto al descubierto
La crisis que estamos viviendo no es exactamente nueva. Se han dado otras en años anteriores originadas también por burbujas  que disparaban la especulación hasta que reventaban llevándose por delante primero a bancos e inversores y luego y con más fuerza a la actividad económica y al empleo.
Pero lo que en esta ocasión resulta distintivo es su intensidad, por el volumen de capitales afectados, y su amplitud, porque es verdaderamente global. Y es la combinación de esas dos característica lo que le da una magnitud y virulencia extraordinarias. Se trata, por decirlo de una forma gráfica, de un cambio de calidad provocado por un incremento extraordinario de la cantidad.
Y va a ser una crisis de tanta magnitud y peligrosidad que hará seguramente que sea irremediable que el propio capital busque alternativas radicales al actual orden financiero internacional.
Eso es así porque aunque traten de disimularlo, la actual crisis ha puesto sobre la mesa fallos que afectan a mecanismos básicos de los que depende el funcionamiento actual de las finanzas internacionales. Los que me parecen principales son los siguientes.
a) La libertad de movimientos de capital, un principio que se da como inexcusable a pesar de que no hay fundamento científico alguno que lo justifique como positivo, provoca un desorden generalizado porque está principalmente al servicio de las operaciones especulativas que resultan letales no solo para la economía productiva sino para el equilibrio financiero.
Tanto es así, que hasta organismos como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional han tenido que reconocer sus peligros. Y aunque es cierto que la revisión de este principio no está hoy día en la agenda de quienes tienen poder para tomar decisiones sobre el futuro de la economía mundial, no me cabe la menor duda de que antes o después habrá que introducirla pues, por mucho que se quiera ocultar o disimular, la libertad plena de movimientos del capital (que en realidad implica también la existencia de secreto bancario, de paraísos fiscales, de ausencia de trabas fiscales, etc.) está en la base de los problemas que estamos viviendo.
b) La desnaturalización progresiva del negocio bancario que, como he señalado, ha provocado que los bancos, en lugar de seguir sirviendo para trasladar los recursos financieros desde los ahorradores a los inversores productivos que son los que crean empleo y riqueza y a los consumidores, se dediquen más bien a trasladar ese ahorro hacia la especulación financiera. Un proceso que se ha ido agigantando con el paso del tiempo hasta llegar al paroxismo actual que ha hecho estallar a todo el sistema bancario mundial.
Por eso será prácticamente imposible dar pasos efectivos hacia la resolución de la crisis sin establecer una nueva regulación de la actividad bancaria en todo el mundo que evite que los bancos se dediquen a alimentar el monstruo de la especulación en lugar de proporcionar la financiación que necesita la economía real.
c) La desregulación cada vez mayor de los mercados financieros. Una estrategia basada en la falsa idea de que los mercados tienen capacidad para regularse a sí mismos y para enjugar por sí solos el riesgo y la inestabilidad sistémica que genera la búsqueda compulsiva del beneficio que en ellos tiende a predominar, sobre todo, en el ámbito de las finanzas.
En realidad, con esta excusa lo que se hizo no fue desregular de verdad sino establecer otras normas, una regulación que yo creo que a la vista de sus resultados evidente se puede calificar ya como claramente tramposa, orientada a proporcionar opacidad a los negocios turbios e ilegales, a la corrupción, y a la inversión muy arriesgada, y a facilitar los “chanchullos”, en palabras que enseguida citaré de Samuelson, y la creación de chiringuitos financieros.
Durante muchos años se quiso creer que la “innovación financiera” continuada era la base de la productividad y del progreso económico y a partir de esa falsa creencia se permitieron e impulsaron todo tipo de prácticas de ingeniería financiera orientadas a generar nuevos recursos a partir solo del papel. Prácticas muy exitosas desde el punto de vista de la rentabilidad (como ha quedado demostrado en los enormes beneficios obtenidos por los bancos en los últimos años) pero de una peligrosidad y riesgo extraordinarios, como igualmente ha quedado ratificado por la situación que estamos viviendo.
Hoy día hasta personas tan ilustres como Paul Volcker se mofan de ello. Al menos, esa fue la expresión que recientemente usaban los medios de comunicación para relatar sus opiniones: “Volcker, ex presidente de la Reserva Federal, se mofó del argumento de que la “innovación financiera”, una clave para valores de riesgo, traerá beneficios a la sociedad. Para la mayoría de la gente, dijo, la llegada de los cajeros automáticos fue mucho más importante que los valores respaldados por activos” (http://www.econegociosrd.com/2009/02/crisis-actual-podria-ser-peor-que-gran.html).
En consecuencia, la crisis tampoco podrá tener arreglo firme y definitivo mientras no se logre acabar con ese mundo de privilegios, con las entidades que utilizan para llevar a cabo sus negocios y con los trucos de ingeniería financiera que sirven para ocultar el riesgo y la inestabilidad que llevan consigo los negocios financieros meramente especulativos. Es decir, estableciendo lo que en puridad se denomina un marco de represión financiera frente a la liberalización que permite que los más ricos y poderosos del mundo puedan hacer lo que les venga en gana con los recursos de todos.
d) Por otro lado, ahora estamos comprobando que a pesar de que el universo financiero (en donde se concentra el mayor volumen de medios de pago y fuentes de financiación) responde principalmente a una lógica especulativa ajena a la actividad productiva real, ésta es en realidad esclava de la especulación y de lo que ocurre en ese universo. Por eso, cuando se producen perturbaciones en los mercados financieros dedicados a la especulación la economía productiva enseguida se ve afectada y entra en crisis. Una veces, porque la propia especulación afecta a mercados reales (como ha ocurrido con el petróleo o los alimentos), otras, como en estos momentos, simplemente porque carece de la financiación básica que necesita para funcionar.
e) Esta crisis se ha desatado también porque los custodios de las finanzas internacionales han traicionado gravemente a sus responsabilidades de supervisión y control. Lo dijo muy claramente otra persona nada sospechosa, el Premio Nobel de Economía Paul A. Samuelson: “las bancarrotas y las ciénagas macroeconómicas que sufre hoy el mundo tienen relación directa con los chanchullos de ingeniería financiera que el aparato oficial aprobó e incluso estimuló durante la era de Bush. (“Bush y las actuales tormentas financieras”. El País, 28 de enero de 2008).
Así ha sido posible, por ejemplo, que las agencias de rating hayan generalizado sus procedimientos de ocultación del riesgo, en manifiesta complicidad con los bancos como se ha podido comprobar una vez que la crisis ha puesto los problemas sobre la mesa: de todas las emisiones calificadas en EEUU a lo largo de 2007, el 62% obtuvieron una nota de AAA, es decir, la máxima calificación posible (European Forum Securitisation: http://www.europeansecuritisation.com/), algo increíble a tenor de cómo se han desarrollado los acontecimientos financieros que todos conocemos.
Y por eso fue posible también que se estuviera nueve años denunciando ante las autoridades norteamericanas el fraude de Madoff (del que se beneficiaban cientos de millonarios de todo el mundo) sin que le hicieran caso alguno (Eleconomista.es, 4 de Febrero de 2008).
Y ello, por no hablar de la pasividad y carencia total de previsión de la inmensa mayoría de los bancos centrales que, a pesar de disponer de las máximas capacidades, no fueron capaces de actuar para prevenir y evitar una crisis anunciada de estas características.
Por tanto, es impensable también que se pueda salir de la crisis sin una revisión muy profunda del modo de funcionamiento de estas instituciones y, por supuesto, de los protocolos y objetivos de supervisión y control necesarios.
f) Finalmente, no se puede olvidar un factor fundamental a la hora de entender por qué se produce la inestabilidad financiera en nuestra época y crisis tan graves como la actual.
El que fue Secretario de Trabajo con Clinton, Robert Reich, señalaba recientemente que en 1976, el 1% más rico de la población de Estados Unidos poseía el 9% de la riqueza y ahora, después de estos años de políticas neoliberales, ya acumula el 20%. Y subraya Reich la coincidencia significativa de que este 20% es justamente el que el 1% más rico de la población de entonces poseía en 1928, justo antes de que se desencadenase la Gran Depresión
Con toda seguridad, no se trata solo de una simple coincidencia.
Lo que ha ocurrido en los últimos años es que las políticas neoliberales han impuesto un régimen de salarios reducidos y de trabajo precario que efectivamente ha permitido recuperar  las rentas del capital.
Con salarios bajos como los que se han impuesto se generan beneficios pero creando escasez y, por tanto, limitando el rendimiento, la capacidad de crecimiento potencial de la economía, es decir, el que se podría obtener si hubiera mayor demanda y se utilizaran todos los recursos disponibles.
Es por eso que las economías capitalistas bajo estas políticas neoliberales han tenido tasas de crecimiento mucho más reducidas que las de épocas anteriores, o que, por el contrario, las economías que no han estado sujetas a estas políticas restrictivas de salarios y en consecuencia de la actividad, como las de algunas asiáticas y en algunos momentos la de Estados Unidos, hayan registrado siempre mejores resultados en tasas de crecimiento.
En suma, si las políticas neoliberales contraen la actividad, como consecuencia de que imponen la moderación salarial y de que prefieren disminuir la resistencia laboral a expandir la demanda y la rentabilidad, lo que ocurre es que la tasa de ganancia que se obtiene es elevada por intensa pero no por extensa y, en cualquier caso, inferior a la que potencialmente se podría obtener si se pusieran en movimiento todos los recursos potenciales de la economía.
Y es por eso que la rentabilidad relativa en los ámbitos financieros es mayor, lo que atrae hasta allí sin remedio a los capitales.
Esta es una cuestión fundamental no solo para entender por qué se ha producido la financierización y las crisis que ésta lleva consigo sino, también, para entender que si se quiere salir de estas crisis es preciso romper esta deriva de los capitales hacia el ámbito especulativo haciendo más atractiva su colocación en el ámbito real. Y precisamente por eso, resulta evidente que no se podrá limitar la deriva especulativa si no se expande la demanda en la economía real.

Europa
La situación que acabo de exponer afecta o va a afectar a todo el planeta prácticamente sin excepción y todos los gobiernos se aprestan a hacerle frente.
Pero en este contexto me parece que la Unión Europea es particularmente impotente frente a la crisis porque ha sido especialmente insistente a la hora de impulsar las políticas y las normas que han permitido que se desatara. Está enferma de su propia medicina y ahora se enfrenta a rémoras singulares a la hora de tomar medidas para salir de la crisis, sobre todo, porque no tiene más remedio que hacer depender su solución de lo que hagan sus miembros y no la Unión como un todo.
La Unión Europea quiso limitarse a ser un mero “espacio financiero”, una especie de territorio neutro, sin gobierno ni normas capaces de supervisar y controlar las finanzas europeas. Así dejaba hacer a los poderoso, pero así es como ahora resulta incapaz de hacer frente como tal a la tormenta que han desatado.
La Unión Europea, a pesar de ser el espacio natural en el que se desarrolla la actividad bancaria y financiera, no tiene competencias sobre problemas de solvencia, de modo que las soluciones que se puedan dar tendrán que ser nacionales y por definición incapaces de proporcionar soluciones globales a un problema que sí lo es.
Ni siquiera la política monetaria del Banco Central resultará efectiva porque no puede serlo sin disponer de políticas y medios de coordinación fiscal y sin instrumentos de supervisión financiera.
Es por eso que la Unión Europea no pueda estar poniendo en marcha soluciones frente a la crisis y que en la práctica se esté limitando a conceder vía libre a los gobiernos a la hora de aplicar medidas paliativas a través del gasto, o, por otro parte, a establecer normas (como las que permiten valorar los activos bancarios a precio de adquisición y no de mercado) que faciliten la labor de los bancos centrales nacionales a la hora de permitir que los bancos no muestren del modo más traumático sus auténticas miserias.
En este clima, se recurre a menudo a reclamar “más Europa” para poder hacer frente a la crisis. Pero se trata de una demanda confusa y peligrosa. La Europa que hemos vivido, las políticas europeas liberales de los últimos  años, han sido causantes de la crisis y, por tanto, sería suicida recurrir a ellas con más fuerza para tratar de solucionarla.
Lo que necesitamos no es más Europa, sino otra Europa diferente. Y lo necesitamos urgentemente, a la vista del deterioro económico y del grado de desafección que se había producido ya y del que seguramente se produzca a medida que la crisis vaya dejando notar sus peores consecuencias.
Las políticas deflacionistas europeas que se han promovido en los últimos años están en el origen de las burbujas inmobiliarias y de la deriva de los capitales hacia la especulación financiera.
Por eso, en contra de los mensajes de moderación que se vienen dando, la mejor respuesta frente a la crisis consiste en recuperar la fortaleza de la actividad productiva real y eso solo se puede conseguir mejorando la capacidad de compra de los salariados y ampliando la demanda. La moderación salarial y la contención del gasto que se predica por quienes, con lamentable ceguera, solo buscan ahorrar costes y evitar pagar impuestos, es letal porque deprimirá aún más la capacidad productiva. Para salir de la crisis, la apuesta de Europa consistir en dar un gran salto hacia adelante tomando como fuerza de propulsión, por un lado, a la innovación social y el desarrollo tecnológico y, por otro, la creación de un estado de bienestar de nuevo tipo orientado al disfrute efectivo de los derechos sociales. Y el eje de esas dos estrategias combinadas no puede ser otro que la reconsideración del papel de Europa y de sus políticas en el planeta, poniendo recursos a disposición del desarrollo integral de los espacios empobrecidos por nuestras políticas neoliberales en lugar de limitarse a proteger los intereses de las grandes empresas europeas.
Eso requiere no solo más recursos sino, sobre todo, una nueva geografía del gobierno europeo, instituciones más sólidas y democráticas y, sobre todo, la voluntad efectiva de hacer que Europa sea gobernada por la voluntad de sus ciudadanos y no por los poderes económicos que se aprovechan del actual estado de democracia difusa que se ha impuesto a escala supranacional.
Por otro lado, Europa necesita mirarse con sinceridad a sí misma y renunciar para siempre al doble lenguaje y al cinismo político.
Digámoslo claro. La Unión Europea ampara y sostiene a los paraísos fiscales cuya existencia garantiza la corrupción y las prácticas bancarias que socavan las finanzas y que provocan las crisis. La Unión Europea se niega a regular las operaciones con activos de alto riesgo que producen la inestabilidad sistémica de la que pretendemos salir. La Unión Europea concede plena libertad de movimientos a los capitales intra y extracomunitarios que no tienen otro objetivo que la especulación financiera. La Unión Europea promulga las normas que permiten la opacidad bancaria y la ocultación del riesgo y las pérdidas. La Unión Europea concede al Banco Central Europeo la capacidad para limitar unilateralmente su capacidad de crecimiento potencial y, al mismo tiempo, renuncia a pedirle cuentas cuando, como en los últimos tiempos, ha dado alas a la crisis en lugar de prevenirla y evitarla.
Por lo tanto, si de verdad se quisiera atajar la crisis y los efectos demoledores que como estamos viendo produce la especulación generalizada incluso a muy corto plazo, Europa tendría que convertir el sistema financiero en una fortaleza al servicio del capital productivo que evite la especulación y que esté bajo el directo control de la sociedad a través de mecanismos transparentes y democráticos.
Para ello, en primer lugar, hay que reformar el sector bancario y someterlo a mucho mayor control para garantizar que funcione únicamente supeditado a las necesidades de la economía real, garantizando la presencia de amplios espacios financieros públicos con la adecuada coordinación internacional.
En segundo lugar, hay que regular concienzudamente los mercados financieros, haciendo absolutamente transparentes las transferencias y prohibiendo las especulación irracional.
Y por supuesto también son imprescindibles otras medidas con carácter estructural y global. Sobre todo, nuevas normas que regulen y disciplinen las actividades financieras y garanticen la financiación para la actividad productiva. Entre ellas, control de los movimientos de capital, eliminación total de los paraísos fiscales,  establecimiento de Impuestos internacionales, y creación de instituciones internacionales democráticas….
Hasta gobernantes incluso conservadores han tenido que hacer oír su voz, en ocasiones puntuales eso sí, frente a un Banco Central con orejeras que hoy día es un obstáculo crucial para salir de la crisis y poder adoptar medidas que pudieran relanzar la estabilidad y el crecimiento.
En tercer lugar, Europa tendría que reafirmar el papel del euro en las finanzas internacionales, entre otras cosas, porque la economía mundial no puede seguir funcionando sobre una divisa y un orden que no responde a otra lógica que la del imperio y que, por tanto, es intrínsecamente contradictoria con cualquier propósito de coordinación internacional, de democratización de las instituciones y, por supuesto, de desarrollo efectivo de los pueblos y naciones empobrecidos.
Y en cuarto lugar Europa debería optar por forjar un auténtico gobierno mundial plenamente democrático, alejado de los lobbies y los grupos de poder actuales, que sea el encargado de tomar las medidas acordadas.
Finalmente, hay que subrayar siempre que lo que hay detrás de la crisis es la especulación financiera que ha llegado a ser gigantesca y peligrosísima. Pero los capitales se han ido yendo a la esfera financiera especulativa porque allí tienen más rentabilidad relativa.
Hay que evitar que la especulación sea más rentable que la actividad que crea riqueza.
Para eso hay que penalizar la especulación y sus beneficios, extraordinarios pero letales para el resto de la economía, y hacer que los mercados reales sean más dinámicos y rentables. Y para que esto último sea posible es necesario que haya mucha más demanda y mucha mayor capacidad de compra: hay que subir los salarios reales. De hecho, fue su caída en los últimos años lo que disminuyó la demanda, y con ella las ventas, la producción y la rentabilidad. En contra de la timidez con la que actúa como fruto de los falsos prejuicios liberales dominantes, Europa debería aumentar urgentemente la cuantía de los planes de gasto, no ya para salir convenientemente de la crisis sino para no provocar incluso una depresión que sería larga y dolorosa. Aunque, lógicamente, sería necesario que esos planes se dedicaran a transformar un modelo de crecimiento cuya insostenibilidad es ya mucho más que evidente y fortaleciendo para ello, particularmente, la innovación social, la formación, el cuidado del medio ambiente y la igualdad. Los fondos, además, deben estar a disposición preferente de las empresas que creen empleo y procurar que no sea inversión despilfarrada y para financiarlos, deben establecerse impuestos extraordinarios en todos los países sobre las grandes fortunas, sobre los movimientos especulativos y los beneficios extraordinarios.
Ahora hablamos de crisis financiera, pero ¿qué otra crisis no se está larvando cuando, por citar el caso español, el 40% de nuestros jóvenes no tiene formación profesional ni bachillerato y cuando casi el 50% de los que trabajan lo hacen no tienen contrato fijo?
Por eso creo que no podemos limitarnos a reclamar más de esta Europa sino otra Europa comprometida con el desarrollo productivo y con la creación de riqueza. Dispuesta a poner freno a los capitales especulativos, a disciplinar a las finanzas y a favorecer la creación de un nuevo espacio financiero orientado obligada y exclusivamente a satisfacer las demandas de las empresas que crean empleo y de los consumidores.

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