Una gran oportunidad

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La coyuntura internacional y la situación interna podrían proporcionar en los próximos cuatro años condiciones bastante favorables para que el nuevo gobierno de España pusiera las bases de un cambio histórico del modelo económico, social y político que nos ha convertido en un país destructor de empleo productivo y cada día más desigual, en lo económico, y sometido en lo político por el poder de los grupos oligárquicos que llevan decenios gobernando realmente en nuestro país.

No es fácil en nuestro tiempo que los gobiernos nacionales dispongan de suficiente capacidad de maniobra como para avanzar contra corriente, pero la coyuntura en la que nos encontramos quizá pueda ofrecernos una inusitada oportunidad para cambiar, siempre que no se hagan tonterías sino que se actúe con inteligencia, pensando en los intereses y prioridades de la inmensa mayoría de población y con un buen manejo de las formas y los tiempos, sin alardes ni palabras vacías.

En el exterior, me parece que hay dos circunstancias que abren una ventana de oportunidad quizá sin precedentes en los últimos 20 o 30 años.

Es cierto que se avecina una desaceleración económica muy fuerte y que lo más probable es que en poco tiempo se produzca una nueva crisis pero en esta ocasión, aunque pudiera ser de considerable envergadura o incluso espectacular por sus manifestaciones, no tendrá el carácter sistémico de la que estalló en 2007. Sigue leyendo

¿Quién quiere privatizar las pensiones públicas aunque diga lo contrario?

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En las últimas horas se ha levantado revuelo en los medios de comunicación porque el presidente Pedro Sánchez ha acusado al Partido Popular de querer privatizar las pensiones. Enseguida, desde el Partido Popular lo han negado, concretamente a través de mi amigo Daniel Lacalle (la noticia aquí).

Como siempre, el debate (si a estos rifirrafes se le puede llamar debates) tiende a generar confusión por los términos en que se plantea.

Es cierto que en España, salvando a algún ultraliberal sin responsabilidades políticas, casi nadie aboga por la sustitución completa del actual sistema público de pensiones (basado en el reparto, es decir, en que los cotizantes actuales financien con sus salarios las pensiones actuales) por otro de capitalización (basado en que cada persona ahorre lo que pueda, que ese ahorro lo gestionen fondos de inversión y que el ahorrador “rescata” ese ahorro más los intereses como pensión).

Las razones de por qué no se defiende abiertamente la privatización de las pensiones públicas son tres. La primera, que la inmensa mayoría de los votantes de todos los partidos prefiere y defiende que se mantengan como tales. La segunda, que es muy difícil de vender lo que la experiencia de los fondos de pensiones de capitalización privada han demostrado: que son muy inseguros, poco rentables y que terminan por dejar tirados a los ahorradores si no son rescatados con dinero público, bien a través de ayudas fiscales o directas del gobierno. Y la tercera, porque es muy comprometido decirle a los votantes que lo que en realidad se está proponiendo es un sistema que sólo va a proporcionar pensiones de jubilación a quienes a lo largo de la vida laboral hayan podido ahorrar, algo que con los salarios actuales no puede hacer todo el mundo.

Es por esas tres razones por lo que ni los propios liberales ni los bancos y demás entidades financieras que son quienes más están interesados en que haya un sistema de capitalización que les permitiría manejar una suma inmensa de ahorro, defienden un cambio radical. Y es por eso que desde hace años han optado por plantear una estrategia más sutil para llegar a la privatización: dejar que el sistema de pensiones públicas se vaya debilitando sin que se note mucho (básicamente reduciendo la pensión por diferentes métodos), al mismo tiempo que fomentan que la gente vaya recurriendo cada vez más al ahorro privado mediante incentivos, publicidad, ayudas fiscales y, sobre todo, con un discurso catastrofista y machacón orientado a convencer a la gente de que en el futuro no será posible que haya pensiones públicas (sobre todo, por un argumento falso pero muy convincente de crecimiento demográfico).

Pero es evidente que quien propone que una parte de las pensiones se financie a través de un sistema de capitalización está defendiendo que se privaticen las pensiones públicas, en todo o en parte. Y es evidente también que, en un sistema de vasos comunicantes, es decir, de recursos limitados, más recursos en el lado privado supone menos en el público y, por tanto, su muerte a cámara lenta. Sigue leyendo

Las mentiras y burradas económicas de Pablo Casado son incompatibles con la democracia

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En un artículo anterior mencioné algunas de las mentiras recientes del secretario general del Partido Popular y, en concreto, las que tenían que ver con su propuesta de bajar o eliminar impuestos (aquí). Y otros economistas han hecho más o menos lo mismo.

Pero no sirve de nada. Casado es un mentiroso compulsivo, alguien a quien no le importa inventarse datos para tratar de descalificar a sus adversarios, a veces, llegando a decir auténticas burradas, como la que voy a comentar enseguida.

Hace unos días, hizo en Vitoria una serie de afirmaciones (tal y como puede verse en un video pinchando aquí) que son completamente falsas, sin relación alguna con la realidad.

– Dijo Casado: “La inversión ha caído un tercio en España, 13.000 millones menos de inversión internacional”. Y Casado miente:

Esos 13.000 millones son la diferencia entre el segundo y el tercer trimestre de este año pero esa cifra se debe a que en el segundo trimestre de 2018 se registró una entrada extraordinaria de inversión extranjera de más de 20.000 millones de euros, pues una sola empresa recibió más de 14.000 millones ella sola.

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¿Quién debería pedir perdón a quién y por qué?

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Yo soy una persona con muchos defectos como saben bien las personas que me conocen. Pero hay uno que no tengo: pido perdón sin ninguna dificultad e incluso lo he hecho muchas veces en mi vida siendo consciente de que no había muchas razones para hacerlo, pero convencido de que así reconfortaba a otra persona o la dejaba más tranquila.

Por eso no me siento ofendido ni molesto cuando el presidente mexicano López Obrador nos ha reclamado a los españoles que pidamos perdón ahora a su pueblo «por los agravios» de la conquista.

No me parece mal que se pida perdón a quienes sufrieron los inconvenientes y el daño de todo tipo que pudiera haberse producido a lo largo del tiempo como consecuencia de la conquista por los españoles de aquellos territorios. Una conquista, por cierto, que no culminó en colonización, como ocurrió con las de otras potencias en otros lugares y momentos de la historia, sino con la consideración como españoles de quienes allí vivían por entonces.

Pero me pregunto si, al igual que habría que pedir perdón por el agravio y los daños de la conquista, también habría que dar las gracias por el progreso que proporcionó la presencia en aquellas tierras de miles de personas más cultas y preparadas que ayudaron a crear los hospitales o los centros educativos más avanzados de entonces allí donde antes de su llegada no había más que retraso y en muchas ocasiones barbarie y sufrimiento. Sigue leyendo

Las grandes empresas no son lo que nos dicen

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Uno de los errores más habituales en cuestiones economicas (inducido por la literatura mayoritaria) consiste en creer que las grandes empresas son las más avanzadas, las que gestionan mejor, las más productivas, las que se encuentran en la vanguardia de la innovación, las que más empleo crean y las que mejor resuelven los problemas de las personas, de las demás empresas y de la economía general. De ahí a que sus intereses se confundan con los de la sociedad en su conjunto, o a que su marca se identifique con la nacional (Marca España), no hay nada más que un paso

La realidad es otra.

Aunque los defensores del capitalismo achacan sus virtudes a que promueve la competencia y el buen funcionamiento de los mercados, lo cierto es justamente todo lo contrario. La historia de la economía capitalista es la de la lucha de las empresas para acabar con la competencia, aumentando su poder de mercado y concentrando cada vez más el capital.

Los datos no dejan lugar a dudas.

Según informe reciente (aquí), el 65% de las ganancias mundiales antes de impuestos corresponde a las empresas que ganan más de 1.000 millones de dólares. Y el 10% que más gana de ellas, captura el 80 % de todos los beneficios que generan.

En Estados Unidos, cinco bancos controlan el 80% de los activos, cuatro compañías todo el tráfico aéreo, dos grandes empresas el 90% de toda la cerveza que se bebe allí, un solo proveedor el acceso a internet del 75% de los hogares. Y esa concentración no ha parado de crecer: hace 30 años, por ejemplo, el 90% de la industria de los medios de comunicación de Estados Unidos se concentraba en 50 empresas, hoy día en sólo 6; y en los últimos 20 años, 4 grandes bancos han pasado a ocupar el lugar que antes correspondía a 37.

Una investigación publicada en 2011 (aquí) reveló que el 80% del valor de las 43.000 compañías multinacionales más grandes del planeta estaba controlado por 737 accionistas y el 40% por sólo 146. Hoy día, la situación sería peor porque se ha demostrado que en las últimas dos décadas, el 75% de las empresas estadounidenses han aumentado sus niveles de concentración de capital (aquí).

Pues bien, a diferencia de lo que se quiere hacer creer (normalmente por parte de las propias grandes empresas que contratan a economistas, políticos o periodistas y compran medios de comunicación o centros académicos para ello) esta concentración orientada a incrementar el poder de mercado de las empresas no las hace más productivas e innovadoras, sino justamente lo contrario.

Hace unos días se publicó una investigación de Germán Gutiérrez y Thomas Philippon (aquí) que demuestra que en los últimos 60 años las grandes empresas han disminuido en un 40% su contribución al aumento de la productividad en la economía de Estados Unidos y que hoy día su contribución es cero. Tampoco ahora emplean a más trabajadores, a pesar de su mayor tamaño y presencia en el mercado, ni es mayor el porcentaje de sus ventas sobre el PIB.

Esos mismos autores han demostrado que la razón de la cada vez más baja contribución de las grandes empresas a tirar del carro de la economía se debe a que la concentración y el creciente poder de mercado es un desincentivo para la inversión, entre otras cosas, porque ahora obtienen más beneficios que las de hace 60 años simplemente porque pagan muchos menos impuestos.

Ya lo saben. Cuando les pongan como ejemplo a empresas como Amazon, Facebook, Google, Apple… o en España a Telefónica, Repsol, Endesa… y otras de ese tipo, cuando les quieran convencer de que hay que satisfacer sus intereses porque ellas son las que tiran de la productividad y, en general, de todas nuestras economías, no hagan caso. El inmenso poder de esas grandes empresas es directamente proporcional a su ineficiencia. Más vale controlarlas y someterlas que dejarlas hacer porque son ellas las que destruyen la competencia y los mercados y las que traen consigo las crisis y las pérdidas de empleo y bienestar.

No es ideología, es trabajo por cuenta ajena

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La derecha, incluso la extrema que lo hace de forma mucho más exagerada, presenta siempre su proyecto político como la expresión de una lucha por los valores, por la sensatez y las buenas ideas.

Hablan de los demás como si fueran los defensores de intereses oscuros, contrarios a los de la mayoría “natural” y sensata que es la que se supone que suscriben quienes apoyan a la derecha. Con más o menos disimulo, califican a los contrarios de “anti-España” y los señalan como al servicio del comunismo internacional, de la masonería (eso, es verdad, cada vez menos), como enemigos de lo bueno que es lo que la derecha defiende.

La derecha habla siempre de sí misma como la que trabaja para las personas o los españoles “de bien” y se autorrepresenta bajo la imagen de la sensatez, del conocimiento, del rigor y del buen hacer. Afirma que es la única que sabe cómo arreglar los problemas económicos, quien dispone del saber suficiente para aplicar “la técnica” (porque desprecia la política como un asunto “del pueblo”) y de la formula que realmente puede resolver los problemas sociales. Los demás, la izquierda, está siempre equivocada, es enemiga de los intereses generales, sirve a intereses foráneos, no tiene conocimientos, carece de rigor técnico, lo politiza siempre todo , atenta contra la vida y, en fin, es la responsable de todas las catástrofes que puedan producirse. Sigue leyendo

¡Tila!, ¡traed tila, traed tila!

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Me levanto, leo la prensa nacional y estas son algunas de las noticias que me encuentro, ¡en un mismo día! Sólo me queda gritar como Groucho pero para pedir tila en cantidades industriales. ¡Qué pena de país!

Catalá inauguró como ministro de Justicia la sede del bufete que le ha fichado

La Audiencia Nacional imputa al dirigente del PP elegido por Casado para combatir la corrupción

Casado, sobre violencia de género: «¿Qué hacemos: las escoltamos por la calle?»

Vox pide que «los españoles de bien» puedan llevar armas

Iglesias ya defendió antes que Abascal el «derecho democrático» a portar armas

El nuevo fichaje de Vox: «El bombardeo de Gernika se lo inventaron los ingleses”

El primer mapa que muestra cómo los humanos destruyen la biodiversidad

El Ejército expulsa por trastorno psíquico a una cabo víctima de violencia de género y acoso laboral

La justicia condenó al fichaje estrella de Ciudadanos Marcos de Quinto por intentar saltarse un contrato de compra de un chalé

Aznar: «Algunos quieren ganar 80 años después guerras que los españoles ya no libran»

España lidera la contrarreforma ultraconservadora en el sexto aniversario del papado de Francisco

Las becas de los ERE a políticos son ilegales

Pablo Casado y el Partido Popular también mienten a los españoles en materia económica

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Decir que Pablo Casado miente habitualmente no es un insulto sino la expresión de un hecho cierto y objetivo que ha quedado demostrado en muchas ocasiones. Se pueden encontrar pruebas fehacientes de ello aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí o aquí, entre otros sitios.

En estas líneas voy a mostrar que Pablo Casado y el Partido Popular no sólo mienten cuando se refieren a cuestiones de política general sino también cuando le hacen a los españoles propuestas de política económica.

En concreto, voy señalar rápidamente que es falsa una de las ideas que están vendiendo últimamente: que eliminar o bajar impuestos aumenta automáticamente los ingresos fiscales, que crea puestos de trabajo y que hacerlo es indiscutiblemente bueno para la economía en general y para todas las empresas y personas en general.

No es verdad que bajar impuestos aumente necesariamente los ingresos fiscales.

Esta idea que ahora defiende el Partido Popular es muy antigua pero se popularizó en los años ochenta cuando Ronal Reagan y otros políticos neoliberales utilizaron el razonamiento de un economista llamado Arthur Laffer.

Su planteamiento es el siguiente: si los impuestos suben por encima de un determinado nivel, un contribuyente racional  rechazará seguir trabajando y eso reducirá los ingresos fiscales provenientes de sus rentas o, en el caso de una empresa, soportará costes tan elevados que no obtendrán beneficios y dejarán de producir, reduciéndose también así los ingresos que antes pagaban al fisco. A la inversa, si los impuestos bajan en lugar de subir, podría haber más oferta de trabajo y más producción que aumentarán los ingresos fiscales.

De entrada es obvio, por tanto, que la idea de Laffer sólo se cumpliría a partir de un determina nivel de tasa impositiva y no siempre (por eso se habla, precisamente, de «la curva» de Laffer, porque él mismo supone que los ingresos suben al principio y comienzan a bajar a partir de un determinado nivel). Por tanto, no es verdad que bajar impuestos suponga SIEMPRE Y CON SEGURIDAD un aumento de ingresos fiscales.

Diversos estudios han demostrado las inconsistencias, errores estadísticos y contradicciones de los estudios que pretenden demostrar que bajar o eliminar impuestos sobre la renta, el patrimonio o las herencias ayuda al crecimiento o mejora el estado general de la economía, bien porque no tienen en cuenta factores relevantes, porque realiza mal las regresiones o porque simplifica excesivamente las hipótesis. Por ejemplo, aquí, aquí o aquí.

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¡Bendita luz!

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¡Qué gozada despertar en Málaga y darse un baño de luz mirando el mar! Y cómo no recordar a Vicente Aleixandre.

La luz

(…)
¿De dónde llegas, de dónde vienes, amorosa forma que siento respirar,
que siento como un pecho que encerrara una música,
que siento como el rumor de unas arpas angélicas,
ya casi cristalinas como el rumor de los mundos?
¿De dónde vienes, celeste túnica que con forma de rayo luminoso
acaricias una frente que vive y sufre, que ama como lo vivo?;
¿de dónde tú, que tan pronto pareces el recuerdo de un fuego ardiente como el hierro que señala,
como te aplacas sobre la cansada existencia de una cabeza que te comprende?
Tu roce sin gemido tu sonriente llegada como unos labios de arriba,
el murmurar de tu secreto en el oído que espera,
lastima o hace soñar como la pronunciación de un nombre
que sólo pueden decir unos labios que brillan.
(…)