Precariedad y exclusión en el mercado de trabajo

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Resumen de la conferencia impartida en la Universidad de Granada el 11 de mayi de 2006
Publicado en JORNADAS DEL CONSEJO ANDALUZ DE RELACIONES LABORALES 2006. Recopilación de conferencias. CARL 2007.

Durante mucho tiempo, la exclusión social había sido un fenómeno cuyos orígenes se situaban, por decirlo de una forma gráfica, “fuera” de la actividad  económica, y mucho más del mercado laboral. Al contrario, lo que se percibía es que era la actividad laboral y económica en general lo que permitía “incluir”.
En los últimos años esta situación ha cambiado, de modo que cada vez es más habitual que un tipo específico de actividad económica o laboral esté siendo el origen específico e inmediato de situaciones de exclusión social.
En esta intervención voy a señalar cuáles pueden ser las circunstancias concretas que, de forma singular en el mercado laboral, dan lugar a ese fenómeno y cómo se podrían tratar de  resolver ese problemas.
En primer lugar, sin embargo, hay que hacer una mención previa al concepto de exclusión.
Es sabido que esta es una situación que responde a una situación personal y social que tiene muchas dimensiones. La exclusión es necesariamente el resultado de una serie conjunta de factores, de modo que no se puede entender su origen, ni tampoco tratar desde cualquier tipo de políticas, desde una perspectiva unidimensional.
Como voy a tratar de establecer enseguida, el mercado de trabajo, y más concretamente determinadas situaciones de desempleo, ni siquiera todas, pueden ser factores coadyuvantes de exclusión pero esta no tiene por qué darse si, al mismo tiempo no se dieran otros determinados factores. Igual podría decirse, por ejemplo, de las variables educativas, culturales, de género, etc. que igualmente pueden coadyuvar a generarla, aunque nunca por sí solas.
Por otro lado, partiré de la base de entender por exclusión aquella situación en que un individuo deja de disponer de los recursos (materiales o inmateriales, monetarios o no) que son intrínsecos a la convivencia social, a la participación en las relaciones entre individuos que convencionalmente consideramos básicas cuando vivimos en sociedad.
Eso quiere decir que la exclusión no puede concebirse ni siquiera como solamente una situación de carencia material, sino como un estado en el que no se ejerce la condición básica de la ciudadanía. Aunque pueda parecer redundante, la exclusión no consiste solamente en “no tener”, sino en “estar fuera de”, en este caso, las relaciones sociales elementales que proporcionan cobertura, satisfacción, protección, cultura, … a los individuos.
Dicho esto, debe parecer evidente que lo que ocurra con los individuos en los mercados laborales va a tener mucho que ver con dichas situaciones, puesto que es allí en donde la mayoría de las personas obtiene los recursos, en forma de ingresos directos, indirectos o aplazados que pueden permitirle adquirir bienes o derechos de apropiación imprescindibles para satisfacer sus necesidades.
Determinadas situaciones en el mercado de trabajo, como especialmente la carencia de empleo o el empleo que no vaya acompañado de ingresos o recursos suficientes para adquirir esos derechos, serían claramente generadoras de exclusión social, naturalmente si se dan, como dije anteriormente, algunas otras condiciones.
Estas otras condiciones son, lógicamente, fundamentales a la hora de determinar si se van a producir fenómenos de exclusión o no. Se trata, por ejemplo, de la existencia de subsidios de desempleo, de rentas mínimas garantizadas, de sistemas apropiados de protección social, etc. a las que me referiré más adelante o, considerando el problema más ampliamente, redes familiares, por ejemplo, que puedan amortiguar los efectos de la carencia de todos lo anterior.
La primera circunstancia que, en el mercado de trabajo puede considerarse como factor de riesgo de exclusión es la falta de empleo aunque para que el paro pueda aceptarse que provoca exclusión debe tratarse de:
– una situación de paro que se alargue a lo largo del tiempo.
– que vaya acompañada de la ausencia de otro tipo de ingresos distintos a los salariales. Concretamente, que se carezca de subsidios, de ahorro suficiente para hacer frente a las necesidades en el periodo de desempleo o de otros miembros de la familias (naturalmente, esto último está vinculado además a la voluntad de ponerlos a la disposición de la persona desempleada, es decir, del grado de altruismo existente o a factores más objetivos que tengan que ver con la composición de la familia u otras condiciones dadas).
eso quiere decir que para que el desempleo se considere un factor de exclusión en realidad debe ocurrir que cree una situación de pobreza permanente que implique la ausencia de oportunidades sociales para la adquisición de los recursos necesarios para hacer frente a las necesidades de todo tipo que se puedan plantear.
A su vez, y para poder concluir sobre el efecto que el desempleo pueda tener sobre la exclusión, habría que ponerlo en relación ,consecuentemente, con la naturaleza de las redes sociales en las que se incluya la persona afectada y, a su vez con sus nivel educativo o formativo (que determina en una gran medida esas oportunidades).
Por lo tanto podríamos decir que hay una mayor vinculación entre el desempleo y la exclusión en la medida en que lo sea de larga duración, incluso sin vuelta al mercado de trabajo, y esté acompañado de falta completa de ingreso. O que, aunque haya vuelta al empleo, se produzcan tantas situaciones de entrada/salida al mercado de trabajo que realmente se rompa la continuidad y, en consecuencia, la posibilidad de establecer une relación permanente con el empleo.
Esto último es lo que suele ocurrir en las situaciones llamadas de “empleo de exclusión”, habitualmente consistente en puestos de trabajo que implican o muy poco salario o muy pocas horas, o ambas cosas a la vez.
La crisis del fordismo
Cualquier individuo suele disponer o acumular a lo largo de su vida tres tipos de capital: el humano que se relaciona directamente con el trabajo, el físico que suele manifestarse en la vivienda y el social o relacional que fundamentalmente tiene que ver con la familia.
Los años de acumulación fordista, en el modelo de crecimiento intensivo de la postguerra habían permitido generar, también en el ciclo vital de las personas, el mismo círculo virtuoso que se manifestaba en el conjunto de la economía: suficiente nivel educativo permitía acumular el capital humano suficiente para encontrar empleo que proporcionaba ingresos así mismo suficientes para mantener una vivienda, una familia e incluso para hacer frente a contingencias como el desempleo (más imprevista en la época de bonanza) o la jubilación.
Lo que ha ocurrido en los últimos años por  circunstancias que no voy a tratar aquí o es que esa secuencia se ha roto.
La educación ya no proporciona generalizadamente el suficiente capital humano como para encontrar un trabajo deseado.
Además, una gran parte de los empleos, no proporcionan recursos suficientes ni para adquirir la vivienda, ni para crear una familia ni para hacer frente a las contingencias mencionadas.
Esto último se manifiesta en dos grandes problemas. Por un lado, en la nula o baja empleabilidad de muchas personas o, por otro, en la existencia de empleos que, como señalé antes, no proporcionan ingresos suficientes.
Estas situaciones se dan en momentos o con intensidades diferentes , pero pueden llevar a la misma situación.
Situación de plena integración labora. Se da cuando existe trabajo estable y los individuos disfrutan de redes sociales estables a su alrededor. Sin embargo, en esta situación puede darse un debilitamiento de la integración que lleve a la erosión del encaje de los individuos en el mercado laboral o incluso, en una gran proporción, a que hayan de considerarse en situación de pobreza aunque se mantengan integrados y ocupen permanentemente el empleo.
Una situación sería de riesgo de exclusión, en la que la inestabilidad se agudiza y las redes y relaciones sociales se hacen demasiado frágiles. Aquí ya no sólo se dan situaciones de pobreza con empleo sino que los pobres tienden a quedar excluidos, se pierden definitiva o temporalmente las relaciones salariales, se pierden ,os derechos a la protección social como consecuencia de la precariedad laboral en la que se había estado empleado y, en suma, se quiebra el mecanismo de integración a través del trabajo y el salario.
Finalmente, la exclusión en sentido estricto une el paro con el aislamiento social, se produce una pobreza ya completamente excluyente que incluso está acompañada de estigmatización, de procesos de marginación y segregación, de un efectivo apartamiento de los individuos afectados de las relaciones sociales que son constitutivas de la ciudadanía efectiva.
Los datos disponibles en España y en Europa nos indican que aproximadamente una tercera parte (algo menos en etapas de mayor expansión económica) de los parados son pobres de forma permanente, aunque, paralelamente, un 70% de los empleados no ha estado nunca en situación de pobreza.
Los estudios que han seguido la situación de los trabajadores pobres ponen de relieve que las entradas y salidas en la situación de pobreza desde el empleo se dan normalmente o bien cuando se producen situaciones de paro total durante un periodo de tiempo largo o cuando se hace continua la transición entre el paro, el empleo o la inactividad.
Una circunstancia que resulta especialmente determinante del abandono de las situaciones de pobreza a las que puedan haber llegado los empleados es la situación del cabeza de familia.
Lógicamente, estos estudios muestran que cuando los cabezas de familia se encuentran el paro tienen más probabilidad (casi el doble) de entrar en situación de pobreza que si están jubilados y casi cuatro veces más que si están ocupados a tiempo completo.
También se muestra en el caso español que la ocupación es menos frecuente (aproximadamente un tercio) entre la población pobre que en el conjunto de la población (entre el 40 y el 45%), así como la situación de desempleo es más frecuente entre los pobres (25%) que en el conjunto de la población (10%).
Todos los estudios disponibles muestran en suma, que la situación de inactividad y desempleo son las que generan más probabilidad de llevar a la pobreza y, en consecuencia, riesgo de exclusión.
Siendo desempleado la posibilidad de salir de la pobreza sería un 50% menor que si se está ocupado.
Existe una relación directa por lo tanto, entre el desempleo y la salida y entrada en situación de pobreza.
Otro asunto que hay que considerar a la hora de analizar la generación de riesgo de exclusión social desde los mercados laborales es el efecto que tiene las políticas sociales y, concretamente, las que tiene  que ver con las situaciones laborales de los individuos.
En todos los países los estudios existentes han mostrado el efecto directo y potente que tienen las prestaciones sociales para reducir la pobreza. Se viene a calcular que tienen capacidad para reducirla en 2/3 y en mayor proporción cuando se trata de pobreza severa.
Lógicamente, no todas las prestaciones sociales tienen ese mismo efecto. Así, las pensiones de jubilación tienen el efecto reductor mayor, mientras que los subsidios de desempleo dependen del porcentaje de parados que los reciben y     del tiempo y cantidad en que puedan disfrutarlos. Así, suele ocurrir que su efecto sea muy desigual entre diversos estratos laborales.
En cualquier caso, el problema de las políticas sociales es que se preocupan de la salida de la situación de pobreza, no de la entrada. Por eso son siempre insuficientes e incompletas. Se necesitan por el contrario, políticas económicas generales capaces de generar una situación proclive al empleo de calidad para evitar las situaciones que vengo señalando.
Además, hay que resaltar que no todas las “formas” de política social son igual de adecuadas, por lo que se requiere una evaluación ex ante de cada una de ellas en función del problema que traten de resolver y el objetivo que se propongan.
En todo caso, las prestaciones sociales suelen representar en torno a una cuarta parte de los ingresos familiares, mientras que los salariales son alrededor del 70% o 75%. Y, lógicamente, es la insuficiencia de estos últimos la que más fuertemente condiciona la existencia de riesgo de pobreza y exclusión.
La insuficiencia de renta salarial se muestra como la principal fuente de exclusión desde el mercado de trabajo. De hecho, el desempleo afecta, además, a los estratos de población con menos renta y está influido por variables como:
– nivel y volumen de prestaciones sociales
– de carácter familiar
– duración desempleo (que depende a su vez de su relación con el salario anteriormente percibido, con la duración del derecho y con la tasa de cobertura).
Un efecto interesante e importante es el de la familia que no es idéntico en todos los países.
Así, un aumento en el tiempo de desempleo da lugar a caídas en el consumo menos importantes en España o Italia (donde las redes familiares son más fuertes) que en Estados Unidos o Alemania.
Por eso, desde el punto de vista de la exclusión es importante determinar el numero de familias en las que están en paro todos sus miembros o las que declaran no percibir ningún ingreso.
El desempleo    de larga duración, como ya se ha señalado antes, implica un riesgo mucho más elevado y de hecho la población que se encuentra en esa situación genera mucho más riesgo de entrada en situación de pobreza.
El factor más importante que hay que subrayar es que actualmente la pobreza comienza a caracterizarse por estar generada en situaciones de empleo con salario insuficiente y condiciones precarias. La OCDE viene señalando que cada vez más la pobreza generada en el mercado laboral es compatible con el pleno empleo, bien por el salario escaso, bien porque se genera una oferta insuficiente de trabajo.
Ese organismo  ha señalado que más del 15% de los trabajadores reciben menos del 60% del salario mediano, lo que significa que conceptualmente se les puede considerar como trabajadores pobres. En España el porcentaje es mucho mayor.
Las razones que han provocado esta mayor generación de pobreza en los mercados laborales son muy variadas:
– Desregulación de los mercados de trabajo
– Disminución de la demanda de trabajadores de baja cualificación
– Aumento de la actividad en el sector servicios
– Relocalización industrial
Todo eso ha dado lugar a una disminución de los salarios mínimos y marginales en relación con los salarios medios que implica la existencia de franjas más anchas de trabajadores con salarios de exclusión.
En España se viene produciendo la creación de puestos de trabajo principalmente en sectores en donde el salario es inferior a la media (con las excepciones del sector público y financiero, aunque en estos con un gran incremento de la temporalidad).    
Un segundo problema es el aumento de las jornadas de trabajo insuficientes, de los empleos con número de horas que no pueden proporcionar un ingreso de inclusión a los trabajadores o, la sucesión desmesurada de situaciones de empleo/desempleo (rotación) a lo largo del año, lo que provoca efectos no sólo cuantitativos, sino de frustración de `pérdida de estima o de imposible reciclaje.
Para terminar habría que remarcar una vez más el papel de las políticas y algunas ideas fundamentales:
– Las políticas han de ser omnicomprensivas puesto que se trata de abordar un  problema ocasionado por la confluencia de muchos factores.
– Aunque las políticas sociales y, en concreto, las prestaciones sociales son fundamentales para poder reducir la pobreza que genera el mercado laboral, no basta con las ellas.
– No es suficiente con procurar la salida de la pobreza sino que hay que evitar que se entre en ella.
– Hay que analizar cada uno de los instrumentos de política social para evitar ineficiencias y despilfarro.
– Son precisas políticas generales que generen un marco de actividad económica en donde se puede generar empleo de calidad.

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