Introducción

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En el libro Juan Torres López (coord.) “La otra cara de la Política Económica”. Los Libros de la Catarata. Madrid 1.994.

En los últimos tiempos, el empuje de las ideas conservadoras ha sido tan fuerte que ha hecho difícil que pudieran oirse las voces críticas. Entre otras cosas, porque ha sido más rentable acurrucarse a la sombra de los poderes y mucho menos comprometido plegarse ante la inercia de un discurso presentado en todos los ambientes como inevitable, concluyente y acertado.
En el campo de la la economía, en particular, nunca se ha despreciado tanto la preocupación por la desigualdad, por el malestar social o por la infelicidad humana. Mientras que estos han ido en aumento, la Academia ha gratificado mucho más la formalización abstracta y la asunción de los viejos principios del orden liberal, imponiendo con éxito el credo del mercado como una letanía monocorde que evitaba que quien la hiciera suya fuese condenado al ostracismo.
Eso ha producido una aquiescencia muy generalizada que ha permitido presentar a las políticas económicas llevadas a cabo como las únicas posibles, como las únicas que gozan de la aprobación del sancta sanctorum autoinvestido con la capacidad de separar el grano liberal de la paja de la heterodoxia.
Quienes hemos escrito este libro pensamos que detrás de esos discursos y de las decisiones políticas que los acompañan hay demasiadas limitaciones teóricas, muchos intereses espúreos y, en consecuencia, más sufrimiento humano y frustración social de los que serían necesarios.
Con este criterio hemos querido destapar lo que puede ocultar la máscara con que a nuestro juicio se tapan los intereses de los más privilegiados, de los que tienen el mundo en sus manos a costa de la insatisfacción de otros muchos, que nos parecen ya demasiados.
Decía Leonardo Sciaccia que los intelectuales deben ser los que levanten las piedras para que se vean los gusanos y hemos querido hacer frente a ese reto analizando un periodo reciente de la economía española que nos parece especialmente importante por razones que a nadie se le escapan.
Muy pocos momentos en la historia de España se definieron por una ilusión colectiva tan fuerte como la que acompañó al Partido Socialista cuando ganó las elecciones de 1.982; pero, también, habrán sido muy escasos los que terminaran con un sentimiento de frustración tan elevado.
Nos ha preocupado analizar los rasgos que creemos más sobresalientes para entender el giro copernicano que se produce entre lo que fueron las promesas electorales y las políticas económicas luego realizadas, así como para evaluar los intereses, los propósitos y los resultados que las guiaron en esos años.
Pero eso nos ha preocupado no como un simple ejercicio de análisis academicista. Puesto que nuestra primera convicción es que de las políticas llevadas a cabo se sigue una dinámica que ha deteriorado la economía y provocado un alto malestar social, pretendemos principalmente armarnos de argumentos que permitan a quienes lean este trabajo posicionarse frente a ellas y contra un pensamiento que, naturalmente, va mucho más allá de la propia práctica de los gobernantes.
En muchas ocasiones hemos tenido la oportunidad de dar charlas, cursos o seminarios a trabajadores, a ciudadanos que, sobre todo, se mostraban intelectualmente indefensos frente a la vorágine económica conservadora, pues carecían de las categorías precisas para evaluar con un mínimo fundamento las consecuencias que, eso sí, percibían con toda claridad como muy contrarias a sus intereses más inmediatos.
Por eso hemos pretendido, y el lector deberá juzgar si lo hemos conseguido, proporcionar algunos materiales que permitan, sobre todo, ponerse en frente de un discurso que nos parece tan negativo como incapaz de resolver los problemas de la mayoría más desprotegida de la sociedad.
Se quiere convertir a la economía en un saber críptico que parece que sólo puede ser descifrado por una pequeñísima parte de los mortales, mientras que los demás quedan condenados sin remisión a asumir sin rechistar el conjunto de verdades que aquellos les proponen. Desde las limitaciones de nuestras propias conocimientos hemos querido invertir estos criterios y poner en cuestión la sabiduría convencional descubriendo sus entresijos y sus resultados indeseables.
En nuestra opinión, la política económica dominante tiene, por lo menos, tres grandes rasgos que deberían llamar la atención.
En primer lugar, su progresiva desvinculación con las cuestiones que más afectan a la satisfacción social; con los problemas de la distribución de la renta y la riqueza, con el deterioro ambiental, con la desigualdad de todo tipo que origina, con la calidad de vida que las relaciones económicas provocan realmente en los colectivos sociales.
En segundo lugar, lo irrelevantes que resultan sus presupuestos teóricos fundamentales cuando estos se contrastan con la realidad de las cosas. Se proclaman las bondades de unos mercados perfectos que se caracterizarían por la libertad y la competencia, aunque de cuya existencia nunca ni nadie podrá dar constancia, pero en realidad se salvaguardan los privilegios y se favorece la discriminación.
En tercer lugar, la desgraciada ineficacia que muestra para resolver los problemas frente a los cuales se erige, sin embargo, como la única y más adecuada alternativa.
Tanto es así, que Joan Robinson se permitía escribir hace ya algo más de veinte años que “los apologistas del capitalismo moderno han perdido la confianza en sí mismos. No pueden ofrecernos sino la doctrina del mal menor”.
No es fácil que estas cuestiones se pongan nítidamente de relieve socialmente y que puedan ser tenidas en cuenta por los ciudadanos a la hora de establecer sus propias preferencias colectivas. Por un lado, porque el discurso convencional es capaz de revestirse de claves intelectuales y de lenguajes de compleja comprensión. Y, por otro, porque no es escaso el apoyo que se le presta desde los medios diversos y muy poderosos que hoy día conforman las conciencias de los seres humanos. El escritor Francisco Umbral gusta decir que la mentira se ha convertido en un género literario, y mucho nos podemos temer que eso sea especialmente cierto en relación con los discursos ortodoxos que iluminan y protegen a las políticas económicas prevaleciente. Mas de todos es sabido que las mentiras muy repetidas terminan considerándose como solemnes e indiscutibles verdades.
Pero si se acepta que la condición económica en que se desenvuelve la vida humana está hoy día suficientemente deteriorada resulta necesario posicionarse frente a los discursos y las políticas que no han traído consigo mayor bienestar, sino más bien todo lo contrario.
En nuestra opinión, eso requiere fundamentalmente asumir dos principales puntos de vista.
El primero, que es necesario partir de ciertas categorías morales a la hora de abordar las cuestiones económicas. Como decía J. Dewey, “cualquier cosa que oscurezca la fundamental naturaleza moral de los problemas sociales es perjudicial”. Y de ahí deducimos que no es posible evaluar la naturaleza y los resultados de aquellas si no es planteándose previamente y sobre todo, cuál es el asunto principal que debe priorizarse y que en nuestra opinión no es sino la satisfacción efectiva de los seres humanos.
En segundo lugar, hay que considerar que los fenómenos económicos no son el resultado de alguna especie de ley natural, sino que se producen como consecuencia de decisiones sociales sobre lo que es o no preferible salvaguardar y que son adoptadas por quienes disfrutan del poder suficiente para ello.
Hace algunos años, pero entiendo que no deja de tener validez en los momentos actuales, un economista de bastante prestigio, H. G. Johnson, reconocía, por ejemplo, que “la falta de puestos de trabajo hoy en día tiene que atribuirse a una decisión deliberada de las autoriades económicas…” así como “…la necesidad de alentar el paro por razones de disciplina económica…”.
Con demasiada y sospechosa frecuencia se olvida hoy día -porque se quiere ocultar- que son las propias decisiones político económicas las que explícitamente dan lugar a los fenómenos de malestar social como la pobreza, el desempleo o la propia inflación y a los que, sin embargo, y para conseguir la aceptación social, se dice que se quiere combatir.
Eso significa que no puede desligarse de ningún modo la evolución de los problemas económicos de las circunstancias que afectan al poder como un todo y de las connotaciones que caracterizan a los intereses sociales que, en un momento determinado, son predominantes. No es casual, precisamente, que como reconocía el último Informe sobre el Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, sólo el diez por cien de la Humanidad influya en las decisiones que afectan a su vida.
Independientemente de ello, no podemos negar que toda actividad intelectual, y muy especialmente en el campo de las ciencias sociales, está condicionada por el tipo de compromiso social de quien la lleva a cabo. Y en ese sentido no vamos a dejar de reconocer que, en cualquier caso, preferimos equivocarnos a favor de los más pobres, de los más desposeídos. Desde nuestras grandes limitaciones y a pesar de nuestra escasa sabiduría, hemos optado por prestarles nuestra voz y, en este caso, también nuestras únicas armas: el papel y la pluma.
Y puesto que me ha tocado coordinar este trabajo y escribir sus páginas introductorias, sin duda por más viejo que no por más sabio, no quisiera terminar sin señalar que se trata de un auténtico esfuerzo colectivo. Aunque cada capítulo tiene autores distintos, todos hemos participado en su discusión -y frecuentemente también todos en la propia redacción- aunque quizá no todos asumamos al completo la totalidad del libro. A mí me tocó la tarea algo ingrata de exigir disciplina a la hora de terminar los respectivos capítulos. Espero que mis colegas hayan olvidado ya la impertinencia de mis frecuentes requerimientos.
En nombre de todos ellos también asumo las insuficiencias y los errores que podamos haber cometido y expreso la confianza en que el lector sea lo suficientemente benévolo para disculparlos. Mientras tanto, nos conformaremos si nuestra reflexión le proporciona algunas claves para lograr un impulso más en la conquista, cada vez más necesaria, de una sociedad justa y menos insatisfactoria.
Juan Torres López. Abril de 1.994

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