La aparente bondad del crecimiento económico

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Publicado en Temas para el Debate. Marzo-2004 

En los últimos años se ha extendido cada vez más la convicción de que los indicadores económicos habitualmente usados para registrar la actividad económica son sumamente limitados y que llevan a adoptar políticas que en realidad no pueden mejorar el bienestar social.

 

El Producto Interior Bruto es la variable central y estrella de las estadísticas económicas y representa el valor monetario de todas las actividades que se llevan a cabo en un país durante un periodo determinado. Sin embargo, como no registra nada más que aquellas que tienen expresión monetaria, resulta que deja sin computar un volumen amplísimo de actividades económicas, imprescindibles para la satisfacción humana y para que la economía en su conjunto funcione: trabajo doméstico, trabajo voluntario, autoconsumo, etc. Tampoco es capaz de tomar en consideración las dimensiones cualitativas de la actividad económica, es decir, la naturaleza efectiva de su contribución a la vida social. Tanto da, a la hora de que aumente el PIB, que se destruya un bosque como que se reforeste, que se contrate personal para crear riqueza o para limpiar la contaminación, que la riqueza se distribuya justamente o con gran desigualdad… Resulta así que los vertidos al mar, la contaminación, la destrucción del ecosistema o la actividad que implica pérdida de vidas humanas pueden ser la fuente de aumentos en el PIB que luego serán recibidos con alharacas por los políticos o economistas convencionales de turno.

 

Algo parecido ocurre con las estadísticas de empleo, tal y como he comentado en otras ocasiones en estas páginas. Sirva como reciente ejemplo que la Contabilidad Nacional cifra en 289.000 la creación de empleos en 2003 mientras que según la Encuesta de Población Activa los empleos creados en ese año fueron 437.000. Un aumento que se alcanza gracias a los reajustes estadísticos que inexorablemente terminan siempre por proporcionar datos más positivos.

 

Mantener en uso la mayoría de las magnitudes económicas actualmente utilizadas viene a ser como conducir un vehículo cuyos indicadores registrasen erróneamente la situación del camino o de sus propiedades. Y es realmente significativo que no interese dejar de conducir a ciegas.

 

Los datos de la situación económica en el último trimestre de 2003 muestran algunas paradojas de este tipo que indican que su eufórica valoración por el gobierno es más bien infundada.

 

Los datos muestran que la economía española creció en el último trimestre de 2003 un 2,7%, tres décimas más que en el trimestre anterior y siete más que en mismo periodo de 2002.

 

El Ministro de Economía utilizaba estos datos para afirmar que la economía se encontraba en una senda de crecimiento sostenido.

 

Sin embargo, a poco que se contemple lo que hay dentro de este dato general resulta que la situación presenta muchos más matices.

 

En este último trimestre, el crecimiento del consumo fue una décima menos que en el trimestre anterior y tres menos que en el cuarto trimestre de 2002; la inversión creció cinco y cuatro décimas menos, respectivamente; las exportaciones crecieron en el cuarto trimestre de 2003 cuatro décimas menos en el tercero y 2,6 puntos menos que en el cuarto trimestre de 2002. El gasto de las administraciones públicas se mantuvo igual en los dos últimos trimestres de 2003 y subió seis décimas respecto al cuarto trimestre de 2002.

 

Es decir, que se valora como positivo el crecimiento que se ha registrado en el PIB cuando en realidad éste se ha producido porque han bajado las importaciones: 3,2 puntos menos que en el trimestre anterior y 9,1 puntos menos que en el último trimestre de 2003.

 

Lo que verdaderamente muestran los datos es más bien que ha bajado nuestra capacidad de compra y eso ha permitido que el producto final registre un mayor crecimiento.

 

La prueba de que el crecimiento saludable de nuestra economía es sólo aparente lo muestra también el hecho de que la inversión en bienes de equipo o el de las ramas industriales apenas hayan registrado crecimiento: una tasa de variación interanual de 0,1%, frente al 1,7% en el cuarto trimestre de 2002, la primera, y un 0,8% frente un 2,3% el de las segundas.

 

Los datos de la Contabilidad Nacional refleja también que, a pesar del crecimiento global del PIB, la economía está registrando un tipo de crecimiento muy poco consistente. Así, resulta que la productividad crece sólo un 0,6%, lo que significa que el crecimiento de la actividad económica registrado se debe casi exclusivamente a la creación de empleos muy poco cualificados y que no se basa en una mejora efectiva de nuestra base productiva y tecnológica, que es lo que puede hacerla sostenible, potente y satisfactoria a medio y largo plazo.

 

Otra paradoja que muestran los datos de la Contabilidad Nacional es que, a pesar de que como acabo de señalar no hay una gran presión de la demanda, resulta que los precios suben de manera considerable. El deflactor del PIB lo hace un 4,2% y el deflactor en la construcción es del 7,5% a pesar de que se ha debilitado la demanda, lo que igualmente pone en solfa la tesis oficial del gobierno sobre la subida de los precios inmobiliarios. Eso quiere decir que la inflación responde a causas sobre las que no está operando el gobierno. Y algo más importante.

 

La remuneración de los asalariados creció un 6,8% mientras que el excedente bruto de explotación lo hizo un 7,1%, ambos, respecto al trimestre anterior y los costes laborales por unidad de producto lo hicieron al 3,5%.

 

Eso indica, por un lado, que los salarios no está siendo la cusa de la subida de precios. Al contrario, estos últimos datos confirman la tendencia la distribución de la renta cada vez más favorable al excedente que se viene dando en los últimos años. Por otro lado, que la búsqueda de la competitividad a través de los salarios se hace en un contexto de muy baja productividad, lo que a la postre hace que los costes laborales unitarios, a pesar de su crecimiento reducido en nuestro país, sean elevados en relación con los de nuestros competidores, que nos toman mucha ventaja en innovación y, por tanto, en productividad.

 

Se trata, pues, de evidentes signos de la debilidad y la mala calidad de la actividad económica dominante en nuestro país y que, sin embargo, pueden pasar desapercibidos cuando sólo se atiende al registro bruto del crecimiento económico.

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